jueves, 26 de octubre de 2017

Lady Macbeth de Mtsensk en el Teatro Municipal de Santiago

Ensayo elenco estelar de Lady Macbeth
Foto: Teatro Municipal de Santiago

Joel Poblete

En 2009 el estreno en Chile de una de las obras maestras de la ópera del siglo XX, Lady Macbeth de Mtsensk de Dmitri Shostakovich, fue un suceso que merecidamente puede ser calificado de histórico, y los responsables fueron tanto la excelencia musical de un sólido grupo de cantantes y la electrizante lectura musical comandada por Dimitri Jurowski -director ruso en ese entonces de apenas 29 años-, como el notable, cinematográfico y vital montaje del equipo liderado por el director de escena argentino Marcelo Lombardero.  Quienes tuvimos la posibilidad de asistir a esas representaciones las recordamos no sólo como lo mejor de 2009 sino además entre lo más memorable que ha ofrecido el Municipal en las últimas décadas, y por lo mismo era una excelente noticia que ocho años después la temporada lírica 2017 incluyera el regreso de este título, con la misma producción. Y considerando los irregulares resultados teatrales que ha ofrecido este ciclo durante este año en ese escenario, al menos era garantía de un buen espectáculo, teniendo en cuenta que al margen de los puntuales aciertos musicales, las cuatro óperas anteriores de la temporada no han generado consenso en críticos y público: no se salvan del todo ni la curiosa aunque efectiva Jenufa, ni la austera y escuálida propuesta para Las bodas de Fígaro, ni los intentos de modernizar Rigoletto, y aunque La cenerentola funcionó bien y era simpática, no ofreció nada demasiado refrescante o novedoso. Pero a mediados de octubre una huelga legal convocada por el sindicato técnico del teatro -que incluye a 90 trabajadores de áreas como escenografía, vestuario, iluminación y tramoya- luego de no obtener resultados en su negociación colectiva amenazó con impedir las funciones. En el Municipal no se producía una huelga desde 2013, y esta era la primera bajo la actual administración del francés Frédéric Chambert, quien al frente de la dirección del teatro decidió ofrecer una solución alternativa para de todos modos poder ofrecer la obra a su público: según la información oficial, se presentaría una versión "semi escenificada realizada por el director de escena Marcelo Lombardero", aunque después trascendió por la prensa que lo que se ofrecería en verdad no había sido supervisado por él. Y en redes sociales los trabajadores en huelga afirmaban que en realidad lo que se podría ver y escuchar correspondería a una versión de concierto. Por todas estas razones, en el estreno rondaba una particular atmósfera. Afuera del teatro los trabajadores en huelga estaban con sus pancartas y repartían panfletos, y en el interior, en el escenario sólo estaban las sillas rojas donde se ubicarían los cantantes del coro y los solistas. Y previamente al inicio de la función, apareció Chambert con un micrófono, quien de manera segura y serena durante algunos minutos se dirigió en español a los espectadores y pidió disculpas por la situación tanto a éstos como a Marcelo Lombardero, quien trabajó durante cinco semanas con los artistas para tener listo el regreso de esta elogiada producción; Chambert reconoció que la huelga es legal, aunque también afirmó que como teatro estaban en su derecho de buscar una alternativa para de todos modos presentar la obra al público. Y lo que finalmente se pudo apreciar en verdad no fue sólo una ópera en concierto, ya que si bien el coro permanecía en sus lugares ya fuera de pie o sentados, entrando o saliendo, los solistas se desplazaron por el escenario y en la medida de lo posible intentaron representar la acción teatral, por lo que a pesar de no contar con escenografía, vestuario o iluminación, sí puede calificarse a esta versión como "semi escenificada". Por supuesto que quienes no conocen bien el argumento de la obra o la veían por primera vez pueden haberse confundido en más de un momento, incluso a pesar de los sobretítulos; y también algunos pasajes ofrecieron más de un desafío para los solistas que debían simular lo que estaba pasando en escena, como por ejemplo la siempre perturbadora y polémica escena en que un grupo de hombres acosa y abusa de una joven. Pero considerando las circunstancias, el espectáculo fue efectivo y distó de ser un fiasco, aunque por supuesto que se extrañó mucho todo lo escénico, aún más recordando la excelente propuesta teatral que Lombardero estrenó en 2009, uno de los mayores hitos en la contundente serie de aciertos que el artista argentino ha ofrecido en el escenario del Municipal, que incluyen Tristán e Isolda y los estrenos en Chile de otros títulos del siglo XX como El castillo de Barba Azul, Ariadna en Naxos, Billy Budd y el año pasado Auge y caída de la ciudad de Mahagonny.  ¿Y lo musical, que dada la situación se terminó convirtiendo en lo principal? Desde su estreno en 1934, la genial, compleja y ecléctica partitura de Shostakovich no deja de remecer al público con sus contrastes, pero es también un exigente desafío para cualquier director.  