sábado, 11 de julio de 2020

Los cuatro ejes de Beethoven


Ludwig van Beethoven
Por José Noé Mercado

En términos de conmemoración musical, 2020 era el año de Ludwig van Beethoven. Pero no lo fue y no lo será. Los festejos sonoros, artísticos y culturales por el 250 aniversario de esta referencial figura nacida en Bonn, Alemania, entre el 15 y 16 de diciembre de 1770, planeados alrededor del mundo por diversas orquestas, compañías de ópera e intérpretes —por sus públicos e incluso por editoriales y sellos discográficos—, se interrumpieron de manera abrupta y quedaron cancelados ante el estridente impacto sanitario, económico y social provocado por la pandemia del virus SARS CoV-2 causante del Covid-19.

El corazón de los melómanos ha tenido que lidiar con el cierre de teatros líricos y salas de concierto que en 2020 incluirían numerosos programas con diversas obras del catálogo musical de Beethoven que, si bien nunca han escaseado en las carteleras musicales, en esta conmemoración sería posible apreciar con artistas y agrupaciones relevantes y consagradas en este repertorio; en la diversidad e importancia de sus múltiples géneros y dotaciones instrumentales, que acometen sólo en ocasiones relevantes, casi siempre como parámetros o puntos de comparación en la cumbre de las ejecuciones del compositor.

La universalidad de Ludwig van Beethoven venció al paso del tiempo, incluso a críticas que recurren a señalamientos de sobrevaloración, extrema popularidad u omnipresencia para refutar su estatura artística.

Pero es claro que a un cuarto de milenio de su nacimiento y de cara a un periodo complejo e histórico para la humanidad, como el que ha generado la pandemia, la relevancia de su obra y el alcance de su impacto cultural cobran mayor relieve justo porque pueden contrastarse y por lo imprescindibles que resultan en el espectro sonoro.

Impacto cultural que puede explicarse transversalmente a través de cuatro ejes que cruzan la figura de Beethoven.

1. Fama

La notoriedad no siempre va acompañada del mérito.

Ya desde mitologías clásicas como la griega o la romana, la representación de la fama podía ir por carriles humanos muy distintos a los del talento, la verdad o la justicia.

Se podía estar en boca de otros, de la colectividad entera, por rumores, mentiras o calumnias francas. En las actuales redes sociales, en los medios de comunicación masiva, abundan los ejemplos de que un famoso puede ser muestra de la desgracia, de lo despreciable, de aquello que la comunidad desea evitar; de la frivolidad o de todo tipo de carencias que no acarrearán ninguna gloria aunque las ostente una auténtica celebridad.

Pero esa personificación mitológica de la fama tenía también su reverso, pues no había personaje, gobernante o pueblo que le cerrara abiertamente las puertas o le escatimara aprecio; era la fama la encargada de difundir las gestas heroicas, las proezas, la distinción en una comunidad, en una época o en la historia misma.

Ludwig van Beethoven ostenta diversos créditos en las esferas de la fama. Hay etiquetas típicas que lo ubican como uno de los mejores compositores de la historia; una de las mayores potencias creativas; de los primeros artistas no sólo freelance, sino independientes —dotado incluso de irreverencia— al poder que acotó la voluntad de innumerables colegas en el pasado; y que aun así, podía ser financiado por su trabajo musical como quedó demostrado en Viena, a finales del siglo XVIII y en las primeras décadas del XIX.

Beethoven también acarrea fama como un intérprete y compositor que si bien era consumado exponente de las formas clásicas, era lo suficientemente romántico —o revolucionario, si así se desea consignar— para nutrirlas, remecerlas o redefinir los parámetros de un género o instrumento, a través de su genio, capacidad técnica e incluso un temperamento tempestuoso.

La inclusión de la voz en una sinfonía es un aporte astronómico —en su momento impensable, insolente y descabellado incluso en términos financieros. La Novena ha sido motor para numerosos ensayos que abordan la importancia de su irrupción creativa y significado humano global—; sin él, resultaría incompleto el rostro de compositores ulteriores tan disímbolos como Hector Berlioz, Gustav Mahler, Dmitri Shostakóvich o Henryk Górecky.

El tratamiento y la redacción de la voz cantada beethoveniana es a una vez expresión dramática, orquestal y poética tan contundente como vehículo musical, que influiría de forma sustantiva en autores del calibre de Carl Maria von Weber o Richard Wagner; y contribuiría, sin ninguna duda, a la solidificación de toda la escuela lírica alemana.

