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Wednesday, January 19, 2011

"Una música constante" novela de Vikram Seth

Fotos: Vikram Seth, Wigmore Hall, Violón, Phillipe Honoré
Massimo Crispi
Yo no conocía a Vikram Seth, y tampoco sabía quien era porque nunca había leído sus obras. Una alemana, que conocí por casualidad en la red gracias a un mágico Lied de Schubert y que ahora se convirtió en una buena amiga, un día me dio una sorpresa. Ella me envió un libro de Seth, titulado "An Equal Music" (o "Una música constante" en español). Ella quería que yo lo conociera porque allí se hablaba mucho sobre Schubert y sobre como fluye constantemente la música en nuestras vidas, cómo es la música un instrumento y lo que "hace" por los otros, como en el caso de una enfermedad que afectó a un músico, y sobre como son las vidas de las personas que viven de música, etc Para mí que soy músico me interesó profundizar en el argumento. Después de abrir el paquete con felicidad y sorpresa, a las pocas horas comencé a leerlo, un poco perplejo inicialmente, porque estaba escrito en inglés y porque a pesar de que lo hablo y lo traduzco, no es un idioma que me guste particularmente para la literatura. Claro, delante de Shakespeare, Dryden, Donne, Dickens, pongo todas mis reservas por un lado y reconozco su inmensidad, pero siempre me canso un poco de leerlo. Aun asi, "An Equal Music" tenía algo especial: era una novela, sí, pero con una banda sonora en el fondo, y había música entre las palabras, y yo conocía muchos de los fragmentos que Seth describía mientras se desarrollaban la historia y sus personajes, y era como vivir entre ellos, compartiendo al mismo tiempo sus aspiraciones, sus sentidos, y los gustos de todos ellos.

Así que me hundí en la lectura. Desde el inicio está clara la relación que unía a Michael Holme, el narrador, protagonista y segundo violín de un famoso cuarteto de cuerdas de Londres, a su instrumento, un inestimable violín italiano, un Tononi del siglo XVIII. Los que no saben que un músico es también su mismo instrumento no puede comprender hasta el fondo tal interrelación, que generalmente es una ejecución musical de su punto de vista. Un instrumento forma el sonido de un artista desde su primera edad, su particular manera de comunicar por las notas que él puede extraer de ese instrumento, las vibraciones que ese instrumento produce en el aire, y los fraseos que el artista puede hacer con aquel instrumento y no con otros. Es determinante, diríamos, para marcar el propio lenguaje del artista, y es valido tanto para los violines como para los chelos, las flautas, las guitarras, los oboes y los pianos. Eso cambia si se utilizan cuerdas metálicas o de intestino, cambia si se utiliza un tipo de madera y no otra. Un jinete cambiando de caballo no consigue el mismo resultado, así como un ciclista o un piloto con sus coches, así como un escultor que no tiene sus mejores utensilios o un cocinero que solo quiera utilizar cazos en cobre y ninguno de acero inoxidable. Beethoven, Liszt, Chopin y muchos otros requerían instrumentos especiales para componer su música y, si no hubieran tenido esos instrumentos especiales, no conoceríamos sus obras así como las conocemos; ellos mismos sugerían a los constructores hacer modificaciones, y de no haber sido así no tendríamos los pianos modernos. A pesar de que el protagonista de la novela tocaba el violín desde su infancia, ese instrumento precioso no era suyo. Era un préstamo, proveniente de una gentil y generosa oferta que le hizo una vecina, amiga de la familia y ex-violinista. Ella, dándose cuenta que el chico tenia talento y viendo el obstáculo que era el propio padre quien veía a la música como un hobby y nada más, decide darle ese inestimable instrumento, que quien sabe que manos ilustres lo habían tocado durante los siglos. Esa fuerte relación, se convierte en un constante peligro cuando el violinista se da cuenta que "su" instrumento en realidad nunca será verdaderamente suyo, porque la propietaria debía incluirlo en la herencia de su insensible y nieto y de sus tres insoportables hijas, todas tan inútiles como su padre. Así el violín siempre es visto por el músico como un huésped, un amigo inseparable, pero con la conciencia de que un día se irá por otro lado y con la más triste certeza durante las dificultades económicas de un músico (a menos que sea una estrella como Anne Sophie Mutter o Isaac Stern) y le será muy difícil encontrar otro idóneo de acuerdo a sus posibilidades económicas.

