Monday, October 30, 2023

Peter Grimes en el Teatro alla Scala de Milán



Foto: Brescia&Amisano

Massimo Viazzo

Para el nuevo montaje de Peter Grimes, la Scala le hizo él encargó a Robert Carsen, uno de los directores de escena más apegados al teatro milanés.  Así, Carsen se ha presentado por la décima tercera vez en Milán y con la ayuda de sus colaboradores Gideon Davey (escenografías y vestuarios) Peter van Praet (iluminación), Rebecca Howell (coreógrafa) y Will Duke (videos) preparó un espectáculo emotivamente potente en el cual el ejemplar cuidado de los movimientos escénicos de los diversos personajes en escena fue de la mano de la poderosa excavación psicológica del protagonista.  La obra maestra de Benjamin Britten (1913-1976) tiene una discreta tradición de representaciones en el Teatro alla Scala, con su estreno italiano en 1947 (dos años después de su estreno londinense de 1945) dirigido por Tulio Serafin y en versión rítmica italiana, después con tres reposiciones posteriores.  Sobre todo, es para recordarse algunas con dos ‘monstruos sagrados” como fueron Jon Vickers en 1976 y Philip Langridge en el 2000.  El telón se abre en la escena del tribunal en el que Grimes es acusado (injustamente) de haber matado a su mozo. Una escena fija, lúgubre y desnuda que se transformaría en varios ambientes de la ópera, la taberna, la calle frente a la iglesia, la cabaña de Grimes, mientras que en la parte superior se dispuso un espacio para la realización de las proyecciones de video en las que se vería por momentos al joven muerto en el fondo de la barca entre los peces, los ojos ofuscados del protagonista, espejo de su inexorable caída al abismo, el tormentoso mar tan real como metafórico. La lectura del director de escena canadiense nos lleva súbitamente a la psique de Grimes, a su subconsciente, poniendo en evidencia ese sentimiento de culpa tan pesado que lo atormentaría a lo largo de la historia, y es el de no haber podido salvar a su aprendiz de cuya muerte le acusan los vecinos del borough. Sería justo ese sentido de culpa, después de la muerte accidental de su segundo aprendiz, que aniquiló a Grimes llevándolo al suicidio. No es casualidad que la última escena vuelva a mostrar el aula del tribunal con un retorno cíclico al inicio del prólogo, casi como si se tratara de un proceso infinito del que Grimes solo puede salvarse con la muerte. Brandon Jovanovich dibujó un Grimes gruñón, violento, abusivo, agresivo, brutal. El tenor estadounidense hizo una interpretación expresionista de la misma, refiriéndose claramente al modelo de Jon Vickers. Su Grimes es un personaje borderline, al límite, que sufre porque es incapaz de comunicar y que es abrumado por la falsa respetabilidad y la obtusidad de los vecinos del barrio. Vocalmente muscular, no siempre inmaculado en la emisión en el registro más agudo, Jovanovich pintó en escena un gran personaje trágico gracias a una notable prueba actoral.  Ellen Ford, la maestra viuda que intenta de mil modos salvar a Grimes fue Nicole Car.  La soprano australiana puso en evidencia una voz luminosa y muy lirica, logrando ser también intensa y dramática. Su interpretación pareció ser perfectamente idiomática. Al Capitan Bastrolde le prestó su timbrada y viril voz Ólafur Sigurdarson, notable también en el squillo en los agudos.  Para el barítono islandés Carsen creó un papel más cínico de lo habitual, retratándolo como un hombre de negocios codicioso e interesado en ganar dinero. El resto de los interpretes mostraron notable capacidad de actuación y lucieron vocalmente intachables. Así, es de recordarse a Peter Rose en el papel de Swallow, a Natascha Petrinsky como Mrs. Sedley, a Michael Covin como el hipócrita moralista Bob Boles, a Margaret Plummer en el papel de Auntie, con las desinhibidas sobrinas Katrina Galga y Tineke van Ingelgem, las dos principales atracciones de la posada. Simone Young, debutante en la Scala, mostró que conoce muy bien la partitura dirigiéndola con seguridad y energía, sabiendo replegar en los momentos más íntimos y nunca desbordando lo que son más asombrosos.  Hubo siempre un optimo equilibrio entre el foso y el escenario y en esto, la directora australiana mostró conocer muy bien el arte de saber acompañar a los cantantes, algo que hoy no siempre se da por descontado. Young devolvió a la partitura de Britten lucidez, vigor, pero también transparencia. De verdad que la suya fue una prueba mayúscula.  Al final, superlativo estuvo el Coro del Teatro alla Scala que dirige Alberto Malazzi, decisivamente muy ocupado en esta ópera. Al final el público decreto que fue un franco éxito.




AMA | Johann Sebastian Bach: esplendor de la música coral protestante en México

Foto: RJ

Ramón Jacques 

Desde su fundación en el 2017 la Academia de Música Antigua de la UNAM se ha consolidado como un proyecto atractivo, interesante y único en el medio musical mexicano, porque además vino a llenar un vacío existente en la ejecución del repertorio de música instrumental y vocal antigua. Asistiendo con frecuencia a sus conciertos se puede constar la ampliación de los repertorios y compositores ejecutados, así como la uniformidad y la cohesión que ha ido adquirido el grupo colocándolo en un buen nivel, así como la consolidación de algunos de sus miembros, quienes, en su proceso profesional y académico, varios han logrado emigrar al extranjero.  Aunque su sede habitual es en la Sala Simón Bolívar del Antiguo Colegio de San Ildefonso, y se presenta en diversas salas de la ciudad, el primer concierto de la presente temporada se realizó en una Sala Nezahualcóyotl, repleta en el primer piso, de público, compuesto de muchos jóvenes, que vino a escuchar un interesante y sugestivo concierto dedicado al compositor alemán Johann Sebastián Bach (1685-1750) titulado “Esplendor de la música coral protestante” un breve programa de apenas sesenta minutos de duración, muy evocador en su ejecución y que incluyo dos obras vocales-instrumentales pertenecientes a la transformación en la polifonía alemana debido a los cambios y el cisma que se dio en la vida religiosa en Europa, y que influenció  la música de Bach. En este concierto se escucharon la Misa Luterana en sol menor, BWV 235 y la Cantata Laß fürstin, laß noch einen Strahl (Déjate llevar, Princesa, deja un rayo más)  también conocida como Traeurode  (Oda fúnebre) BWV198 (1727). En ambas piezas se escuchó un complejo instrumental, reforzado por reconocidos interpretes locales de música antigua, ligero, uniforme que creo un marco ideal para las voces, de la AMA, tanto en conjunto como en destacadas interpretaciones individuales entre las que destacaría la del barítono Gerardo Vázquez, en el Gratias de la Misa Luterana, a la soprano Xanat Bautista, que conmovió en su recitativo y su aria en la cantata Trauerode, así como al tenor Rabindranath Vite en su breve aria Aria Der Ewigkeit saphirnes Haus quien ya había escuchado un par de veces la temporada pasada, y que ha exhibido y desarrollado mucho estilo y sensibilidad en la interpretación del repertorio antiguo, seguramente con muchos retos aun por alcanzar dada su juventud. Las partes corales se pueden considerar como notables.  Se agradece también que ahora los programas de mano incluyan el nombre de cada interprete dándole el crédito que se merece. La conducción musical estuvo a cargo del director invitado, el violinista argentino Manfredo Kraemer, cuya carrera ha estado estrechamente vinculada a la del director de orquesta Jordi Savall, con quien ha trabajado con frecuencia, tocando con su orquesta Le Concert des Nations como concertino, en giras, presentaciones y en grabaciones discográficas además de ser miembro del ensamble Música Antigua Koln, y hoy casi dedicado a la docencia. Kraemer apuntó hacia una conducción más pausada y sutil de los instrumentistas, obteniendo un resultado introspectivo, casi íntimo de cada pieza logrando resaltar el aspecto místico y religioso contenido en cada una de las piezas ejecutadas, pero sin privarlas del jubilo y regocijo que contienen. Cabe mencionar una semana antes del concierto de Bach con la AMA, el propio Manfredo Kraemer, regaló el 6 de octubre, y en la intimidad de la sala Carlos Chávez de la UNAM un concierto donde con su violín nos acercó a la colección de Fantasías para violín solo (1735), de George Philipp Telemann (1681-1767) que incluyó breves pero conmovedoras y emocionantes ejecuciones, algunas solemnes, que contienen una sucesión de movimientos lento-rápido similar al estilo de Corelli de: la  Fantasía 12 en la menor, Fantasía 11 en fa mayor, la Fantasía 1 en si bemol mayor, la Fantasía 3 en fa menor, Fantasía 4 en re mayor, la Fantasía 7 en mi bemol mayor, la Fantasía 9 en si menor, la Fantasía 8 en mi mayor dejando para el final la más alegre, vivaz de todas estas Fantasías, la numero 5 en la mayor, en un recital cargado de destreza, habilidad y buena práctica que emanó del violín del ejecutante.  No se debe olvidar que al final la fantasía significa algo surgido o relacionado con la imaginación, que se permite cierta improvisación y libertad del musico. Telemann fue contemporáneo de Bach, y aunque es menos conocido que él, siguió su tradición de componer sonatas y partitas logrando acumular una amplia variedad de composiciones para diversos instrumentos como: fantasías para flauta, treinta y seis para clavecín, y una cantidad de piezas vocales, y óperas. Un meritorio y loable trabajo es el que está realizando la AMA en la práctica y ejecución de música antigua, y la agrupación merece expandirse y llevar sus conciertos a diversas ciudades y recintos del país.


