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Tuesday, May 4, 2010

Powder her face de Thomas Adès en el Teatro Rossini di Lugo, Italia

Fotos de Diego Bracci

Athos Tromboni

Lugo di Romagna es una bella ciudad con palacios renacentistas muy cerca de Ravenna, y a pocos kilómetros del mar adriático. Gioachino Rossini vivió en Lugo con su familia de 1802 a 1804 y aun siendo joven estudió música y canto en la escuela de los Canonici Malerbi, donde compuso sus primera obras, como las Sonatas a cuatro, que se convirtieron en celebres, así como el Gloria a tres voces. Cuando Rossini vivía en Lugo, existía ahí, y en activo un pequeño teatro de opera que fue inaugurado en 1759. Ese teatro se convirtió en el Teatro Rossini de Lugo di Romagna en 1859, y después de un periodo de abandono, fue completamente recuperado dejado muy bello gracias a las obras de restauración que culminaron en 1986. Desde la fecha de la restauración en adelante, el Teatro Rossini ha ofrecido al publico italiano y europeo raras e interesantes operas de cámara del repertorio contemporáneo, mas allá de la música de tradición italiana. En ese caso, el pasado 8 de abril el teatro puso en escena para su publico la opera Powder her face de Thomas Adès quien musicalizó un libreto de Philip Henser.

Se trata de una opera de cámara, cuya primera ejecución ocurrió en el Festival de música contemporánea de Cheltenham, Gran Bretaña el 1 de julio de 1995, y fue inmediatamente un éxito que le dio celebridad al compositor. Powder her face esta inspirada en la vida disoluta de Ethel Margaret Whigham, nacida en Escocia en 1912, que se convirtió en la Sra. Sweeney con su primer marido, y posteriormente en Margaret Campbell, duquesa de Argyll, gracias a su segundo matrimonio. Rica, bella y llena de éxito, la duquesa afrontó una largo y sonado divorcio que concluyó en 1963, cuando el juez Lord Wheatlely emitió un cruel veredicto de 65 mil palabras en las que la describió literalmente como “una mujer sexualmente desenfrenada que ha dejado de sentirse satisfecha con practicas sexuales normales y ha iniciado desagradables practicas sexuales para satisfacer su degradado apetito sexual” Divorciada, pero indomable y voluntariosa, la duquesa de Argyll resaltó las crónicas dando una grandiosa fiesta por el octogésimo cumpleaños de su amigo Paul Getty en 1972 y recibiendo al príncipe Michael de Kent, al año siguiente. Pero en 1993 fue expulsada de su suite en el Hotel Dorchester, dejando una cuenta de 33 mil libras esterlinas, y murió en una casa de cuidados en St. George, Pimlico en 1993.
La opera escrita por Adès fue representada en Italia una sola vez en el Teatro Olímpico de Roma. La partitura se caracteriza por una grande eclecticismo, y como la música de la segunda parte del siglo 19: contiene veladas citas de la música popular (tango, tea –dance, Cole Porter, musical) pero también de operas de Alban Berg (Lulu), Richard Strauss, Kurt Weill (La opera de tres centavos), Igor Stravinsky (The Rake’s Progress). La orquesta es de 15 elementos con clarinete, saxofón, metales, instrumentos de cuerdas, acordeón, arpa y varias percusiones, un ensamble parecido a las orquestas de música de baile del tiempo posterior a la segunda guerra. En el plano musical, como escribió el critico del New York Times, Bernard Holland: la opera transpira la época de las bandas de swing y de las canciones de Cole Porter, tratadas de tal forma que la brillante parodia de su música señala el periodo especifico al que corresponde. Richard Strauss y la opereta vienesa se muestran en forma desmenuzada, mientras que la muerte y la dama de Strauss, se citan en diversas tonalidades de la original.

