lunes, 4 de julio de 2016

Orquesta Sinfónica Simón Bolívar en México – Demagogia Musical

Foto: Auditorio Nacional 

Iván Martínez – Confabulario – El Universal.

El pasado jueves 23 de junio, al tiempo que la Organización de Estados Americanos, la OEA, votaba 20 a 12 para iniciar el proceso de la llamada Carta Democrática por la situación que vive Venezuela, el Auditorio Nacional, en un lleno de la misma proporción, veinte lugares vacíos por doce ocupados, escuchó un concierto de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, ensamble cúspide del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de ese país. Lo hizo con la joven promesa venezolana de la dirección orquestal al frente, el titular de este ensamble Diego Matheuz (Barquisimeto, 1984). El Sistema, como se le conoce comercialmente en todo el mundo, es el proyecto ideado y fundado en 1975 en Caracas por José Antonio Abreu bajo el lema “Tocar y luchar” y que hoy se presenta como “una obra social y cultural del Estado venezolano”; el “milagro” que “hace ver” en Venezuela a la música como “una oportunidad profesional”. El programa comenzó con la Suite Margariteña de Inocente Carreño (1919-2016): un breve popurrí de débil orquestación impresionista, anodina en forma y sobre todo en el tratamiento sonoro de los temas folklóricos que incluye, leída en una interpretación que sonó incluso tímida al lado de la (Segunda)Sinfonía India de Carlos Chávez que le siguió y totalmente desabrida al lado de los tres encores populares que finalizaron la noche (uno de ellos, un correcto Huapango de José Pablo Moncayo). Un elemento destaca en esta partitura y es la posibilidad de lucimiento individual, hay demasiados solos y no hubo uno que destacara; al contrario: el cornista no pudo hilar un solo legato, el picolista no logró afinarse, y de hecho tiró por la borda varios pasajes enteros de la fila de flautas, mientras que el sonido del concertino apenas y se distinguía en cuerpo, parecía más el de un estudiante y no el de un veterano como lo es. Para la Segunda de Chávez, media sección de alientos cambió de instrumentistas y logró escucharse un sonido más sólido; sobre todo en las maderas, cuyos clarinetes y oboes brindaron solos de gran belleza en la sección lenta. La lectura orquestal, sin embargo, pecó en interpretación: la juventud de la batuta de Matheuz no logró dar vitalidad a pasajes enérgicos ni poesía a los de amplitud expresiva. Muchos ritmos y fraseos fueron también mal leídos, sobre todo en la primera sección de la partitura. Extraños errores, si se piensa en la familiaridad que debería tener la parte adulta de esta orquesta mitad juvenil con la música de Chávez, al haberla tocado –y grabado– tanto durante las visitas de Eduardo Mata a ese país. Tras el intermedio, la orquesta se enfrentó a la Primera Sinfonía, “Titán”, de Gustav Mahler. Aun con la inmensidad de la sección de cuerda que, como aquí, funciona para dar la impresión de una gran masa visual y sonora que no precisamente toca detalladamente, se agradece que en esta ocasión este grupo, que tiende a doblar y hasta triplicar el número de instrumentistas necesarios, se abstuviera de hacerlo en los alientos. Técnicamente, los detalles que importan en esta sinfonía fueron descuidados: las notas largas del inicio con poca claridad, la imitación del sonido cu-cu sin uniformidad, los metales tropezados en todas las fanfarrias, las maderas difícilmente con ataques iguales, el tema del contrabajo solista al inicio del tercer movimiento en bochornosa desafinación. Musicalmente tampoco puede elogiarse mucho la lectura de Matheuz: de detalles de vulgaridad, como los exagerados sforzandi o la desorganización de ruidos en el scherzo, a la arquitectura del todo que parece más un pastiche de influencias que la idea de una sinfonía; cada motivo, ya no decir una frase completa o un movimiento, está basado en una idea que no hace coherencia con el que sigue; incluso su técnica lo parece visualmente: imita las poses de sus maestros, de varios de ellos, pero no el pensamiento musical ni el trabajo artesanal que requiere la confección de una ejecución. Si al menos hubiera copiado una sola versión o las poses de una sola de sus influencias, no hubiera ofrecido un frankenstein como éste. Con esos resultados, verticales y disparejos como la ejecución de esta Titán, llamada a lucir en volumen, en masa, en grotescas inflexiones que suenan a farsa más que una intención de grandeza musical, no resulta del todo disparado hacer vinculante el concierto con el proceso de la OEA. No puede decirse, por supuesto, que la Simón Bolívar sea una especie de consumación musical del chavismo, porque no nació con él: pero a él se ha consagrado. Abiertamente. En la calle y, si se escucha con atención, en la sala de concierto. Si ésta intentara ser una crítica constructiva, podría proponer que al menos no se mintiera doblemente con el ejercicio y los resultados de El Sistema: no es un proyecto artístico, ni siquiera educativo según se ha visto en la vida profesional de Venezuela, sino uno de desarrollo social que, como tal, tampoco está teniendo resultados en la vida cotidiana de los venezolanos. Lo peor del populismo hecho música.


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