Peter Grimes - Teatro alla Scala

Foto: Brescia & Amisano

Massimo Viazzo

Per il nuovo allestimento di Peter Grimes la Scala ha dato l’incarico a Robert Carsen, uno dei registi più affezionati al teatro milanese. Carsen è tornato così per la tredicesima volta a Milano e con l’aiuto dei suoi collaboratori Gideon Davey (scene e costumi), Peter van Praet (luci), Rebecca Howell (coreografia) e Will Duke (video) ha predisposto uno spettacolo emotivamente potente, nel quale l’esemplare cura dei movimenti scenici dei molti personaggi presenti in scena andava di pari passo con un potente scavo psicologico sul protagonista. Il capolavoro di Benjamin Britten (1913-1976) ha una discreta tradizione di rappresentazioni al Teatro alla Scala, con la prima italiana avvenuta nel 1947 (due anni dopo la première londinese del 1945) diretta da Tullio Serafin e in versione ritmica italiana, e altre tre riprese in seguito. Da ricordare soprattutto quelle con due «mostri sacri» quali Jon Vickers nel 1976 e Philip Langridge nel 2000. Il sipario si apre sull’aula del tribunale in cui Grimes viene accusato (ingiustamente) di aver ucciso il suo mozzo. Una scena fissa, cupa e spoglia che si trasformerà nei vari ambienti dell’opera, la taverna, la strada davanti alla chiesa, la capanna di Grimes, mentre nella parte superiore viene predisposto uno spazio per effettuare delle video proiezioni in cui si vedranno di volta in volta il primo ragazzo morto sul fondale della barca tra i pesci, gli occhi allucinati del protagonista, specchio della sua inesorabile caduta nel baratro, il mare tempestoso tanto reale quanto metaforico. La lettura del regista canadese ci porta d’acchito nella psiche di Grimes, nel suo subconscio, mettendo in evidenza quel pesantissimo senso di colpa che lo tormenterà per tutta la vicenda, e cioè quello di non aver saputo salvare il suo apprendista della cui morte la gente del borough lo accusa. Sarà proprio questo senso di colpa, dopo la morte accidentale anche del secondo apprendista, ad annientare Grimes portandolo al suicidio. Non a caso l'ultima scena ripropone l'aula del tribunale con un ritorno ciclico all'inizio del Più rologo quasi come se questo fosse un processo infinito da cui Grimes non si può salvare se non con la morte. Brandon Jovanovich dipinge un Grimes scorbutico, violento, manesco, aggressivo, brutale. Il tenore americano ne fa una interpretazione di sapore espressionista rifacendosi chiaramente al Modello di Jon Vickers.  Il suo Grimes è un personaggio borderline che soffre perché incapace di comunicare e che sarà travolto dal falso perbenismo e dall’ottusità dei compaesani del borough. Vocalmente muscolare, non sempre immacolato nell’emissione nel registro più acuto, Jovanovich dipinge sulla scena un grande personaggio tragico grazie anche ad una notevole prova attoriale. Ellen Orford, la maestra vedova che tenta in tutti i modi di salvare Grimes, era Nicole Car. Il soprano australiano ha messo in mostra una voce luminosa e liricissima, sapendo anche essere intensa e drammatica. La sua interpretazione è parsa perfettamente idiomatica. Al Capitano Balstrode prestava la sua voce timbrata e virile Ólafur Sigurdarson. Notevole anche lo squillo negli acuti. Per il baritono islandese Carsen ha ritagliato un ruolo più cinico del consueto, ritraendolo come un avido affarista interessato a fare soldi. Un po’ tutti gli interpreti hanno mostrato notevoli capacità di recitazione e sono parsi vocalmente irreprensibili. Da ricordare Peter Rose nei panni di Swallow, Natascha Petrinsky come Mrs. Sedley, Michael Covin il moralista ipocrita Bob Boles, Margaret Plummer nel ruolo di Auntie con le disinibite nipotine Katrina Galba e Tineke van Ingelgem, le due principali attrazioni della locanda. Simone Young, che debuttava alla Scala, ha mostrato di conoscere benissimo la partitura dirigendo con sicurezza ed energia, sapendo ripiegare nei momenti più intimi e mai debordando in quelli più eclatanti. Ottimo sempre l’equilibrio tra la buca e il palcoscenico e in questo la direttrice australiana ha mostrato di conoscere bene l’arte di saper accompagnare i cantati, cosa che oggi non è sempre così scontata. La Young ha restituito la partitura britteniana con lucidità, vigore ma anche estrema trasparenza. Davvero una prova maiuscola la sua. Superlativo infine il Coro del Teatro alla Scala diretto da Alberto Malazzi, decisamente molto impegnato in quest’opera. E il pubblico ha decretato alla fine un franco successo.

Friday, October 13, 2023

Venice Baroque Orchestra en Bellas Artes


Fotos: INBA

Ramón Jacques

Como parte de la edición número 51 del Festival Internacional Cervantino, y del llamado Circuito Cervantino, que comprende los eventos del festival que se presentan en diversas sedes y ciudades del país fuera de Guanajuato, el público de la ciudad de México tuvo la fortuna de escuchar en el Palacio de Bellas Artes a la reconocida agrupación italiana, especializada en la ejecución de repertorio de música antigua, Venice Baroque Orchestra. El concierto, que el ensamble ofreció se tituló “Homenaje al Prete Rosso / Las Cuatro Estaciones” y estuvo dedicado completamente al célebre compositor, violinista, profesor y sacerdote veneciano Antonio Vivaldi (1678-1741), a quien se le atribuye, de acuerdo a diversas fuentes, la composición de alrededor de 770 obras entre las que se encuentran 400 conciertos, principalmente para violín, como para otros instrumentos y alrededor de 46 operas, siendo Las Cuatro Estaciones, el conjunto de cuatro conciertos para violín y orquesta, su obra más conocido.  Vivaldi a quien se le conocía como el “cura rojo” (o Prete Rosso en italiano) por su cabellera pelirroja, además de ser uno de los nombres más conocidos en el mundo de la música, inspiró la fundación de la Venice Baroque Orchestra por el musico, investigador y clavecinista Andrea Marcon, y aunque en esta ocasión ofreció un concierto totalmente instrumental, se debe consignar su presencia en México, así como la gran aportación que ha tenido en la búsqueda, descubrimiento, difusión, grabación y ejecución de óperas desconocidas de Vivaldi, y de operas del repertorio lirico antiguo, de compositores italianos y de Handel,  que incluye las primeras presentaciones en época moderna de óperas como: L’Orione de Francesco Cavalli; Atenaide, y Andromeda Liberata de Vivaldi; La Clementina de Boccherini, o L’Olimpiade con libreto de Metastasio en las versiones de Cimarosa y de Galuppi, y en un pasticcio que incluye arias de  Caldara, Galuppi, y dieciséis compositores más incluido el poco conocido, pero brillante, compositor napolitano Davide Perez, algunas escenificadas en coproducción con el Teatro La Fenice de Venecia, así como Siroe de Handel, sin olvidar la difusión que la orquesta y Marcon le han dado al oratorio vivaldiano Juditha Triumphans devicta holfernes RV 644, que han interpretado en versión escénica como en conciertos en importantes escenarios como la Fenice de Venecia, y en memorables versiones en el Concertgebouw de Ámsterdam y el Carnegie Hall de Nueva York, entre otros. La orquesta constantemente realiza giras y grabaciones discográficas con importantes cantantes como: Ann Hellenberg, Philip Jaroussky, o la mezzosoprano checa Magdalena Kožená con quien apenas el año pasado tuvieron como solista invitada en su gira de conciertos por Sudamérica.  En su paso por México se hubiera esperado la presencia de algún reconocido interprete vocal, y aunque no fue así, ello no implica consignar y resaltar este concierto, sobre todo en un periodo en el que la presencia de orquestas de ese nivel en nuestro país ha sido muy escasa.  Con un ensamble compacto, de apenas catorce elementos se escucharon piezas poco conocidas de Vivaldi como: el Concierto en si menor para cuatro violines, cuerdas y bajo continuo RV 580m Op.10 numero 3, o una rareza como el Concierto en sol menor para dos violonchelos cuerdas y bajo continuo, RV 531, que dio posibilidad para el lucimiento de los violinistas de la orquesta en la primera, y en la segunda colocando a los violonchelos en primer plano, algo pocas veces visto. Se escucharon también la Sinfonía en sol mayor, RV 146 y el Concierto en sol menor, RV 157.  Los músicos mostraron ser un grupo compacto, uniforme, que parecían disfrutar ejecutar una música muy suya, a veces de manera, intima e introspectiva, hasta la fulgurante explosividad, maestría y brillantez que emanaba del violín de Giampiero Zanocco, primer violín y líder de la orquesta, hasta la ejecución y el fundamental y casi imperceptible pero fundamental clavecín. Lamentablemente el programa proporcionado por el teatro no incluyó el nombre de todos los músicos presentes en el concierto y el instrumento que tocaban.  La velada lo coronó la sobresaliente ejecución de los conocidos conciertos que son Las Cuatro estaciones (Del cimento dell’Armonia e dell’Invenzione, 1727). Lo que me hizo pensar, cuantos conocemos estas obras y hemos escuchado alguna de ellas en de manera individual, pero ¿Cuántos en realidad habíamos tenido la oportunidad de escucharlas en su versión íntegra y de la manera tan destacada como la que regaló la Venice Baroque Orchestra? Los presentes ahí, lo podemos ya presumir.  El concierto se repitió unos días después en el Teatro Juárez de Guanajuato, como uno de los eventos más importantes de esta nueva edición del Festival Cervantino.



