martes, 17 de septiembre de 2019

Los negros pájaros del adiós: Cuando el amor acaba en México D.F.

Fotos el crédito es Teatro Milán - Foro Lucerna


Por José Noé Mercado

El tercer ciclo de funciones de Los negros pájaros del adiós del dramaturgo sinaloense  Óscar Liera (1946-1990) que ha producido y presentado Camaleones Teatro & Show Patito en los últimos dos años (el primero en el Foro Shakespeare, el segundo una gira por el interior de la república) inició el pasado 4 de septiembre en el Teatro Milán de la colonia Juárez de la Ciudad de México y ofrecerá funciones todos los miércoles hasta el día 25 de ese mes.

Bajo la dirección escénica de Adrián Darío Rosales, la historia inicia con la presencia vocal de la mezzosoprano Itia Domínguez, quien con las interpretaciones de las arias “O mio babino caro” de Gianni Schicchi de Giacomo Puccini; “Mon cœur s'ouvre à ta voix” de Samson et Dalila de Camille Saint-Saëns; y “Casta diva” de Norma de Vincenzo Bellini, crea una atmósfera de pasión dual para las acciones: la del enamoramiento sensual e irrefrenable y la del trágico desenlace de los amantes protagonistas, luego de que el encanto físico y la diferencia de edades se transforma en reproches, en desencuentros, en un sufrimiento incontrolado, que ni siquiera el bálsamo sexual logra extirpar.

La voz de Itia Domíngez, que reaparecerá a lo largo de la obra como si fuera uno de esos etéreos pájaros de mal agüero que anuncian el rompimiento de los amantes, la tristeza y también la muerte, ha ganado en cuerpo y color. Se expresa con grata musicalidad y, a diferencia del primer ciclo de funciones, ahora se muestra a un costado del escenario y no en un balcón en las alturas, como si la fatalidad tomara forma, bella tal vez en su sensualidad y contenida en un vestido blanco de pureza, pero impía, implacable para oscurecer las acciones con sus alas.


Isabelle (Cecilia Gabriela) es la maestra milf, intelectualizada y con mundo, que se deja arrastrar por el espejismo de la pasión con el joven Gilberto (Memo Dorantes), soñador, idealista, incapaz de compromiso e inmaterialmente opuesto al refinamiento y escalón socieconómico de ella, pero con ganas de experimentar, de hacerla sentir apetecible, juvenil, de beber de ese cuerpo maduro del que sabe que otros han bebido. 

El contrapunto lo ofrece la adolescente Angélica (Tatiana del Real) quien ya desde su lenguaje florido, contemporáneo, de chat, brinda los contrastes indispensables para comprender los sentimientos y la personalidad de su amigo Gilberto y le brinda justo libertad, empatía, semejanza. Y en conjunto con la simpática y desmedida mesera Laura (Alma Cero) deconstruye esta historia sin atadura lineal que, no obstante, traza bien las etapas del enamoramiento, el desencanto y la desesperación por darle sentido a las decisiones, al tiempo invertido.

El trazo de Rosales tiene claridad en las diversas líneas temporales y promueve que las acciones vayan desatándose con ritmo, sin retorno. Entreteje la trama y asume el incremento de la violencia en la pareja protagónica y lo vuelca sobre el escenario mientras utiliza también, como una válvula de escape a tan sombría trama, la personalidad y el notabilísimo timing de tragicomedia que delinea Alma Cero.

El papel de Isabelle se disfruta en interpretación de la actriz Cecilia Gabriela, sobre todo por la transición que imprime a su personaje. De la felicidad agitada y casi incontrolable del encuentro, hasta el dolor desesperado de la frustración y la pérdida fatalista que consumará con mano propia.

Memo Dorantes da a Gilberto diversas capas histriónicas que hacen comprensible el entramado interior de su personaje. La clase social proveniente, el tono del lenguaje, la edad, el impulso y una cierta baja estima, por ejemplo.

Tatiana del Real configura una Angélica viva, juvenil pero madura, que consigue llevar las emociones siempre ahogadas, introvertidas, al filo de las heridas más profundas. Y, por si fuera poco, al carnet sentimental del espectador, ahí donde se acumula uno a uno el adiós.

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