jueves, 1 de enero de 2015

Dido and Aeneas y el Castillo de Barba Azul en Los Ángeles

Foto: Craig Mathew / LA Opera

Maria Nockin

La Ópera de Los Ángeles presentó un interesante programa doble: una obra del barroco del inglés Henry Purcell y otra del siglo XX, del húngaro Béla Bartók. Como el director de escena Barrie Kosky quiso usar una gran plataforma giratoria para Bluebeard’s Castle, la puesta en escena de Dido and Aeneas fue relegada a la parte frontal del escenario. El concertador Steven Sloane fue una nueva cara en Los Ángeles, ya que suele trabajar en Europa. Es director musical de la Sinfónica de Bochum en Alemania y de la Orquesta Stavanger en Noruega. Para Dido, formó un soberbio ensamble de cuerdas de instrumentos antiguos, incluyendo tiorbas, junto con flauta, oboe, fagot, percusiones, órgano y clavicémbalo que fue vital para la interpretación de la obra. Paula Murrihy cantó Dido con gran lirismo, al igual que su pareja infiel, interpretada por Liam Bonner. Tres excelentes contratenores, John Holiday, G. Thomas Allen y Darryl Taylor proveyeron las escenas cómicas como la Hechicera y las Brujas. La crema vocal del elenco fue la soprano ucraniana Kateryna Kasper, en el rol de Belinda. Murrihy empezó a cantar su “lamento” con tonos directos, pero hacia el final empezó a suspirar audiblemente, y así continuó hasta el final de la función, borrando el estado de ánimo contemplativo que esta obra suele dejar en el espectador. En ambas óperas los vestuarios fueron contemporáneos, por lo que, en el caso de El castillo de Barbazul, Kosky quiso convencer al público de que Judith es una mujer del siglo XXI, que tiene expectativas de igualdad de género. La orquesta bajo la batuta de Sloane tocó la fascinante música de Bartók con perfección translúcida. Como Judith, la mezzo alemana Claudia Mahnke cantó con el sonido dramático de un océano, en tanto que el bajo-barítono británico Robert Hayward cantó eficazmente con la frialdad característica de su personaje.


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