Tuesday, October 10, 2023

Don Giovanni en Los Angeles

Foto: Cory Weaver / LA Opera - Craig T. Mathew - Mathew Imaging

Ramón Jacques

La Ópera de Los Ángeles inauguró con esta función una nueva temporada con el siempre seductor e inquietante Don Giovanni de Mozart, sin duda uno de los títulos más celebres del repertorio operístico. Se trata de una reprogramación más que el teatro ha debido hacer (la obra estaba anunciada en enero y febrero del 2021) debido a las cancelaciones ocasionada por la pandemia. Tres años y medio después, aunque con un elenco diferente, se montó finalmente en el escenario angelino con la versión escénica del director danés Kasper Holten, (coproducida con la Royal Opera de Londres, donde tuvo estrenó en el 2014, la Ópera israelí, el Liceu de Barcelona y la Houston Grand Opera que la estrenó en Estados Unidos en el 2019 y la repondrá en el 2024). Las producciones europeas tienden a ser modernas, imaginativas y sobretodo algo polémicas y atrevidas para el gusto del público estadounidense, que como se sabe, suele ser conservador. El concepto de Holten, luce interesante y atractivo desde el punto de vista del público que lo observa, pero su dirección escénica no es muy convincente ya que llega a exceder algunos límites de la tolerancia y el mal gusto, concretamente en el desempeño actoral del personaje de Don Giovanni, a quien caracterizó con exagerado libido sexual, más vengativo que seductor, cargado y exagerado en el humor, quizás con el objetivo de provocar e irritar al público, y aunque el teatro es al final un reflejo de la vida misma, pero sin la intención de ser moralista, algunas situaciones y actitudes, concretamente hacia las intérpretes femeninas pasaron de intentar ser divertidas a ser  ofensivas. El montaje escénico ideado por Es Devlin, consistió en un enorme muro que ocupaba todo el escenario, era el exterior de un palacio y sobre el cual se proyectaban todo tipo de imágenes, figuras geométricas o abstractas y nombres de los lugares y las conquistas de Don Giovanni, en brillantes tonos color rojo, blanco y negro ideados por Luke Hall. Bruno Poet, se encargó de la iluminación, que complementó muy bien las proyecciones. La parte central del muro en ciertas escenas rotaba sobre el escenario mostrando dos niveles del interior del palacio que se conectaban por dos escaleras, por las que algunos personajes subían mientras otros bajaban cantando, una idea que pretendía ser cómica, pero que incidía en la proyección y volumen de las voces. Al final, Don Giovanni no es llevado por el Comendador ni tragado por la tierra, si no que permanece en la escena, invisible y sin la posibilidad de interactuar con los mortales o seducir a las mujeres.  Los vestuarios de Anja Vang Kragh lucieron vistos, aunque contrastaban con la atemporalidad del concepto de Kasper Holten. Por su parte el coro que dirige el maestro Jeremy Frank se mostró muy activo, profesional y participativo sobre el escenario y en los momentos que cantó fuera de él.  Hablando del elenco de cantantes, el barítono Lucas Meachem en el papel principal mostró personalidad y temperamento en su actuación personificando un arrogante, astuto, desenfrenado y degenerado Don Giovanni. Vocalmente, mostró grato color baritonal, expresividad, adecuada proyección, y un estilo que se adaptaba a las exigencias mozarteanas, cualidades que no exhibió en el mes de febrero de este año cuando interpretó al Conde en Le Nozze di Figaro en este mismo escenario.  La soprano Guanqun Yu agradó por su desempeño actoral y sobre todo por el manejo ágil, virtuoso y musical de su voz con el que dio vida al papel de Donna Anna.  En debut en este teatro, la mezzosoprano Isabel Leonard, mostró consistencia y buenas cualidades como Donna Elvira, aunque careció de sutileza y distinción en escena. Por su parte el tenor Anthony León cantó con elegancia y distinción, especialmente en sus arias y aportó carácter y relevancia al personaje de Don Ottavio. Ya desde sus días en el estudio de cantantes del teatro y cantando papeles menores la temporada pasada, daba a entender que estaba listo para cantar papeles principales. Simpática y afable estuvo la Zerlina de la soprano Meigui Zhang, quien posee una voz ligera, ágil y nítida para este tipo de papeles. Poco convenció el bajo-barítono Craig Colclough como Leporello, que cantó con timbre poco grato, y emisión nasal. Los exagerados gestos y movimientos en escena, y un vestuario poco atractivo tampoco ayudaron a que tampoco tuviera la notoriedad del personaje en la trama. Discretos estuvieron el bajo-barítono Alan Williams como Masetto, quien posee una voz potente, pero que utilizó sin sutileza y sentido, él y bajo Peixin Chan como el Comendador, que mostró una amplia y profunda voz, pero que ofreció muy poco para crear un personaje actoralmente convincente.  Al frente de la orquesta estuvo su director titular desde el 2006, el Maestro James Conlon, quien extrajo sutilezas de la partitura, dirigiendo con su habitual conocimiento y entusiasmo, aunque contrario a como lo he visto dirigir en este teatro, imprimió algunos tiempos más lentos de lo normal que hicieron que algunas escenas y el canto se hicieran letárgicos, pero en términos generales su desempeño fue bueno, incluido el acompañamiento de los recitativos con clavecín. La temporada incluye producciones de óperas conocidas del repertorio como: La Traviata, El Barbero de Servilla y Turandot (estas dos ausentes de este escenario durante varias temporadas) así como el estreno local de El ultimo sueño de Frida y Diego de Gabriela Lena Cruz, la visita anual de The English Concert con Rodelinda de Handel en concierto, entre otros eventos.






