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Thursday, November 30, 2017

Macbeth di Verdi - Opera San Antonio

Foto: Karen Almond

Ramón Jacques


Eccezionale è stato il risultato della sfida assunta dall’Opera di san Antonio di mettere in scena il Macbeth di Verdi. In appena quattro stagioni la compagnia ha offerto al suo pubblico un repertorio interessante e vario che non si basa solo sui titoli tradizionali, e a testimonianza di ciò posso segnalare il memorabile dittico La Voix Humaine e Il Segreto di Susanna con il soprano italiano Anna Caterina Antonacci come protagonista, che molto pochi teatri al giorno d’oggi.  Questo Macbeth è piaciuto per la carica di teatralità e drammaticità che ha portato la protagonista assoluta della serata che è stata il soprano Nadja Michael, una convincente e seduttrice lady Macbeth, di personalità scenica travolgente e che vocalmente ha dispiegato un canto omogeneo, di ampia proiezione e di colore brunito che gli ha permesso di toccare punti di terrificante intensità. Il ruolo di Macbeth è stato affidato all’esperto basso baritono Greer Grimsley, che lo ha attuato con spavalderia e audacia, al limite della demenza e della paranoia. La sua voce fluiva profonda, potente, e  nonostante una dizione discutibile, la sua prova non è stata penalizzata in generale. Una bella sorpresa è stato ascoltare il tenore Erick Berry per il calore del suo timbro che ha saputo imprimere alla sua aria come Macduff. Corretto è stato il basso baritono Nathan Stark come Banqo, così come il resto degli interpreti dei ruoli comprimari. Sul podio, il maestro Sebastian Lang-Lessing ha guidato l’orchestra con buona mano e dinamica adeguata; il rapporto con la partitura ha avuto una cadenza quasi sinfonica, che in rapporto con le voci e con il coro ha regalato momenti appassionanti. Il contesto scenico proveniente dal festival Glimerglass di NY,  ha situato l’opera all’epoca del fascismo con eleganti costumi militari di colore nero e un enorme muro circolare al centro della cena, che mostrava l’interno e l’esterno di un fastoso palazzo, e anche il rilucente contrasto delle luci e delle ombre è stata una forza addizionale della rappresentazione. La regia di Crystal Manich è stata dettagliata e precisa  nei movimenti facendo acquisire agli artisti un carattere umano e comprensibile per gli spettatori, senza abbandonare l’idea della mancanza di etica in politica

Sunday, November 19, 2017

Macbeth en San Antonio Texas

Foto: Karen Almond

Ramón Jacques

Sobresaliente fue el resultado del reto que asumió la Ópera de San Antonio al elegir escenificar Macbeth de Verdi. En apenas cuatro temporadas, la compañía ha ofrecido a su público un repertorio interesante y variado, que no se basa solo en los títulos tradicionales, y como testimonio de ello puedo señalar la memorable doble cartelera de La Voix Humaine e Il Segreto di Susanna, con la soprano italiana Anna Caterina Antonacci como protagonista, que muy pocos teatros en la actualidad se atreverían a ofrecer.  Este Macbeth gustó por la carga de teatralidad y dramatismo que aportó la protagonista absoluta de la velada que fue la soprano Nadja Michael, quien fue una convincente y seductora Lady Macbeth de arrolladora personalidad escénica, que vocalmente desplegó un canto uniforme, de amplia proyección y oscuro color con la que logró tocar puntos escalofriantes. El papel de Macbeth le fue confiado al experimentado bajo-barítono Greer Grimsley, quien actuó con desparpajo y atrevimiento, al borde de la demencia y la paranoia. Su voz se escuchó profunda, potente, y a pesar de su cuestionable dicción, su desempeño general no se vio disminuido en general. Una grata sorpresa fue escuchar al tenor Erick Berry por la calidez de su timbre, que imprimió a su aria, como Macduff.  Correcto estuvo el bajo barítono Nathan Stark, como Banquo, así como el resto de los interpretes de los papeles comprimarios. En el podio, el maestro Sebastian Lang-Lessing guío a la orquesta con buena mano y adecuada dinámica; su aproximación a la partitura tuvo una cadencia casi sinfónica, que en sincronía con las voces y el coro regaló momentos apasionantes. El marco escénico proveniente del Festival Glimerglass de Nueva York, situado en la época del fascismo, con elegantes vestuarios militares color negro y un enorme muro circular en el centro del escenario, que mostraba el interior y el exterior de un fastuoso palacio, además de un reluciente contraste de luces y sombras, fue una fortaleza adicional a la función. La dirección escénica de Crystal Manich, fue detallada y precisa en los movimientos en la que los artistas adquirieron un carácter humano cercano y comprensible para el espectador, sin abandonar la idea de la falta de ética en la política.


