miércoles, 24 de abril de 2019

Manon Lescaut de Puccini en el Teatro alla Scala de Milán

Foto: Brescia & Amisano

Massimo Viazzo

También en esta ocasión, como en Fanciulla del West y Butterfly, Riccardo Chailly tuvo un interés musicológico en su propuesta de Manon Lescaut en el Teatro alla Scala de Milán.  De hecho, valiéndose de los apéndices de la edición crítica, insertó en esta producción algunos pasajes que fueron escuchados solo en el estreno de 1893 en Turín que fueron inmediatamente modificados por el compositor toscano, principalmente el del concertato final del primer acto y del aria de Manon del ultimo acto. Chailly fue el punto fuerte de esta producción, y su apasionada y teatral lectura convenció completamente a la cabeza de la Orquesta del Teatro alla Scala, con la que pudo mostrar una bella tímbrica y solidez. Un Puccini dinámico como también estático, y en tal sentido fue bellísimo el intermezzo del tercer acto, en el que Chailly supo proyectar a Puccini sobre los terrenos del romanticismo tardío medio europeo. David Pountney ambientó la historia en una estación ferroviaria de finales del siglo 19 (con escenografías de Leslie Travers de gran impacto visual y apropiados vestuarios diseñados por Marie-Jeanne Lecca), en la que el ir y venir de personajes de todos los niveles sociales representó bien el espejo de la sociedad de la época.  La idea de dirección de fondo fue la de revivir toda la historia de Manon como un largo flashback, llenando la escena de niñas y adolescentes de Manon que deambulaban por el escenario como fantasmas del pasado. María José Siri puso a disposición de su Manon una voz amplia y correctamente emitida (con una óptima ejecución de “Sola, perduta, abbandonata”, pero el personaje, sobre todo con una visión como la de Poutney, más bien multifacética, no pareció emerger del todo redonda. Tampoco Marcelo Álvarez (Des Grieux) quizás un poco ligado al cliché de molde verista, no profundizó en su interpretación desde el punto de vista actoral. Vocalmente el tenor argentino, dotado de un timbre bruñido, mostró generosidad y altanería, a pesar de los problemas en las vías respiratorias que había padecido en las ultimas semanas. Pero el legato fue solo esbozado frecuentemente de modo que la línea de canto se mantuvo discontinua.  Massimo Cavaletti (Lescaut) cantó con nítida dicción, seguridad y extraversión; y loable fue la triple prestación de Marco Ciaponi (Edmondo, maestro de baile y farolero), un tenor de timbre claro y solida técnica. Óptimos estuvieron los comprimarios y como ya es costumbre el Coro scaligero. 


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