Tuesday, October 3, 2023

The (R)evolution of Steve Jobs en San Francisco

Fotos: Corey Weaver / San Francisco Opera

Ramón Jacques

Se presentó finalmente en el escenario de la Ópera de San Francisco la novedosa ópera The (R)evolution of Steve Jobs, ambicioso proyecto comisionado por los teatros de Santa Fe, Seattle y San Francisco; que tuvo su estreno absoluto en el verano del  2017 en el teatro de Santa Fe, donde se le considerada al día de hoy como la presentación más exitosa de una obra modera en la historia de esa compañía, además de que la grabación discográfica que se realizó y fue editada en mayo del 2018 por el sello Pentatone, obtuvo varias nominaciones y el premio Grammy Award, como la mejor composición contemporánea. Su escenificación en San Francisco era muy esperada, porque fue aquí donde nació la idea de su creación, y porque se tenía prevista que fuera vista en esta ciudad en el verano del 2020, pero lamentablemente tuvo que ser pospuesta por la inesperada cancelación de esa temporada a causa de la pandemia. Desde su estreno, la ópera ha recorrido diversos teatros estadounidenses, incluidos: el teatro de Seattle en el 2019, el teatro canadiense de Calgary en febrero del 2023 y la Ópera de Utah donde se realizaron sus recientes funciones, en mayo del 2023. La obra, es la primera creación operística del compositor estadounidense Mason Bates, residente de esta región californiana, cuyo amplio catálogo de música sinfónica ha sido interpretada por diversas orquestas importantes como: la Chicago Symphony San Francisco Symphony, Dallas Symphony entre otras, y que, por su profesión paralela de DJ de música electrónica, ha tenido como su enfoque principal el de crear y encontrar una intersección o puente que una la música sinfónica con la tecnología, que como ha señalado él mismo “busca otra manera en que la música clásica deba ser creada y experimentada” En esta ocasión, Bates colaboró con el experimentado Mark Campbell, destacado y premiado libretista, quien ha escrito el libreto de al menos cuarenta óperas más, la letra de sietes musicales etc. Debido al interés de Bates en la tecnología, la concepción ideal fue inspirarse en la vida del empresario y diseñador Steve Jobs, nativo de San Francisco, quien revolucionó el mundo de la tecnología con la creación de su conocida marca, como también el de la industria musical con la invención del IPod y de la mayor tienda musical en línea ITunes, lo que para Bates representaba perfectamente esa intersección entre la creatividad, tecnología, la música, y la comunicación humana, que solo la ópera podía transmitir. The (R)evolution of Steve Jobs, es de acuerdo al compositor, una ópera electro-acústica en un acto de noventa minutos de duración, y aunque la historia no aborda hechos biográficos o situaciones reales vividas por Steve Jobs, crea situaciones ficticias por las que quizás debía atravesar; y  está estructurada con un prólogo y un epilogo, donde en ambos aparece el niño Steve descubriendo sus habilidades creativas en el garaje de su casa ubicada en Los Altos california, suburbio en el sur de San Francisco, a un costado de las ciudades de Cupertino, Palo Alto (donde sitúa la universidad de Stanford), de Silicón Valley y de la propia San Francisco donde transcurrió su vida académica, profesional y creativa Steve Jobs y donde se desarrolla la ópera, que además contiene dieciocho escenas que crean una secuencia no linear de escenas y recuerdos en diferentes años, de situaciones ocurridas al personaje de la ópera, con el concepto de leitmotivs de melodías asignadas a cada acción y personaje. En cada escena de la ópera, el personaje de Steve Jobs se enfrenta a lo que estaba detrás del genio de la creación o “el hombre detrás de la maquina” como indica Bates, como el amor, la traición, la frustración, la obsesión, la arrogancia, su espíritu creativo, incluso su espiritualidad y el enfrentamiento con su enfermedad y su propia muerte. Sobre el escenario se vio la misma impresionante y visualmente atractiva producción escénica de la ópera utilizada en Santa Fe con diseños de Victoria (Vital) Tzykum, la iluminación de Japhy Waidemann los vestuarios de Paul Carey y el diseño de proyecciones de la empresa 59 Productions.  Los sencillas y dinámicas escenografías, que en realidad consistían en tres paneles o muros movibles, en realidad eran pantallas donde se transmitían proyecciones de elementos relacionados con la ciencia, con la empresa de Jobs, e incluso con pantallas de teléfonos Iphone, y que se reacomodaban en cada cambio de escena donde creando ambientes nuevos y donde se agregaban algunos elementos escénicos como sillas, escritorios o en ocasiones nada, haciendo que la obra se desarrollara con fluidez y continuidad. 

El encargado de la dirección escénica fue de nueva cuenta Kevin Newbury, quien trabajó detalladamente en los movimientos y el rápido reacomodo de los cantantes y coro, entre los cambios de escena y espacio que se le permitía, en especial el minucioso trabajo con los personajes principales como el de Steve Jobs, que aparece en prácticamente todas las escenas de la obra, y debe adoptar diferentes estados de ánimo y expresiones en la corta duración de cada escena.  Newbury, contribuyó a un espectáculo radiante, luminoso y esplendoroso a la vista del público espectador. A eso contribuyó también el manejo de la iluminación.  La música de Bates, ofrece un indudable sonido moderno, asequible e inteligible, harmonioso, interesante y grato, en una orquestación que en el foso unió a la orquesta del teatro de 65 músicos en total, a la que le incorporó  algunos instrumentos poco habituales en la ópera como la guitarra acústica, percusiones como: la marimba y siete timbales, además de que el propio Bates se situó entre los músicos de la orquesta durante la función, con dos computadoras Mcbook pros, con los que creaba su música electrónica (estos instrumentos contaron con amplificación) que sin embargo, no fue invasiva o desfasada con los demás instrumentos de la orquesta logrando que del foso surgiera una lúcida orquestación, que creó una mezcla de sensaciones mágicas, tecnológicas, sonoras, incluso por momentos como si se tratara de la banda sonora de una película.  Al frente de la orquesta estuvo el maestro Michael Christie, quien dirigió el estreno mundial, y que se nota conoce su conocimiento de la partitura y sus momentos destacados, que dirigió con precisión, entusiasmo y notable familiaridad con la pieza porque la ha dirigido en las diversas funciones de la ópera.  No se puede olvidar la activa participación del coro de la Ópera de San Francisco, muy activo cantando sobre la escena y fuera de ella y como la innumerable cantidad de personajes a lo largo de diversas escenas, en un trabajo pleno de profesionalismo y conjunción, bajo la guía de tu titular el maestro John Keene. Del elenco se debe destacar la presencia del barítono John Moore, que, aunque no fue quien creó el papel de de Steve Jobs, se ha adueñado del personaje que ha cantado en la mayoría de funciones realizadas en otros teatros. Lo suyo fue un verdadero tour de forcé vocal y escénico, para un papel muy activo en escena durante toda la obra, recreando muy bien físicamente a Steve Jobs (vistiendo su tradicional camisa de cuello alto negro, sus jeans e inconfundibles lentes) al que dotó de intensidad, ímpetu, y energía, incluso mostrando algunos toques de humanidad, cuando el personaje se encuentra que a pesar de su talento creativo es un mortal más. Vocalmente cantó dándole sentido a cada frase que emitió, con  claridad, buena dicción y grato color baritonal. La mezzosoprano Sasha Cooke, quien recreó el papel de Laurene Powell Jobs estuvo sobresaliente, y lo hizo con elegancia, garbo y soltura. Vocalmente prestó su brillante y suntuosa voz al personaje que posee los momentos más liricos y cantables individualmente y lo hizo con sentimiento, nitidez y profundidad. Por su parte, el bajo chino Win Hu cantó con autoridad y actuó muy bien al personaje de Kōbun Chino Otogawa el sacerdote zen consejero espiritual de Jobs. (Cooke y Hu son los únicos cantantes del elenco que estuvieron en el estreno de la obra en Santa FE). 

Se debe destacar también la caracterización de Steve Wozniak, el cofundador de Apple, personificado por el tenor Bille Bruley con grato timbre y jovialidad, así como a la soprano Olivia Smith como Chrisann Brennan, primera pareja de Jobs, por su expresividad vocal y franqueza actoral y del barítono Joseph Lattanzi en el papel de Paul Jobs, padre de Steve. Un reconocimiento va para al resto el resto del extenso elenco de cantantes, quienes, a pesar de interpretar papeles menores o breves, sirvieron complementaron un espectáculo muy completo. The (R)evolution of Steve Jobs, es una de tres óperas contemporáneas que tiene agendadas la Ópera de San Francisco en la presente temporada, la 101 de su historia. Los otros títulos son Omar con libreto y música de Rhiannon Giddens, basado en la biografía de Omar Idn Said un hombre musulmán que vivió esclavizado en Charleston South Carolina en el siglo 19, así como Intelligence ultima ópera de la compositora Kaija Saariaho. Las obras contemporáneas, como esta de Steve Jobs, que tiene una evidente cercanía con el público que colmó las butacas del teatro y reaccionó con mucho entusiasmo y aceptación, parece estar creando un fenómeno o quizás una disyuntiva para los teatros, ya que el público parece interesado en ver y escuchar obras nuevas, y parece abandonar obras del repertorio tradicional operístico, que por experiencia observo, ya no llenan los teatros internacionales. Sin duda, un nuevo reto que deben afrontar los teatros.

Picture a day like this en Aix-en-Provence, Francia

Fotos:Jean-Louis Fernandez / Festival d'Aix en Provence

Fabiana Crepaldi 

Se trata de la cuarta ópera del dúo George Benjamin y Martin Crimp, la obra se estrenó, con gran éxito, en la 75ª edición del Festival de Aix-en-Provence.  En un artículo reciente hablé un poco de las óperas en forma de concierto presentadas en la 75ª edición del Festival d'Aix-en-Provence que tuvo lugar en julio en la acogedora ciudad del sur de Francia. Después de una interrupción más larga de lo previsto para ocuparme de las producciones paulistas y de la repentina muerte de Renata Scotto, y sobre todo, para reflexionar adecuadamente sobre el brillante trabajo que aquí abordaré, volví al Festival de Aix. En este breve texto, analizo lo que, en mi opinión, fue el plato fuerte y destacado de esta edición: el estreno mundial de Picture a Day Like This, del ya reconocido dúo George Benjamin y Martin Crimp .

