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Monday, September 30, 2024

L’Orontea en Milán

Foto: Vito Lorusso

Massimo Viazzo

En el ámbito del probado proyecto de montar en escena cada año una ópera barroca, el Teatro alla Scala vuelve al siglo XVII proponiendo uno de los títulos más importantes y representados en su época. L’Orontea de Antonio Cesti (1623-1669), cuyo estreno tuvo lugar en Innsbruck en febrero de 1656. L’Orontea a diferencia de muchas otras obras contemporáneas de aquel periodo, nacidas con una finalidad alegórica y celebrativa para magnificar o enaltecer a príncipes o monarcas (es un poco complicado recuperar hoy el contexto por el que fueron pensadas) es puro entretenimiento, puro ocio, como también diversión, con un libreto novelesco, que es por momentos licencioso, en que la seducción y el amor son los verdaderos protagonistas. Es por ello por lo que, abandonando los esquemas encomiásticos de muchas otras obras del siglo diecisiete, y mostrando en cambio esa verve, aquel dinamismo, aquella vena dramático-teatral que logran hacerla tan actual, L’Orontea permanece siendo hoy un titulo del todo apetecible. En la Scala, precisamente en la Piccola Scala, se había ya representado en 1961 con la conducción de Bruno Bartoletti y Teresa Berganza como la protagonista.  En la ultima parte de la temporada scaligera 2023/24 Robert Carsen, como el director de escena genial que es, no le huyó a la ocasión de montarla en escena revistiéndola naturalmente con un nuevo vestido.  En el libreto de Giacinto Andrea Cicognini, revisado por Giovanni Fillippo Apolloni, Orontea es la reina de Egipto, una mujer fuerte y libre que declara su intolerancia hacia los dolores del amor.  Ella rechaza todo tipo de pretendientes, solo para ser víctima de un inesperado golpe de suerte, que la hará perder completamente la cabeza por el humilde pintor Alidoro, una especie de Don Giovanni pero un poco despistado, un poco aburrido, a cuya fascinación ninguna parece resistirse, y que al final, para gran satisfacción de todos a través de una inevitable escena de reconocimiento, se descubriría su noble origen.  Las historias amorosas se entrelazan a una velocidad vertiginosa entre cambios de personsa, giros improvistos, disfraces, enamoramientos inesperados, todo aderezado de alegría e ironía, en un clima de puro divertissement, sin embargo, cubierta de un sutil velo de melancolía.  Todo esto se encuentra perfectamente en la inteligente y espumeante espectáculo firmado por Carsen. El director de escena canadiense actualizó la historia del libreto ambientándolo en el Milán de hoy, en una prestigiosa galería de arte moderna, cuya propietaria, capaz y ambiciosa, es Orontea.  El espectáculo fue muy disfrutable y las tres horas y media de duración se pasaron volando con emocionante ligereza. Es el mérito de una gran labor de equipo entre el director de escena, el director de orquesta y los cantantes, todos preparados y óptimamente insertados en el dispositivo perfecto de este montaje.  La actuación fue precisa, y la interacción entre los personajes fue espontánea y creíble, pero, sobre todo, la comprensión del texto de parte de los intérpretes y su consecuente ejecución en el escenario mostró un dinamismo e un dinamismo y una vitalidad muy teatral, por el resto, hay cosas que pertenecen a muchas obras de aquel período histórico, que es un verdadero cofre del tesoro que valdría la pena abrir más a menudo. Giovanni Antonini dirigiendo con gran cuidado y precisión a la Orquesta del Teatro alla Scala (que tocó con instrumentos históricos) creó un tejido instrumental ideal para valorizar de la mejor manera los matices, fraseos, ritmos, pero sin mostrarse nunca predominante y autorreferencial. Se podría afirmar que Antonini se puso al servicio de la partitura manteniendo el canto con intención y el transporto sin sobrecargarlo con inútiles folclorismos filológicos (presuntos como tales) que desafortunadamente se escuchan en las ocasiones en las que se encuentra uno con este repertorio.  Con mucha frecuencia había tal concentración y atracción por lo que sucedía en el escenario que la orquesta paso casi desaparecía porque estaba tan compenetrada con lo que ocurría sobre la escena. Fue por tanto una delicia para los ojos y para los oídos, y la compañía de canto respondió de la mejor manera a las exigencias del director de escena y el conductor. Stéphanie d’Oustrac fue una Orontea altiva pero también frágil, dotada de un importante instrumento vocal, quizás no muy dúctil, sin embargo, con un timbre bruñido y bastante cautivador. Carlo Vistoli personificó un Alidoro con voz plena y bien timbrada, dando al personaje vigor y pasión, sabiendo también tocas las cuerdas de la ternura con un canto mórbido y espontaneo. Francesca Pia Vitale interpretó a Silandra con un toque de coquetería, pero también de suavidad. Gustó la pureza de su timbre y su capacidad de llevar las frases con naturaleza y comunicación. Convicente estuvo Hugh Cutting, un Corindo muy musical de color vocal agradable y homogéneo en toda la gama.  Fue en verdad una grata sorpresa.  Luca Tittoto con vocalidad potente, rotunda y profunda se desempeñó con extroversión dibujando un Gelone, intrusivo, descarado y también muy divertido. Brillante y muy atractiva en escena estuvo Sara Blanch en el papel de Tibrino, como luminosa y persuasiva estuvo el canto de Maria Nazarova en el papel de Giacinta, mientras que resulto la Aristea de Marcela Rahal fue con razón vivaz evitando caer en lo caricaturesco.  Al final, estuvo confiable el experto Mirco Palazzi en el papel del austero Creonte. Al final, resultó ser ¡un éxito para todos!