Thursday, December 10, 2015

Parsifal de Wagner en el Teatro Colón de Buenos Aires

Prensa Teatro Colón/Maximo Parpagnoli

Luis. G. Baietti / Opera in the World

Aunque se la conoce como una ópera, Parsifal es un “Festival escénico sacro”, como ha sido definido por su propio autor quien escribió tanto la música como el libreto.  Comenzó a escribirla en 1857, pero fue terminada 25 años después y estrenada en 1882, si bien hubo una interrupción en el medio, durante la cual compuso TISTAN E ISOLDA y parte de LOS MAESTROS CANTORES DE NUEREMBERG. Wagner siempre sintió atracción por la filosofía budista, y aunque en un momento pensó escribir una opera sobre Buda, finalmente no lo hizo, aplicando algunos conceptos de esa filosofía en Parsifal, que en esencia es una ceremonia cristiana en torno de dos reliquias reminiscentes de la crucifixión de Jesucristo: la lanza con la que fue herido por uno de los guardias romanos y el Gral, vaso sagrado en el que fue recogida la sangre que emanó de su cuerpo. Ambas reliquias tienen un valor sagrado y milagroso y son custodiadas por una orden de caballeros al servicio del Templo, presididos por el Rey Amfortas que al comenzar la obra está grave y muy dolorosamente herido y ha perdido la lanza a manos de Klingsor que lo sorprendió desprevenido mientras él tentado por el pecado yacía en brazos de una mujer. Es su obra más hermética y la que menos aceptación popular ha concitado, muy probablemente por su temática tan exclusivamente religiosa y por las características de su música, que si bien bellísima es bastante monocorde. Parsifal es más bien un sentimiento, que se extiende por 5 largas horas y que está expresado con algunos de los más sublimes momentos de música que emanaron de su genial autor. Conspiró contra su mayor difusión no sólo la naturaleza de la obra y las dificultades de montarla por las exigencias hacia sus personajes, sino también una suerte de monopolio que durante años ejerció el Festival de Bayreuth que decretó una restricción sobre las representaciones de Parsifal, que sólo podría darse fuera de Bayreuth 30 años después de la muerte de su autor, en 1913. Sin embargo esta decisión fue flagrantemente desobedecida y la obra fue estrenada en el Metropolitan en 1903. Por pedido del autor, la obra no debía ser aplaudida ni en los finales de actos ni al final de la función, pero a partir de la década de 1960 se rompió esta tradición y se aplaude como cualquier otra obra.  En Buenos Aires la obra fue conocida primero en el Teatro Coliseo, cantada en italiano llegando tiempo después al Teatro Colón donde fue representada en 11 temporadas, la última de ellas en 1986 bajo la dirección del gran Maestro Franz Paul Decker, y en la cual hacía su despedida de los escenarios el gran bajo argentino Victor de Narke que cantaba el papel de Titurel. La primera representación en el idioma alemán original tuvo su lugar en 1922 bajo la experimentada batuta del Maestro Weintgarten. El Teatro Colón disfrutó durante buena parte de su existencia del prestigio de ser uno de los grandes reductos wagnerianos, un reducto por el cual pasaron grandes directores e intérpretes y donde las principales obras del autor eran presentadas con relativa frecuencia. Aún en épocas más recientes nos dimos el lujo por ejemplo de presenciar el debut de Jon Vickers como TRISTAN, papel que estrenó aquí junto a nada menos que Birgit Nilsson. Pero lamentablemente junto con la decadencia de la programación tanto en títulos como en elencos, se produjo la decadencia de las presentaciones del repertorio wagneriano, al punto que la última vez que vimos TRISTAN E ISOLDA o EL ORO DEL RHN no fue en el Colón sino en el Argentino de la Plata, bajo la conducción de la dupla artística de Marcelo Lombardero y  Alejo Pérez. El Colón, mientras, se conformaba con dar una versión groseramente amputada de la Tetralogía, una versión con serias limitaciones en el reparto de LOHENGIRIN y nada más. No hubo Wagner en el 2014 y no lo habrá en el 2016. Es por eso que la Presentación de este PARSIFAL que además volvía a reunir a la pareja artística que había triunfado haciendo Wagner en La Plata estuviera rodeada de gran expectativa.