Cuando pienso en el Festival de Aix-en-Provence me vienen a la mente tres ideas: Mozart (un compositor casi siempre presente), estrenos mundiales y producciones modernas, que en la mayoría de los casos se pueden clasificar como Regietheater – una forma de teatro de autor que no se presenta. hasta una mera ilustración del libreto. Todo esto estuvo presente en el que fue mi primer – espero que muchos – viaje al evento. Mozart, es cierto, esta vez no debió estar muy contento. Così Fan Tutte – título que tiene una importancia especial en el festival, que estuvo presente en su primera edición hace 75 años y que contó allí con una gran producción de Patrice Chéreau en 2005 – fue confiado a Dmitri Tcherniakov (dirección escénica) y Thomas Hengelbrock (dirección musical) y era una de las producciones más esperadas de la edición de este año. Sin embargo, fue una decepción general: desde el punto de vista escénico, aunque con el sello de calidad de Tcherniakov, era imposible hacer la vista gorda ante las diversas inconsistencias; musicalmente, cantantes con problemas técnicos inaceptables en un evento de esta magnitud, con derecho, incluidas afinación imprecisa.

Picture a Day Like This no fue la primera obra de Benjamin y Crimp que se estrenó en Aix, esa tierra fértil no sólo para la producción de vino y lavanda sino también para nuevas óperas. Fue allí, en 2012, donde debutó el primer gran éxito del dúo: Written on Skin. Otro estreno, más reciente, que tuvo un grande y merecido protagonismo fue, en el 2021, la impactante Innocence, último trabajo de la compositora Kaija Saariaho, que nos dejó en junio de este año. Además de Written on Skin y Picture, Benjamin y Crimp tienen otras dos obras en su catálogo: Into the Little Hill, estrenada en París, en el anfiteatro de la Opéra Bastille en el 2006, y Lessons in Love and Violenc, creada en el 2018 en Royal Opera House de Londres. Lo primero que llama la atención es que, de las cuatro óperas de este dúo inglés, tres se estrenaron en Francia -país donde tuvo lugar gran parte de la formación de Benjamin, que fue incluso alumno de Messiaen- y sólo una en Inglaterra. Si Written on Skin y Lessons in Love and Violence son tragedias psicológicas violentas, con traición y celos, opresivas tanto desde el punto de vista musical como en relación con la trama, la atmósfera de Picture a Day Like This es muy diferente, ya que revive el tono de cámara, y la sensación de cuento de hadas de Into the Little Hill. Sin embargo, lo que todas las óperas tienen en común es que tratan temas extremadamente contemporáneos basados ​​en historias antiguas, generalmente medievales. Por tanto, la esencia atemporal del alma humana está presente en este conjunto. Al igual que en los cuentos de hadas, en Picture los personajes no tienen nombres propios nombres, pero llevan el nombre de alguna característica (lo que sugiere que son arquetipos, y no una persona específica) el personaje principal se encuentra en una situación vulnerable (no es huérfano, como (Es común en los cuentos de hadas, sino todo lo contrario: perdió un hijo) y la narración no es realista, existe el elemento mágico, o mejor dicho, fantástico. Además, se cuenta el aprendizaje, a través de una sucesión de encuentros, en la línea de Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll. Al igual que en las Alices, en Picture los encuentros se producen en la mente de la protagonista, una Mujer que, a diferencia de Alice no tiene nombre. También como en Alicia, quien es sometida a este aprendizaje es un personaje femenino, y no el joven héroe de un típico Bildungsroman del siglo XIX. A diferencia de Alice, sin embargo, en Picture la protagonista no es una niña, sino una mujer joven: una madre que perdió a su hijo pequeño ( "Tan pronto como mi hijo comenzó a hablar con frases completas, murió" ). En el programa de mano, Martin Crimp escribió que su punto de partida fue la fábula popular La camisa del hombre feliz, que narra la historia de un rey que padecía una enfermedad mortal (en algunas versiones, como la presente en Fábulas italianas de Italo Calvino, era el hijo del rey quien estaba enfermo y deprimido) y que, para curarse, necesitaba intercambiar camisetas con un hombre realmente feliz. En cada hombre que conoció, el rey descubrió una frustración. Desanimado, salió a cazar para intentar distraerse y escuchó cantar a un campesino feliz de la vida. El rey se acercó a él y le preguntó si quería seguirlo a la capital, a lo que él respondió (según la traducción del libro de Calvino):“(…) no realmente, gracias. No cambiaría de lugar ni siquiera con el Papa. (…) Estoy feliz así y con eso basta” . El rey estaba muy contento: ¡afortunadamente había encontrado a un hombre feliz! Sin embargo, pronto se dio cuenta de que el hombre feliz no tenía camisa.

Como la historia es algo moralista, Crimp comenzó a investigar sobre el tema. Pronto se topó con el Romance de Alejandro, que data aproximadamente del año 300 a.c. y cuenta la vida de Alejandro Magno. Cuando estaba a punto de morir, Alejandr escribió a su madre recomendándole que invitara a su funeral, independientemente de su clase social, a todas las personas que nunca habían conocido la infelicidad. Resultado: el funeral estuvo vacío, mostrándole a la infeliz madre que el dolor y la muerte son universales. Para Crimp, este pasaje del Romance de Alejandro es una severa lección de estoicismo, imbuida de un espíritu militar. Su búsqueda continuó. Finalmente encontró un texto con una temática cercana a este extracto del Romance, pero, según él, mucho más misterioso y mucho más humana: el cuento budista de la semilla de mostaza, que cuenta la historia del joven Kisha Gotami, cuyo hijo había muerto. Desesperada, Kisha Gotami salió con el niño en brazos en busca de una medicina y le recomendaron que fuera a ver a Buda. El Buda le dijo que su hijo y ella podían curarse con una simple semilla de mostaza blanca, pero que ese grano tenía que venir de una casa donde la muerte nunca había entrado. Iba de casa en casa, pero todos siempre le ofrecían el grano a excepto que alguien no hubiera muerto allí. Como la madre de Alejandro, pero de una manera más humana, Kisha Gotami aprendió que el dolor y la muerte eran universales. Al final del cuento, ella se dedica a la religión y, en el templo, se da cuenta de que la duración de la llama de cada lámpara varía, como sucede en la vida de los seres humanos. En Picture, essas tres parábolas, de épocas, sociedades y culturas tan diferentes, se transforman y llegan al encuentro de nuestra cultura y nuestro tiempo. La mayor fuente de dolor sigue estando representada allí a través de la madre con el hijo muerto - stabat mater doloroso. Este viaje psicológico, como observó Benjamin en una entrevista publicada en el programa de sala, no es nada realista. La puesta en escena minimalista y de buen gusto de Daniel Jeanneteau y Marie-Christine Soma , que participaron en la creación de las obras de Benjamin y Crimp y que, además de la dirección escénica, diseñaron la escenografía, la dramaturgia y la iluminación, fijaron la trama en la mente de Mulher: alrededor del escenario, una pared de metal confinaba y reflejaba la escena de una manera ligeramente borrosa. El escenario cobró mayor fuerza con el excelente y significativo vestuario de Marie La Rocca. Con una orquesta formada por una veintena de instrumentistas –en la que predominaban los instrumentos de viento y metal, no las cuerdas– y con sólo cinco solistas en escena, la ópera tiene dimensiones y sonido de cámara. No en vano, el espacio elegido para el estreno, que contó con la Orquesta de Cámara Mahler dirigida por el propio compositor, fue el pequeño y acogedor Théâtre du Jeu de Paume, un teatro de estilo italiano, inaugurado en 1787 y completamente renovado en el año 2000, cuya capacidad no llega a 500 personas. El nombre se debe a que fue construido en el lugar donde existía un verdadero Jeu de Paume (un juego predecesor del tenis). Con las entradas agotadas, el teatro lleno y en un día muy caluroso, el aire acondicionado se descompuso rápidamente, pero ello no intimidó al público que observó, atentamente la última representación de esta apasionante ópera.