Sunday, September 29, 2024

L'Orontea di Antonio Cesti - Teatro alla Scala

Foto: Vito Lorusso

Massimo Viazzo

Nell’ambito del collaudato progetto di mettere in scena annualmente un’opera barocca, il Teatro alla Scala ritorna al ’600 proponendo uno dei titoli più importanti e più rappresentati dell’epoca, L’Orontea di Antonio Cesti (1623-1669), la cui première ebbe luogo a Innsbruck nel febbraio del 1656. L’Orontea, a differenza di molti altri lavori coevi nati con finalità allegoriche e celebrative per magnificare e lodare principi o monarchi (e un po’ complicati da recuperare oggi fuori dal contesto per cui sono stati pensati), è puro intrattenimento, puro svago, e anche divertimento, con un libretto romanzesco, a volte licenzioso, in cui la seduzione e l’amore sono i veri protagonisti. Ecco perché, uscendo dagli schemi encomiastici di molti altri lavori seicenteschi, e mostrando invece quella verve, quel dinamismo, quella vena drammatico-teatrale che sanno renderla così attuale, L’Orontea resta oggi un titolo del tutto appetibile. Alla Scala, precisamente alla Piccola Scala, era già approdata nel 1961 con la direzione di Bruno Bartoletti e Teresa Berganza come protagonista. Nell’ultima parte della stagione scaligera 2023/24 Robert Carsen da quel regista geniale che è, non si è fatto sfuggire l’occasione di allestirla rivestendola naturalmente di un nuovo abito. Nel libretto di Giacinto Andrea Cicognini, rivisto da Giovanni Filippo Apolloni, Orontea è la Regina d’Egitto, una donna forte e libera che dichiara la sua insofferenza verso le pene d’amore. Ella respinge ogni sorta di spasimante, salvo poi restare vittima di un inaspettato colpo di fulmine che le farà perdere completamente la testa per l’umile pittore Alidoro, una sorta di Don Giovanni un po’ svagato, un po’ annoiato al cui fascino sembra non resistere nessuna, e che alla fine, con grande soddisfazioni di tutti, attraverso l’immancabile scena d’agnizione, si scoprirà essere di origine nobile. Le vicende amorose si intrecciano a perdifiato tra scambi di persona, improvvisi voltafaccia, travestimenti, infatuazioni inaspettate... il tutto condito da gaiezza e ironia, in un clima di puro divertissement venato però sempre da un sottile velo di malinconia. E tutto questo si ritrova perfettamente nell’intelligente e spumeggiante spettacolo firmato da Carsen. Il regista canadese attualizza la vicenda del libretto ambientandola nella Milano di oggi, in una prestigiosa galleria d’arte moderna la cui proprietaria, capace e ambiziosa, è Orontea. Lo spettacolo è godibilissimo e le tre ore e mezza di durata volano via con una leggerezza entusiasmante. Merito di un grande lavoro di squadra tra regista, direttore d’orchestra e cantanti, tutti preparati e ottimamente inseriti nel congegno perfetto di questo allestimento. La recitazione era accurata, l’interazione tra i personaggi spontanea e credibile, ma soprattutto la comprensione del testo da parte degli interpreti e la sua conseguente resa in palcoscenico hanno mostrato un dinamismo e una vitalità teatralissime, cose del resto appartenenti a molte opere di quel periodo storico, vero scrigno di tesori che varrebbe la pena aprire più spesso. Giovanni Antonini dirigendo con grande cura e precisione l’Orchestra del Teatro alla Scala (che ha suonato su strumenti storici) ha creato il tessuto strumentale ideale per valorizzare al meglio sfumature, fraseggi, ritmi, senza mai mostrarsi predominante e autoreferenziale. Si potrebbe dire che Antonini si sia messo al servizio della partitura sostenendo il canto con intenzione e trasporto senza però mai soverchiarlo con inutili folclorismi filologici (o presunti tali) che purtroppo si ascoltano a volte quando si incontra questo repertorio. Molto spesso si era talmente concentrati e attratti da ciò che succedeva in palcoscenico che l’orchestra quasi spariva tanto era compenetrata con ciò che avveniva in scena. Una delizia quindi per gli occhi e per le orecchie. E la compagnia di canto ha risposto al meglio alle sollecitazioni di regista e direttore. Stéphanie d’Oustrac è stata un’Orontea altera ma anche fragile, dotata di un importante strumento vocale forse non duttilissimo ma dalla timbrica comunque brunita e abbastanza accattivante. Carlo Vistoli ha impersonato Alidoro con voce piena e ben timbrata dando al personaggio vigore, passione ma sapendo anche toccare le corde della tenerezza con un canto morbido e spontaneo. Francesca Pia Vitale ha interpretato Silandra con un tocco di civetteria ma anche di soavità. E’ piaciuta la purezza della timbrica e la sua capacità di rendere le frasi musicali con naturalezza e comunicativa. Convincente Hugh Cutting, un Corindo musicalissimo, dal colore vocale gradevole e omogeneo in tutta la gamma. Davvero una bella sorpresa. Luca Tittoto con vocalità potente, rotonda e profonda si è disimpegnato con estroversione disegnando un Gelone invadente, sfacciato e anche molto divertente. Brillante e molto attiva in scena Sara Blanch nei panni di Tibrino, luminosa e suadente la vocalità di Maria Nazarova nei panni di Giacinta, mentre è risultata giustamente spiritosa l’Aristea di Marcela Rahal che ha evitato di cadere nel caricaturale. Affidabile, infine l’esperto Mirco Palazzi nei panni dell’austero Creonte.Grande successo per tutti.



