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Wednesday, May 15, 2019

I Pagliacci en el Teatro Regional de Rancagua, Chile

Fotos: Teatro Regional de Rancagua 

Joel Poblete 

Inaugurado en 2013, en poco tiempo el Teatro Regional de Rancagua se convirtió en uno de los escenarios más pujantes en el auge que la ópera ha empezado a tener en Chile en los últimos años fuera de la capital de ese país, Santiago. Iniciando este desafío en 2015 con El barbero de Sevilla rossiniano, ese mismo año se anotaron un hito: el memorable y muy elogiado estreno en Sudamérica del Platée de Rameau, continuando al año siguiente con Don Giovanni, el debut en Chile de Las Indias galantes y el Orfeo de Monteverdi. Pero desde entonces el género lírico estuvo ausente de ese escenario, y a excepción de una multitudinaria Carmen al aire libre a fines de 2017, esta ciudad, ubicada a 85 kilómetros al sur de Santiago, no había retomado las producciones de ópera.  Por eso, es sin duda una excelente noticia que este año al fin se haya recuperado este impulso en el Teatro Regional rancagüino, con una breve pero atractiva temporada de ópera y ballet que incluirá en agosto La cenerentola de Rossini y en diciembre el popular Cascanueces, y acaba de inaugurarse con uno de los títulos líricos más reconocidos del repertorio: Pagliacci, de Leoncavallo, que se presentó en dos funciones, el 10 y 11 de mayo, en co-producción con el Municipal de Santiago. Y lo positivo se dio además porque los resultados de este montaje, creado especialmente para la ocasión, estuvieron en un muy buen nivel y el espectáculo fue recibido con entusiasmo por el público. 

Aunque por su brevedad es habitual que Pagliacci se ofrezca junto a otra partitura de duración reducida, en este caso se dio sola y además de corrido, sin el habitual intermedio que divide sus dos actos. Y además con una propuesta que buscaba una cercanía e identificación con la audiencia local en la puesta en escena ideada por Rodrigo Navarrete, al ambientar la historia en el Chile de los años 50, más específicamente en un sitio que es un icono para los habitantes de la región: Sewell, emblemática ciudad minera cordillerana construida a principios del siglo XX y declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2006. Este lugar se caracteriza por sus coloridas edificaciones en medio de la montaña, las mismas que reprodujo la bonita escenografía de Marianela Camaño que aprovechó bastante bien las dimensiones del escenario, apoyada por la iluminación de Ricardo Castro (aunque hubo algunos cambios de luces de un momento a otro que parecieron algo bruscos y curiosos). El vestuario de Loreto Monsalve destacó especialmente en los atuendos de los lugareños. 

Además de su destacada carrera como cantante lírico que se inició hace ya 30 años, Navarrete ha estado incursionando con éxito en el último tiempo en la dirección de escena en distintos escenarios del país; de hecho, estuvo a cargo de la ya mencionada Carmen rancagüina de 2017, y en octubre desempeñará esta responsabilidad en la nueva producción de La italiana en Argel rossiniana en el Municipal de Santiago. Para este Pagliacci desarrolló un montaje atractivo, ágil, dinámico y muy efectivo, donde tuvieron relevancia no sólo los desplazamientos de los solistas, sino además los movimientos de los integrantes del coro, interactuando con actores y acróbatas. Fue intensa y llena de detalles (por ejemplo, el uso de las ventanas en los pisos superiores de los edificios), además de aspectos sorprendentes y nunca vistos en otras producciones de esta obra en Chile, desde los elementos eróticos de la infidelidad que incluyeron puntuales "destapes" de un par de solistas -los que probablemente incomodaron a más de algún espectador más tradicional, pero no cayeron en la vulgaridad ni pueden ser tan fácilmente calificados de gratuitos o injustificados- hasta el impactante y casi cinematográfico desenlace. En lo musical, el director cubano radicado en Chile Eduardo Díaz guió a la Orquesta Sinfónica Juvenil del Teatro Regional de Rancagua en una lectura atenta y matizada, tan intensa y apasionada como la puesta en escena. Se agradece que el maestro haya ofrecido una versión muy completa, evitando algunos de los cortes tradicionales de la pieza, aunque hay detalles que aún se pueden pulir, como por ejemplo el balance entre el volumen orquestal y las voces de los cantantes.

El plano vocal estuvo muy bien resuelto, gracias a un elenco casi totalmente chileno que unió acertadamente a una de las más reconocidas figuras de la lírica en ese país con algunos de los talentos jóvenes que más han destacado en los últimos años. Demostrando desde el inicio la veteranía de sus tres décadas en el escenario, el tenor José Azócar fue una vez más un Canio muy idóneo y creíble en lo físico y vocal, y como era de esperar se lució tanto en una sentida versión de "Vesti la giubba" como en "No, Pagliaccio non son". A su lado, la soprano Marcela González fue su esposa infiel, Nedda, en un enfoque mucho más sensual y desinhibido que lo habitual, faceta que la cantante ya resaltara en ese mismo escenario en 2016 con su Zerlina en la ópera Don Giovanni; segura y desenvuelta en lo teatral, vocalmente destacó en la interpretación de su "Stridono lassù". 

