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Monday, November 8, 2010

The Turn of the Screw de Britten en el Teatro Real de Madrid

Fotos: Javier del Real

Alicia Perris

Ópera en un prólogo y dos actos en inglés de Benjamin Britten (1913-1976), libreto de Myfanwy Piper, basado en la novela corta de Henry James (1898). Estreno en el Teatro Real, donde se produce por primera vez el 2 de noviembre de 2010. Reparto: The prologue/Quint: John Mark Ainsley. La gobernanta: Emma Bell. Miles: Meter Shafran. Flora: Nazan Fikret. Mrs. Gose: Marie McLaughlin. Miss Jessel: Daniela Sindram. Producción del Teatro Mariinski de San Petersburgo. Director Musical Josep Pons. Orquesta Titular del Teatro Real.
“En “Otra vuelta de tuerca”, la diferenciación orquestal que presta al mundo de los vivos y al de los muertos consigue un efecto espeluznante en el espectador, sumido en el horror de pasar del mundo real al de ultratumba arrastrado por las gélidas notas de las arpas que, sin duda, deben ritmar la agónica respiración de quienes habitan los infiernos”.

Ana María Moix

Esta ópera, basada en un cuento de fantasmas, de los que tanto gustan a los ingleses, de esos que inundan su literatura, su filmografía y sus castillos, recrea un ambiente interpretable y freudiano. A la vez enfocada sobre las perversiones, la ambigüedad, el abuso sobre los niños que ya no son tan inocentes como cabría esperar, la represión sexual, la siniestrez de una residencia alejada de la civilización en un paraje poblado de apariciones, esta ópera conmueve, culpabiliza al oyente y lo sitúa en las entrañas de un drama que se desarrolla antes, durante y después de la representación. Obra que cuenta con 13 instrumentos y piano, es la tercera ópera de cámara de Britten después de “La violación de Lucrecia” y “Albert Herring”. Se desarrolla gracias a una sucesión de escenas unidas por interludios musicales, en unos escenarios cambiantes, a mitad de camino entre la estética japonesa del biombo omnipresente y aquellas escenografías que decoraban los teatros de Madrid a finales de los setenta y comienzos de los 80 cuando había que montar un Chéjov. Algo monocorde en negros-grises-blancos deshojados, el vestuario de la English National Opera.

En “Otra vuelta de tuerca” asistimos a la unión de la música tonal con la técnica del dodecafonismo y los momentos y roles de los personajes se ven subrayados por los instrumentos y una ambientación que consigue llevar al oyente a un universo de congoja y expectación. Hay en la ópera, influencias evidentes de compositores de finales del siglo XIX como Mahler o Debussy o del siglo XX, pero con una resonancia personal que pone de manifiesto las características geniales y tormentosas de, a la vez, un escritor experto en “nouvelles” fantasmagóricas como Henry James y un compositor que elabora en un entramado sutil sus partituras, como Benjamín Britten. El conjunto instrumental suena de maravilla, ajustado, evocador, con justicia recompensado por el aplauso de un público atento e involucrado en la función. Los protagonistas, un Quint tenebroso en la voz y la presencia, y la actuación de John Mark Ainsley, una institutriz que va evolucionando en su forma de concebir y percibir el drama y las situaciones, de una manera ajustada y sugerente con Emma Bell. Delicada y angelical, a pesar del fondo de su verdadera personalidad, la performance del niño Meter Shafran y algo mayor Nazan Fikret para el papel de su hermana. Bien los secundarios que siempre están presentes. Entre todos ofrecen al espectador la posibilidad de proyectar sus sentimientos en unos personajes dibujados a partir de una ductilidad y flexibilidad emocional que los hace moldeables y resbaladizos. Una oportunidad de presenciar una obra diferente en el contexto de la conmemoración del día de Todos los Santos y el posterior Día de Difuntos, que algunos empiezan, también en España, a identificar con la más festiva y menos tétrica anglosajona festividad de Halloween. A pesar del horror y los fantasmas y el temor, se paladea y se disfruta.