“Cuando hablamos de 'teatro musical', evoca en mi espíritu, sobre todo, la voz humana: esa cosa maravillosa, eterna y majestuosa. Realmente lo considero como el elemento central” declaró Benjamín en una entrevista publicada en el programa de mano. “Las palabras son muy importantes, evidentemente, pero hay que cantarlas, cantarlas de verdad”. Para él, cuando un cantante habla durante una ópera, como ocurre en Carmen o La flauta mágica, hay una ruptura, algo parece romperse. Respecto al canto, Benjamín afirmó que le molestan dos cosas de las obras contemporáneas. Uno de ellos es la escritura vocal en “zigzag”, con grandes saltos, que es tan popular. Otra es que, en muchas obras, los cantantes tienen mucho vibrato, hasta el punto de que resulta difícil definir en qué nota cantan. Explica que cuando el acompañamiento era sencillo, como lo era en la época de Verdi, por ejemplo, era fácil reconocer la nota. “Pero en la música moderna los lenguajes armónicos ya no son los mismos y sospecho que los cantantes ya no saben exactamente a qué altura deben cantar: este vibrato refleja cierta inseguridad y falta de confianza”. Por tanto, es necesario ayudar al cantante, pero sin que el canto sea doblado por la orquesta, sin utilizar un lenguaje rítmico o musical del siglo XIX. Como explica también en el programa el musicólogo Pierre Rigaudière, citando al propio Benjamin, el compositor recurre a una escritura orquestal polifónica “que actúa como caja de resonancia selectiva para que las líneas vocales queden claramente incrustadas en el tejido orquestal y el ambiente armonioso, tanto para el cantante y para el público” El resultado de ello es una música claramente moderna, contemporánea, innovadora, que nos atrapa sin que sus disonancias provoquen sensación de malestar, sin que nos quedemos a la deriva en medio de la complejidad rítmica y melódica. La orquesta, polifónica, es transparente y nunca tapa a los cantantes. La canción tiene elementos de recitativo secco y momentos de un arioso fluido, incluidos algunos melismas en momentos específicos -que indican, sobre todo, éxtasis o locura-. Como Mozart y tantos otros grandes compositores de la historia, Benjamin compuso pensando en los cinco intérpretes que crearían su ópera y en sus características vocales. Esta es una experiencia que tanto los cantantes como nosotros del público, sólo podemos vivir con obras contemporáneas, que escuchamos las obras como y para quién fueron compuestas.  En una entrevista publicada en la edición de junio de Opéra Magazine , Benjamin dijo que vio a Marianne Crebassa , creadora de la protagonista de Picture , en un recital en el Wigmore Hall, en Londres, y le pareció fenomenal, con graves impresionantes. En Picture, en cada encuentro de la Mujer en busca de la persona feliz, el tono se acerca a la tumba: al principio, una voz más ligera y delicada la presenta a la supuesta persona feliz, como pidiéndole permiso, pero la gravedad de la situación, el drama de alguien que, en realidad, es desafortunado, lleva al cantante a un tono serio. Crebassa es realmente fenomenal, esta era la segunda vez que tenía la suerte de verla en vivo: la primera fue en 2018, como una inolvidable Mélisande en Pelléas et Mélisande de Debussy, en la Staatsoper de Berlín, y precisamente la ópera que Benjamin dice que es su favorita, y que influyó claramente en su composición, especialmente en las líneas de canto. Crebassa tiene una voz homogénea, con excelente proyección, con buen peso en la zona media-baja. Más importante aún: su voz tiene matices, tiene un color rico, sabe tener cierta gravedad, mantener la tensión del personaje, sin perder el brillo de su hermoso timbre. La ópera, que dura aproximadamente una hora, consta de siete escenas breves. En la primera y quinta escena, la Mujer, que no sólo es protagonista sino también narradora, está sola; Precisamente la quinta escena, en la que canta su aria, ocupa una posición central y puede considerarse un punto de inflexión. La música comienza discretamente y una sola nota marca el tono y continúa sonando durante un rato. La Mujer comienza su canción, a capella , hablando de su hijo con la dulzura de una canción de cuna que rápidamente adquiere un tono serio y trágico (then he had died) y continúa como una canción lastimera. No nos cuenta el motivo de su muerte: sólo habla del enfado que sintió, pero que, aun así, cumplió con su papel: lo lavó, lo “envolvió con la seda de siempre para quemar” y le cerró sus ojos. También cuenta que las mujeres vinieron a buscarlo – “a buscarlo para quemarlo, sugiriendo un ritual de cremación de alguna religión oriental, especialmente de la India, como el budismo, el hinduismo, el sijismo. Fue entonces cuando dijo “¡no!”– y fue en ese momento que la orquesta empezó a sonar, discretamente – y preguntó: “la tierra fría – los tallos de flores muertos vuelven a la vida – ¿por qué no – por qué no mi hijo?” Entonces – nos cuenta bajo una música con más ritmo, más colores y cierta ironía y cierto tono de aventura – una de las mujeres sonrió y le dijo:

“Encuentra una persona feliz en este mundo y quítale un botón de la manga. Haga esto antes de que oscurezca y su hijo vivirá”. 

Mientras decía esto, le entregó una página, arrancada de un libro viejo que contenía una lista de candidatos a personas felices. En este breve soliloquio ya es posible percibir el estilo de recitativo utilizado por Benjamin –cantado, sin esa interminable y monótona repetición de una misma nota que se encuentra en tantas obras anti musicales modernas–, así como la variedad de colores. en el canto de Crebassa que pronunció cuidadosamente cada palabra, cada una de las frases del texto; -estas frases son generalmente cortas incluso truncas. El interesante peso que se le da a cada consonante, la forma acentuada en que suenan las consonantes en la canción, además de facilitar la comprensión del texto, dan fuerza y ​​vitalidad al recitativo.

A partir de esta primera escena llama la atención el efecto visual de cantantes y actores mezclándose con sus figuras sobre las paredes metálicas, efecto que se acentuaría en las siguientes escenas. La Mujer va en busca del botón de la manga de la camisa del feliz. Antes de las tres primeras reuniones, sostiene la hoja y la lee, y las tres veces que la lee, escuchamos más o menos el mismo recitativo, a modo de proclamación, acompañado de metales sordos, dando unidad y coherencia al discurso musical. Otra característica común a todos los encuentros, especialmente cuando se encaminan hacia el fracaso, es un discreto repique de campanas. En la segunda escena, la Mujer tiene su primer encuentro: una pareja de amantes, aparentemente muy felices, pero sólo en apariencia. De hecho, no se aman y terminan peleando: mientras el amante sueña con una relación, si no estable, al menos exclusiva, el amante es fanático del poliamor. En ese momento, con los amantes bajo el foco, los reflejos en las paredes metálicas parecen cobrar aún más relevancia poblando la escena. Inicialmente, el ambiente musical es lírico, fluido; La combinación de las voces de los amantes, la soprano noruega Beate Mordal y el contratenor persa-canadiense Cameron Shahbazi , como en la música barroca, creó una atmósfera sensual, de juventud viril. En polifonía y con notas largas, sus hermosas canciones a veces se complementan, o a veces se entrelazan, mientras la orquesta creaba una atmósfera casi mística, por supuesto, hasta el momento de la discusión. En la entrevista con la revista Opéra, Benjamin mencionó que Fantasías para viola, las canciónes da gamba de Purcell cambiaron su vida como compositor. La forma en que interactúan las voces de los amantes al comienzo de la escena, que contrasta con el canto de la Mujer, trae claros ecos de la brillante obra de Purcell. Cuando los amantes empiezan a discutir, la línea melódica del amante sigue siendo sensual, con notas largas –no se estremece demasiado–, pero el canto del amante cambia considerablemente y sus líneas dejan de combinarse y empiezan a contrastarse.Decepcionada con su primer encuentro, la Mujer acude al segundo de la lista: un artesano que llega atrapado en un cubo de acrílico y que dice estar sumamente feliz. Él, sin embargo, está contento con la medicación psiquiátrica, ya que fue sustituido por máquinas en la fábrica donde trabajaba lo que lo arruinó y lo volvió loco. El ambiente musical es más misterioso, más oscuro, y el canto del barítono, a veces melismático, abarca cuatro octavas: desde la región grave hasta el registro agudo. El excelente barítono americano John Brancy recorre todo su registro y llega al falsete con total homogeneidad, sin ninguna ruptura en su historial. Cuando comienza a entrar en un estado de excitación, su canto, más duro y enfático pierde casi por completo su legato. En la orquesta, la música también se vuelve más fuerte y disonante, creando una atmósfera de suspenso que, luego de que el artesano menciona sus numerosos intentos de suicidio, termina de manera fúnebre (No one will let me die). Como antes el hacía botones, en su manga había miles de botones de todo tipo, pero es un pobre desgraciado, una víctima del progreso y de la sociedad. La tercera en la lista, una compositora muy exitosa, famosa y activa, que aparentemente lo tiene todo para ser feliz, pero es demasiado insegura y egocéntrica para eso; en el fondo, está descontenta y teme convertirse en una nota a pie de página en la historia y se siente sola. Mordal y Shahbazi regresan al escenario, es la misma pareja de soprano (el compositor) y contratenor (su asistente) de su primer encuentro. No dejan de caminar, sin salir de su lugar, pero siempre simulando una carrera, y una carrera que, literalmente no los lleva muy lejos. Una vez más, sus canciones se complementan. En la orquesta, un sonido que sugiere una sinfonía contemporánea, destacando las cuerdas, especialmente los violines, en una especie de ostinato ¡No puedo resistirme a resaltar el toque bossa nova que aparece cuando la compositora menciona a Río de Janeiro en la lista de ciudades en las que ha estado! En el momento en que dice que, a pesar de toda su fama, no es feliz, es como si las cuerdas estuvieran desafinadas. La melodía parece volverse sin rumbo, aburrida. Cansada, desanimada, se lamenta la Mujer con una aria impactante, uno de los momentos centrales de la obra –y otra demostración más de la enorme calidad artística de Crebassa. Sola, oprimida dentro de su propia mente, canta dos veces, como si fuera un mantra, lo que ya había aparecido en la escena inicial: “los tallos de flores muertos vuelven a la vida – ¿por qué no – por qué no mi hijo? La melodía, con variaciones, es prácticamente la misma que la primera escena, pero la orquestación y el canto difieren mucho: la serenidad del principio dio paso a la agitación, a la desesperación. La orquesta suena fuerte, pero Crebassa tiene voz suficiente para no ser tapada. Después de una larga pausa, la misma frase (“vapores muertos de flores…”) regresa con el texto y la melodía distorsionados y en un ambiente musical mucho más tranquilo, como si estuviera entumecida, exhausta, después de la crisis, un cambio de humor propio del lamento. Termina el aria diciendo que ya no quiere la lista, sino milagros. Es allí, en este ambiente más tranquilo, donde aparece un coleccionista de arte. Brancy, el barítono, que alguna vez fue un artesano, regresa con un estilo de canto muy diferente, con líneas más largas y suaves. Permanece más tiempo en la región grave, pero va hacia el falsete una vez. Acompañado por los mismos metales apagados, él mismo recita su descripción en la lista y añade: “Tengo habitaciones llenas de milagros”. El nos conduce por obras de artistas de diferentes épocas, escuelas y estilos. Y también lo es la música: melodías más líricas, digamos incluso más románticas, atraviesan este tejido orquestal típicamente contemporáneo. Sin embargo, para que el coleccionista sea feliz, la Mujer debe amarlo: “¿Cómo podría amarlo? ¡No! "Avergonzado, el coleccionista solitario le dice el apellido de la lista: Zabelle. El coleccionista abre la puerta y le permite que la Mujer entre al jardín de Zabelle. Es como si estuviera entrando en uno de los cuadros del coleccionista, y aquí recordamos a Alice, que atravesó el espejo del salón y acabó en un jardín. La mujer vuelve a leer su catálogo, pero esta vez, la lectura es musicalmente distinta a las anteriores, y, al final, Zabelle continúa su frase -recurso que se repetirá más adelante-. Zabelle es el único personaje de la ópera que tiene un nombre: un nombre armenio cargado de significados positivos, uno de los cuales es "comprometido con Dios". Según la leyenda, el Jardín del Edén estaba en Armenia; Según la historia, bajo el dominio otomano, hace exactamente un siglo, el pueblo armenio fue víctima de un genocidio. Aparte de la Mujer, Zabelle es el único personaje que no puede confundirse con ningún otro, que cuenta con una intérprete exclusiva: la gran soprano austriaca Anna Prohaska.