La puesta escénica vista en el teatro de Lugo, cuidada por el regista Pier Luigi Pizzi ha recogido las numerosas solicitudes y provocaciones que se derivan del texto de la música y las ha reunido en una representación donde emergía no tanto la vida desenfrenada y lujuriosa de la duquesa de Argyll, ni el gossip que alimentó su figura de mujer desenfrenada, ni la reflexión moral que podría derivarse, si no el vano horror que apareció de la nada en cada creatura. Cuando la duquesa en la opera es ya vieja y en las palabras del libreto, dice: “No hay nadie que hable conmigo, y las únicas personas que han sido buenas conmigo son a las que he debido pagarles para que lo fueran” le proporcionó al regista la llave de lectura de la entera puesta en escena. De hecho el sentido de vacío y de abandono se respira de inicio a fin, en aquella cámara rosa que se convierte cada vez en la estancia del castillo de Inverary (Escocia), el aula del tribunal, la suite del Hotel Dorchester, mientras se saborea la sensación de la libídine, ni la primera salida a escena de la figura de la duquesa, delgada, bella, lanzada, ni durante el encuentro sexual que le da con la boca a un camarero del hotel, pagando como siempre para que el fuera bueno y consentidor. El acto sexual se intuye con los gemidos de la duquesa y los suspiros del camarero, porque se realizó detrás de la cama mientras la orquesta da desfogaba a toda la inmundicia musical que solo una mente fecunda como la de Adès podría producir. Muy bella y mesurada estuvo la regia, porque no se concentró sobre lo excesivo y lujurioso. La orquesta confiada a Philip Walsh desenredó con bravura la propia obra, permitiendo a los cantantes expresarse también en los susurros guturales sin cubrir su voz (como en ocasiones, sucede en la música vocal del siglo 20 donde hay directores menos atentos y poco competentes). El personaje de la duquesa fue confiado a la soprano Olga Zhuravel, muy buena en la caracterización y en el canto. Además, estuvo bien la otra soprano Zuzana Markovà, bellísima mujer a la que Pizzi presentó desnuda bajo la ducha, a ella se le confiaron las partes de la amante del duque, camarera, confidente, periodista. También el tenor Mark T. Panuccio se distinguió por su bravura en los papeles de electricista, dandy, camarero y mensajero de oficina. El bajo Nicholas Isherwood, a quien se le confió la parte vocalmente más difícil, no se impuso como requeria su papel, sobretodo en la escena del juez que pronuncia la sentencia: pero por ello necesariamente tendríamos que culpar al director de escena, y no al cantante que verdaderamente la dio todo de si. Al final, un satisfecho publico y tantos meritorios aplausos para el elenco y la orquesta.

Wednesday, April 14, 2010

Powder her face opera di Thomas Adès - Teatro Rossini di Lugo

Foto: Olga Zhuravel, Nicholas Isherwood - Diego Bracci©
Athos Tromboni
LUGO (Italia) - Lugo di Romagna è una bella cittadina con palazzi rinascimentali, vicino a Ravenna, a poche decine di chilometri dal Mare Adriatico. Gioachino Rossini visse a Lugo con la famiglia dal 1802 al 1804 e, ancora ragazzino, studiò musica e canto alla scuola dei Canonici Malerbi, dove compose i suoi primi lavori, quali le Sonate a Quattro divenute celebri e il Gloria a Tre Voci. Quando Rossini abitava a Lugo, là era attivo un piccolo teatro d'opera che era stato inaugurato nel 1759. Quel teatro è divento Teatro Rossini di Lugo di Romagna nel 1859; nel Novecento, dopo un periodo di abbandono, è stato completamente recuperato e reso molto bello con i lavori di restauro terminati nel 1986. Da quella data del restauro in poi, il Teatro Rossini ha proposto al pubblico italiano ed europeo le più rare e interessanti opere da camera del repertorio contemporaneo, oltre alla musica della tradizione italiana. In tale veste, lo scorso 8 aprile il teatro ha messo in scena per il suo pubblico l'opera di Thomas Adès, Powder her face, musicata su libretto di Philip Henser.
Si tratta di un'opera da camera, la cui prima esecuzione avvenne al Festival di musica contemporanea di Cheltenham (Gran Bretagna) il 1° luglio 1995. Fu subito un successo che diede al compositore la celebrità.

Powder her face è ispirata alla vita dissoluta di Ethel Margaret Whigham, nata in Scozia nel 1912, divenuta la Signora Sweeney col suo primo marito, poi Margaret Campbell, duchessa di Argyll col suo secondo matrimonio. Ricca, bella e piena di successo, la duchessa affrontò una lunga e sensazionale causa di divorzio conclusa nel 1963, quando il giudice Lord Wheatley emise un crudele verdetto di 65mila parole in cui la descrive letteralmente come "una donna sessualmente sfrenata che ha smesso di sentirsi soddisfatta dai normali rapporti sessuali e ha iniziato disgustose pratiche sessuali per soddisfare un suo degradato appetito sessuale". Divorziata, ma irriducibile e coraggiosa, la duchessa di Argyll risalì all'onore delle cronache dando una grandiosa festa per l’ottantesimo compleanno del suo amico Paul Getty nel 1972 e ricevendo il principe Michael di Kent l’anno seguente. Ma nel 1990 venne espulsa dalla sua suite all’Hotel Dorchester, lasciando un debito di 33mila sterline. Morì nella casa di cura St. George, Pimlico, nel 1993.