Por otro lado, en principio, tal vez era demasiado pronto para que Matías Moncada abordara al jorobado payaso Tonio y además su voz no era la más adecuada para este personaje que habitualmente es interpretado por barítonos, mientras hasta ahora este joven y ascendente cantante siempre aparecía presentado como bajo-barítono, e incluso en el programa de sala para estas funciones figuró como bajo. Efectivamente, su timbre y color más oscuro y los tonos graves se adaptan mejor a algunos momentos del rol, e incluso se prescindió de algunas notas agudas a la que los operáticos se han acostumbrado por tradición, pero finalmente en conjunto Moncada cantó con efusión, supo manejar con inteligencia su material vocal al servicio del papel y se convirtió en uno de los elementos fundamentales en los buenos logros teatrales de esta producción: desde el inicio, cuando comenzó a cantar el "Prólogo" entre el público desde una de las butacas para luego desplazarse hasta el escenario, a las últimas escenas, cuando hasta se lució haciendo malabarismo, fue un muy humano Tonio, tan despechado, humillado y vengativo como se puede esperar.  

El tenor David Rojas fue un adecuado y simpático Beppe, que aprovechó muy bien su encantadora "O Colombina, il tenero fido Arlecchin". Por su parte, el barítono cubano Eleomar Cuello, también radicado en Chile y quien ha estado realizando una interesante carrera en los últimos años en distintos escenarios locales (no sólo en Rancagua, también en ciudades como Talca y en el Municipal de Santiago), tuvo un excelente desempeño por partida doble, sólido en el rol de Silvio y además como director del estupendo Coro Polifónico de Rancagua, entusiasta y de muy buen desempeño no sólo en lo vocal sino también en lo escénico, como requería este montaje. Mención especial además para el aporte del Coro Infantil de Rancagua dirigido por Geraldine Palma. En conjunto, un muy bienvenido y meritorio regreso a la ópera para el Teatro Regional de esa ciudad. 

Sunday, September 9, 2018

Lulú en el Teatro Municipal de Santiago, Chile


Fotos: Marcela González Guillen.

