lunes, 1 de agosto de 2016

Paul McCreesh dirigió a la Orquesta Sinfónica de Minería, México

Foto:  Lorena Alcaraz Minor/ Cortesía OSM

Iván Martínez / Confabulario – El Universal

El inglés Paul McCreesh (1960) es un director conocido por su especialización en el repertorio renacentista y barroco y muy reconocido por el extenso catálogo discográfico que ha ido registrando de éste con su ensamble, los Gabrieli Players, para la firma Deutsche Grammophon (un disco que tuvo suficiente éxito comercial en México fue el dedicado a Haendel por el tenor Rolando Villazón). Pero aunque su fama está cimentada ahí, en interpretaciones historicistas y al frente de ensambles que tocan con instrumentos de época, también es conocido por una energía muy particular que suele infundir en orquestas modernas al hacerlos repensar el repertorio clásico.

McCreesh había estado ya en México el verano pasado al frente de la Orquesta Sinfónica de Minería (OSM), en un programa en el que brindó la Sinfonía no. 100 de Haydn y el Concierto para clarinete K. 620de Mozart, en un ejercicio que significó, estilísticamente, volver a aprenderlo para el solista de entonces, José Franch Ballester.

Regresó el pasado fin de semana para dirigir el cuarto programa de la temporada actual en la Sala Nezahualcóyotl: nuevamente brindó una sinfonía de Haydn, la 88, un concierto de Mozart, el Quinto para violín, con Shari Mason como solista, y la Octava sinfonía de Beethoven. Lo escuché el domingo 24.

Lo más destacable de todo es la lucidez del concepto de sonido que quiere; sólo él sabe cómo lo hace durante los ensayos, pero logra obtenerlo de cualquier ensamble. Es un sonido suyo. Técnicamente no se trata de ir más allá de pedir la excepción del vibrato o de la forma en que se tocan los adornos, pero estilísticamente sí de la transparencia, de cada nota y de cada armonía; de un sonido muy abierto y directo, no estridente, y musicalmente, de una energía vigorosa que aunque profunda, no cae en la pesadez.

Para la Sinfonía no. 88 en Sol, Hob. I/88, de Haydn, el director no tomó los tempi más veloces, aunque la precisión transparente con que se pronunciara cada nota en los pasajes rápidos lo pareciera. Eso suele resultar más efectivo y significó el elemento más encomiable de esta ejecución. Más que la elegancia del segundo movimiento, tocado sin ningún dejo de aletargamiento como suele suceder, y más que la nobleza viva con que se leyó el rústico minueto.

Sólo una lectura de tan refrescante claridad abre el camino para entender por qué, sin haber mejor elección, fue programada al lado de la Octava de Beethoven. Mientras que la de Beethoven quizá sea la más haydneniana de sus nueve, la más comedida, ésta de Haydn es la que mejor augura la era venidera; la más moderna y espontánea, la que mejor juega con características abruptas que han de distinguir la música de su “discípulo”. Incluso las sonoridades con que han de sugerir los metales y timbales se encuentran.

Igualmente obsesiva fue la claridad con que se escuchó la Octava Sinfonía, en Fa, op. 93, del de Bonn. Con un poco más de carácter y sobre todo, con un instinto en el fraseo, en las respiraciones, que resulta casi teatral de tan dramático. Queda en mi memoria especialmente el minueto, del que pocas veces se escuchan todas sus notas dibujándose con tal transparencia todas sus texturas: desde un pasaje especialmente presente en el fagot de Samanta Benner al espléndido solo del clarinetista Christopher Pell tocado con delicadeza, o las frases tan determinadas de los cornistas Jeffrey Rogers y Emily Nagel.

Entre ambas sinfonías, la violinista Shari Mason, concertino de ésta y de la Orquesta Sinfónica Nacional, ofreció una de las ejecuciones más cristalinas que le haya escuchado. Cristalina en el sentido de su sonoridad. Al tomar una obra que no forma parte de su repertorio más afín, el Quinto concierto, en La, K. 219, “Turco”, de Mozart.

Sin obviar su propia voz, Mason supo adecuarse con inteligencia al estilo con que McCreesh había trabajado el acompañamiento, y juntos han logrado inmejorable mancuerna de estilo y sonoridad.

Especialmente querida por el público de esta sala, Mason ofreció luego un paréntesis estilístico, de gran ardor y apasionamiento tras la pulcritud y el recato de la inocencia de tan juvenil obra mozartiana, en unencore pedido pocas veces con tal justicia: el cuarto movimiento, Las Furias, de la Segunda Sonata para violín de Eugene Ysaye, tocado, como siempre se le ha escuchado ésta, una de sus piezas predilectas, en el más alto nivel técnico.

No deja de ser paradójico que uno de los conciertos más refrescantes de la temporada haya sido también el más clásico, en forma, contenido y acercamiento estilístico. Ojalá veamos más seguido a esta batuta en estos lares, quedan muchos conciertos de Mozart y muchas sinfonías de Haydn por reaprender.


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