De entrada hay que decir que la conducción musical de Alejo Pérez  colmó plenamente todas las expectativas. Un trabajo superlativo que supo proyectar la diáfana claridad de la partitura wagneriana, llegando por momentos a la delicadeza de una versión de cámara, sabiendo remontarse a los auges sonoros de los momentos cumbre, fue la suya una creación magistral, apoyada en un excelente, impresionante desempeño de la orquesta, que brilló como en sus mejores días, y del coro masculino que fue una verdadera montaña sonora. Pero además se tuvo un excelente reparto integrado por figuras de primera línea en el escenario artístico mundial. Nadja Michael en primer lugar fue una deslumbrante Kundry con una poderosa voz que en el registro grave remeda a una contralto pero que se eleva con facilidad a las altas notas (en realidad canta como soprano siendo su repertorio básico Kundry, Salome, Lady Macbeth, Tosca. Es además una mujer bonita, sensual y una excelente actriz. Una Kundry para el recuerdo. Sthephen Milling  como Gurnemantz lució una bellísima voz de bajo (canta tanto papeles de bajo cantante como de bajo profundo como Sarastro, y en teatros de primer nivel) con absoluta solvencia en toda la extensión de la voz, pero muy especialmente en la zona grave donde su timbre es de una singular belleza. Y es además un muy convincente actor. Ryan McKinny quizás demasiado joven para Amfortas, cantó con una bellísima voz de bajo-barítono que está comenzando a ser disputada en los teatros del mundo y de la cual solo la mezza voce pareció algo corta de volumen. Además de cantar impecablemente la parte fue un actor fenomenal que hizo sentir todo el dolor de este personaje conflictuado y herido en más de un sentido. En una de las escenas más impactantes de la puesta, la del descubrimiento del Gral, se sustituyó el descubrimiento por un desnudo del barítono, que tiene el físico indicado para hacerlo y que quizás por eso mismo aparece frecuentemente semidesnudo en varias puestas, que es colgado con cadenas quedando en una posición que remeda a una crucifixión, mientras el escenario se oscurece y lo ilumina con gran fuerza. Christopher Ventris  que está cansado de cantar la parte en los principales teatros líricos del mundo, amén de Tannhauer, Peter Grimes, Siegmund, fue un sólido Parsifal, muy agradable de oír y muy bien actuado sin descollar. Hernan Iturralde se sobró como Titurel (por qué no cantó KIlingsor ¿?) y el barítono brasileño Hector Gueded lució limitaciones en graves y agudos con alguna dificultad embarazosa incluida. Buenos los comprimarios locales La regie de Marcelo Lombardero  es materia opinable. Habrá quienes por amor a Wagner se sientan decepcionados y hasta irritados por la