viernes, 9 de diciembre de 2016

Otello de Verdi en el Teatro Real de Madrid

Foto: Javier del Real 

Ramón Jacques

Con Otello de Verdi inició la nueva temporada lirica en el Teatro Real de Madrid, con puesta en escena atemporal, que a pesar de las referencias a Chipre el lugar donde se sitúa la trama, ideada por David Alden que resultó ser en términos generales estática, oscura y fría durante toda la función. No se vio un desenvolvimiento escénico lo suficientemente convincente para envolver al espectador dentro de ese ambiente mágico que contiene este título, tan difícil y poco representado en la actualidad. Este montaje es coproducción con la English National Opera.  Algunos cambios inesperados en los elencos, previos hicieron que la soprano armenia Lianna Haroutounian se encargara del papel de Desdemona, en el considerado ‘segundo elenco’, que no necesariamente significa que sea de menor calidad que el principal, aunque erróneamente se piense así, ya que igual de meritorios y experimentados deben ser los cantantes que lo conforman. Haroutounian agradó con su canto matizado de radiante timbre y tinte. Su personificación fue la de una mujer sufrida y frágil, que actuó y se movió con dignidad y elegancia. Una grata sorpresa tanto en lo escénico como en lo vocal supuso la presencia del barítono Ángel Ódena como Iago, quien exhibió notable seguridad y  dominio del personaje. La parte débil del elenco fue lamentablemente el tenor coreano Alfredo Kim, en el papel de Otello. Su voz es potente y posee atractivas cualidades, pero la poca variedad que exhibió lo hizo caer en la monotonía. Tampoco ayudó su rigidez escénica y poca compenetración con el papel, que llegó a ser distante y por momentos exasperante. El resto de cantantes tuvo un desempeño adecuado como Xavier Moreno en el papel de Cassio, Fernando Radó como Ludovico, Vicenç Esteve como Roderigo y Gemma Coma-Alabert quien dio notoriedad al papel de Emilia.  El coro que dirige Andrés Máspero se escuchó solido y homogéneo, y lo mejor provino del foso de la mano del experimentado Renato Palumbo, conocedor del repertorio y la partitura a la que dotó de buena dinámica y adecuado volumen orquestal, sin hacer que la emoción y tensión decayera en ningún momento.  

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