En la novela hay también un episodio muy conmovedor, en el que en un negocio de venta de antigüedades, el primer violín del cuarteto (un personaje por demás antipático y ácido) intenta comprar un mejor instrumento para expresarse de mejor manera, y a pesar de las promesas del vendedor, el violín lo valúan en una cifra inalcanzable para el músico. Así, él tiene que olvidarse del instrumento que para él hubiera significado, una nueva voz, un enriquecimiento para si mismo, para el cuarteto, para el público y para la música. Pero después de tantas aventuras, crisis, arrepentimientos, dejando su carrera sin mas ganas más de tocar, y al final resignado a la perdida del violín, Michael será recompensado por un cambio de idea de última hora de la vieja mujer, quien justo antes de morir, y en presencia de notarios y abogados, la vieja amiga lo elige como heredero, sin condiciones de sucesión o pagos de impuestos, del magnífico Tononi, convirtiéndolos de facto a ambos en inseparables. En este punto se pone atención al problema de la sobrevivencia de los inestimables patrimonios de los artistas solos, sin descendencias o con descendencias horribles, que se pierden y no conocen una continuidad o herederos que puedan comprender el inmenso valor de objetos y obras de arte salvados que fueron utilizad durante una vida consagrada a la búsqueda de la belleza, del arte, de la música, y de cuan importantes puedan ser esos objetos para todos, para comprender mejor el mundo donde vivimos y quienes somos. Esta es una de las tantas caras de esa novela, un aspecto fundamental y complementario, que para muchos otros es una realidad casi periférica, si la comparamos con la normalidad de la vida de la mayoría de la gente. Lo que se "escucha" fluyendo en la novela, de cabo a rabo, como si fuera audible por el oído, es una música constante, como señala su título traducido al español (editorial Anagrama, 2006). Desde la primera pagina, mientras Michael intenta tocar sobre su violín la línea del canto de un Lied de Schubert, la Trucha, nuestra impresión es la de verdaderamente estar escuchar esa música y sus frases, y es muy difícil describir una música sin que esta estuviera escuchándose realmente ahí. Claro, yo conozco muy bien casi todas las obras descritas en el libro, y en las descripciones de Seth he vivido las frases, así como los momentos líricos y los dramáticos de cada fragmento. Quien sabe si pueda ser tan fácil para quienes no conozcan esa músicas. A mi me encanta la idea que a quien haya leído la novela y no conociera la música se le despertaría la curiosidad por conocer esos espectros musicales y buscaría esos fragmentos para darles un cuerpo. Darles un cuerpo, es una cosa imposible para algo que no tiene una esencia material y que solo es una vibración del aire que a su vez hace vibrar los "instrumentos" en el interior del oído humano, transmitiendo así la experiencia al cerebro que la decodifica y la cataloga como ruido, sonido, y música. Aquí, justamente sobre el tema de la perceptibilidad, se desarrolla otro importante personaje de la novela. Julia, la co-protagonista con Michael, que es una pianista extraordinaria. Michael la conoce en Viena, mientras asistía a los cursos de un extraordinario profesor de un carácter imposible, y vive con ella una intensa historia de amor, alimentándose de sexo (apenas descrito, con mucha e infrecuente delicadez), de amor y de música. La música juega un papel fundamental en esa relación, porque la pianista lo introduce el juvenil Trío de Beethoven (que él reinterpretó como un quinteto, op.104, al final de su vida) y muchas otras cosas más que hacen especial esa relación entre músicos.