De hecho, a través de su incursión musical, retomada en las páginas de la historia universal y artística, de los libros, de las pantallas del cine y la televisión, de una generosa disco y videografía que alienta su programación diaria en escenarios de todo el mundo, Beethoven es reconocido como el famoso autor de piezas referenciales, cimeras, en cada género que abordaba y que podían sintonizarse con las turbulencias personales, sociales y políticas de su época: cambios de regímenes y mentalidades de gobierno; revoluciones armadas o intelectuales; invasiones militares; pérdidas europeas de colonias; industrialización; crisis de clases y surgimiento del proletariado.

Tempestades, todas ellas,  que sin duda le reservarían a Ludwig un sitio en el mundo contemporáneo, al grado de identificar a un popular San Bernardo con su nombre o estar presente en las actuales máquinas de baile Pump It Up con el ya canónico Beethoven virus, variación electrónica de alta energía del tercer movimiento de su Sonata para Piano número 8 opus 13, conocida como Patética.

Porque la fama de Beethoven no se limita al ámbito musical ni se circunscribe al pasado. Aun en décadas recientes, el impacto de sus composiciones han llegado a los primeros sitios de la revista Billboard, entre otras razones por el celebrado soundtrack de la película La amada inmortal (1994) de Bernard Rose protagonizada por Gary Oldman; o la cinta de Agnieszka Holland con Ed Harris Copiando a Beethoven (2006). 

2. Obra

En el caso de Ludwig van Beethoven, la fama no sólo dista de ser gratuita sino que parte de una labor musical de primer orden ampliamente documentada como pianista, director musical y compositor.

El pequeño Ludwig, en estricto sentido, no fue un niño prodigio. Su primer concierto público lo ofreció a los 8 años de edad, el 26 de marzo de 1778 —aunque su padre intentó quitarle un par de años para hacerlo aparentar más pequeño e impresionante, pues quiso replicar los exitosos pasos de Leopold y Wolfgang Amadeus Mozart—, pero el fuelle creativo de Beethoven se dispararía en el segundo y tercer periodo de su vida creativa.

El primero de ellos, en el que tuvo a diversos maestros —entre ellos su padre, varios de sus amigos, y en especial Christian Gottlob Neefe, quien lo motivó para dar el salto de intérprete a compositor—, Beethoven pudo aprender y catar las fórmulas clásicas que habría de intervenir con su talento y determinación artística.

Su primera composición llegaría poco después de los 10 años de edad, bajo el título de Nueve variaciones sobre una marcha de Ernst Christoph Dressler. La técnica de la variación en Beethoven no sólo habría de ser fructífera como forma musical, sino también como método de trabajo.

Los cambios en una melodía, en el ritmo, en los timbres, en la orquestación y sus múltiples combinaciones y posibilidades, incluyendo la ampliación como parte de una nueva obra, serían útiles para el compositor en lo referente a perfilar versiones previas para —por razones estéticas, discursivas o hasta de especificidad de público— luego consolidar otras definitivas. Varios lieder o su decena de oberturas son prístinos ejemplos de ello.

Además de esa música concebida para la escena —lírica, ballet, teatro—, la copiosa pero sobre todo aquilatada obra beethoveniana incluye 16 cuartetos de cuerdas, 9 sinfonías, 32 sonatas para piano, una ópera, cinco conciertos para piano, 10 sonatas para violín y piano, música sacra, canciones y coros.

No se trata sólo de un catálogo más o menos destacado, como el que podría presumirse en una enorme cantidad de casos relevantes de la historia musical, sino de pruebas contundentes de una mina de valor incalculable que incluye obras monumentales que son auténticos himnos, oportunidades de virtuosismo y consagración; misterios sonoros que exploran las inquietudes vitales del hombre, que sintetizan su ciclo de existencia o se convierten en cartas de presentación humana al destino o saludos enviados al cosmos a través de las sondas Voyager 1 y 2.

Un puñado de obras como sus sinfonías (la Tercera, la Quinta, la Novena, que a su vez son caminos para entender las otras seis); sus sonatas (la Claro de Luna, la Apasionada, la Patética; la Número 32, junto con las Variaciones Diabelli, cima y despedida del piano); su Fidelio (más que fidelidad conyugal, un estandarte de libertad, justicia y arrolladora expresividad política); sus últimos cuartetos (en los que las pasiones humanas de una personalidad vehemente cedieron su lugar a un elevado diálogo con el universo); sus conciertos (Cuarto y Quinto, el Emperador), así como algunas bagatelas (Para Elisa, Para Teresa o para el mundo entero) y otra piezas inmortalizadas por la cultura pop, son irrefutables semillas de la fama de mayor mérito creativo en la historia.