puesta, y quienes vean con admiración la inventiva de este regisseur genial que domina todos los recursos teatrales ( las proyecciones ante todo ) marca muy bien las actuaciones de los actores ,pero no se aviene a presentar la Opera tal cual es , sintiendo la necesidad de alterarla. Tal como lo había anticipado en declaraciones periodísticas a él le fascina la música de Wagner pero no el libreto y pensaba introducir cambios en la acción. Y vaya si lo hizo. Ya no estamos en presencia de un festival sacro, dado que el punto de partida es una desacralización de la historia. La única cruz que se ve en toda la obra son los postes eléctricos medio caídos que adornan el lugar, una vasta extensión de tierra donde una guerra ha destruido todo y sólo se ven chozas, escombros, restos, edificios derruidos, una guerra de la que seguramente son parte los soldados en ropa de fajina y pesadamente armados con ametralladoras, que sustituyen a los Caballeros del Gral de la historia de Wagner.. En suma, que uno termina en realidad viendo otra historia, otra ópera y en mi caso particular una historia y una ópera que no termino de entender qué es lo que me quiere trasmitir porque quedo confundido entre lo que veo y lo que escucho que en más de una oportunidad poco tienen que ver. Continúo pensando que si el objetivo es reescribir una Opera hay que hacer precisamente eso: reescribirla, comisionándole a un escritor que escriba el nuevo texto para que acompañe a las decisiones del Director Escénico. Coexisten en la puesta momentos de gran belleza como las dos monumentales escenas colectivas de final de los actos 1 y 3, o la escena de la crucifixión de Amfortas ya comentada , pese a su forzada relación con el libro de la Opera, con otros en los cuales el director parece solazarse con exponer paisajes desolados y estéticamente desagradables en lo que quizás sea un mensaje ecologista, que ya se había hecho presente en su versión de El Oro del Rhin en el que el Rhin parecía más bien el Riachuelo por la acumulación de desperdicios que había en su cauce. También hay una intención de relacionar a algunos personajes con el poder económico y Klignsor rigurosamente trajeado más bien parece un ejecutivo de Wall Street rodeado de toda la parafernalia cibernética que le permite mantenerse al día con los cambios económicos que afectan a sus inversiones. En todo momento se está en presencia de un director genial e imaginativo, que da rienda suelta a sus obsesiones, que no siempre son las mismas que las de Wagner y por ello en definitiva el espectáculo queda visualmente a medio camino entre los dos. En suma un espectáculo deslumbrante desde el punto de vista musical y controvertible desde el punto de vista escénico.