Saturday, October 23, 2021

La Cenerentola en el Teatro Real de Madrid

 

Fotos: Javier del Real / Teatro Real de Madrid

Ramón Jacques

El Teatro Real de Madrid, uno de los pocos escenarios del mundo que pudo realizar la mayoría de sus actividades en el 2020, a pesar de las dificultades ya conocidas por la que atravesaron la mayoría de las salas de concierto y teatros liricos, dio por iniciada una nueva temporada, con capacidad completa en la sala, y con un título emblemático y siempre divertido como como lo es La Cenerentola de Rossini. Esta serie de representaciones sirvieron también de homenaje para la mezzosoprano Teresa Berganza, una gran intérprete del papel principal de esta ópera, con en el que dejó una gran impronta. El primer aspecto a resaltar de esta función fue la sencilla e ingeniosa producción de Stefan Hermeim, proveniente de la Opéra national de Lyon, donde fue vista en el 2017. Hermeim, demostró que, con una trama y música alegre, un escenario con pocos elementos escénicos, y actuación no forzada, se puede lograr el objetico de divertir al público sin recurrir a innecesarias bromas o forzados movimientos de los artistas, permitiendo que la música y el canto ocupen el lugar que les corresponde, y de manera fluida.  El escenario prácticamente carece de elementos, solo un carrito de limpieza, que se convierte en carroza, un trono, y el manejo de la iluminación y trasmisiones al fondo del escenario.  Angelina, es aquí una empleada de limpieza del teatro, que parece entrar a un sueño en el que todo se confunde con la realidad, nada es lo que parece, y al final todo vuelve como al inicio de la función, al grado que el público se queda con la incógnita, si lo que se vio en escena no fue más que un sueño de La Cenerentola, y justo allí radica el mérito del director de escena noruego. Otro detalle simpático a mencionar, es la aparición en escena del propio Rossini, por cierto, muy bien caracterizado, y que es un personaje que sin hablar parece como una especie de hilo conductor que va llevando la trama, apareciendo en diferentes escenas. Resaltaron también los coloridos y vistosos vestuarios de Esther Bialas y la brillante iluminación de Andreas Hofer. En el personaje principal tuvo una participación sobresaliente la mezzosoprano francesa Karine Deshayes, quien le dio un toque de gracia, delicadeza, gracia, diversión, y cierta elegancia a su interpretación del personaje principal.  Su desempeño vocal fue yendo en ascenso con el transcurrir de la función, mostrando buenas manejo de las coloraturas, así como un colorido y dulce timbre, y buena proyección. Por su parte, el Ramiro del tenor Dmitry Korchak, estuvo vocalmente impecable por emisión, agilidad y timbre, pero es un artista escénicamente frio, inexpresivo, y con una rigidez por momentos fastidiosa. El barítono Florian Sempey fue un Dandini arrogante, bien actuado, pero aún mejor cantado, y aunque su timbre no es completamente grato, es un cantante confiable que sacó lo mejor del personaje. Renato Girolami, dejo constancia de su amplia experiencia interpretando papeles bufos, e hizo una buena caracterización del personaje de Don Magnifico tanto vocal como actoral, y fue uno de los mejores de la noche.  