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Monday, January 3, 2011

James Levine dirigió obras de Schumann y Harbison con la Orquesta Sinfónica de Boston.

Fotos: Stu Rosner

Lloyd Schwarz

James Levine interpretó con la Boston Symphony Orchestra dos conciertos dedicados a las sinfonías de Robert Schumann (en conmemoración de su bicentenario) y de John Harbison. El primero inició con una tercera de Schumann, alta en calorías pero suave en las aristas, y después se interpretó la Sinfonía 1 de Harbison, que fue toda una revelación. Esta obra que fue estrenada en 1981 (con Seiji Ozawa dirigiendo, después Harbison la dirigió personalmente en Tanglewood) con Levine se escuchó en tercera dimensión. En 1981 las palpitantes percusiones y los estruendosos metales que alternaron con pasajes de un casi delicado sonido asiático me recordaron a la Sinfonía en tres movimientos WW2 de Stravinsky. (En el programa de mano: Harbison señalaba el nombre de 14 compositores con quienes lo compraban las primeras críticas de esta sinfonía). Pero esa combinación de despiadada fuerza con inquisitiva ternura es típica de Harbison, como también lo es el corto y “sfumato” segundo movimiento y la manera artera en la que el lento movimiento se levanta de un lírico paisaje cargado de blues, a una apasionada e inhibida protesta humana. Insistentes metales y percusiones vuelven al final, pero el vivaz y contrapuntal al final parecer ser feliz – o por lo menos no tan malo. Levine cerró con las piezas mas cortas: “Preludio” y “Liebestod” del Tristan e Isolda de Wagner, en los que las intimas e intensas ansias del famoso y armónicamente irresuelto inicio se convirtieron en un orgásmico y desvanecido final de muerte, una “muerte de amor” o “muriendo por medio del amor”. Se comenzó en un susurro y al contrario de Schumann, donde falto una definición rítmica más incisiva, Levine permitió a la música construir grandes arcadas de perfectas olas, con una asombrosa e inspiradora ejecución de cada una de las secciones de la orquesta. El Schumann del siguiente concierto, con una intensa y exploradora Sinfonía 2, fue uno de los triunfos de Levine. En esta inquisitiva e indagadora obra, seguramente autobiográfica, pareció en todo momento como si abriera una puerta para mirar dentro de un cuarto tenuemente iluminado. El impresionante Scherzo, con sus excéntricos alientos que sorprendían a las apuradas cuerdas, se balanceó con el profundo respiro del movimiento lento, y el público aplaudió después de cada movimiento- y en un momento a la mitad del último movimiento. La velada comenzó con el regreso del brillante violinista danés Nikolaj Znaider en una graciosa ejecución del Concierto para violín 3 de Mozart, nada presuntuoso pero afable, y sentido en el celestial segundo movimiento con un Levine que mantuvo un buen pulso. La obra principal fue el estreno de la orquesta de la Sinfonía 2 de Harbison (1986), una lúgubre pero apasionante obra de cuatro movimientos, desde el “luminoso” pero auspicioso ritual del alba, hasta la explosión de la realidad diurna, al inquietante y mudo anochecer, y a la inexorable oscuridad. Una perturbadora y maravillosa obra, y una idónea y personal contraparte contemporánea para Schumann. Ahora tendremos que esperar hasta la próxima temporada para la reposición de la recientemente estrenada quinta sinfonía de Harbison, así como para escuchar su sexta sinfonía, que le fue ya comisionada por esta orquesta.

Tuesday, November 2, 2010

La Orquesta Sinfónica de Boston interpretó a Harbison y a Mahler bajo la conducción de James Levine.

Foto: Stu Rosner
Lloyd Schwarz
James Levine volvió para ofrecernos mas Mahler (la quinta Sinfonía de cinco movimientos, en la primera ocasión que la dirige con la Orquesta Sinfónica de Boston) así como la quinta entrega de la retrospectiva en seis partes de las sinfonías del compositor John Harbison (la numero tres de cinco movimientos tiene ya veinte años de existencia, y la serie concluirá el próximo año con el estreno de la sexta sinfónica de Harbison que fue comisionada por esta misma orquesta). La Quinta de Mahler, aunque inicia con una extensa marcha nupcial (que se convierte en una especie de tango mortal) es mas extrovertida que la Segunda, pero las mismas virtudes quedaron en evidencia, con pasajes muy airosos en ellas que le dan a cada episodio lo que le corresponde, así como extraordinarias ejecuciones, particularmente las de: Thomas Rolfs, el trompetista mas musical y la de James Sommerville en el cuerno. Algunos momentos ásperos aumentaron el sentido de exuberancia de la obra, pero lo que pareció no funcionar para mi sorpresa, fue el famoso Adagietto (el tema musical que Visconti utilizó en Muerte en Venecia) para cuerdas y harpa. El punto central de Levine careció de impulso y de sublime éxtasis, y aunque fue fastuoso fue también perjudicialmente neutral. La obra de Harbison podría ser llamada “Cinco temperamentos” ya que comenzó con un repetido y descendente gemido que pareció una nueva aproximación al movimiento “Melancolía” de los Cuatro Temperamentos de Paul Hindenmith. Cada movimiento de la obra: “sconsolato” (desconsolado), “nostalgico”, “militante”, “appassionato” y “esuberante” contenía cada uno un estado de animo distinto; pero estuvieron desconectados por pausas escritas en la partitura a pesar de que temáticamente están ligados. Solo desearía que Harbison, un inspirado creador musical, le hubiera dado al movimiento “apasionado” un tema memorablemente más lírico. Levine, quien ya ha interpretado esta sinfonía antes, y la ha grabado con la Filarmónica de Munich, condujo con buen gusto, y tanto la pieza como el compositor obtuvieron un entusiasta aplauso.