Massimo Viazzo
Macbeth
de Giuseppe Verdi (1813-1901) ha atravesado la entera carrera artística de Riccardo Muti
desde sus principios en Florencia en el Maggio Musicale Fiorentino, en el lejano 1975.
El célebre director de orquesta napolitano retornó el Teatro Regio de
Turín para dirigir la muy querida obra maestra verdiana, después de haber conducido
en la capital piamontesa del 2021 las producciones de Così fan tutte, Don
Giovanni y Un ballo in maschera, consolidando así un provechoso vinculo de
colaboración con el teatro, su cuarta presencia en cinco años, hecho de orgullo
para el mismo teatro y para la ciudad. Macbeth, melodrama en cuatro actos, toma
su inspiración de la homónima tragedia de Willam Shakespeare. Es ampliamente
sabido que el dramaturgo ingles representó una fuente inagotable de estímulos
en la entera vida de compositor de Giuseppe Verdi, culminada, entre otras, con
Otello y Falstaff, sus dos últimas obras maestras, también inspiradas justo en
obras teatrales del Bardo de Avon. La primera representación de la ópera
tuvo lugar en 1847 en el Teatro della Pergola de Florencia. Para la presente producción
turinesa fue elegida, como ocurre frecuentemente, la versión más extensa y rica
revisada por el autor en 1865. La ópera, un drama intenso de tonos oscuros,
indaga la desmesurada ambición de Macbeth y de Lady Macbeth, ambiciones que los
conducen a planear y cumplir atroces delitos, entre los que se encuentra un
regicidio, por la conquista del poder.
En esta obra, y por primera vez, Verdi profundiza de modo impresionante
en la psicología de los personajes acompañándolos de lucidez dramática hasta su
inevitable caída. Con su profundo conocimiento del mundo verdiano, Riccardo
Muti, exploró la profundidad de la orquesta, extrayendo timbres de
extraordinaria potencia dramática. La meticulosa atención que apunta a cada
pausa, a cada respiro y fraseo, suscitó frecuentemente la impresión de hacernos
asistir a una interpretación inédita, casi como si se tratase de una ópera
nueva. Muti posee una profunda compresión del significado que Verdi atribuía al
termino “tinta”, es decir a la búsqueda de colores orquestales específicos,
atmosferas emotivas, detalles rítmicos, armónicos concentrados (agglomerati),
que si bien, aparte de la página escrita, sabían conferir unidad y reconocimiento
a la ópera misma. En tal sentido, Macbeth, es una opera en la que lo inevitable y lo inexorable viajan juntas a la
par paso con la oscuridad y los exteriores tenebrosos y sobre todo en el
interior de los dos protagonistas. La conducción de Riccardo Muti, caracterizada
de una atención escrupulosa y de un profundo análisis, se ha mostrado particularmente iluminante, ofreciendo la rara
capacidad de transportar al escucha directamente al interno del drama, envolviéndolo
en la complejidad del delirio humano sin
recurrir a artimañas escandalosas o grotescas, solo a través del dictado de la
pagina musical. En sus concesiones, la orquesta asumió el papel de indiscutida protagonista, una voz
interior de extraordinaria potencia psicológica de valor casi wagneriana, y la
orquesta del Teatro Regio y lo siguió de
manera esplendida. Después de una
introducción caracterizada de una mayor rapidez y tensión (Preludio), la
conducción de Muti se orientó hacia tiempos más ponderados y serenos. En consecuencia, la entera escena del brindis
(del segundo acto), así como el ballet de las brujas (del tercer acto),
presentaron un andamiento más lento de lo acostumbrado. Sin embargo, tal elección no determinó un
alejamiento de la tensión, si no que ofreció la oportunidad de enfatizar con
mayor eficacia cada matiz y detalle orquestal, permitiendo una inmersión más
profunda en la mente distorsionada y psíquicamente alienada, del protagonista. Todo
esto se realizó en perfecta sintonía con la dirección escénica de Chiara
Muti, hija del director. Con el
apoyo de un equipo de profesionales altamente calificados, compuesto por Alessandro
Camera (escenografía) Ursula Patzak (vestuarios), Simone Valastro
(coreografía) y Vincent Longuemare (iluminación). Muti emprendió un
recorrido dramatúrgico con el que volvió a representar la historia
shakesperiana como una proyección mental del personaje de Macbeth. La
ambientación elegida fue la de un lugar – no lugar, el de una área desolada e
irreal, de un lugar de sombras situado en el interior de la psique disturbada
del protagonista. El espacio escénico se
