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Monday, May 21, 2018

Aida - Teatro alla Scala, Milano


Foto: Brescia&Amisano

Massimo Viazzo

E’ stata una festa per Franco Zeffirelli: la sua amata e storica Aida del ’63, di nuovo in scena al Teatro alla Scala! Il sovrintendete Alexander Pereira l’ha programmata in occasione del 95° compleanno del celebre regista toscano. E a distanza di più di mezzo secolo questo allestimento dimostra ancora la sua quintessenzialità evocativa che di diritto lo annovera tra i suoi massimi risultati. Tutto in questa Aida è come uno spettatore se lo può immaginare: ci sono i templi, le sfingi e il Nilo, c’è ritualità, sfarzo e mistero. Le scene di Lila De Nobili sono ispirate alla migliore tradizione ottocentesca e quindi lo spettacolo di Zeffirelli può essere considerato proprio come diretta emanazione di questa tradizione. Certo, oggi Aida non potrebbe più essere rappresentata in questo modo. L’ Egitto oleografico zeffirelliano non ha più ragion d’essere. E molta acqua è passata sotto i ponti: è cambiata ad esempio la concezione dello spazio scenico, i cantanti sono diventati sempre più simili ad attori, i registi hanno cominciato a “ri”leggere i libretti cercando (a volte anche troppo!) significati reconditi. Ma questa Aida è già entrata di diritto nel mausoleo degli spettacoli di riferimento del capolavoro verdiano ed è giusto definirla “storica”. Ricordo che questa ripresa è stata firmata da Marco Gandini. La parte musicale è stata concertata dal podio da Daniel Oren, molto attento e ispirato. Già all’inizio del Preludio una mobilità dinamica ed agogica non comuni ci hanno fatto intendere che ci si sarebbe trovati di fronte ad una direzione d’orchestra non di routine, ma in cui lo scavo e l’analisi avrebbero preso il sopravvento. Bravo il direttore israeliano a calibrare l’orchestra anche nei momenti più grandiosi e rutilanti. Del cast, omogeneo nel complesso, è piaciuto lo squillo tenorile di Jorge De Leon, Radames subentrato all’ultimissimo momento in sostituzione di Fabio Sartori indisposto, la delicatezza e tenacia dell’Aida di Krassimira Stoyanova (ma la sua dizione è parsa un po’ problematica), la presenza vocale e scenica di Violeta Urmana, un Amneris sfaccettata e volitiva, mentre Amonasro è stato interpretato da George Gagnidze in modo  trascinante. Apprezzati anche i due bassi, Vitalij Kowaljow e Carlo Colombara, il primo, interprete di un carismatico Ramfis, e il secondo come Re D’Egitto corretto e sicuro.
Infine, il Corpo di Ballo del Teatro alla Scala ha potuto mostrate tutto il proprio valore, come pure il Coro, ma questa non è una novità!

Thursday, September 21, 2017

La Traviata en el Colón de Buenos Aires

Ermonela Jaho 
Foto crédito: Prensa Teatro Colón /Máximo Parpagnoli

Gustavo Gabriel Otero
Twitter: @GazetaLyrica

Buenos Aires, 12/09/2017. Teatro Colón. Giuseppe Verdi: La Traviata. Ópera en 3 actos, libreto de Francesco María Piave. Franco Zeffirelli, dirección escénica y escenografía. Raimonda Gaetani, vestuario. Producción escénica original de la Ópera de Roma. Stefano Trespidi, reposición de la puesta escénica. Andrea Miglio, reposición de la escenografía. Anna Biagiotti, reposición del vestuario. Martín Miranda, coreógrafo repositor. Ermonela Jaho (Violetta Valery), Saimir Pirgu (Alfredo Germont), Fabián Veloz (Giorgio Germont), María Victoria Gaeta (Flora Bervoix), Daniela Ratti (Annina), Santiago Burgi (Gastón), Gustavo Gibert (Barón Douphol), Alejandro Meerapfel (Marqués d’Obigny), Mario De Salvo (doctor Grenvil), Ariel Casalis (Giuseppe), Cristian De Marco (Mensajero y Mayordomo). Orquesta y Coro Estables del Teatro Colón. Director del Coro Estable: Miguel Martínez. Dirección Musical: Evelino Pidò.

