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Saturday, January 1, 2011

El Caballero de la Rosa de Strauss en el Teatro Real de Madrid

Foto: Javier del Real

Mercedes Rodríguez

La última función de esta magnífica ópera de Richard Strauss, nueva producción en el Teatro Real, y procedente del Festival de Salzburgo, dejó entrever cierto cansancio generalizado, quizá porque “el paso de los días” como ocurre en la ópera, dejó espacio a cierto desfallecimiento musical. No obstante, la belleza incomparable de la poesía de Hofmannsthal y la orquestación distinguida, elegante e inteligente de Strauss hicieron que la noche tuviera su brillo especial, aunque las voces y la dirección musical nos dejaran a falta de un plus de entrega que esta ópera merece. La puesta en escena que creó Wernicke y en la que colaboró Alejandro Stadler, quien ya la repuso en Baden-Baden y París anteriormente, proporcionó distinción al conjunto, dentro de una sencillez y un sentido dramático muy cuidado y sutil, y una estética muy agradable visualmente. El conjunto vocal fue bastante desigual. La soprano alemana Anne Schwanewilms, especialista en el repertorio de este compositor, encarnó una Mariscala pobre en recursos dramáticos, y vocalmente, pese a su calidad, le faltó expresividad y volumen. Joyce DiDonato, en cambio, se entregó vocalmente y en escena, dando muestra una vez más de sus extraordinarias cualidades, su redondez e igualdad en el registro y la belleza de su timbre. En cuanto a sus maneras como actriz, hizo que el personaje de Octavian fuera muy creíble. La Sophie de Ofelia Sala se desenvolvió con la naturalidad que caracteriza a su canto y tanto la Marianne de la soprano Ingrid Kaiserfeld como la Annina de la mezzosoprano Helene Scheneiderman estuvieron a la altura de la calidad vocal de las primeras féminas. En cuanto a los personajes masculinos, la decepción la encontramos en el bajo-barítono Franz Hawlata, quien sorprendió por la falta de proyección vocal, de apoyo, y acusados problemas en los registros extremos. Equilibrio y buen hacer entre el resto del elenco masculino: el barítono francés Laurent Naouri como Faninal, los tenores Peter Bronder como Valzacchi, y los españoles Ángel Rodríguez , Josep Fadó y José Manuel Zapata. El Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real estuvieron correctos, pero a la dirección del experto Jeffrey Tate, le faltó la intensidad que la música de esta obra requiere, lo que se vio reflejado en el resultado final.

Wednesday, December 8, 2010

El Caballero de la Rosa en el Teatro Real de Madrid

Foto: Javier del Real
Alicia Perris
Reflexiones sobre el paso del tiempo que bien podrían deslizarse desde el “carpe diem” horaciano hasta los poemas sarcásticos y amargos de François Villon, testigos de los tiempos medievales de “détresse”, esta ópera de Richard Strauss plantea agudos problemas filosóficos, sobre todo en los textos a los que da vida el personaje de la mariscala. Una enamorada que no puede disfrutar con placer de su condición, porque en las mieles de sus emociones amorosas percibe la finitud de todo sentimiento. Con un discurso a menudo no apto para feministas convencidas, ya que la mujer por momentos se concibe como una mercancía (véase todo el proceso del compromiso del Barón de Ochs y su prometida), la sangre no llega al río sin embargo, porque la obra está muy en el fondo concebida en un proyecto de farsa. Testigo él mismo de los cambios que el principio del siglo XX traería para todos, Strauss se retrotrae a un escenario histórico del Siglo XVIII, no sin difuminar sobre la escena, la imagen evanescente de su admirado Molière y los personajes estrambóticos y risibles de la Commedia dell´Arte. Para Gérard Mortier, director artístico del Teatro Real de Madrid, esta ópera, que se vio por primera vez en el Festival de Salzburgo de donde él mismo proviene, “va conmigo allá donde voy desde que se estrenó en 1995. Para mí, el Real es el mejor teatro para albergar esta ópera por su intimidad”. Vinculada al recuerdo de Wernicke, gran amigo suyo que falleció prematuramente, Mortier confiesa que ha retocado algunos elementos de la iluminación para optimizar la puesta en escena. Suena el vals una y otra vez durante la velada, aquel mismo baile que retrató también la inevitable decadencia y final del Imperio Austrohúngaro, la música que prefigura en su despreocupación, la hecatombe de las dos guerras mundiales y el fin de los grandes imperios. Una escenografía donde abundan los juegos de espejos, refuerza la fragilidad de las cosas y la inexorabilidad del tiempo que se desvanece y envía desde lo plástico y lo ornamental, ese mensaje. El teatro estaba lleno y el público disfrutó de esta obra un poco al viejo estilo tradicional que siempre está echando de menos cuando la dirección musical del Real muestra o anuncia montajes más conectados con una estética contemporánea y “à la page”. Subraya con exquisito gusto y despliegue de recursos su papel Anne Schwanewilms. Joyce DiDonato, que goza de una trayectoria de prestigio, está a la altura de un papel ambiguo y exigente. Divertido y eficiente Franz Hawlata, vestido de tirolés y con sus maneras de truhán, parece que no convenció a todos vocalmente por igual en el estreno. Bien Ofelia Sala descubriendo desde su inocencia de prometida que el mundo no es lo que le contaron y que el matrimonio no siempre es la mejor elección para una jovencita. La dirección orquestal de Jeffrey Tate logró que la orquesta tuviera un sonido redondo y contundente. Agridulce bocado de realidad, esta ópera nos ofrece la tersura de una partitura y un argumento de Strauss más amable que sus anteriores “Electra” y Salomé”, de hondo y negativo dramatismo, a pesar de que no deja de inquietarnos y conmovernos con la percepción de la incandescencia y la transitoriedad de los fuegos fatuos.