domingo, 12 de julio de 2009

La Flauta Magica en la Opera de Los Angeles

Fotos: Robert Millard

Ramón Jacques

La Flauta Mágica, obra compuesta por Mozart, recrea una obra llena de fantasía y misterio en un Egipto imaginario y en tiempo no determinado, lo que ha permitido a célebres registas y escenógrafos jugar y explorar diferentes posibilidades para crear novedosas alternativas escénicas, como lo es concretamente esta producción del diseñador Peter J. Hall y del caricaturista y dibujante Gerald Scarfe, ambos de nacionalidad inglesa, quienes han creado una propuesta ingeniosa en las que las escenas de la obra parecen una secuencia de escenas extraídas de un cómic. Las escenografías son sencillas pero contienen algunos decorados con motivos egipcios, elementos de la naturaleza como árboles, rocas, animales, etc. que dan la impresión de haber sido coloreados y dibujados por la mano de un niño. Los vestuarios coloridos y simpáticos, muy acordes con la propuesta. Cabe señalar la brillante iluminación, que jugó un papel importante para marcar los diferentes cambios de escena y diversos estados de ánimo de los personajes. Un recurso bien logrado fue la aparición de una cabeza monstruo en la primera escena de la ópera. En lo que respecta a la dirección escénica, es de agradecer que haya correspondió a Stanley M. Garner, regista cuyo origen se encuentra en el teatro. Por la cercanía geográfica que existe entre la Opera de Los Ángeles y los estudios cinematográficos de Hollywood, frecuentemente se han invitado directores cinematográficos con resultados poco alentadores, ya que sus ideas tienden a alterar, o en ocasiones a denigrar, las tramas operísticas. En ese sentido, la regia de Garner fue directa y concisa, y no incurrió en ningún momento en los gastados y recurrentes recursos vistos en los teatros norteamericanos cada vez que escenifican esta obra, en la que se pretende forzar la comicidad o caracterizar siempre al personaje de Papageno como un tonto o un bufón.

En lo vocal, destacó el Tamino del tenor Matthew Polenzani, quien exhibió un timbre lírico de desfachatada facilidad en la emisión de las notas agudas y mostró seguridad en la emisión. Su prestancia escénica fue satisfactoria. La soprano sueca, Marie Arnet, bordó una frágil y delicada Pamina, con una deslumbrante voz, alegre en su colorido y su tinte, pero de poca expansión y tamaño. La soprano Lubica Vargicoba, apostó por caracterizar una temperamental y expresiva Reina de la noche, pero pálida en lo vocal y carente del virtuosismo requerido en la coloratura de sus arias. La presencia del baritono alemán Mathias Goerne en el breve papel del orador fue un insólito, y quizás inexplicable, un lujo que el teatro en ocasiones quiere darse. Aun así, su participación puede calificarse como sobresaliente por su sólida presencia y seguridad vocal. Nathan Gunn, se mostró como un baritono de generosa emisión y buena grana vocal como Papageno, y Günther Groissböck fue un Sarastro de incisiva presencia escénica y penetrante voz. La conducción orquestal de James Conlon fue óptima, ya que extrajo armonía y musicalidad de su lectura, a la que le imprimió tiempos apropiados y dinamismo.

Ronald Zollman dirigió a la OFUNAM, México

Foto: Ronald Zollman

Ramón Jacques

El distinguido director belga Ronald Zollman (1950- Amberes, Bélgica) volvió como invitado a la ciudad de México para hacerse cargo del programa 6 de la OFUNAM (Orquesta Filarmónica de la Universidad Nacional Autónoma de México) agrupación musical de la fue director titular entre los años 1993 al 2002, y que se recuerda como un periodo musical y artístico muy prolífico en la vida de la orquesta. El concierto comenzó con el Postludio del compositor mexicano Joaquín Gutiérrez Heras (1927), obra que por cierto fue grabada en CD por la Filarmónica de la UNAM bajo la batuta del propio Zollman. Pero ¿por qué se llama Postludio, si no fue escrita para ser tocada al final de una mayor, a manera de epilogo? pregunta el investigador musical mexicano Juan Arturo Brennan, y la respuesta de acuerdo al compositor es porque tratándose de una obra que existe en el tiempo actual, se refiere a ideas y estilos de otro tiempo, y debido a esta particular concepción, Gutiérrez Heras ha señalado que la obra bien podría titularse In memoriam. La pieza, de aproximadamente 11 minutos de duración, se compone a partir de una serie de temas existentes en la mente musical del compositor que son desarrollados en forma unitaria.

La obra escrita para cuerdas solas, y primera de este genero del compositor, fue compuesta entre 1986 y 1987 y fue estrenada el 27 de marzo de 1987 por la Orquesta de Cámara de Bellas Artes en el marco del Tercer Festival del Centro Histórico de la Ciudad de México. Postludio consta de tres secciones, y la primera es básicamente estática, y basada en largas notas tenidas y en movimientos con intervalos. La segunda sección es un allegro que contiene alusiones temáticas a la primera sección, y destacan algunos pasajes solistas para violín y violonchelo. La sección final es la que da al Postludio su sentido real, escrita en forma fugada, a cuatro voces que por momentos son cinco y con claras referencias a la polifonía renacentista. La obra esta cargada de cierta musicalidad que exalta los sentimientos con un tono de melancolía, que logró extraer Zollman con su batuta segura y conocimiento de la breve y valiosa obra.