Cuando Michael decide dejar Viena porque no puede soportar más las reacciones del amado-odiado profesor y no es capaz de tocar con libertad, cambia totalmente de vida y, con un dolor profundo, deja también a Julia a quien continuaba amando. No sirven para nada las cartas que él escribe a ella unas semanas después y que ella nunca recibe. Por casualidad, diez años después, a pesar de que Michael nunca olvidó a Julia y después de una serie de combinaciones, como el descubrimiento de partituras y grabaciones discográficas que de todas formas reconducían a Beethoven, al trío y al quinteto del periodo de Viena, Michael se reencuentra con Julia. Así, comienzan a verse y encontrarse en citas breves pero fuertes, cargadas de emociones, de amor y contradicciones, de sexo, delicadez y turbaciones. Ella tiene una vida nueva con un marido y un hijo, mientras que el tiene una relación poco importante con una alumna francesa, sin ningún interés para ella. Los dos retoman las piezas de ellos mismos, las piezas de un rompecabezas suspendido, piezas que no encajan más que pero que aun así, ambos intentan recomponer de alguna manera. Julia tiene un secreto atroz. Como Beethoven ella está perdiendo gradualmente el sentido del oído. La pianista cuya principal ocupación es la de tocar música de cámara con otros músicos, no puede escuchar lo que interpreta, solo puede imaginar lo que ocurre mirando las manos de los otros músicos que suben y bajan, y sus teclados. El secreto sale poco a poco a relucir y Michael se conmueve y se perturbaba profundamente por ello. La falta de percepción para un músico es todo, es una interpretación del mundo: escuchar a un pájaro cantando (como en el fragmento de Vaughan Williams "The Lark Ascending", que cuanta música hay en esa novela...), la resonancia de las sonatas de Manchester de Vivaldi en la iglesia de Venecia, las mismas de Vivaldi, el viento en el campo inglés, el ruido constante de las ciudades, la voz de las personas. Claro, ese sentido varia de un instrumento a otro, porque el piano no tiene problemas de afinación, una vez que se encuerda y el teclado está afinado. Un violinista o un cantante, sin el retorno de la resonancia exterior, a menos que tengan una afinación absoluta, están obligados a la continua búsqueda de la afinación sobre los teclados, verdaderos o virtuales. El pianista que tiene que acompañar a los otros tiene que calibrar su impulso, tiene que cuidar al ensemble, la fusión de los sonidos, y estar sordo es un enorme obstáculo. Seria como quitarle los ojos a un pintor, el mundo de colores y líneas, de espacios y visiones, existiría solo en su cerebro y así no sabría como reproducirlo. En un cierto punto de la novela, Julia aparece en la vida del cuarteto a través de un agente austriaco común y a causa de la enfermedad imprevista del pianista quien debía tocar con el Cuarteto Mayor en el Musikverein de Viena, donde la sociedad de conciertos había solicitado en el programa la ejecución de la “Trucha” de Schubert, es decir un cuarteto de cuerdas mas un piano, y por ello se impuso a Julia como pianista, con todas las implicaciones sentimentales y profesionales que ello conlleva, y de las cuales solo estaban concientes Julia y Michael. Ninguno en el cuarteto sabía algo del secreto de Julia, excepto Michael, y el agente. Sin embargo todo salió bien, y aunque el primer ensayo fue solamente un momento de excitación para Julia, nadie se dio cuenta su sordera. Solo las ansias de Michael hicieron sospechar al primer violín, pero a partir de ahí fue todo un crescendo de búsqueda y de presiones hasta que la verdad saliera a flote. La enfermedad, la sordera, es un horrendo espectro para cualquier músico, que se afronta, se entiende, se digiere, se tolera, pero es siempre una causa de tensión y de miedos, en primer lugar para la pianista, quien de ahora en adelante decidió no tocar con ningún otra mas que con ella misma, situación en la que podía aun fingir que su sordera no existía, conociendo algunos tonos de su teclado y siendo capaz de reproducir la música sin ninguna evidente manifestación externa de su enfermedad. Son paginas extrañadamente dolorosas, donde cada uno veía las cosas desde su propio punto de vista, despiadado, si se quiere, pero muy cierta y que podría ocurrir realmente.

Hacían una pareja con la desgarradora escena de la película Amada Inmortal (Immortal Beloved de Bernard Rose) en la que un Beethoven, que ya para ese momento se encontraba sordo, apoyaba su oreja en el piano para poder sentir las vibraciones de la música, en la parte mas intima y mas conmovedora de la película. En la novela, fueron bien descritas las agencias, y los buitres que frecuentemente resultan ser los agentes, que decretan el ascenso de una carrera o el derrumbe de un artista, y como a su vez, existen raras y particulares personalidades que los ayudan. Aquello que disgusta, aunque también es lo que al final con una partida para violín solista y piano, pone todo en orden, como a los fantasmas que rondan en la mente de los músicos y en la radio de un taxi que captan el vuelo de Michael, es Bach, sobretodo con su Arte de la Fuga, obra encargada por una importante casa discográfica para ser el ultimo lanzamiento del Cuarteto Mayor y que después se convierte como una Némesis en la causa de su desintegración. Es la misma obra que Julia tocaría en el Wigmore Hall durante su primer concierto junto al cuarteto. La ambivalencia del genio de Bach: como haya sido acomodada, funciona siempre provocando confusión y éxtasis, o siendo la cruz y la delicia de los ejecutores y los escuchas. La música constante transcurre y acompaña cada minuto del día de todos los personajes y de los lectores. La ciudad es el fondo de los acontecimientos para los protagonistas, y así, Londres, Viena y Venecia viven a través de los lugares de la música como: las salas de ensayo, los cuartos insonorizados, las tiendas de laúdes, los conservatorios, las bibliotecas, el Wigmore Hall, el Hyde Park, el Musikverein, el Danubio, la iglesia de S. María de la Piedad, la iglesia de Vivaldi, y el agua de la laguna, y resuenan con notas mudas pero presentes. Describir aun mas “Una música constante” es una empresa imposible porque la novela esta totalmente llena de eventos, de reacciones, de relaciones ligadas entre los personajes, de relaciones familiares y profesionales, de música, y todo esta tan pormenorizado que seria como rescribir de nuevo y a fondo todo el libro. Lo cierto es que esta novela debería ser leída por todos los músicos, por los apasionados a la música, por los que van a los conciertos y consumen la música reproducida, pero no solo la de ellos.

