sábado, 2 de julio de 2016

Renée Fleming: la gran soprano americana en Bellas Artes de México

Foto: INBA

Iván Martínez / Confabulario– El Universal 

No me pareció raro que, la noche del pasado martes 21 de junio, en su segunda aparición en el Teatro del Palacio de Bellas Artes, la soprano estadounidense Renée Fleming (Pensilvania, 1959) aludiera a Beverly Sills como su principal mentora. La Fleming ha sido, en la mejor tradición de Sills, La gran soprano americana. La más grande y completa de ellas. También la más elegante. Incluso en este momento, más brillante aún que otros artistas a quienes se ha escuchado en este recinto recientemente, en el que el recital forma parte de su temporada de despedida a un retiro parcial de la ópera, pero que ha incluido ya su debut como actriz en teatro, terrenos idóneos para una artista tan expresiva como ella. La soprano acudió acompañada por el pianista Gerald Martin Moore, preparada para un recital de lo más variopinto en estilos, y con cualidades naturales que ya son diferentes a las de sus mejores épocas, pero con una técnica vocal que le sigue permitiendo (incluso con mayor volumen y presencia sonora que en la ocasión anterior: 27 de marzo de 2008, al frente de la orquesta de este Teatro), la misma elocuencia musical, con el mismo nivel artístico que le ha caracterizado siempre. La misma expresividad. El menor gesto de delicadeza posible junto al más portentoso detalle de dramatismo o fortaleza. La música al frente, aun cuando algunas capacidades técnicas vayan menguando (un poco de extensión en las notas largas agudas, algún ataque con menor precisión, algún legato) y manteniendo otras características artísticas que siguen siendo una especie de sello distintivo de su canto (el timbre luminoso, la riqueza de su registro grave, su gentil y tan característico vibrato, la fluidez de sus cambios de registro, la consistencia de su centro). Separado en pequeñas secciones que este reseñista hubiera deseado sin aplausos intermedios, el programa comenzó con una triada de arias de Mozart (“Porgi, amor” de Las Bodas de Fígaro) y Haendel (“Bel piacere” de Agrippina y “V’adoro pupille” de Giulio Cesare in Egitto), cantadas intuitivamente, lejos ya de la ortodoxia estilística. A las que siguieron dos de Massenet (“C’est Thais, I’idole fragile” de Thais y “Allons!… Adieu nostre petite table” de Manon) también de mucho instinto expresivo, pero un estilo más claro; mucho más prendido también a su temperamento y vitalidad y con mayor posibilidad también de exposición de su amplia paleta de colores e inflexiones. Con delicada nostalgia, terminó la primera parte con dos pequeñas canciones francesas, elegantemente laSoirée en Mer de Saint-Saëns y con un dejo lúdico más cercano a Poulenc en la “Je t’aime quaand mème”, de la opereta Tres valses de (Oscar) Strauss. Tras el intermedio, una selección de canciones de Rachmaninov (“O dolgo budu ya” y “Ne poi, krasavitsa, primne”, nos. 3 y 4 del op. 4, “Rechnaya liliya”, primera del op. 8, “Sumerki”, tercera del op. 21 y “Vesenniye vodi”, no. 11 del op. 14) hubiesen sido la mejor oportunidad de lucimiento y equilibrio musical entre la soprano y su pianista, cuya presencia quedó reducida a simple y mediano acompañamiento. Ella, por su parte, a excepción de la rara inclusión en esta combinación de la primera del op. 8, mostró la fortaleza poética de un canto amplio, puro; y la de su versatilidad para adaptar su timbre al idóneo para este repertorio y la agudeza para comunicar cada una de ellas. No creo ser el único en opinar que la selección de mayor dramatismo y de reflejo de sus capacidades de expresión, vinieron en la sección dedicada al repertorio italiano, con amplios detalles de dinámica y un control soberbio de los gestos armónicos, sobre todo en el aria “L’altra notte in fondo al mare”, de la ópera Mefistofeles de Arrigo Boito: portentosa música únicamente escuchada así en artistas del calibre vehemente de Renée Fleming. Antes, había ofrecido O del mio amato ben, de Stefano Donaudy y Aprile de Paolo Tosti, ambas igual revaloradas como verdaderas piezas de arte y no como simples canciones en estilo antiguo. El recital oficial concluyó con tres canciones más ligeras, la dulce Mattinata de Leoncavallo y dos piezas en español, la Estrellita de Ponce, cantada con un romanticismo muy delicado, un fraseo muy entendible pero una pronunciación no tanto, igual que el pasodoble que le siguió, La morena de mi copla de Castellano Gómez y Alfonso de Villegas, de interpretación picaresca. Luego, la selección de encores recordó el primer concierto de la gran dama norteamericana de la ópera en este recinto: también con gracia, regaló primero dos clásicos del repertorio norteamericano; como en aquella ocasión, “Summertime”, de la ópera Porgy and Bess de Gershwin y “I could have dance all night”, del musical My fair lady de Loewe. En esa noche, el caballito de batalla esperado, el aria “Pisen Rusalky o mesiku” de la ópera Rusalka de Dvórak, estuvo incluida en el programa; ahora fue ofrecida con entrega al final de la velada. Sigue siendo la mejor voz para abordarla.

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