El Teatro Colón presentó una razonable versión de La Traviata de Verdi con una buena puesta en escena, una versión musical diferente y adecuadas voces. Merced a un convenio con la Ópera de Roma se recurrió a una puesta en escena de Franco Zeffirelli, estrenada en abril de 2007, esto permitió que se aprecie por primera vez una puesta de Zeffirelli en la Argentina. Poco se puede agregar a lo conocido sobre la labor del gran maestro italiano como director escénico: grandilocuencia, barroquismo, tradición, perfección en los movimientos de masas, delineadas acciones paralelas de figurantes y coro, admirable manejo del espacio. Con todo se nota el concepto escénico un poco avejentado. Variado y de estricta época el vestuario de Raimonda Gaetani, razonable las coreografías repuestas por Martín Miranda y adecuada la iluminación que entendemos pertenece al director de escena repositor: Stefano TrespidiEn la dirección musical el maestro Evelino Pidò resaltó los aspectos belcantistas de la escritura verdiana buscando un sonido trasparente e intentando resaltar detalles y matices dinámicos; a la vez decidió abrir todos los cortes que las tradiciones impusieron a la partitura. La respuesta de los profesores de la Estable fue de primer nivel. La soprano albanesa Ermonela Jaho fue una Violetta Valery que no defraudó. No es una voz grande pero dosifica las intensidades con cuidado e inteligencia fue convenciendo y compenetrándose a medida que transcurría la noche y aunque en el primer acto se la notó algo insegura y con vibrato, su canto fue creciendo hasta lograr un final de notable impacto. Desplegó una importante gama de matices que van desde el susurro proyectado con voz pequeña y calculadamente frágil hasta el agudo a plena voz. A su lado su compatriota Saimir Pirgu fue un Alfredo de perfecta estampa, sin gran volumen pero con una voz bien trabajada, emisión prolija y sutileza interpretativa. Mientras que el Giorgio Germont de Fabián Veloz fue frío y autoritario, cantado con buen volumen y adecuada línea. Ajustado el Coro Estable y de muy buen desempeño el resto del elenco.

Friday, July 28, 2017

Madama Butterfly en la Arena de Verona

Foto: Ennevi

Gustavo Gabriel Otero
Twitter: @GazetaLyrica

Verona (Italia), 22/07/2017. Festival de la Arena de Verona. Giacomo Puccini: Madama Butterfly. Ópera en tres actos. Libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa Franco Zeffirelli, dirección escénica y escenografía. Emi Wada, vestuario. Maria Grazia Garofoli, movimientos coreográficos. Oksana Dyka (Madama Butterfly), Marcello Giordani (Pinkerton), Silvia Beltrami (Suzuki), Stefano Antonucci (Sharpless), Francesco Pittari (Goro), Deyan Vatchkov (Tío Bonzo), Nicolò Ceriani (Príncipe Yamadori), Alice Marini (Kate Pinkerton), Marco Camastra (Comisario Imperial), Dario Giorgelè (Oficial del Registro). Orquesta y Coro de la Arena de Verona. Director del Coro: Vito Lombardi. Dirección Musical: Jader Bignamini.