Muchos se reconocerían en las situaciones descritas, y todos descubrirían muchas cosas, sobre la música y sobre los músicos, que habitualmente son desconocidas, que no se consideran o no se piensan, como tampoco se cree que puedan existir. Quizás, así podrían abrírsele al lector nuevas maneras para escuchar la música, para estudiarla y para protegerla como una cosa santa. Si tan solo nuestros políticos pudieran entenderlo y así lo quisieran, este libro les seria útil para hacerlos comprender cuan necesaria es para vivir la “verdadera” música y como debería ser defendida y no agraviada, así como la propia vida de los músicos, que son los sacerdotes que hacen inteligible esa jungla de garabatos misteriosos plasmados sobre los pentagramas. Existe también un CD doble del sello Decca, que acompaña la novela y que incluye toda la música que se menciona en la novela, como si fuera la verdadera banda sonora de una película, y esto es lo que el propio Vikram Seth dice al respecto:

…¿Por qué incluir un CD - o mejor dicho dos, a una novela sobre la música? ¿No seria como agregar una ballena a una copia de Moby Dick? o ¿Se tiene como propósito ilustrar mejor la acción de la novela? o ¿es una música de fondo para la lectura? o es ¿quizás un sustituto del mismo texto, que intenta describir aquello que en verdad no puede ser descrito? Por lo que a mi respecta, no busco nada de lo anterior mas que dar placer.

Algunas obras que juegan un papel fundamental en “Una música constante” son muy conocidas y otras no tanto. Todas juntas serian muy caras si se intentaran comprar, o como muchos lectores me han hecho notar, seria virtualmente imposible. Cuando Decca sugirió hacer una recopilación, o si fuera necesario, grabarlas y ponerlas a la venta a un precio razonable, yo quede encantado. La mayor parte de las selecciones musicales no requiere de ninguna explicación. Son todas grabaciones maravillosas, y muchas de ellas son consideradas clásicas, con interpretes como:
Mstislav Rostropovich, Andras Schiff, María Joao Pires
y Iona Brown, entre otros. Pero para el Largo de la Sonata Manchester n. 1 de Vivaldi se realizó una grabación para violín y piano, porque a pesar de que existían muchas grabaciones de esta pieza, naturalmente que en todas se utilizó el clavecín.

Es para mi un placer especial presentar por primera ocasión una obra musical a los escuchas. Algunos lectores, incluidos algunos músicos me han escrito después de haber leído “Una música constante” para preguntarme si el quinteto para cuerdas en re menor, op 104 de Beethoven verdaderamente existe - como si yo hubiera tenido la desfachatez de inventar una obra inexistente y además agregarle un numero opus. Es una obra olvidada, pero ahora gracias a esta nueva grabación, es posible escucharla. Entre los interpretes de esta y otras piezas esta también a quien dedique la novela, el violinista Philippe Honoré. Fue una idea suya que el protagonista de mi obra fuera un músico. Es justo decirle que ha llevado a mis oídos, y los de los lectores, aquello que hace algunos años, durante el transcurso de una conversación informal, provocó en mi aun fallida imaginación.


Vikram Seth, Londres, Noviembre de 1999"
Vikram Seth, Una música constante, TEA 2001




Sunday, November 28, 2010

La musica costante di Vikram Seth

Foto: Vikram Seth, Musikverein Vienna,

Massimo Crispi


Non conoscevo Vikram Seth. Cioè, diciamolo meglio: sapevo chi era ma non avevo mai letto niente di suo. Un'amica tedesca che ho incontrato casualmente sulla rete e con cui è nata una piacevole amicizia, scaturita da un magico Lied di Schubert, un giorno mi ha fatto una sorpresa. Mi ha inviato un libro di Seth, "An Equal Music", che è stato tradotto in italiano col titolo "Una musica costante" dieci anni fa. Ci teneva che lo leggessi perché vi si parlava molto di Schubert e di come la musica fluisse continuamente nelle nostre vite, di cosa fosse la musica, uno strumento, di come si facesse la musica insieme agli altri, di una malattia che colpiva un musicista, come fossero le vite di chi vive di musica, eccetera. Per me che musicista lo sono avrebbe potuto essere anche un approfondimento interessante. Dopo avere aperto il pacchetto con gioia e sorpresa, dopo qualche ora iniziai a leggerlo, un po' perplesso all'inizio, perché era in inglese e perché, nonostante lo capisca e lo parli e lo traduca, non è un idioma che ami particolarmente per la letteratura. Certo, davanti a Shakespeare, Dryden, Donne, Dickens, butto le mie riserve in cantina e ne riconosco l'immensità, ma faccio lo stesso un po' fatica a leggerlo. Eppure "An Equal Music" aveva già dall'inizio qualcosa di speciale: era un romanzo però aveva una colonna sonora nel sottofondo, la musica fluiva tra le parole, io conoscevo molti di quei brani di cui Seth parlava e tra i quali si muovevano i personaggi, era come vivere tra loro, prendendo le parti ora di questo ora di quell'altro, condividendo aspirazioni, sentimenti, gusti... Mi immersi.