Wednesday, March 17, 2010

De la casa de los muertos de Leóš Janáček - Teatro alla Scala de Milán

Foto: Ros Ribas - Fondazione Teatro alla Scala di Milano
Massimo Viazzo
La visión del mundo de los campos de prisioneros de Patrice Chéreau es muy humana. En este espectáculo, creado hace dos años y medio en Aix-en-Provence y coproducido, entre otros, por el teatro milanes, el director francés realizó una obra maestra de una intensidad psicológica fuera de lo común, logrando hacer que un trabajo sustancialmente sin trama fuera fascinante. Toda la ambientación fue atemporal y las altas y suspendidas paredes, (típico de la estética de Richard Peduzzi colaborador habitual Chéreau) delimitaron un espacio escénico que nunca fue invasivo. Tres momentos para recordar de la producción son: la lluvia de desechos (algo casi nunca actual) con la que se paso del primero al segundo acto, la muy eficaz pantomima del segundo acto que fue apartada y melancólica, y el águila de madera, sostenida a la fuerza, que se liberó con un vuelo catártico al final de la opera. De la casa de los muertos, que cuenta una serie de eventos sustancialmente ligados al pasado de los prisioneros, esta cimentada en la mecánica repetitiva de los gestos cotidianos de la vida de un campo, y que están ligados entre si por un delgado hilo conductor, para concentrarse en tres magníficos monólogos, uno por acto, que fueron unos verdaderos micro dramas de enérgica sustancia musical. Toda la obra fue dominada por un interminable conmoción de franco vigor, y por una expresiva y devoradora fuerza. Esa-Pekka Salonen mostró una vitalidad rítmica, seguida con pertinencia desde los primeros movimientos de su batuta, y un control casi infalible de los empastes timbricos y de incontenible paso teatral. En su debut al frente de una producción en el máximo teatro milanes, el director finlandés privilegió una cierta abreviatura en su labrado, sin hacer menos el cuidado de las dinámicas; y en la búsqueda de la eufonía, todo sonó afilado, cortante, agresivo, pero nunca diabólico.

Su ejecución que fue más movida, y mas clara-oscura respecto a la original y cartesiana realizada por Pierre Boulez en el 2007. Pero esta vez, como nunca, en la ultima obra maestra de Leóš Janáček ¡el trabajo de de equipo terminó pagando! No fue solo merito de Chéreau que los retratos de los carcelarios hayan quedado impresos en la memoria, si no que que también la formidable adherencia al dictado dramatúrgico que tuvo el elenco vocal. Por ello, no se puede olvidar: la demencia de Skuratov del sobrexcitado John Mark Ainsley, la muy amaga perturbación y agresividad del Filka de Stefan Margita, la gallardía del Šiškov de Peter Mattei, de seductor y suave canto; como tampoco la nobleza de Gorjančikov del elegante Willard White, ni la inocencia di Aljeja de un Eric Stoklossa, que fue verdaderamente conmovedor. Se debe subrayar también la muy compacta y deslumbrante prueba, muy segura en los timbres del Coro del Teatro alla Scala. En suma, ¡fue un espectáculo victorioso!

Da una casa di morti di Janáček - Teatro alla Scala, Milano

Fotografie di Ros Ribas- Teatro alla Scala, Milano

Janáček compone, Chéreau umanizza

Massimo Viazzo
E’ umanissimo il mondo dei campi di prigionia nella visione di Patrice Chéreau. Il regista francese in questo spettacolo - creato ad Aix-en-Provence due anni e mezzo fa e coprodotto, tra l’altro, proprio dal teatro milanese - realizza un capolavoro di intensità psicologica fuori dal comune riuscendo a rendere avvincente un’opera sostanzialmente senza trama. L’ambientazione è tutto sommato atemporale con alte pareti geometriche, incombenti (tipiche dell’estetica del collaboratore di sempre Richard Peduzzi) delimitanti uno spazio scenico mai invasivo. Tre momenti da ricordare: la pioggia di rifiuti (mai così attuale) che sigla il passaggio dal primo al secondo atto, l’efficacissima pantomima del secondo atto straniante e malinconica, e l’aquila di legno sostenuta dai forzati che si libra in un volo catartico al termine dell’opera. Da una casa di morti racconta un serie di vicende sostanzialmente legate al passato dei prigionieri, calate nella meccanica ripetitività dei gesti quotidiani della vita del campo, legate tra loro da un esilissimo filo conduttore e che si coagulano in tre superbi monologhi, uno per atto, veri microdrammi di energica sostanza musicale. Ma tutto il lavoro è pervaso da un fremito inarrestabile, da una vigoria franca, da una forza espressiva divorante. Esa-Pekka Salonen sfodera una vitalità ritmica perseguita con pertinacia fin dalle prime battute, un controllo pressoché infallibile degli impasti timbrici ed un passo teatrale travolgente. Il direttore finlandese (al suo debutto in una produzione operistica nel massimo teatro milanese) predilige una certa stringatezza nell’incedere senza venir meno la cura delle dinamiche e, non ultimo, la ricerca dell’eufonia: tutto suona affilato, tagliente, aggressivo, ma mai cattivo, in un’esecuzione più mossa, più chiaroscurata rispetto a quella originale e cartesiana realizzata da Pierre Boulez nel 2007.

E mai come nell’ultimo capolavoro di Leóš Janáček il lavoro d’équipe paga! Non è solo per merito di Chéreau che i ritratti dei carcerati restano impressi nella memoria. Come dimenticare, per esempio, la demenza di Skuratov (un tarantolato John Mark Ainsley), l’alienazione amarissima di Filka (un aggressivo Stefan Margita) o la gagliardia di Šiškov (seducente il morbidissimo canto di Peter Mattei) e poi ancora la nobiltà di Gorjančikov (un elegante Willard White) o l’innocenza di Aljeja (un Eric Stoklossa davvero commovente) se anche il cast, vocalmente, non fosse stato di formidabile aderenza al dettato drammaturgico? E non ultimo è da sottolineare la prova di grande compattezza, timbricamente scurissima, del Coro del Teatro alla Scala, in forma smagliante. Insomma uno spettacolo vincente!