La tarde estaba cayendo, el tiempo estaba llegando a su fin. En la orquesta, la repetición enfática de las notas mi bemol y re (que ya habían sonado al final de cada encuentro frustrado) crea una atmósfera de suspenso. En el paradisíaco jardín, además de Zabelle, la Mujer dice ver un largo sendero de árboles, un hombre dormido en un banco, un niño lanzando su barquito de papel a los arroyos que riegan el jardín, una niña jugando en un columpio... sonido envolvente de una canción. Se pueden escuchar sonidos de pájaros provenientes de la orquesta. ¡Finalmente había encontrado a alguien verdaderamente feliz! Zabelle, sin embargo, que parece ser una imagen de la propia Mujer, le dice: “Imagina un día como este. La luz del sol da paso a largas estelas de sombra al anochecer. Mi jardín se oscurece – y a la luz de las estrellas, los hombres fuerzan las rejas metálicas: ocupan el parque” – en la orquesta se escuchan sonidos de fanfarria – “Se llevan la casa y todo (…). Dejo a mi bebé. No se ve bien – tiene frío, tiene frío – no recuerdo cuánto grité. Ni niño, ni barquito de papel, ni columpio ni marido…”. Zabelle demuestra que un momento, un paisaje, una “imagen” no basta para determinar la felicidad de una persona. Y concluye: “Soy feliz sólo (…) porque no existo”. Zabelle le extiende el botón a la Mujer, pero hay una barrera que las separa. Para representar el jardín paradisíaco de Zabelle, el escenario más bello de la ópera, Daniel Jeanneteau y Marie-Christine Soma rodearon el escenario con proyecciones de cuadros químicas del artista franco-marroquí Hicham Berrada. Vivas, hermosas, coloridas, pero químicas, artificiales, una ilusión. En el programa mano, Jeanneteau comentó que la idea era crear un paraíso a la vez suntuoso e inviable: “La obra de Hicham Berrada es sumamente bella plásticamente y con la ventaja de poder representar un florecimiento de vegetales sin utilizar flores (…). Las obras de Hicham Berrada, sus 'acuarios', son, en efecto, medios absolutamente inadecuados para la vida: son, en realidad, sustancias químicas extremadamente peligrosas, pero que producen esta apariencia de vida y de esplendor”  Arriba ya mencioné que Zabelle, más de una vez, continúa la frase que cantaba la Mujer. Otra característica constante del dúo entre la Mujer y Zabelle es que mientras una canta una línea más larga narrando algo, la otra realiza breves contrapuntos en la región inferior. Aunque Crebassa y Prohaska tienen timbres muy diferentes, sus voces combinan perfectamente, reforzando la idea de que existe una conexión entre ellas: son la misma persona, Zabelle es una imagen de la Mujer, o algo así. En el enigmático final, cuando, según la narración de la Mujer, regresa la escena inicial, las mujeres que miran dicen que la página había sido arrancada del vasto libro de los muertos y que nadie podía cambiar eso. La Mujer sonríe y les muestra el botón que brilla en la palma de su mano. El final, aunque enigmático, deja claro que el botón brillante, más que un rayo de esperanza o una luz para comprender la vida, como las lámparas de Kisha Gotami, contrasta con el fatalismo del “libro de los muertos”. Los frutos de la vida y de la felicidad no son conceptos tan simples, tan bien determinados, que no se pueden determinar en un solo día, que no caben en una hoja, que no se pueden enumerar – “Odio las listas”, dice Zabelle .