A partir de los 30 años de edad del compositor (poco antes de sus problemas de audición que lo arrastrarían a la desesperación por un destino trágico que incluyó la incomprensión artística, los chubascos familiares; el desprecio amoroso y la enfermedad), la obra de Beethoven cobró una relevancia de tintes heroicos; una segunda etapa creativa preñada de romanticismo y epicidad indomable, con aportaciones precisas a las formas clásicas de las que partió y que allanarían el camino para autores futuros.

La madurez de su tercera época compositiva, cada vez más afectado como intérprete, huraño, solitario y con múltiples padecimientos, habría de resplandecer hacia el final de su vida con un dominio técnico absoluto, que permitió una profunda transformación sonora y espiritual, una vez superadas las tormentas mundanas y acaso superficiales.

3. Narrativa

La obra de una figura titánica en el quehacer musical, como en el caso de Beethoven, sería suficiente para explicar su trascendencia 250 años después de su nacimiento. Pero hay personajes, como él, que se configuran de forma aún más compleja y sólida en la colectividad por medio de una interesantísima narrativa.

La vida de Beethoven no sólo puede contarse con tintes estrictamente cronológicos, sino que en cada etapa vital o de creación pueden encontrarse pasajes de atractivo humano, artístico, social o biográfico. Florecen las anécdotas.

Desde su entraña familiar (el origen de su apellido, la tutela y el alcoholismo de su padre, las peleas fraternas, el apuro con su sobrino) y su apartado sentimental (los constantes rechazos por su condición de músico y su ninguneada estatura socioeconómica, pese a ser uno de los mayores genios creativos de la humanidad), la riqueza biográfica de Beethoven es innegable.

Y es tan narrable como sus procesos de creación, su valiosa labor en la capital musical austriaca, su inigualable independencia o su abismo trágico a la sordera; o como las insoportables dolencias de estómago y la cefaleas recurrentes que lo minaban, pero que sólo hasta el borde de la muerte pudieron acabar con una naturaleza creadora de su envergadura.

Sus admiraciones, secretos y dedicatorias, sus momentos depresivos que contemplaron la miseria de su destino e incluso el suicidio como consta en el Testamento de Heiligenstadt, son sustantivas premisas para comprender su inspiración y aproximarse a un personaje fascinante, enigmático y admirable.

Porque por más o por menos que se le conoce, a Beethoven se le mira hacia arriba; está en lo profundo, se divisa en lo universal y en la enigmática genialidad; es decir, se le intuye como un personaje único e irrepetible.

4. Leyenda

Es probable que mucho de lo que se supone de Ludwig van Beethoven pertenezca, más bien, al terreno de lo mítico; a ese espectro en el que lo estrictamente humano y comprobado se funde con el resplandor portentoso de la ficción, con lo que no hay forma de afirmar con certeza o desmentir con reservas.

Así son esa clase de figuras cúspides de la humanidad que se transforman en mesías, en dioses, en leyendas, que se nutren de la imaginación, de la fe, de la necesidad de creer que existen entre nosotros y nos iluminan como faros en la cruda y mundana existencia.

En el caso de Beethoven, con numerosas biografías más o menos aceptadas durante años, aunque con claras limitaciones de raíz, hay interrogantes abiertas y que seguramente jamás se resolverán.

No sólo porque buena parte de la narrativa partió de Anton Felix Schindler, músico austríaco y exasistente de Beethoven, que por múltiples razones es una fuente directa no del todo confiable producto de sus falsificaciones, inventos, acomodo a conveniencia de la historia del músico y de las perspectivas, exageraciones, ocultamientos, insertos apócrifos, entre otras adulteraciones; los enigmas de Beethoven también permanecerán en esa condición irresuelta porque ciertamente poseía un genio creativo que pocos seres humanos han demostrado y desentrañar su mecanismo es una tarea que escapa a toda exactitud.

Sin perder de vista que Beethoven tenía de igual forma una vida interior intensa y rica, reservada, de mucho mayor significado que su cotidianidad externa.

¿De qué murió? ¿Un cabello de su frondosa y salvaje cabellera puede descifrarlo? ¿Recibía terapias médicas heterodoxas, bebía brebajes infortunadamente tóxicos con ansias de sanar sus males físicos? ¿Quedó completamente sordo? ¿Tiene algún sentido deconstruir su espíritu?

¿Quién fue su amada inmortal?

Los secretos de Beethoven se encuentran en su expresividad sonora, en la inagotable riqueza de su obra musical. Y esa, por fortuna, sí quedó a nuestro alcance, es vigente y continúa brindando significado a un arte, a un mundo, a la humanidad, 250 años después del nacimiento de su autor.

En un año de celebración que no fue. 

Ludwig van Beethoven falleció el 26 de marzo de 1827, a los 56 años de edad; un 26 de marzo, curiosamente, como el día en el que ofreció su primer concierto al público cuando era niño.

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