La sola posibilidad de concurrir a un espectáculo en el tercer anfiteatro romano más grande que se conserva representa una experiencia única. La Arena de Verona ocupa una enorme elipse de unos 110 x 150 metros con capacidad total para unas 22.000 personas, construida a partir de 72 arcos alrededor del año 30 del siglo I de nuestra era y, a diferencia de otros grandes anfiteatros contemporáneos como el Coliseo de Roma, aún está en funcionamiento. Desde 1913 ofrece ópera entre junio y agosto habiendo alcanzado en sus 95 ediciones 59 óperas distintas ofrecidas en su escenario. La más representada es Aida a la que le siguen Carmen, Nabucco, Turandot, La Traviata y ToscaEn principio una obra intimista como Madama Butterfly no parece la mejor opción para este Festival al aire libre de proporciones grandilocuentes. No obstante es la décima temporada en el historial de la Arena que se ve la obra de Puccini y la quinta que se repone la puesta de Franco Zeffirelli original de 2004. Las dimensiones de la escena permiten al mítico puestista mostrar al inicio del primer acto la colina de Nagasaki poblada por todo tipo de personajes. La escenografía se abre en dos con la entrada de Cio Cio-San mostrando la casa. En el inicio del tercero se ve la colina al amanecer con el gentío que desfila para dar paso luego, nuevamente, a la casa de Butterfly-Pinkerton. 
Como es habitual en la producción de Zefirelli la puesta es suntuosa, tradicional y plena de marcaciones y detalles. De excelente calidad el vestuario de Emi Wada tanto por diseño como por confección y razonables los movimientos coreográficos trazados por Maria Grazia GarofoliDesde lo musical lo más interesante fue la calidad de la Orquesta y el convincente trabajo de dirección de Jader Bignamini quien eligió tiempos vivaces, adecuada dinámica y preciosismo en los detalles de orquestación permitiendo apreciar de manera amplia el excelente trabajo Pucciniano. El elenco vocal fue de adecuado nivel sin puntos descollantes. Oksana Dyka, cantante de sólidos medios vocales e interesante carrera internacional, no logró -a pesar de su profesionalismo- dar todo el realce que merece el rol de Cio-Cio San. Irregular en le primer acto fue afianzándose en el curso de la representación con mejor rendimiento en el segundo acto -especialmente en el aria ‘Un bel di vedremo’- y un tercero de adecuada expresividad. La sutileza no parece ser una de las cualidades del tenor Marcello Giordani que fue un Pinkerton cantado a plena voz, sin demasiados matices y con algún problema en el agudo. Stefano Antonucci no defraudó como Sharpless mientras Silvia Beltrami fue convincente como Suzuki. Francesco Pittari resultó un muy solvente Goro así como fue adecuado el resto del elenco y el Coro que dirige Vito Lombardi.

Thursday, August 5, 2010

Carmen en la Arena de Verona

Foto: Ennevi / Fondazione Arena di Verona

Giorgio Bagnoli


Desde 1995, año en el fue presentada al publico “areniano” la Carmen de Franco Zeffirelli se presento al publico, al día de hoy en el 2010 en la temporada conmemorativa del celebre director de escena florentina, se puede tranquilamente decir que el espectáculo ha tenido notables modificaciones, y que de aquella Carmen queda en realidad muy poco. En su estado actual, ha mejorado en el plano del “horror vacui” zeffirelliano, y ha perdido aquella “espectacularidad” que era discutible, pero era el sello del espectáculo. Hoy se tiene la impresión de asistir a una producción un poco parchada definitivamente de “rutina”. La dirección de Julian Kovatchev fue en general valida tanto en los acompañamientos como en las páginas instrumentales. Los colores estuvieron bien dosificados, pero la elección de sus tiempos dejo incertidumbre, ya que Kovatchev suele ser un director lento y pausado.