Fin dall'inizio si intravede il rapporto speciale che lega il protagonista narrante, Michael Holme, secondo violino di un famoso quartetto d'archi londinese, al suo strumento, un prezioso violino italiano del Settecento, un Tononi. Chi non sa che un musicista è anche il suo strumento non può capire fino in fondo il rapporto strettissimo che li lega e, in generale, cos'è un'esecuzione musicale dal suo punto di vista. Uno strumento forma fin dalla più tenera età il suono di un artista, la sua particolare maniera di comunicare attraverso le note che riesce a trarre da quello strumento, le vibrazioni che lo strumento produce nell'aria, i fraseggi che l'artista riesce a fare in quel modo solo su quello strumento e non su altri. Determina, in sostanza, il linguaggio proprio di quell'artista. E questo vale per i violini come per i violoncelli, per i flauti come per le chitarre, per gli oboi come per i pianoforti. Cambia, se si usano corde di budello o corde di metallo, cambia, se si usa un'accordatura oppure un'altra, cambia, se viene usato un legno invece che un altro... Anche un fantino, se cambia il cavallo con cui si allena, non ha lo stesso risultato, così un motociclista o un automobilista coi loro mezzi, così uno scultore che abbia uno scalpello che meglio risponde alle sue esigenze, un cuoco che si porti dietro tutti i suoi tegami di rame e disdegni quelli in inox. Beethoven, Liszt, Chopin e molti altri richiedevano strumenti speciali per inventare la loro musica e, se non avessero avuto certi strumenti, le loro opere non sarebbero esistite così come le conosciamo, essi stessi proponevano modifiche ai costruttori ed è a loro che dobbiamo l'evoluzione dei moderni pianoforti.

Il violino del protagonista del romanzo, seppure suonato da lui fin da quando era bambino, in realtà non gli appartiene. È un prestito, una gentile e generosa offerta da parte di una vicina di casa, amica di famiglia, ex violinista. Costei, intravisto il talento del ragazzo, peraltro osteggiato in casa da un padre che nello "strimpellare" del figlio vedeva la musica solo come un hobby e nient'altro, decide di prestargli quello strumento inestimabile, che chissà quali altre mani preziose avevano suonato nei secoli. Questo legame, fortissimo ma sempre coll'impressione da parte del violinista che il "suo" strumento non sia mai veramente suo, è costantemente messo in pericolo, appunto, dal fatto che la proprietaria dovrebbe includerlo nell'eredità del suo insensibile e avido nipote e delle sue bambine, tre mocciose viziate e inutili come il loro padre. Così il violino è sempre visto dal musicista come un ospite, un amico inseparabile ma colla consapevolezza che un giorno partirà per altri lidi e dell'ancora più triste coscienza delle difficoltà economiche di un musicista (a meno che non sia una star come un Isaac Stern o una Anne Sophie Mutter), per cui sarà molto difficile trovarne uno adeguato per le proprie disponibilità. C'è anche uno straziante episodio, nel romanzo, di un'asta di strumenti musicali antichi, dove il primo violino del quartetto, peraltro un personaggio parecchio antipatico e acido, vorrebbe acquistare uno strumento migliore per poter esprimersi meglio ma, nonostante le promesse e le assicurazioni del banditore, il violino viene battuto per una cifra che lui non può permettersi, rinunciando così a un capolavoro che per lui avrebbe potuto essere una nuova voce, un arricchimento per sé stesso, per il quartetto, per il pubblico, per la musica. Michael, dopo tante vicissitudini, crisi, rinunce, con l'abbandono della carriera e senza più voglia di suonare, ormai rassegnato alla perdita del violino, sarà però premiato, nel finale, dal lascito dell'anziana signora: in punto di morte, in presenza dei suoi legali, la vecchia amica deciderà di affidare a lui, e solo a lui, senza condizioni e senza tasse di successione, il magnifico Tononi, rendendoli così realmente inseparabili. E qui si pone anche l'attenzione sul problema della sopravvivenza di patrimoni inestimabili di artisti soli, senza discendenze o con discendenze orribili, che si disperdono e non conoscono una continuità, senza degli eredi che possano capire il valore immenso di cose salvate e racimolate nel corso di una vita votata alla bellezza, all'arte, alla musica, di quanto queste cose possano essere importanti per tutti, per capire meglio chi siamo e dove viviamo. Ma questa è solo una delle mille facce di questo romanzo, fondamentale, certo, e complementare a molti altri aspetti di questa realtà quasi periferica rispetto alle vite normali della gente.