Joel Poblete

Es curioso como al tiempo que recientes producciones de óperas tan populares en el repertorio como Las bodas de Fígaro, Don Giovanni y Tosca no han conseguido el consenso y entusiasmo del público y la crítica en lo ofrecido últimamente en el Teatro Municipal de Santiago, sean los estrenos en Chile de títulos del siglo pasado, menos "clásicos" y masivos y en buena medida más complejos y demandantes, los que han obtenido resultados más contundentes y memorables. Así ha ocurrido por ejemplo en las temporadas líricas de la última década con partituras como Ariadna en Naxos en 2011, Billy Budd en 2013, The Rake's Progress en 2015 o Auge y caída de la ciudad de Mahagonny en 2016. Y así acaba de pasar con Lulú, de Alban Berg, uno de los trabajos fundamentales en el repertorio operístico del siglo XX, que al fin tuvo su debut en ese país durante los últimos días de agosto, como cuarto título de la temporada lírica 2018 del Municipal. Y no es un mérito menor: por sus demandas musicales y escénicas, a pesar de su importancia, esta pieza no es fácilmente "digerible" para el espectador tradicional -para el cual la experiencia puede no sólo ser ardua y agotadora, sino además casi una tortura- y no se representa tan a menudo como se podría esperar; sin ir más lejos, en Sudamérica sólo se ha ofrecido en Argentina, en el Colón de Buenos Aires (en 1965 y 1993) y hace apenas seis años en Brasil, en el Teatro Amazonas de Manaos. A 18 años del debut en ese mismo escenario de Wozzeck, la otra ópera del compositor austriaco, Lulú llegó al Municipal precedida por muchas expectativas. Y este montaje del Municipal no sólo las superó, sino además a mi juicio en lo musical y escénico y considerando las enormes dificultades de montar un título como este, es una de las producciones de ópera más atractivas y elaboradas que se han ofrecido ahí en mucho tiempo.  Lo escénico corrió por cuenta de la régisseur francesa Mariame Clément, quien desde 2004 ha estado dirigiendo producciones en escenarios tan reconocidos como la Ópera de París, el Festival de Glyndebourne y la Royal Opera House. Debutando en una obra tan difícil y compleja como Lulú, que además de tener distintas capas, matices y detalles para ser interpretada, tiene una considerable extensión, una dramaturgia intermitente y a menudo confusa y diversos cambios de escena, el trabajo de la directora fue muy atractivo, si bien hubo críticos que opinaron que la puesta fue "convencional" y que le faltó "intensidad teatral". 
Los movimientos escénicos fueron fluidos, con buen trabajo actoral de los cantantes, los cambios de escenografía dinámicos, y el concepto mismo resaltó con su tránsito entre la estética de circo, lo sórdido y patético, la comedia de situaciones, la parodia en la fiesta en París donde los invitados parecen simios, la no inclusión de una película en el interludio de la "música de cine" y la idea de reemplazar el retrato de Lulú por la célebre y controvertida pintura de Courbet "El origen del mundo", a modo de símbolo de cómo la protagonista es vista y representada por los hombres que la rodean. Fue muy valioso que una obra como esta, con una protagonista que puede encarnar tantos aspectos del universo femenino que justo en estos tiempos actuales se están revisando, revisitando y reinterpretando, haya tenido un montaje precisamente a cargo de una mujer. En la entrega de Clément, con la complicidad del chileno Ricardo Castro en la iluminación, destacó especialmente el talento de la diseñadora alemana Julia Hansen, quien además de un logrado y variado vestuario desarrolló una escenografía efectiva y que contribuyó a los distintos ambientes, desde los interiores en habitaciones amobladas hasta la desoladora escena final, pasando por una gigantografía de la sala del propio Municipal, casi a modo de "teatro en el teatro" o una suerte de espejo que involucraba al público en lo que estaba aconteciendo en el escenario. Y por supuesto, los elementos circenses y de pantomima, muy bien apoyados por los actores figurantes y comparsas a través de movimientos coreográficos a cargo del director del Ballet Nacional Chileno, BANCH, el francés Mathieu Guilhaumon. Por otro lado, uno de los grandes atractivos que tendría originalmente el estreno local de esta ópera era el regreso al foso orquestal del Municipal del Premio Nacional de Música de Chile 2012 Juan Pablo Izquierdo, quien aunque en los últimos años ha vuelto a dirigir a la orquesta de la que fuera titular en los años 80 y en la que actualmente es director emérito, la Filarmónica de Santiago, no había dirigido una ópera en ese escenario desde 1984. Y considerando la destacada labor que ha cumplido en su carrera difundiendo la música contemporánea, que volviera a dirigir un título lírico ahí y se tratara de la primera Lulú de su ilustre trayectoria, parecía indudablemente prometedor. Pero por problemas de salud el ya octogenario maestro debió abandonar el proyecto luego de un intenso período previo de preparación y ensayos, y por eso no queda más que elogiar el logro del director residente de la Filarmónica, el maestro chileno Pedro-Pablo Prudencio, quien asumió el inmenso desafío de abordar la partitura a menos de tres semanas del estreno. 
Si bien Izquierdo pudo preparar a los músicos en el tiempo previo, no dejó de ser casi titánico el desafío de Prudencio; abordando una partitura de tremenda exigencia, extensa, con contrastes sonoros y abruptos giros armónicos, el director y la Filarmónica obtuvieron uno de sus más completos desempeños del último tiempo. En lo que respecta al elenco, estuvo encabezado por la soprano estadounidense Lauren Snouffer debutando en el rol titular, donde además de su físico atractivo muy adecuado al rol y buenas dotes escénicas lució una voz atractiva y bien dispuesta a las enormes demandas de Lulú, que incluyen repentinos ascensos al agudo, variedad de estilos y la transición entre el canto y el diálogo hablado. Quizás fue más cándida y menos expresiva que lo habitual en este papel, y por supuesto que al ser su debut, aún hay detalles que la cantante deberá ir desarrollando y perfeccionando, pero para ser su primer abordaje en este titulo, su desempeño fue totalmente digno de aplausos.  El resto del reparto internacional estuvo muy bien cubierto por intérpretes como la mezzosoprano Michaela Selinger como la condesa Geschwitz, el tenor alemán Benjamin Bruns como Alwa, la mezzosoprano estadounidense Rebecca Jo Loeb (como la camarinera, el estudiante y un criado), el tenor coreano Robin Yujoong Kim como el pintor y el "negro" de la última escena. Destacaron especialmente el bajo germano Jens Larsen, de imponente presencia y buena expresión vocal, en el muy particular papel del anciano Schigolch, y el bajo-barítono argentino Hernán Iturralde, quien como en anteriores actuaciones en el Municipal, casi siempre en roles en óperas del siglo XX, se confirmó como un excelente cantante y dúctil actor, asumiendo ahora los roles del domador de animales que abre la partitura, y además el atleta.  En cuanto al barítono alemán Stefan Heidemann, aunque le faltó mayor potencia vocal estuvo correcto en lo actoral en dos personajes tan determinantes como el doctor Schön y la breve intervención de Jack el destripador, pero lamentablemente tuvo problemas de salud en dos de las cinco funciones, y si bien por deferencia al público igual actuó en ambas, en la penúltima velada prácticamente se limitó a realizar mímica en escena. Al menos logró recuperarse para la última... En los restantes personajes, muy sólidos estuvieron ocho cantantes chilenos: el bajo-barítono Arturo Espinosa, el tenor Gonzalo Araya, la soprano Carolina Grammelstorff, la mezzosoprano Evelyn Ramírez, el bajo-barítono Francisco Salgado, el bajo Jaime Mondaca, la soprano Cecilia Barrientos y el barítono Javier Weibel.