Anita Rachvelishvili, después de haber sido la Carmen en la Scala el pasado 7 de diciembre, esta considerada la protagonista del momento y la heroína de Bizet, pero en efecto, Rachvelishvili no cae en hábitos “veristas”, y muestra plenitud y suavidad en su sonido y tanto en alto como en bajo, canta con extrema facilidad y corrección. A ello, agreguemos que, sin ser una mujer de una fascinación particular, logra darle fuerza y credibilidad escénica al personaje. Esperemos poderla sentir madurar (ya que se trata de una cantante mas en sus treintas) y poderla escuchar en otro papel. El nombre de Marcelo Álvarez es ya un sinónimo de un cierto nivel de prestación. Después de un inicio un poco incierto, Álvarez pago su cuota y nos ofreció un Don José, si no memorable, al menos respetuoso de un cierto estilo pleno de buenas intenciones: buscando darle “color” a su personaje, esforzándose por cantar piano cuando se prestaba para cantar piano y lanzándose con un cierto ímpetu cuando era de hacerlo, sin forzaduras. En compensación Silvia Della Benetta fue una Micaela más bien animosa, con un timbre vocal ni bello ni feo, pocas modulaciones y una línea de canto apenas decorosa. Mark S. Doss fue un Escamillo suficientemente vigoroso y altanero, pero por una mala articulación hizo que la voz fuera sistemáticamente opaca. En los personajes de acompañamiento las “señoritas” Frasquita y Mercedes y los “señores” Dancairo y Remendado, en complicidad con un distraído Kovatchev, lograron maltratar el bellísimo “quinteto” del segundo acto.

Tuesday, August 3, 2010

Turandot en la Arena de Verona

Foto: Ennevi / Fondazione Arena di Verona

Giorgio Bagnoli

La nueva producción de Turandot de esta temporada “areniana” con el sello Franco Zeffirelli no ha hecho mas que confirmar al regista florentino como el mas celebre maestro del “horror vacui”. La instalación escénica estuvo sustancialmente dividida en dos: sobre el escenario actuó el “pueblo” de Pekín, además de una pared, que se abrió de manera espectacular en el segundo acto, con la ciudad imperial, que es una idea eficaz que Zeffirelli había ya utilizado en la producción neoyorquina de la opera pucciniana. El problema es que se vio un primer acto en el cual, como de costumbre, tanto coro como figurantes se amontonaron de mas, y visto que para Zeffirelli no bastaron, agregó unos acróbatas que añadieron un toque de suspenso al acto ya que parecía que podían caerse sobre la orquesta. Cuando apareció la ciudad imperial, nos encontramos frente a una apoteosis de pagodas, estatuas y de otros oropeles escénicos, que convergían hacia el trono del emperador como si fuese un baldaquín de Bernini. También aquí estuvo cargada la escena y alegrada por un grupo de fastidiosas bailarinas que continuamente ondeaban ridículas sombrillas por toda la escena de los enigmas. En conclusión, el “usual” Zeffirelli que presentó una china estereotipada y sobria. Los vestuarios estuvieron muy coloridos, y aunque no estuvieron privados de cierto impacto, tuvieron una cierta lógica visiva superficial y descontada (en especial los de Turandot, que fueron particularmente banales).

La conducción de Antonio Pirolli fue segura y vigorosa con el merito de no caer en una sonoridad torpe, logrando que todo en conjunta fuera valido tanto en los acompañamientos como en las paginas instrumentales. Los colores estuvieron bastante bien medidos, y si la elección de tiempos causara cualquier duda. Kovatchev es frecuentemente lento y calmado. Si bien es cierto que Elena Popovskaja no posee una voz asombrosa, es una Turandot de seria profesionalidad que supo estar bastante desenvuelta y segura en los pasos más dificultosos, pero con un defecto en el modo de frasear, que fue falso y oscuro. Una sorpresa positiva para Marco Berti, que particularmente en la velada (bisó también el “Nessun dorma”), nos hizo entender que queriendo, se puede ser suave cuando es necesario. Es cierto que escénicamente Berti estuvo “enyesado”, pero al menos en esta función supo ser un Calaf vocalmente creíble, por inteligencia, color y consistencia de sonido. Tamar Iveri tuvo el merito de ser una Liù espontanea, trepidante y patética en el sentido mas justo, aunque la voz no siempre le respondió a las intenciones. Ping, Pong y Pang, o sea Filippo Bettoschi, Aldo Orsolini y Luca Casalin estuvieron escénicamente un poco exagerados y en consecuencia tendieron a vociferar y a ser desordenados. Apreciable estuvo el Timur de Carlo Cigni, y bien el emperador de Antonello Ceron y el Mandarín de Nicolò Ceriani.