Massimo Viazzo
Con
la representación de Götterdämmerung de Richard Wagner (1813-1882) concluye la
representación completa del ciclo “Der Ring des Nibelungen” en el Teatro alla
Scala de Milán, inaugurado en otoño del 2024 con el prólogo “Das Rheingold”. La
conducción musical de la tetralogía completa se le había confiado inicialmente
a Christian Thielemann, pero a raíz de la renuncia del director alemán, la
producción le fue posteriormente asignada a Simone Young y a Alexander Soddy,
quienes se alternaron en el podio. El
próximo mes de marzo, ambos directores se alternarán también en dos ejecuciones
del ciclo completo del Anillo, con motivo del 150º aniversario de su estreno
mundial en Bayreuth. Götterdämmerung (El Crepúsculo de los dioses), la ultima
entrega del Anillo, representada por primera vez en el verano de 1876 en
Bayreuth, como parte de la primera ejecución completa de la tetralogía entera
constituye el epilogo trágico de la saga. En este vórtice de engaños,
traiciones y destinos inevitables, el mundo de los dioses y de los héroes se
precipita hacia la destrucción. La catástrofe final se realiza con el incendio
del Walhalla, mientras las aguas del Rin se reapropian del Anillo,
purificándolo de la maldición. Alexander Soddy, joven director inglés, dirigió
con gran concentración la función de hoy, guiando a una muy preparada Orchestra
del Teatro alla Scala en la búsqueda de un sonido pleno y redondo, pero que no
sobrepasara a los cantantes. Una tarea nada fácil, sobre todo fuera del foso
orquestal de Bayreuth. A pesar del cuidado y la atención a los detalles
camerísticos de la partitura, Soddy mantuvo un paso teatral apremiante. Los Leitmotiv, elementos fundamentales de la
partitura de (y Wagner en esta obra los entrelaza de manera, por decirlo menos,
virtuosa) sonaron indispensables y necesarios, no como simples siglas o
eslóganes musicales, pero como verdaderos elementos constitutivos de la trama
musical. Sin caer nunca en la exageración o la redundancia, Soddy supo captar
los matices más sutiles sin sacrificar intensidad y vigor. Esta interpretación,
caracterizada por fuerza y rigor, confirmó las impresiones más que favorables
ya suscitadas por sus interpretaciones de las otras jornadas de la Tetralogía
milanesa. El elenco vocal confirmó ser de alto nivel, a partir de Camilla
Nylund, quien encarnó una Brünnhilde segura, tenaz, con una voz sobresaliente,
pero también capaz de pasar con soltura a los momentos de profunda intimidad,
gracias a un control impecable de la respiración y a un fraseo musical ágil y
comunicativo. A su lado, Klaus Florian Vogt presentó de nuevo su
Siegfried lírico, de timbre brillante y cristalino, y aunque resultó menos
heroica, su interpretación se destacó por claridad, nitidez y excelente
proyección vocal, además de una presencia escénica impecable. Günther
Groissböck, aunque estuvo escénicamente carismático, ofreció una
interpretación de Hagen algo decepcionante, con una actuación vocal un tanto
forzada y bastante áspera. Por su parte, Russell Braun, encarnó a
Gunther con elegancia y nobleza, aunque sin presumir de una vocalidad
particularmente impactante. Perfectamente, y a sus anchas en la parte de Gutrune,
Olga Bezsmertna mostró facilidad de emisión, extensión vocal y pureza
tímbrica. Las interpretaciones de Nina Stemme y de Johannes
Martin Kränzle se distinguieron por su indiscutible calidad. Stemme ofreció
una Waltraute de gran intensidad emotiva, caracterizada por una refinada
musicalidad y una notable variedad de matices interpretativos. Su firme y bien
sostenida voz, se impuso también por un legato impecable. Con su canto Kränzle,
interpretó un Alberich con una meticulosa atención a la dicción, al acento y al
color de cada palabra única, enriqueciendo su desempeño con un timbre franco.
De gran intensidad fue el canto de las tres nornas (Christa Mayer, Szilvia
Vörös y una vez más Olga Bezsmertna), y literalmente desencadenas las tres doncellas
del Rin (Lea-ann Dunbar, Svetlina Stoyanova, Virginie Verrez). En sus
fundamentales intervenciones del segundo acto, el Coro del Teatro alla Scala,
mostró una vez mas su propia preparación. Alberto Malazzi lo guio con su
habitual atención, precisión y vigor. En
lo que respecta a la producción escénica firmada por David McVicar, quien
también se ocupó de la dirección escénica como de las escenografías con Hannah
Postlethwaite – con vestuarios creados por Emma Kingsbury, la
iluminación confiada a David Finn, con proyecciones de Katy Tucker, y las coreografías,
en realidad poco convincentes de Gareth Mole; y David Greeves como
maestro de artes marciales/ actuaciones circenses, ya se ha escrito al respecto
en esta página, y la ultima jornada del anillo no podía más que confirmar el
enfoque fantasioso del director de escena ingles de la obra maestra wagneriano,
un enfoque ya evidenciado (y por mi criticado) en las primeras tres entregas de
la tetralogía. La aproximación de McVicar se caracterizó de una fuerte
propensión a la ilustración y a la didascalia, careciendo de una fuerte visión
conceptual capaz de estimular la imaginación y el pensamiento crítico. En lugar de proponer una lectura original e
innovadora del libreto, se limitó a satisfacer las expectativas de aquel
público que buscaba una correspondencia directa entre las indicaciones
textuales y los efectos escénicos, los cuales, desafortunadamente, resultaron a
menudo predecibles y carentes de originalidad. En conclusión, este Anillo
scalígero probablemente dejará una huella significativa por su componente
musical, pero no tanto por el visual.
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