Ciò che si "sente" scorrere nel romanzo da capo a fondo, come se fosse davvero percepibile dall'orecchio, è una musica, costante, come dice il titolo tradotto in italiano. Fin dalla prima pagina, col violino di Michael che strimpella la linea del canto di un Lied di Schubert, che poi è "La trota", si ha l'impressione di ascoltarne le note, le frasi, ed è molto difficile rendere l'idea di una musica senza che questa ci sia davvero. Certo, io conosco a menadito quasi tutte le opere descritte nel libro, e nelle descrizioni di Seth ne ho rivissuto le frasi, gli accordi, i momenti lirici e quelli drammatici... penso che non sarebbe così facile per chi quelle musiche non le conosce. Però mi piace immaginare che chi lo ha letto sia rimasto incuriosito da questi spettri musicali e abbia voluto dar loro un corpo, ricercando le musiche in questione. Un corpo... in effetti, una cosa impossibile per qualcosa che non ha un'essenza materiale ma che è solo una vibrazione dell'aria che pone in vibrazione a sua volta gli "strumenti" dell'orecchio interno, trasmettendo così l'esperienza al cervello che la decodifica e la cataloga come rumore, suono, musica. E qui, proprio sulla percezione, c'è un altro punto forte del romanzo. Julia, co-protagonista insieme a Michael, è una pianista straordinaria, che Michael ha conosciuto a Vienna, dove lui studiava con un maestro bravissimo ma dal carattere assai difficile, e colla quale ha avuto un'intensa storia d'amore, nutrendosi di sesso (appena accennato, con un garbo e una delicatezza rari), amore, musica. La musica ha una parte fondamentale in questa relazione, perché la pianista gli fa scoprire il giovanile Trio di Beethoven (riscritto dallo stesso come un quintetto, op. 104, alla fine della sua vita), e poi molte altre cose che rendono speciale una relazione tra musicisti. Quando Michael decide di lasciare Vienna perché non resiste più alle lezioni dell'amato-odiato maestro e non riesce più a suonare con libertà, cambia vita e, colla morte nel cuore, lascia anche Julia, pur continuando ad amarla. A nulla servono le lettere che le scrive poche settimane dopo e che non le saranno mai consegnate e i due finiscono col perdersi di vista. Per pura casualità, dieci anni più tardi, ma senza averla mai dimenticata e dopo una serie di coincidenze, il ritrovamento di musiche, di partiture e incisioni discografiche che bene o male riportavano a Beethoven, al trio e al quintetto dell'epoca di Vienna, Michael ritrova Julia, e riprendono a frequentarsi con degli incontri brevi e fortissimi, carichi di emozioni e affetto e contraddizioni, amore e sesso, delicatezze e stravolgimenti. Lei con una vita nuova, un marito e un figlio, lui con una pseudorelazione con un'allieva francese, ma in realtà senza un forte interesse per quest'ultima, rigovernano i frammenti di loro stessi, ormai non più combacianti per riformare il puzzle sospeso, ma, per quanto possibile, in qualche maniera cercano di ricomporli.
Lei ha un segreto atroce. Come Beethoven, sta perdendo gradualmente l'udito: la pianista la cui occupazione principale è fare musica da camera con altri non può sentire quindi la musica che ne viene fuori, può solo immaginare cosa possa succedere osservando le mani degli altri musicisti andare su e giù sulle loro tastiere. Il segreto viene rivelato a poco a poco e Michael ne è profondamente toccato e turbato. La mancanza di percezione del suono per un musicista è tutto, è una lettura del mondo, l'ascolto del canto di un'allodola (traslata nel pezzo di Vaughan Williams The Lark Ascending, quanta musica in questo romanzo...), del risuonare delle sonate di Manchester di Vivaldi in una chiesa veneziana, il vento nella brughiera inglese, il rumore di fondo delle città, la voce delle persone... Certo, questa percezione varia da strumento a strumento, perché il pianoforte non ha problemi di intonazione: una volta accordato i tasti suonano intonati. Un violinista o un cantante, senza avere il ritorno del suono dall'esterno, a meno di non avere l'orecchio assoluto, devono continuamente ricercare l'intonazione sulle loro tastiere, vere o virtuali. Ma il pianista che deve fare musica cogli altri deve calibrare il suo tocco, deve prender cura dell'insieme, della fusione dei suoni... la sordità è un impedimento enorme. Sarebbe come togliere la vista a un pittore, il mondo di colori e di linee, di spazi e di visioni, esisterebbe solo nel suo cervello ma non saprebbe, non potrebbe più riprodurlo.