Pero, sobre todo, no podemos perder de vista que, al tratarse de un cuento de hadas, de un viaje mental, la situación de perder un hijo debe tomarse en sentido figurado, no literalmente. En otras palabras, no me parece que Picture tenga como tema el duelo. La obra presenta las frustraciones de la vida de una mujer que, como todas las mujeres -o todas las personas-, incluida Zabelle, crea un paraíso de ilusiones, pero, en la vida real, se enfrenta a un mundo diferente e impredecible, que atraviesa las pérdidas más difíciles. y separaciones, éxitos y decepciones, tanto en el ámbito personal, como en el amoroso, como en el intelectual o profesional. “Soy feliz sólo (…) porque no existo ” dice Zabelle, en medio de su paraíso “suntuoso e inviable”. En este sentido, además de las fuentes citadas por Crimp y las dos obras de Lewis Carroll que relatan las aventuras de Alice, es imposible no recordar Cándide de Voltaire. Se trata de otra saga de encuentros (y desencuentros) concebida en formato de cuento de hadas, que parte de la ilusión -fatalista y alienante- de que vivimos en el mejor de los mundos posibles, pero los personajes no tardan en revelar su infelicidad. Voltaire escribió Cándide fuertemente impactado por el terremoto que destruyó Lisboa y la Guerra de los Siete Años: dos tragedias, una natural y otra provocada por el hombre. En Cándide, al final del capítulo 12, en un viaje en barco desde Europa a Sudamérica, la anciana (que a pesar de su origen noble no tiene nombre, como ocurre en los cuentos de hadas y con los personajes de Crimp), después de haber narrado las desgracias que sufrió. Atravesado, le propone a Cunegunde (en la traducción de Mário Laranjeira): “Lleva a cada pasajero a contarte su historia; y si hay uno que no ha maldecido muchas veces la vida, que no se ha dicho muchas veces que era el más desgraciado de los hombres, tírame de cabeza al mar. Después de escuchar a los demás pasajeros, Cándide y Cunegunde concluyen que la anciana tenía razón. Más tarde, en el capítulo 24, Cándido cree ver una pareja realmente feliz: un monje y una muchacha. Martino, criado de Cándido, no se engaña: “Apuesto a que no están [contentos]” "Invítalos a cenar ", dijo Cándide, "y verás si me equivoco " . La niña era Paquette, una prostituta infeliz que había sufrido varios males y que siempre tenía que fingir felicidad delante de sus clientes. El monje, el hermano Giroflee, se revela extremadamente descontento con la orden a la que pertenece. Cándide acaba también con un jardín, pero no el de Zabelle, que no existe, sino el de Voltaire, el de la vida práctica, que necesita ser cultivado sin cesar: “Il faut cultivar notre jardin “. Si se me permite una comparación más, esta vez del mundo de la ópera, citaría Les Contes d'Hoffmann  de Offenbach. Cuando, delante de Zabelle, la Mujer resume los resultados de sus encuentros, dice: “El coleccionista se sentía solo; la compositora, obsesionada consigo misma; los amantes no se amaban; y el artesano, un pobre hombre arruinado”. En Contes d’Hoffmann resumió sus tres encuentros románticos fallidos: “¡Olympia! ¡Destrozada!… ¡Antonia! ¡Muerta!... ¡Giulietta ah! . En la ópera de Offenbach, todo amor ideal que Hoffmann parece encontrar resulta imposible, del mismo modo que la felicidad es inalcanzable para todos los personajes de Picture. En ambas óperas, el protagonista, que narra la historia, sufre un proceso de aprendizaje a lo largo de cada encuentro; En ambas óperas, cada encuentro trae un sentimiento extraño y representa un camino en busca del autoconocimiento. Otra similitud entre las dos obras es que cada cuadro tiene su propio ambiente musical, sin que las respectivas obras tengan una unidad. Hay, sin embargo, una similitud más interesante entre las óperas de Offenbach y Benjamin: la identificación de un cantante (o grupo de cantantes) con más de un personaje –y de una manera que va mucho más allá de la mera economía de reparto. En Contes , la misteriosa figura de una especie de Mefistófeles está siempre presente y es interpretada por el mismo barítono: Lindorf (en el prólogo y epílogo), Coppelius (en el primer acto, el de Olimpia), Dr. Miracle (en el segundo acto, el de Antonia) y Dapertutto (en el tercer acto, el de Giulietta). A veces (y es genial cuando esto sucede), es la misma soprano la que interpreta a Stella, Olympia, Antonia y Giulietta, dejando claro que son facetas de la misma persona. En imagen, una pareja formada por una soprano y un contratenor interpretan tanto a la pareja de enamorados como a la compositora y su asistente; un mismo barítono hace tanto al artesano como al coleccionista. Esto nos permite reconocer al cantante o pareja cuando regresan en una situación diferente, trayendo la sensación de que son representaciones, tal vez arquetipos, no personas específicas y bien definidas, lo que cobra más fuerza cuando recordamos que todo el viaje se desarrolla en la mente de la mujer. Si los protagonistas de las dos óperas tienen en común que ambos son narradores y que pasan por un proceso de autoconocimiento en su viaje, hay una diferencia importante: en Contes el protagonista narra sus amores y por tanto, se involucra emocionalmente en cada encuentro y tiene una participación en cada fracaso; en Picture, la Mujer mantiene cierta distancia, por lo que su enfrentamiento con el extraño se hace aún más evidente. Para terminar, sólo puedo insistir en el privilegio que fue haber podido presenciar este estreno mundial, con dirección musical del propio compositor, con un elenco impecable elegido por él, y, desde la orquesta hasta la dirección escénica, con el equipo que suele acompañar su obra y sus creaciones. La ópera, sin duda uno de los estrenos más importantes de principios de siglo, está disponible en vídeo en Arte e Medici . ¡Vale la pena darle un vistazo!

La Juive en Turín

Foto: Andrea Macchia / Teatro Regio di Torino

Massimo Viazzo 

Para la inauguración de la nueva temporada 2023/24 el Teatro Regio de Turín propuso un título de suma importancia para la historia de la grand-opéra francesa, y se puede decir también para la historia de la ópera tout-court. La Juive de Fromental Halévy, hasta hoy un título aún raro en los escenarios italianos, y diré casi desconocido también en los escenarios internacionales.  En el primer siglo de su vida, de 1835 (fecha de su estreno) hasta 1934 la ópera de Halévy se presentó en escena en París ¡600 veces!, demostrando su extraordinaria popularidad, y siendo apreciada también por Liszt, por Wagner y por Gustav Mahler.  Después de eso, nada más, hasta las primeras reposiciones modernas realizadas hace poco más de veinte años. En su primera reposición moderna parisina, en el 2006, la ópera fue dirigida por Daniel Oren, amplio conocedor y admirador de esta obra maestra, y fue justo al propio maestro israelí a quien le fue confiada la baqueta en esta producción turinesa.  El libreto de Eugène Scribe contextualiza históricamente la trama sobre los hechos ocurridos en el concilio ecuménico de la iglesia católica llevado a cabo en Constanza, en Alemania del sur, en 1414, que narra un evento de tensiones religiosas, pasiones violentas y golpes de escena. Por su parte Halévy compuso una partitura suntuosa, grandiosa y rica de páginas memorables, con una conducción perfecta de las partes grupales, una facilidad melódica fuera de lo común y sabio uso, a la época algo del todo nuevo, de la orquesta como una voz intima capaz de ir a la profundidad de las situaciones y del interior de los personajes. Daniel Oren se mostró a sus anchas en este contexto, y dirigió con buen paso teatral, impulso y pasión. La división de tiempos fue siempre meditada, el cuidado de los timbres muy atento, y los momentos más interiores y recónditos de la ópera fueron colocados en primer plano, algo que nunca me había sucedido escuchar así. Además, Oren, sabe acompañar a los cantantes como pocos, y la relación foso-escenario fue siempre perfecta. Naturalmente que se le realizaron algunos cortes a una partitura de tal longitud, aunque esta vez menos de lo normal.  El espectáculo de Stefano Poda, que curó la dirección escénica, coreografías, escenarios, vestuarios e iluminación se centró definitivamente en tableaux vivants, sobre una rica gestualidad (a veces se notó un poco hiperactiva sobre el escenario), hacia el ritualismo, elaborando una puesta en escena de impacto visual en los que los personajes por si solos tenían una razón de ser en cuanto a que eran elementos, casi engranajes, insertados en una muy amplia visión ritual y espiritual.  Un escrito en latín «Tantum religio potuit suadere malorum» (traducido como «la religión podía así persuadir a uno a cometer grandes males»), tomado de De rerum natura de Lucrecio, poeta y filósofo de la antigua Roma y adepto del epicureísmo, destacaba en el telón de fondo, en una visión del director que quería subrayar los errores y horrores cometidos en cada época en nombre de la religión, algo desgraciadamente aún muy actual. Como es habitual, Poda jugó en dos planos diferentes, el puramente visual, construyendo instalaciones con un cierto efecto, y el más conceptual, que no fue siempre muy comprensible, valiéndose de una parte mímica. Yendo al elenco no se puede más que iniciar alabando sin reservas la prueba de Gregory Kunde extraordinario protagonista por desempeño vocal y escénico. Su Éléazar, papel creado por Alphonse Nourrit en 1835, uno de los más grandes tenores del siglo XIX, y que estuvo en auge en las reposiciones modernas por Neil Schicoff, logró conjugar magníficamente las cualidades de una voz que en el transcurso de su vida profesional ha sufrido una impredecible transformación, amalgamando con ella el estilo del tenor rossiniano, en la primera parte de su carrera, con el del tenor dramático. Su capacidad en ese sentido ha sido asombrosa, por ejemplo, de poder cantar el Otello de Rossini como también el de Verdi. En el papel de Éléazar su recorrido artístico parece haberse encontrado con un éxito definitivo. Kunde hizo un gran personaje trágico. Su voz, no obstante, su largo camino artístico está aún muy sólida, sobretodo en el registro más agudo. La expresión y un notable refinamiento del fraseo hicieron el resto, decretando así el triunfo del tenor estadounidense. También el papel principal femenino fue creado por una célebre cantante de la época, Marie-Cornélie Falcon, soprano cuyo apellido ha definido con el paso de los años justo ese tipo de soprano dramática que posee un timbre más oscuro, con un corpulento registro medio-grave. Mariangela Sicilia delineó una Rachel más lírica, mostrando calor en la línea de canto, pureza en el timbre y emoción en el acento, en un papel que vive exactamente de pasiones y contrastes. Desenvuelta, ágil y segura lució la Princesa Eudoxie interpretada por Martina Russomano; como convincente estuvo también el tenor contraltino rumano Ioan Hotea que prestó su voz a un Principe Léopold preciso y educado en los sobreagudos, mientras que el Cardenal Brogni de Riccardo Zanellato no mostró el peso vocal en la zona grave que requiere la parte, pero resolvió bien su fundamental personaje mostrando suavidad en el acento y cuidado fraseo, al final estuvo más paternal que altivo. Óptimos estuvieron el resto de los interpretes de los papeles complementarios, como: Albert interpretado por Daniele Terenzi, Ruggiero cantado por Gordon Bintner y el heraldo de Rocco Lia. Al final, al pie del cañón estuvo siempre el Coro del Teatro Regio dirigido por Ulisse Trabacchi, que estuvo muy ocupado en esta ocasión.