lunes, 27 de marzo de 2017

La Creación y el Mesías en Los Ángeles


Rachele Gilmore (soprano)
 Foto: Craig T. Mathew/Mathew Imaging. Foto: Mesias RJ

Ramón Jacques

En menos de una semana, la Filarmonía de Los Ángeles regaló a su público dos obras cumbres del repertorio sinfónico vocal: La Creación de Haydn y pocos días después El Mesías de Handel.  Ambas se ofrecieron en versión de concierto, aunque la primera de ellas contó con un ingrediente adicional, la inclusión de iluminación y transmisiones de videos y fotografías en toda la parte trasera y en el techo de la sala de conciertos, de La Creación de Adán de Miguel Ángel, en diversas formas y tamaños, así como imágenes que se refieren al origen del mundo y lo magnificente que este es, además de algunos movimientos innecesarios de los solistas. Este recurso, conocido como ‘video installation’  es utilizado con bastante frecuencia  en esta sala de conciertos, aquí el artista del video y director fue Alberto Arévalo y el iluminador James Ingalls, y aunque visualmente es atractivo para el espectador lo distrae del objetivo,  ya que no parece establecer un vinculo directo o un sentido con la música que ya contiene su dosis de teatralidad y dramatismo, y que habla por sí sola.  Musicalmente hablando la ejecución fue soberbia, con la presencia del sólido y enérgico coro Los Ángeles Master Chorale y la presencia de la soprano Rachele Gilmore, una artista de conmovedora y ágil brillantez vocal, que transmitió delicadeza y sensibilidad. El tenor Joshua Guerrero, cumplió discretamente con un timbre poco grato, descuidada dicción y emotivamente alejado de lo que la parte requería de él. Además, el barítono Jonannes Kammler, sonó poco autoritario en sus intervenciones por su voz poco robusta, que aportó poco al concierto. El titular de la orquesta, Gustavo Dudamel se ha convertido en un concertador que busca la claridad y la precisión, dejando a un lado el entusiasmo y explosividad  que lo caracterizó al inicio de su gestión con esta orquesta, pero su búsqueda del detalle rindió frutos ya que extrajo provecho de una reducida agrupación, que comunicó  e inundó de melodía con sus cuerdas, metales y clavecín. 
Ann Hallenberg y Karina Gauvin. Foto: RJ
El entusiasmo no cesó con el Mesías de Handel, de nueva cuenta con  una inspirada orquesta, que sintió la música, la hizo suya y la lanzó como un rayo solar que ilumino al público.  Esta orquesta parece haberle encontrarle el gusto a la interpretación de música antigua, que hasta hace pocos años era algo desconocido y lejano para sus músicos. Un lujo fue contar con la presencia de la mezzosoprano sueca Ann Hallenberg, una experta en la interpretación de Handel, quien mostro agilidad, pero sobre todo un inolvidable canto pleno de intención y explosividad. La soprano Karina Gauvin, mostró su grata vocalidad, aunque la ligereza de su voz pareció no ayudarle en la emisión. El coro invitado fue La Chapelle de Québec, con mucha experiencia en este tipo de obras, y la conducción recayó en su fundador, el director canadiense Bernard Labadie, quien cometió notables errores y desfasases entre los artistas, desatenciones en los tiempos, pareciendo más preocupado por hacer resaltar la voz de Gauvin, en perjuicio del conjunto musical. Un director que en mi opinión personal, carece del nivel habitual de los directores que desfilan semanalmente por este podio. El tenor Allan Clayton y el bajo Matthew Brook, exhibieron un nivel inferior al de sus contrapartes femeninas. Escuchar  un Mesías es siempre un evento, y no se puede omitir la costumbre, al menos vista en las salas de concierto estadounidenses, donde el público se pone de pie para cantar al unisonó el Aleluya.

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