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Monday, April 18, 2011

Turandot de Puccini dirigida por Valery Gergiev en el Teatro alla Scala de Milán

Foto: Marco Brescia & Rudy Amisano

Massimo Viazzo

La Turandot según Valery Gergiev fue una Turandot telúrica, barbárica y primitiva, pero en esta velada en la Scala no todo funcionó de la mejor manera.  De hecho, la conducción del maestro ruso pareció estar privada de tensión narrativa, fue poco refinada en los timbres (con demasiado metales y  percusiones siempre en primer plano y constantemente fuera de control) además de que estuvo carente de equilibrio entre las secciones orquestales, las cuales evidenciaron problemas de conjunción desde el inicio de una opera rítmicamente incierta. El espectáculo firmado por Giorgio Barberio Corsetti, con algunos apreciables descubrimientos tecnológicos (por ejemplo: la proyección "a la vista” del segundo acto, fue efectuada sobre el escenario con objetos que se engrandecían sobre el fondo creando imagines ilusorias) no se movió mucho de la tradición iconográfica de la obra maestra pucciniana.  A la vez, fue interesante la idea de hacer aparecer toda la obra como si esta ocurriera en un sueño, el sueño/pesadilla del príncipe Calaf.  Sólida vocalmente, como segura en los agudos, pero glacial en el acento y en el fraseo estuvo la Turandot de Lise Lindstrom que sin embargo fue apreciada por el público scaligero.  Por el contrario, mas lírico y conmovedor estuvo el canto de Ekaterina Scherbachenko que hizo una Liù frágil y expresiva.  Monocorde, por su parte, estuvo el Calaf de Stuart Neill, cuya prestación pareció ir en crescendo durante el curso de la función.  Bien cantado estuvo el Timur de Marco Spotti, y sustancialmente correctos estuvieron las tres mascaras, que fueron interpretadas por Angelo Veccia, Luca Casalin y Carlo Bosi, el emperador Altoum de Antonello Ceron y el Mandarín de Ernesto Panariello. Pero el verdadero triunfador en esta velada fue el impecable Coro del Teatro alla Scala dirigido por Bruno Casoni.  En suma: se trato de una Turandot con algunos puntos de interés, que no estuvo perfectamente lograda.

Turandot di Puccini - Teatro alla Scala, Milano.

Foto: Ekaterina Scherbachenko, Marco Spotti - Marco Brescia & Rudy Amisano.

Massimo Viazzo.

La Turandot secondo Valery Gergiev è una Turandot tellurica, barbarica, primitiva. Ma questa sera alla Scala non tutto ha funzionato al meglio. La direzione del maestro russo, infatti, è parsa priva di tensione narrativa, poco rifinita timbricamente (ottoni e percussioni troppo in primo piano e, spesso, fuori controllo), carente di equilibrio fra le sezioni orchestrali, le quali hanno evidenziato problemi d’assieme fin dall’inizio, ritmicamente incerto, dell’opera. Lo spettacolo firmato da Giorgio Barberio Corsetti, pur con qualche trovata tecnologica apprezzabile (le proiezioni “a vista” del secondo atto, ad esempio, effettuate direttamente sul palcoscenico con oggetti che si ingrandivano sullo sfondo creando immagini illusorie), non si discostava di molto dalla tradizione iconografica del capolavoro pucciniano. Interessante, invece, l’idea di far apparire tutta la vicenda come se avvenisse in sogno, il sogno/incubo del principe Calaf. Solida vocalmente, sicura sugli acuti, ma glaciale nell’accento e nel fraseggio, la Turandot di Lise Lindstrom è stata comunque apprezzata dal pubblico scaligero. Più lirico e commosso, all'opposto, il canto di Ekaterina Scherbachenko, una Liù fragile ed espressiva. Monocorde, invece, il Calaf di Stuart Neill, la cui prestazione è parsa comunque in crescendo nel corso della recita. Ben cantato il Timur di Mario Spotti e sostanzialmente corrette le tre Maschere interpretate da Angelo Veccia, Luca Casalin e Carlo Bosi, l’Imperatore Altoum di Antonello Ceron e il Mandarino di Ernesto Panariello. Ma il vero trionfatore della serata è stato l’impeccabile Coro del Teatro alla Scala diretto da Bruno Casoni. Insomma, una Turandot con qualche ragione di interesse, ma non perfettamente riuscita.