Julia, a un certo punto del romanzo, si vede catapultata nella vita del quartetto perché il loro agente austriaco comune, a causa di una malattia improvvisa del pianista che avrebbe dovuto suonare col Quartetto Maggiore al Musikverein di Vienna, dove la società di concerti aveva richiesto nel programma l'esecuzione della "Trota" di Schubert, ossia un quartetto d'archi più un pianoforte, impone Julia come pianista. Con tutte le implicazioni sentimentali e professionali che ciò comporta ma di cui sono coscienti solo Julia e Michael. Nessuno nel quartetto sa del segreto di Julia, tranne Michael e l'agente. Tutto sembra andare comunque per il meglio, la prima prova ha solamente un attimo di esitazione da parte di Julia, ma nessuno si accorge della sua sordità. Solo le apprensioni di Michael insospettiscono il primo violino e da lì è tutto un crescendo di indagini e di pressioni finché la verità non viene a galla. La malattia, la sordità, orrendo spettro per qualsiasi musicista, viene così affrontata, compresa, digerita, tollerata, ma è sempre causa di tensione e di paure, in primo luogo per la pianista, che da allora in poi decide di non suonare più con nessuno se non da sola, situazione in cui può ancora fingere che la sordità non esista, conoscendo qualsiasi sfumatura della sua tastiera ed essendo capace di riprodurre la musica senza nessuna evidente manifestazione esterna della sua infermità. Sono pagine estremamente dolorose, dove ognuno vede le cose dal proprio punto di vista, spietate, se si vuole, ma molto vere, potrebbe succedere realmente. Fanno il paio con quella scena straziante del film Amata immortale (Immortal Beloved di Bernard Rose) dove Beethoven ormai sordo poggia l'orecchio sul pianoforte per poter sentire le vibrazioni della sua musica, nell'amplesso più intimo e più toccante del film. Sono descritte benissimo anche le agenzie, gli squali che spesso gli agenti sono, come determinino la carriera o il fallimento di un artista, o come invece alcune rare personalità, particolari, lo aiutino.
Quello che sconvolge ma che anche, alla fine, mette a posto tutto è Bach, con una partita per violino solo e una per pianoforte, fantasmi che volteggiano nella mente dei musicisti e nella radio di un taxi preso al volo da Michael, ma soprattutto con l'Arte della Fuga, pezzo commissionato da un'importantissima casa discografica per l'ultima uscita del Quartetto Maggiore e che poi diventa come per una nemesi la causa della sua disgregazione. Ed è lo stesso brano che suonerà Julia alla Wigmore Hall nel suo primo concerto da sola dopo la terribile seppur trionfale esperienza viennese insieme al quartetto. L'ambivalenza del genio di Bach: comunque sia arrangiato, funziona sempre, pur provocando smarrimento ed estasi, croce e delizia per esecutori e ascoltatori.
La musica costante scorre, accompagna ogni minuto della giornata di tutti i personaggi e dei lettori. Le città stesse, sfondo delle vicende dei protagonisti, Londra, Vienna, Venezia, vivono attraverso i luoghi della musica, le sale prova, le stanzette insonorizzate, le botteghe dei liutai, i conservatori, le biblioteche, la Wigmore Hall e Hyde Park, il Musikverein, il Danubio, la Chiesa di S. Maria della Pietà, la chiesa di Vivaldi, l'acqua della laguna, risuonano di note mute ma presenti. Descrivere ulteriormente "Una musica costante" è un'impresa impossibile, perché il romanzo è talmente pieno di eventi, di reazioni, di relazioni intrecciate tra i personaggi, rapporti familiari e professionali, musica, tutto così particolareggiato, che vorrebbe dire riscrivere il libro da capo a fondo. Di certo, questo romanzo dovrebbe essere letto da tutti i musicisti e gli appassionati di musica, dai fruitori dei concerti e della musica riprodotta, ma non solo da loro. Molti si riconoscerebbero nelle situazioni descritte, tutti scoprirebbero molte cose sulla musica e sui musicisti che spesso non si conoscono, non si valutano o non si pensa neanche che possano esistere. E, forse, potrebbero aprirsi per i lettori nuove vie alla maniera di ascoltare la musica, di studiarla, di proteggerla come una cosa santa. Se solo i nostri politici fossero in grado di capirlo e lo volessero, sarebbe utile, questo libro, per far loro comprendere quanto la "vera" musica sia necessaria per vivere e di come andrebbe difesa e non vilipesa, così come pure le vite dei musicisti, i sacerdoti che rendono intelligibile ai più quella giungla di segni misteriosi scarabocchiati sui pentagrammi.
Esiste anche un doppio CD, della DECCA, che include tutte le musiche di cui si parla nel romanzo, come la vera colonna sonora di un film. Ed ecco ciò che dice lo stesso Vikram Seth: "Perché allegare un CD, o due, a un romanzo sulla musica? Non è come aggiungere una balena a una copia di Moby Dick? O come mettere delle necessarie illustrazioni per spiegare meglio l'azione in un romanzo? O una musica di sfondo mentre si legge? O forse un surrogato del testo stesso, che cerchi di descrivere ciò che non può essere davvero descritto? Per ciò che mi riguarda non è nulla di tutto ciò ma solamente il gusto di dare un piacere in più. Alcuni brani che hanno un ruolo fondamentale in "Una musica costante" sono molto conosciuti. Tuttavia, come molti lettori mi hanno fatto notare, sono molto cari da comprare tutti insieme e in un caso è virtualmente impossibile. Quando la Decca suggerì di fare una compilation o, se necessario, registrarli e metterli in commercio a un prezzo ragionevole, ne fui contentissimo. La maggior parte delle selezioni non richiede alcuna spiegazione. Sono tutte registrazioni splendide, molte di esse a ragione considerate dei classici, con esecutori come Mstislav Rostropovich, Andras Schiff, Maria Joao Pires e Iona Brown, tra gli altri. Ma per il Largo della Sonata di Manchester n.1 di Vivaldi è stata fatta una registrazione ad hoc per violino e pianoforte perché, nonostante le molte incisioni, in tutte si usava, naturalmente, il clavicembalo.