caracterizó por la ausencia de elementos escénicos tradicionales, con una
predominancia de las tonalidades del negro al gris. El uso de telones móviles,
sabiamente iluminados, permitió delimitar de la mejor manera y definir el
espacio escénico. Las brujas, figuras
representadas frecuentemente de modo descabellado y a veces incluso ridículo,
encontraron en esta ocasión una representación particularmente convincente,
siendo literalmente parte de la imaginación turbada y psíquicamente alterada de
Macbeth. Las imágenes de un imponente ojo, inicialmente sugeridas mediante un
arco escénico que encuadraba el escenario, y sucesivamente hechas visibles al
centro de este (en la escena del sortilegio al inicio del tercer acto), fue un
testimonio de la posibilidad de que la entera narración teatral haya sido
percibida a través de la prospectiva de Macbeth. Tal prospectiva, distorsionada y alterada lo
haría mas vulnerable a manipulaciones y auto condicionamientos hasta conducirlo
a la ruina. Como afirmó Chiara Muti, las
brujas encarnaron la dicotomía entre el bien y el mal, lo correcto y lo
equivocado, lo moral e inmoral, lo objetivo y lo subjetivo, lo visible e
invisible. Representando el umbral entre lo no dicho y lo no determinado,
figuras andróginas que fungían como guardianes de las puertas entre lo
consciente y lo inconsciente, lo natural y lo sobrenatural, el sueño y la
realidad. En ese sentido, esta nueva producción (en asociación con el Teatro
Massimo de Palermo) se distinguió por una cifra estilística, clara, fuerte y
bien definida, apreciada también por el público. Los resultados de excelencia conseguidos
por esta producción no se hubieran podido realizar sin un elenco de alto nivel,
a partir de la pareja real, interpretada por Luca Micheletti y Lidia
Fridman, dos auténticos fuera de clase.
Desde el punto de vista escénico, dieron vida a sus personajes,
complejos y perturbadores, con una realización de fuerte impacto teatral,
convincente y del todo creíble. Además, fue la palabra escénica, elemento
fundamental de la opera verdiana en general, la que encontró en ellos una
perfecta realización. Luca Micheletti
quien es actor y director de escena, además de barítono, mostró una profunda
compresión al darle importancia al canto de cada frase del libreto, con su
color y con sus inflexiones, esculpiendo cada palabra con precisión y nitidez,
como puñaladas punzantes. Por otra parte, el canto de Fridman, soprano rusa que
realizó sus primeros pasos en Italia no fue menos. Lidia Fridman mostró no solo
que comprende el significado de lo que cantaba, sino que también supo
transmitirlo con rara fuerza dramática. Ambos cantantes supieron apoyar sus interpretaciones
con optima técnica vocal, rico timbre, acento incisivo, seguridad en la
emisión, perfecta proyección vocal y seguridad también en los agudos. Fridman
se distinguió particularmente en su tres magnificas arias justo por la
capacidad de saber arriesgar sin guardarse nada. ¡De escalofrío estuvo su
escena del sonambulismo! Se trata de una artista preparada y escrupulosa en el
estudio. Con una voz siempre vibrante e intensa. Micheletti supo alcanzar las
cuerdas más profundas del ánimo, transmitiendo tormento e inquietud con
autentica pasión, y culminando con una soberbia interpretación de la célebre
aria del último acto “Pietà, rispetto, onore”. Yendo al resto del
elenco. Giovanni Sala ofreció una realización de Macduff caracterizada de
cierta expansividad, con una voz de grato color y un acento generoso, mientras
que el Banco de Maharram Huseynov se distinguió por su elegancia, aunque
resultó poco incisivo en su
interpretación. Todos los demás mostraron dedicación y fiabilidad para el
completo éxito del espectáculo. En especial: Chiara Polese (Dama de Lady
Macbeth), Riccardo Rados (Malcolm), Luca Dall’Amico (el medico) Eduardo
Martínez (un criado), Tyler Zimmermann (un sicario) Daniel Umbelino
(un araldo) y Lorenzo Battagion (primera aparición). Como no alabar y
agradecer al Coro del Teatro Regio, dirigido con preparación y transporto por
parte Piero Monti, en uno de los momentos más memorables de la velada;
el coro “Patria oppressa”. oppressa”. Al final del espectáculo hubo extraordinarias
ovaciones sobre todo para Luca Micheletti, Lidia Fridman y naturalmente para el
artífice de esta notable producción, el maestro Riccardo Muti.


No comments:
Post a Comment
Note: Only a member of this blog may post a comment.