Como anécdota incluida en el programa de mano del concierto, señala nuevamente Brennan, que en el año de 1995, la obra fue interpretada por esta misma orquesta unas semanas después de la trágica muerte del director mexicano Eduardo Mata (1942-1995), con quien Gutiérrez Heras mantuvo una larga relación profesional y personal, y fue durante esa función que el carácter que se le había asignado a la partitura, el In memoriam de un importante músico mexicano a otro. Y cierra el comentario Brennan señalando que aquella noche un conmovido Gutiérrez Heras comentó “...y yo que creía que algún día Eduardo iba a dirigir esta pieza en mi memoria...” El compositor, presente en el concierto que aquí se reseña, recibió un reconocimiento de parte de Zollman, la orquesta y el público asistente.

La segunda obra interpretada fue el conocido Concierto para piano y orquesta no.1 en si bemol menor, op 23 de Piot I. Chaikovsky, del cual se considera a la pianista argentina Martha Argerich como su interprete idóneo, porque va acorde a su temperamento. La interpretación y demostración de la orquesta, fue brillante, lucida y emocionante bajo la guía entusiasta y enaltecida que emanó de la segura batuta de Zollman, durante los tres movimientos de la obra, y particularmente en el tercero el ‘Allegro con fuoco’. Su conocido primer movimiento y su introducción que es briosa es lo que quizás hace a este concierto como uno los más populares del repertorio. La interpretación solista al piano, correspondió a la pianista ucraniana de 19 años, Anna Fedorova, quien exhibió un manejo virtuoso y ágil en su interpretación, y gusto por la pieza que cargó de brío y pasión y efecto. Bien, sincronizada con la orquesta, en las entradas y la dinámica impuesta por Ronald Zollman. Ante la entusiasta reacción del público, la pianista ofreció como propina un delicioso vals de Chopin.

Finalmente, para concluir el concierto, se interpretó la conocida Sinfonía no. 8 en sol mayor, op 88 del compositor checó Antonín Leopold Dvořák, repertorio apto y de afinidad con el gusto particular de Zollman, quien personalmente conformó el programa y lo dirige con autoridad. La obra es alegra y fresca, muy musical, y con cierta nostalgia bohemia, con potente y brillante uso de los timbales, cellos, trompetas y de alegre naturaleza en sus cuatro movimientos. El concierto dejo satisfecho a todos los presentes y fue un éxito para la orquesta y para Ronald Zollman.

lunes, 6 de julio de 2009

Dama di picche di Čajkovskij - Teatro Regio di Torino

Foto: Ramella & Giannese - Fondazione Teatro Regio di Torino.

Massimo Viazzo

Gianandrea Noseda conosce come pochi queste opere, avendole studiate negli anni di apprendistato, direttamente al Mariinsky di San Pietroburgo con Valery Gergiev. Anzi posso affermare che tra i “non russi” il direttore milanese è oggi uno dei più accreditati a livello internazionale in questo repertorio. La sua Dama di Picche, andata in scena al Teatro Regio di Torino, coglie benissimo quel mix di fatalismo e fanatismo che le sono connaturati. Già dalle prime battute del preludio un Noseda ispiratissimo ci scaraventa nel mondo allucinato e claustrofobico del capolavoro čajkovskijano con la sua bacchetta incalzante, ora energica ed appassionata, ma sempre concentrata sul dettaglio e sul fraseggio. Il passo teatrale è spedito senza essere frenetico e la cura degli impasti strumentali (il suono livido degli archi in sordina che apre la scena seconda del secondo atto sarà difficile da dimenticare) assolutamente idiomatica. Bravissimo! Denis Krief (che ha sostituito all’ultimo momento l’annunciato ed emergente Dmitri Cerniakov) ha fatto probabilmente di necessità virtù. La diminuzione rilevante dei finanziamenti statali in Italia evidentemente sta cominciando a farsi sentire… Krief sceglie quindi la via del minimalismo. Ma lo fa con consapevolezza e grande maestria. Tutta l’azione si svolge su una pedana trapezoidale che si palesa fin da subito come il tragico tavolo verde da gioco, letto di morte di German e della sua ossessione nell’ultima scena dell’opera. Una parete riflettente in alto e un fondale semovente (più qualche scarno elemento scenico) sul quale luci di taglio, magistralmente manovrate dallo stesso Krief, proiettano ombre inquietanti ed incombenti completavano la scena. Il regista franco-italiano ha diretto i cantanti ponendo la massima attenzione sulla recitazione, così un semplice sguardo, un movimento minimo, una intenzione appena abbozzata, acquisivano una forza dirompente. Buono nel complesso il cast a cominciare dalla Liza emozionante di Kristine Opolais, sicurissima nel registro acuto, sonoro e penetrante. La sua “Aria” dell’ultimo atto ha strappato l’applauso convinto del pubblico. Il tenore Kor-Jan Dusseljee, German, ha cantato con generosità. La sua voce non mancava di squillo anche se era un po’ penalizzata da una emissione un po’ forzata con una timbrica non proprio bellissima. Anja Silja non ha certo bisogno di presentazioni: la sua Contessa ha fatto letteralmente “paura”! La scena della morte la consacra ancora una volta, alla “tenera” età di 69 anni, come una delle artiste più carismatiche che calcano i palcoscenici. Quando ha intonato “Je crains de lui parler la nuit” ha raggelato il sangue. Brava anche Nadežda Serdjuk, una Polina vigorosa, energica e di forte carattere. Ricordo anche il Tomskij di Jurij Batukov dalla linea di canto non raffinatissima e Vladislav Sulimskij, un Eleckij commosso, ma non immacolato nell’intonazione. E non si può dimenticare, infine, la strepitosa prova del Coro del Teatro Regio diretto da Roberto Gabbiani, che quando canta così ha pochi rivali non solo in Italia!