Mi fa un piacere speciale presentare per la prima volta un brano musicale agli ascoltatori. Molti lettori, musicisti inclusi, mi hanno scritto dopo aver letto "Una musica costante", chiedendomi informazioni sul Quintetto per archi in re minore, op. 104 di Beethoven, come se io avessi avuto la sfacciataggine di inventare non solo un'opera inesistente ma persino un numero di composizione! È un'opera negletta ma adesso, grazie a questa nuova incisione, è possibile ascoltarla. Tra gli esecutori di questo e di altri brani c'è anche il dedicatario del romanzo, il violinista Philippe Honoré. È stata un'idea sua che il protagonista della mia opera fosse un musicista. Si sta così realizzando e rendendo possibile ascoltare dalle mie e dalle vostre orecchie ciò che, diversi anni fa, lui aveva infuso nella mia mente solo come un'idea senza forma.

Vikram Seth, Londra, Novembre 1999"
Vikram Seth, Una musica costante, TEA 2001

"Why append a CD - or rather two CDs - to a novel about music? Is it not rather like attaching a whale to a copy of Moby Dick? Is the purpose to provide necessary illustration for the action in the novel? Or background music for the act of reading? Or a substitute for the text itself, which can only attempt to describe what cannot truly be described? For me the aim is none of the above, but rather, to give pleasure. Some of the works that play a role in An Equal Music are well known, others less so. Altogether, they are expensive to buy (as many readers have told me), and in one case virtually impossible. When Decca suggested compiling, or if necessary, recording them, and making them available at a reasonable price, I was delighted. Most of the selections here require no explanation. They are all wonderful recordings, many of them classics in their own right, featuring, among others, Mstislav Rostropovich, Andras Schiff, Maria Joao Pires and Iona Brown. With the largo from Vivaldi's "Manchester Sonata" no.1, a fresh recording for violin and piano was made because the existing recordings, naturally enough, use the harpsichord. It gives me particular pleasure to introduce one piece of music to listeners. Several readers, including some musicians, have written to me after reading An Equal Music, asking whether Beethoven's String Quintet in C Minor, op 104, really exists - as if I would have the gall to invent not merely a fictive work, but an opus number as well! It is an obscure work, but now, thanks to this new recording, it is possible to hear it. Among the players of this piece and of others is the dedicatee of the novel, the violinist Philippe Honoré. It was his idea that the protagonist of my work be a musician. It is fitting that he should now bring to my ears - and yours - what several years ago, in the course of a casual conversation, he brought to my as yet fallow imagination.
Vikram Seth, London, November 1999"