viernes, 30 de junio de 2017

Turandot en Bellas Artes de México



otos: Ana Lourdes Herrera
Luis Gutiérrez Ruvalcaba

Siento la obligación de decir que hoy entendí por qué la Compañía de Ópera de Bellas Artes programa óperas del repertorio mínimo esencial. Esta es la primera vez, y probablemente la última, que veo esta ópera en México. Creo que varios miles de aficionados mexicanos a la ópera nunca la han visto en Bellas Artes, o en cualquier otro lado. Quiero suponer que lo mismo pasa con otros caballitos de batalla, miles no las han visto, en tanto que unas pocas decenas los han visto muchas veces, en algunos casos más de las prudentes. También sería bueno que la Compañía ampliara ese repertorio mínimo, pues el público espera más después de haber sido expuesto a las transmisiones en vivo de otros teatros. Lo que es indiscutible es que siempre habrá quien quiera oír “Nessun dorma” en vivo, aunque sea una vez en la vida. Por cierto, muchos los que la oyeron hoy desearían no haberlo hecho para mantener vivo el mito. El productor, Luis Miguel Lombana escribe en el programa de mano un rollo en el que, en su opinión, la ópera representa una batalla entre los ricos y poderosos, Turandot, y los pobre y oprimidos, Liù. En todo caso, presenta a los más pobres y oprimidos, el pueblo de Pekín –Beijng para los milenials– hambrientos de ejecuciones de los poderosos príncipes para así satisfacer su sed de sangre. La escenografía y el vestuario diseñados por David Antón estrenados en 2005 y usados en varias ocasiones en los doce años siguientes, puede describirse como el pariente pobre, muy pobre en verdad, de la fastuosa y también vacua producción de Franco Zeffirelli inmortalizada en registros videográficos. La iluminación, diseñada por Laura Rode, destacó por su oscuridad. La soprano mexicana María Katzarava encarnó una Liù humilde, más que pobre y oprimida, a la que dio una magnífica interpretación musical. El punto culminante de la función fue, sin duda, su aria “Signore ascolta” con la que ruega a Calaf desista de su osadía de retar a la princesa de hielo y sus enigmas. La Liù de Katzarava puede brillar en cualquier escenario operístico. El papel de Turandot es sin duda uno de aquellos capaces de finalizar carreras de sopranos dramáticas por sus exigencias tonales y dinámicas, ya que su voz debe atravesar sin esfuerzo la densa orquestación que Puccini compuso para el foso. La soprano búlgara Gabriela Georgieva tuvo una destacada actuación durante el segundo acto, en el que logró un resultado ejemplar al cantar “In questa reggia”. El poder que imprimió a su desempeño y el esfuerzo que le exigió en este acto, le cobraron durante el último en el que se oyó cansada, aunque nunca perdió entonación. No faltará quien diga que se le oyó un vibrato excesivo, aunque en mi opinión nunca enturbió su demostración. No digo nada del Calaf de Carlos Galván, pues es mejor no decir nada cuando no hay algo bueno que decir. El veterano bajo Rosendo Flores tuvo una discreta actuación al interpretar el discreto personaje de TimuLos tres ministros –o máscaras– son personajes que provienen directamente de la commedia dell’arte. El barítono Enrique Ángeles y el tenor Víctor Hernández tuvieron una muy buena interpretación como Ping y Pong respectivamente. Andrés Carrillo, estuvo un escalón debajo de sus colegas como Pang. Ricardo López como el mandarín y Óscar Santana como el emperador Altoum tuvieron una buena noche. El Coro del Teatro de Bellas Artes, preparado en esta ocasión por Alfredo Domínguez, tuvo otra buena función, aunque hubiera sido mejor si no hubiesen estremecido el escenario con su fortísimo al final del primer acto. El coro infantil Grupo Coral Ágape, dirigido por Carlos Alberto Vázquez, tuvo una muy destacada interpretación. Sus voces blancas iluminaron el escenario que había estado a oscuras durante el primer acto. El maestro Enrique Patrón de Rueda, toda una institución de la ópera en México es conocido por ser amigable con los cantantes, por lo que es experto en evitar que la orquesta los ahogue. Si interpretación fue muy buena; no se le puede culpar de la permanente desafinación de los metales. Por cierto, estas funciones de Turandot son las últimas que dirigirá con la Compañía de Ópera de Bellas Artes, en principio.

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