L'opera scritta da Adès era stata rappresentata in Italia una sola volta, a Roma nel Teatro Olimpico. La partitura è contraddistinta da un grande eclettismo, come tutte le musiche del secondo Novecento: contiene velate citazioni della musica popolare (tango, tea-dance, Cole Porter, musical) ma anche da opere di Alban Berg (Lulu), Richard Strauss, Kurt Weill (L’opera da tre soldi), Igor Stravinsky (The Rake’s Progress). L’orchestra è di 15 elementi, con clarinetti, sassofoni, ottoni, strumenti ad arco, fisarmonica, arpa e percussioni varie: un ensemble simile cioè alle orchestrine di musica da ballo del secondo dopoguerra. Sul piano musicale, come ha scritto il critico del New York Times, Bernard Holland: “l’opera traspira l’epoca delle swinging bands e delle canzoni di Cole Porter, trattate in modo che la brillante parodia della loro musica segnali il periodo specifico. Richard Strauss e l’operetta viennese si mostrano in forma frantumata, mentre La morte e la fanciulla di Schubert, citata in tonalità diverse dall’originale, dà il proprio breve saluto”.
La messinscena vista nel teatrino di Lugo, curata dal regista Pier Luigi Pizzi, ha raccolto le numerose sollecitazioni e provocazioni che derivano dal testo e dalla musica e le ha riunite in una rappresentazione dove emerge non tanto la vita sfrenata e lussuriosa della duchessa di Argyll, non il gossip che ha alimentato la sua figura di donna sfrenata, non la riflessione morale che ne potrebbe derivare, ma l'horror vacui che prende ogni creatura all'apparire del nulla.

Quando la duchessa, nell'opera, è ormai vecchia e, nelle parole del libretto, dice: "Non c'è nessuno che parli con me. E le uniche persone che sono state buone con me io ho dovuto pagarle perché fossero buone" fornisce al regista la chiave di lettura dell'intera messinscena. Infatti il senso di vuoto e d'abbandono si respira fin dall'inizio, in quella camera rosa che diviene di volta in volta la stanza del castello di Inverary (Scozia), l'aula del tribunale, la suite dell’Hotel Dorchester, mentre mai si assapora la sensazione della libidine, né al primo apparire in scena della figura della duchessa, magra, bella, slanciata, né durante il rapporto sessuale che lei offre con la bocca ad un cameriere dell'hotel, pagando come sempre perché lui fosse buono e consenziente. L'atto sessuale si intuisce soltanto, dai mugolii della duchessa e dai sospiri del cameriere, perché avviene dietro le tende del letto a baldacchino, mentre l'orchestra dà sfogo a tutta la rumenta (pattume) musicale che solo una mente feconda come quella di Adès poteva produrre. Molto bella la regia, dunque, e misurata, perché non spinge sugli eccessi lascivi. L'orchestra, affidata a Philip Walsh, ha svolto con bravura il proprio compito, dando modo ai cantanti di esprimersi anche nei sussurri gutturali senza coprire la loro voce (come, invece, succede nella musica vocale del Novecento là dove ci siano dei direttori meno attenti e poco competenti). Il personaggio della duchessa era affidato al soprano Olga Zhuravel, molto brava nella caratterizzazione e nel canto; altrettanto brava è stata l'altra soprano, Zuzana Markovà, bellissima donna che Pizzi ha offerto nuda sotto la doccia; a lei erano affidate le parti di amante del duca, cameriera, confidente, giornalista,. Anche il tenore Mark T. Panuccio si è distinto per bravura nei ruoli di elettricista, dandy, cameriere e fattorino. Il basso-baritono Nicholas Isherwood, cui era affidata la parte vocalmente più difficile, non si è imposto come avrebbe richiesto il suo ruolo, soprattutto nella scena del giudice che pronuncia la sentenza: ma di questo bisogna probabilmente incolpare il regista, non il cantante, che veramente ce l'ha messa tutta. Pubblico soddisfatto, alla fine, e tanti meritati applausi per il cast e per l'orchestra.

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