Thursday, October 22, 2009

Salome - San Francisco Opera

Foto: Nadja Michael (Salome)
Crédito: Terrence MacCarthy


Ramón Jacques

La exitosa reposición de Salome, opera de Richard Strauss basada en un drama bíblico y ausente desde hace 12 años de este escenario, fue un triunfo gracias a la irresistible presencia de Nadja Michael y a la segura baqueta de Nicola Luisotti, nuevo director musical de la compañía, al frente de la orquesta.
La soprano alemana demostró un dominio del personaje de la seductora patológica, en lp vocal como en lo escénico. Su canto se adaptó a las exigencias del rol, por momentos enérgico e indolente, y en otros suave y conmovedor. Su voz posee una grata coloración, es pareja en todo el registro, y amplia en su proyección (capaz de atravesar a la orquesta). En escena recreó un personaje convincente y sensual, valiéndose de su escultural figura. Desafortunadamente, su baile de los siete velos disto de ser provocativo (no por culpa de ella sino de la regie), y se convirtió en una monótona coreografía de movimientos circulares, parecida a una rutina gimnástica.
En el foso, Luisotti logró extraer de la orquesta la exuberante y penetrante música de Strauss, concertando con seguridad, y manteniendo el control y la tensión. Luisotti, es ya una celebridad en esta ciudad.
El bajo Greer Grimsley, encarnó un tenebroso y lúgubre Jokanaan, de profunda voz de tono oscuro, y potente emisión.
El tenor ingles Kim Beagley creó un obsesionado y aprensivo Herodes, que inició cantando de manera óptima pero cuyo desempeño se deterioro en el transcurso de la función, perdiendo la entonación y lo audible. Irina Mishura, mezzosoprano rusa, hizo una Herodias de autoritaria presencia con voz homogénea y luminosa. El tenor Garrett Sorensen dio notoriedad al breve papel de Narraboth, y el resto del elenco tuvo un desempeñó aceptable.
Visualmente, la función contó con la rígida escenografía de Bruno Schwengl de un cubo vacío, cuya perspectiva se alargaba hacia el fondo del escenario. A su vez, las ideas carentes de imaginación en la dirección de Seán Curran no enriquecieron la obra, como: delimitar los movimientos de Salome a un circulo de luz blanca en el centro del escenario, combinar vestuarios antiguos con tradicionales, y un uso pobre de la iluminación.

VERSIONE IN ITALIANO
Foto: Nadja Michael (Salome)
Crédito: Terrence MacCarthy
La ripresa di Salome, opera di Richard Strauss basata su un dramma biblico e assente dal teatro californiano da ben 12 anni, è stata un trionfo grazie soprattutto all’irresistibile presenza di Nadja Michael nel ruolo prinicpale e alla sicura bacchetta di Nicola Luisotti, nuovo direttore musicale della compagnia. Questa accoppiata si reincontrerà per mettere in scena lo stesso titolo nel mese di gennaio al Comunale di Bologna.
Il soprano tedesco ha mostrato un dominio del personaggio sia dal punto di vista vocale che scenico acuendone l’aspetto patologico-seduttivo. La sua prestazione vocale si è adattata alle esigenze del ruolo, energica, violenta, ma anche indolente o ancora soave e commovente. Ampiamente proiettata (capace di bucare l’orchestra senza problemi) la sua voce è di bel timbro, omogeneo in ogni registro. In scena la Michael ha saputo creare un personaggio drammaticamente convincente e sensuale avvalendosi anche della sua figura statuaria. Sfortunatamente (non per colpa sua, ma del regista) la sua Danza dei Sette Veli si è trasformata in una monotona e pesante coreografia con movimenti circolari, che faceva parecchio “palestra” .
Luisotti è riuscito ad estrarre dalla sua orchestra esuberanza, entusiasmo, mantenedo sempre un controllo sicurissimo sulla partitura. A San Francisco Nicola Luisotti è ormai una celebrità!
Il basso Greer Grimsley ha interpretato un tenebroso, lugubre Jokanaan con voce scura, profonda e potentissima
Il tenore inglese Kim Begley ha creato un Herodes ossessivo e apprensivo che ha iniziato la sua prestazione mostrando buone qualità vocali le quali si sono poco alla volta deteriorate nel corso della recita, al limite dell’intonazione e dell’udibilità. Irina Mishura, mezzosoprano, ha incarnato un’Erodiade autoritaria, di voce omogenea e luminosa. Il tenore Garrett Sorensen ha dato rilievo ai brevi interventi di Narraboth, ma tutto il cast si è disimpegnato con onore.
Visivamente si segnala la rigida scenografia di Bruno Schwengl, un cubo vuoto la cui prospettiva dava l’impressione di allargarsi nel fondo della scena. A sua volta, le idee prive d’immaginazione nella regia di Seán Curran hanno arricchito di poco il lavoro. Ad esempio il limitare i movimenti di Salome all’interno di un fascio di luce bianca al centro del palcoscenico non è stata un grande trovata, come pure il mescolare indumenti antichi e moderni o l’uso veramente povero delle luci.