sábado, 2 de julio de 2016

Recital de Philippe Jaroussky en Bellas Artes de México

Foto: INBA

Iván Martínez – Confabulario- El Universal

Con un extenso programa de mélodie y chanson francaise sobre poemas de Paul Verlaine (1844-1896), que es también el repertorio de uno de sus dos discos presentados el año pasado, Green (Erato), el contratenor francés Philippe Jaroussky (1978) regresó a México el pasado domingo 15 para ofrecer un recital en el Palacio de Bellas Artes acompañado del pianista Jérôme Ducros. Jaroussky, quien a la reciente muerte de Brian Asawa se ha quedado solo en la lista de contratenores que buscan repertorio más allá del barroco, había estado ya en México en el otoño de 2010, cuando en el Festival Cervantino vino como parte de la troupe de Christina Pluhar y L’Arpeggiata; en ese entonces, también con un repertorio poco común, latinoamericano. Como entonces, y aún cuando muchos hubieran querido escuchar el virtuosismo con que puede acercarse a Haendel o Vivaldi, la principal aportación es ésa: la posibilidad de escuchar un repertorio al que, si en general los cantantes del mainstream se acercan poco, un contratenor, con las posibilidades tímbricas y artísticas de éste, menos. Todavía más, agregaría yo, con la posibilidad de un ejercicio sonoro y poético que suele atraerme por indescriptible: como quienes asistimos a Bellas Artes, intente el lector acudir a un poema y luego a las diferentes interpretaciones que uno o varios compositores han hecho de éste. Las posibilidades son infinitas. Aquí, se escucharon por ejemplo, las que Gabriel Fauré –con sensualidad y sofisticación–, Jòzef Szulc –con una ternura casi naive– o Claude Debussy –de modernidad todavía inmadura– hicieron de Clair de lune (“Vuestra alma es un exquisito paisaje”); o las que Ernest Chausson –con obscura inquietud– y Lèo Ferré –con ritmo incesante y luminosidad– imaginaron de Ècoutez la chanson bien duce (“¡Nada es mejor para el alma / que hacer un alma menos triste”); y la manera, tan distante y dispar en la que pudieron ponerle música Poldowski o Debussy al mismo Mandoline (“Y la mandolina ríe / en la brisa estremecida”); por mencionar tres de los incisos más bellos –y ricos– del recital. Las comparaciones suelen ser odiosas, pero a veces inevitables. Apenas quince días atrás, en el mismo recinto, la mezzosoprano Joyce DiDonato había ofrecido su propio recital con el pianista Craig Terry. Aunque se trate de voces de diferente naturaleza y hubieran ofrecido repertorios no menos dispares. Podría yo decir que la voz de éste corrió mejor por el teatro, a pesar de ser más pequeña, que estilísticamente fue más correcto, pero quisiera ahondar en la suerte de escuchar a un pianista, que como acompañantes suelen pasar desapercibidos, que quizá sea el artista más completo que se haya escuchado recientemente en este recinto. Ducros no acudió sólo como un acompañante de canciones, es un especialista del repertorio francés y no basta hablar de la expresión, madura y extensa, con que acudió a sus incisos solistas (el Preludio y “Claro de luna”, de la suite Bergamasque, de Debussy, el “Idilio” de las Pièces pittoresques, de Emmanuel Chabrier, así como L’isle joyeuse, de Debussy): cubrió con manto terso la voz de su cantante; no para arroparlo, sino para llevarlo consigo. Lo guió. Y como instrumentista encargado de su propia partichela, ofreció una acuarela completa de colores y sutilezas que no deben quedar en el elogio a su destreza técnica, sino en la poesía con que, sin palabras, leyó cada uno de los poemas de Verlaine. Pocas veces se escucha un pianista que como artista, luzca más que su cantante. La otra comparación, la vocal, sólo recae en el mismo Jaroussky. Ésta es aún más inevitable, pues años atrás el contratenor había presentado otro disco de repertorio francés: Opium (Erato, 2009), del que se ofreció aquí L’heure exquise, de Reynaldo Hahn como encore. En mi opinión es más arriesgado, de más colores, en tanto la selección de canciones, y de una expresión jugada menos a la segura, como ocurre con este programa, tanto en el disco como en vivo. El resultado de Opium es incluso más elegante, por menos tímido; y por el lujo que aportan sus invitados (Emanuel Pahud, Renaud y Gautier Capuçon) con cada respiración, cada fraseo, cada intención sutil. Técnicamente, Jarousskyu expresó en entrevistas otra preocupación que se filtró musicalmente a la sala: el cuerpo de su voz ante un escenario tan grande como el del Palacio de Bellas Artes. Era suficiente, para este teatro y para este repertorio, tal como se sintió en el primer ciclo de canciones de la segunda mitad del recital, en el que la voz fue más pura y cristalina, precisamente lo que le caracteriza; mientras que en el resto del programa, quizá hasta los encores, se sintió empujada, preocupada por llenar el espacio y no porque, en la inocencia de su timbre o en el pudor de sus bellísimos pianisimi, ésta corriera sola a cada rincón. Pudo arriesgar más musicalmente sin arriesgar la belleza de su timbre: eso se le hubiera aplaudido más.

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