Dirigida por su titular, el ruso Konstantin Chudovsky, en una vital aunque por momentos estruendosa lectura a la que aún le falta profundizar los volúmenes y balances sonoros, así como el equilibrio entre los músicos y los cantantes, de todos modos la Filarmónica de Santiago tuvo un sólido desempeño, que incluso funcionó mejor en el segundo elenco con la dirección del chileno Pedro-Pablo Prudencio. Y la situación permitió apreciar aún más los detalles orquestales, o la fascinante energía emotiva de los interludios. No se puede dejar de destacar también al grupo de bronces que irrumpió en escena aportando entusiasmo y simpatía en uno de los pasajes más memorables compuestos por Shostakovich en esta obra, acompañando la boda entre Katerina y su amante. Y el coro del Municipal, dirigido por Jorge Klastornik, estuvo excelente, si bien se echó de menos su participación escénica, que siempre es un gran aporte en las producciones del teatro. El elenco internacional estuvo compuesto por 14 solistas, de los cuales 4 eran rusos y 9 chilenos que además interpretaron sus personajes en el segundo reparto, el llamado elenco estelar. Debutando en Chile en el agotador y exigente rol de Katerina Ismailova, la soprano rusa Elena Mikhailenko fue una efectiva protagonista, consiguiendo perfilarla como figura trágica a pesar de la precariedad escénica, con una voz atractiva y un buen desempeño que no empañaron ocasionales veladuras o detalles en la emisión de algunas notas. El más aplaudido en el estreno fue su compatriota, el bajo Alexey Tikhomirov, quien ya ha cantado en el Municipal en Boris Godunov, Don Giovanni, Otello, Turandot y en esta misma temporada como Sparafucile en Rigoletto; acá fue un amenazador Boris Ismailov, de voz rotunda y potente aunque no demasiado grave, y fue uno de los solistas que más se comprometió en lo teatral.  Interpretando al amante de la protagonista, Serguei, regresó el tenor Mikhail Gubsky, quien ya cantara en Chile en Boris Godunov en 2011 y El trovador en 2013; mucho mejor en el repertorio ruso que en Verdi, el cantante estuvo muy bien, con buen volumen y proyección, mientras a su colega, el joven tenor Boris Stepanov, como el marido de Katerina, Zinovi, le falta aún rodaje, pero tiene un material interesante que puede seguir desarrollando. Y el único artista de la producción de 2009 -ocasión en la que debutó en el país- que regresó al elenco del Municipal fue el excelente bajo polaco Alexander Teliga, quien ha cantado en Chile además en Boris Godunov y Katia Kabanova, y acá nuevamente encarnó al viejo convicto, y también al sacerdote; como si no bastara, en el segundo reparto también se lució como Boris Ismailov. El elenco estelar también permitió apreciar de nuevo el desempeño de dos tenores que intervinieran en ese reparto en 2009, en los mismos roles: el argentino Enrique Folger como Serguei y el chileno Pedro Espinoza como Zinovi, ambos excelentes. Menos convincente en lo vocal, pero muy intensa en la interpretación teatral, fue la mezzosoprano argentina Eugenia Fuente como la protagonista de ese reparto: su afinación no siempre fue precisa y gran parte de las notas agudas superaron sus medios, aunque la voz es atractiva especialmente en los tonos medios y graves.  Muy bien estuvieron los solistas chilenos en los roles secundarios: se lucieron especialmente la soprano Paola Rodríguez como Aksinya (¡qué difícil intentar representar a una mujer acosada y violada sin contar con vestuario ni apoyo de escena!) y una mujer convicta, la mezzosoprano Evelyn Ramírez como Sonyetka, y dos bajo-barítonos, Sergio Gallardo como mayordomo y especialmente como sonoro y autoritario jefe de policía, y el ascendente Matías Moncada como portero, policía y centinela. En dos partes y tres horas de duración incluyendo un intermedio, el espectáculo consiguió transmitir la fuerza y desgarro de la obra, pero de todos modos y a pesar de sus logros, nada podrá reemplazar la satisfacción de disfrutar de una presentación completa. Es cierto que las óperas en concierto son una realidad en importantes escenarios líricos del mundo, pero nunca hay que olvidar que gran parte de la magia de la ópera reside en su fusión entre música y teatro. Las huelgas o problemas sindicales han puesto en riesgo espectáculos incluso en los más prestigiosos coliseos, y en el mismo Municipal, en 1999 una huelga de orquesta y coro desembocó en que Così fan tutte se interpretara sólo con solistas acompañados por dos pianos, aunque con toda la producción escénica. Pero una situación como esta, en la que una ópera de la temporada oficial se termina ofreciendo forzadamente sin escenografía, vestuario e iluminación, es inédita en ese escenario chileno. Y en medio de las diferencias de opinión que esta opción provoca, es probable que ambas partes tengan la razón: por un lado, y al margen de sus legítimas demandas sindicales, los huelguistas tienen razón en que no se ofreció el espectáculo completo como debiera ser al público que pagó su entrada, y que su aporte desde sus distintas disciplinas, desde quienes maquillan a los cantantes hasta quienes mueven e iluminan la escenografía, es fundamental en la puesta en escena. Pero la posición del Municipal también podía ser entendible: ¿era mejor cancelar las funciones si sólo se contaba con los elementos musicales, o al menos tratar de cumplir con su audiencia y ofrecer una alternativa a quienes de todos modos querían apreciar la obra? ¿y qué pasaba con quienes habían viajado desde fuera de Santiago para asistir al espectáculo, o los cantantes que durante meses prepararon sus roles, e incluso los solistas internacionales que viajaron especialmente a Chile para esto? Por supuesto que son muchas las interrogantes y cuestionamientos que surgen al respecto, y al margen de los logros artísticos que se apreciaron, es indudable que hubo algo triste en la situación, que debe afectar emocionalmente tanto a quienes estuvieron en el escenario, como a quienes están en huelga y estuvieron preparando durante semanas la producción, y también a quienes durante años hemos sido asiduos espectadores de la temporada lírica. Afortunadamente, justo en la tarde en que se realizaría la última función, el teatro llegó a un acuerdo con el sindicato, y la huelga llegó a su fin. 

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