viernes, 19 de agosto de 2016

Dos recitales de Jonas Kaufmann en el Teatro Colón de Buenos Aires



Fotos: Arnaldo Colombaroli y Fabian Persic

Gustavo Gabriel Otero
Twitter: @GazetaLyrica

El debut argentino del tenor alemán Jonas Kaufmann, efectuado el sábado 6 de agosto de 2016 dentro del Festival de Música y Reflexión o Festival Barenboim, fue tan espléndido como breve. El escueto programa con el tenor como solista apenas contó con las cuatro Canciones del caminante, de Mahler. Originalmente se había anunciado un programa Wagner -del cual sólo quedó en el inicio del concierto, el Preludio al Acto III de Los maestros cantores de Nüremberg, vertido con sutileza por la orquesta- y por lo tanto un programa con sólo cuatro canciones, y para peor escritas originalmente para barítono, eran, a priori, una desilusión. Naturalmente que ante la sublime interpretación de Kaufmann las prevenciones del público se transformaron en gozo. Fuera programa completó con un aria y una canción de Wagner, totalizando una presencia de poco menos de media hora. Muy poco para la expectativa del público. Pero la modélica interpretación del Winterstürme wichen dem Wonnemond de la Walkyria de Wagner valió por toda la noche. Del intimismo del lied se pasó a la potencia wagneriana con una voz sólida, potente y de notable expansión. Por último, y con Daniel Barenboim, al piano cantó Träume, la última de las canciones de los Wesendonck Lieder, de Wagner. En la segunda parte la Orquesta West-Easten Divan ofreció una lectura correcta de la Sinfonía nro. 41 de Mozart. 
Por lo que las ganas de justipreciar acabadamente las virtudes del tenor alemán se trasladaron hacia la semana siguiente en la cual ofreció un recital –el mismo que entre sus dos presentaciones en el Colón, cantó en Sao Paulo y Lima- acompañado, al piano, por Helmut Deutsh, en el que se prodigó por más de dos horas incluidos siete bises, encores o propinas. El domingo 14 de agosto todo cambió: con un programa de lieder encarado con plana honestidad artística e interpretativa el tenor Jonas Kaufmann, acompañado al piano por Helmut Deutsch, deslumbró y fascinó al público del Colón. Cada acercamiento a las obras puede ser tenido como referencial y demostró al público argentino su talento artístico, sus convicciones estéticas, y su bien ganado lugar en el firmamento lírico actual. La tarde comenzó con cuatro canciones seleccionadas de las innumerables escritas por Schubert para continuar con cinco de los números de la serie de doce canciones del opus 35 de Robert Schumann. Tenor y pianista se amalgamaron en perfecta conjunción para dar el matiz justo a cada palabra, cada inflexión y cada detalle. Finalizó la primera parte con cuatro canciones de Henri Duparc, aquí la interpretación se plegó al estilo francés y la dicción de Kaufmann fue razonable. De esta primera parte quedó claro que ambos intérpretes buscaron, y lograron, diferenciar a los tres autores y dentro de cada ramillete de canciones cada una era acometida con una textura y un enfoque particular. Luego de la pausa vinieron los momentos de mayor emoción ya que el repertorio permitió al tenor salir de la interpretación absolutamente camarística y comenzar a mostrar un poco de su voz plena. Así los Tres sonetos de Petrarca de Liszt fueron vertidos en forma exquisita por la voz de Kaufnann con pianísimos, filados y medias voces difíciles de igualar. El programa terminó con seis canciones de Richard Strauss. 
Aquí lució su brillo, su extensión y su volumen. Ante el júbilo del público ofreció siete bises o propinas que cautivaron el operístico público del Colón: El ‘Aria de la flor’ de Carmen, ‘Celeste Aida’, ‘L’anima ho estanca’ de Adriana Lecouvreur de Cilea.; la exquisita canción ‘Ombra di nube’ de Licinio Refice con texto de Emidio Mucci; ‘Nessun dorma’ de Turandot de Puccini; Core’ngrato de Salvatore Cardillo y ‘Tuyo es mi corazón’ de la opereta El país de las sonrisas de Lehar. Jonas Kaufmann, muy emocionado por la extraordinaria demostración de afecto y agradecimiento del público de Buenos Aires, terminó con una rodilla en tierra en el escenario y sus brazos abiertos como en un gran abrazo. Un gesto inolvidable.

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