lunes, 30 de mayo de 2016

La Gioconda en el Teatro Municipal de Santiago de Chile

Crédito fotos Patricio Melo
Joel Poblete

Como se suele repetir cuando se remonta en cualquier teatro, es una lástima que La Gioconda se represente menos a menudo que otros títulos del repertorio italiano. Fue inevitable volver a pensarlo cuando luego de 36 años de ausencia en escenarios chilenos, la ópera de Amilcare Ponchielli regresó el 11 de mayo para inaugurar la temporada lírica del Teatro Municipal de Santiago, el mismo escenario donde tras su debut en 1882 (seis años después del estreno mundial), era programada habitualmente a fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX, a menudo en años consecutivos, algo que cambió paulatinamente hasta el punto de que las funciones que el teatro chileno está presentando son apenas la tercera temporada en que se ofrece en las últimas siete décadas.

Los motivos para tan prolongada ausencia y para que no regrese tan a menudo en los grandes teatros sin duda obedecen por un lado a su argumento, con un libreto del en ocasiones genial Arrigo Boito basado en un drama de Victor Hugo y lleno de convenciones argumentales habituales en la época pero que hoy muchos sienten un poco añejas y telenovelescas, como las rivalidades amorosas y celos más extremos, los filtros secretos y perdones de última hora, una mujer ciega maltratada y un villano dispuesto a todo. Y por otra parte, las exigencias musicales y escénicas de la obra no son menores: seis solistas vocales de primer nivel, grandes despliegues corales, ambientación en la Venecia del siglo XVII e incluso un número de baile que no pasa desapercibido, la "Danza de las horas" que terminó por popularizarse masivamente en 1940 gracias a la legendaria película Fantasía, de Disney.

Pero por encima de todo, el motivo por el cual a pesar de cualquier reparo muchos operáticos le tenemos cariño a esta obra es su bella y cautivadora partitura, que Ponchielli llenó de hermosas melodías y generosas cuotas de pasión, lirismo y efectivo dramatismo, incluyendo lucidos momentos solistas para cada uno de los seis personajes principales. 

En su nuevo montaje chileno, considerando las ya mencionadas exigencias que implica esta ópera, el desempeño general merece ser aprobado a pesar de puntuales reparos. Porque hay unos cuantos aspectos que no convencen por completo, partiendo por el escaso vuelo de la puesta en escena del director general de la Ópera de Montecarlo, Jean-Louis Grinda -el mismo régisseur que tan excesiva polémica levantara en este mismo teatro al inaugurar la temporada 2009 con La traviata y algunos detalles "provocadores" de su propuesta-, que pudo haber aprovechado mejor el espacio y hacer más fluidos y menos esquemáticos los movimientos de solistas y coro. Aunque fue funcional, tampoco contribuyó mucho la discreta, demasiado austera y poco atractiva escenografía de Eric Chevalier (el esplendor veneciano apenas se intuyó en los actos primero y tercero), mientras sí destacaron y ayudaron a generar una buena impresión visual el espléndido vestuario de Jean-Pierre Capeyron y la atmosférica iluminación del chileno Ramón López. ¿Y la coreografía de la francesa Eugénie Andrin, quien también participó en esa comentada Traviata de 2009? En el primer acto no tuvo demasiadas oportunidades de resaltar, pero en el tercero y la esperada "Danza de las horas", aunque el estilo de la coreografía fue a ratos algo desconcertante, funcionó bien.   

Lo positivo es que los desempeños musicales, incluso pese a notorios detalles, sí fueron más acertados. En su tercera actuación en el Municipal tras protagonizar Tosca en 2011 y Turandot en 2014, la soprano portuguesa Elisabete Matos volvió a impactar al público con su volumen sonoro y la potencia con que proyecta sus agudos, pero también llama la atención nuevamente que no pueda manejar las sutilezas, así como la manera a menudo brusca y hasta descontrolada en que aborda o sostiene algunas notas en distintos momentos. Eso sí, fue impetuosa e intensa como lo exige el dramático personaje, y considerando las enormes demandas vocales de éste, es entendible que de todos modos la audiencia aplaudiera notoriamente su desempeño en la noche del estreno. 

Su amado Enzo Grimaldo estuvo a cargo del tenor italiano Walter Fraccaro, también en su tercera visita al país, luego de Un baile de máscaras en 1996 yAttila en 2012; curiosamente, las tres veces le ha tocado venir como reemplazo del tenor originalmente anunciado, demostrando siempre gran profesionalismo y compromiso y una voz de generosos recursos, que sin ser deslumbrante hace aceptable justicia a la tradición tenoril de su país de origen. Fraccaro supo administrar muy bien su material y entrega vocal, quizás en ocasiones con cautela -como en su célebre y bella romanza "Cielo e mar"- y con un estilo que no convence a todos, pero no deslució incluso en los pasajes más arduos y expuestos. 

En su debut en el Municipal, el barítono ruso Sergey Murzaev fue el implacable Barnaba, uno de los villanos más desalmados del repertorio operístico. Su estilo de canto es el de la clásica escuela rusa, que quizás no entusiasma o convence por igual a todos los espectadores o críticos, pero es sin duda de alto impacto en este rol. Además de su convincente despliegue teatral, brilló con una voz poderosa, en especial en sus rotundos y seguros agudos, lo que le permitió lucirse tanto en el dúo con Enzo en el primer acto como en sus momentos solistas "O monumento" y "Pescator, affonda l'esca".   

También debutando en Chile y a la vez encarnando por primera vez en su carrera a Laura Adorno, la mezzosoprano francesa Géraldine Chauvet se mostró como una artista de buenos recursos escénicos, noble presencia y hermosa voz; fue tal vez la intérprete más sutil del quinteto de protagonistas internacionales, aunque se echó de menos más potencia e intensidad en su aria "Stella del marinar" y en el efusivo dúo con Gioconda en el segundo acto. Interpretando a su esposo, el poderoso Alvise Badoero, el bajo ruso Sergey Artamonov tuvo un correcto desempeño teatral y exhibió el bonito timbre que ya se le conoce de anteriores actuaciones en ese escenario -en particular su Sir Giorgio Valton de Los puritanos en 2014-, sin descollar pero cumpliendo en las notas altas y graves. 

La única intérprete chilena del sexteto protagonista, la mezzosoprano Evelyn Ramírez, fue una de las más aplaudidas de la noche del estreno, y merecidamente, pues no sólo estuvo muy convincente en lo escénico interpretando a la desvalida Ciega, madre de la protagonista, sino además cantó con su oficio y calidez habituales, en especial en su bello momento solista del primer acto, "Voce di donna o d'angelo". La Orquesta Filarmónica de Santiago volvió a ser dirigida una vez más por su titular, el ruso Konstantin Chudovsky, cuya lectura, sin ser extraordinaria, fue mucho mejor de lo que nos tiene acostumbrados en el repertorio lírico, y aunque no subrayó por completo la belleza de algunos momentos, en general abordó expresivamente la partitura y equilibró mejor las voces y el sonido orquestal en comparación con otras ocasiones. Como es habitual, el Coro del Teatro Municipal que dirige Jorge Klastornik estuvo muy sólido, particularmente en esta obra que permite lucimiento al conjunto vocal. 

1 comentario:

  1. Gracias por la crítica. La leo recién, casi un año después de la presentación. Haciendo memoria, recuerdo que en esta oportunidad salí bastante contento con la lectura de Chudovsky.

    Por el lado de los cantantes, me parece que la Matos, a pesar de su generosa entrega y de lo conmovedora que pudo resultar hacia el final de la opera, ya muestra una voz fracturada. La voz de cabeza y de pecho se separan como agua y aceite.

    Fraccaro y Murzaev estuvieron estupendos. Se puede criticar alguna falta de matices en algún momento, pero vamos, que escuchar una opera italiana bien excesiva cantada por voces grandes y generosas, al viejo uso, de vez en cuando viene muy bien. El tenor arrojado, la voz extraordinariamente bien puesta, proyectando maravillosamente en las escenas grupales, y con una lectura sólida del Cielo e Mar. El baritono, tal vez un poco duro en emisión, pero de una columna sonora impactante, de esos que hay que escuchar en teatro.

    La mezzo sutil, bien en la interpretación y muy buenos recursos vocales. El bajo muy pobre, casi que me atrevería decir que no es bajo realmente.

    La puesta en escena un gran desastre que, me parece, no merece mayor comentario, más allá de señalar que resultó muy pobre en recursos.

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