El personaje de Alidoro pareció muy poco para el talento de Roberto Tagliavini, solido cantante con una voz de bajo amplia, profunda y homogénea, un verdadero lujo tenerlo en este papel. Correctas estuvieron las hermanastras Tisbe, de Carol García, y la Clorinda de la soprano madrileña Roció Pérez, una cantante a tener en cuenta en el repertorio de soprano-coloratura, que ya ha cosechado éxitos en importantes escenarios. Un buen desempeño tuvo el coro del teatro dirigido por Andrés Maspero, y sobre todo la orquesta que se mostró uniforme, dinámica y muy eficaz bajo la experimentada y segura mano de Riccardo Frizza, quien tuvo algunos simpáticos intercambios desde el foso, con los artistas en escena. Buen inicio de temporada para el máximo escenario madrileño, quien además se dio el lujo de tener otro elenco completamente diferente para esta producción.  





Saturday, January 22, 2011

Gala por el cumpleaños 70 de Placido Domingo en el Teatro Real de Madrid

Foto: Placido Domingo / Greg Gorman - Los Angeles Opera
Alicia Perris
PLÁCIDO DOMINGO: REAL

Concierto del 21 de enero en el Teatro Real. Zarzuela y ópera en las voces de Deborah Polaski, Angela Denoke, Paul Groves, Anja Kampe, Juan Pons, Dolora Zajick, René Pape, Bryn Terfel, Aldo Atanelli, Inva Mula, José Bros, Edwin Schrott, Ana María Martínez, Ainhoa Arteta y Sonya Yoncheva. Sinfónica de Madrid. Coro Intermezzo. Director: James Conlon. 20 horas.

El viernes 21 de enero cumplía años el tenor madrileño Plácido Domingo y entre todos los actos que se organizaron en la capital para celebrarlo, estuvo el concierto en el Teatro Real, que dentro y fuera de la sala, convocó a un nutrido público en torno a un programa que duró casi tres horas. En la Plaza de Oriente, con el majestuoso marco del Palacio por detrás y los jardines, el Ayuntamiento, que se sumó a la conmemoración, había colocado 1.500 asientos que no fueron ocupados en su totalidad porque el frío reinante no contagiaba la alegría del festejo a los paseantes. Aún así, muchos de ellos soportaron las bajas temperaturas y después de seguir el concierto por la macro pantalla que el Real suele instalar en ocasiones, recibieron con una ovación la aparición del tenor, abrigadísimo, en la terraza del teatro. El tiempo no acompañó pero todos, intérpretes y público y por supuesto el agasajado, mantuvimos el corazón en un vilo, lleno de emociones y recuerdos. Muchos seguimos al tenor desde que cantaba La Fanciulla del West en el Covent Garden, o cuando se recreaba en uno de sus principales papeles, el Otello de Verdi, en el mítico Teatro de la Zarzuela de entonces, que cobijó voces como las Jaume Aragall (presente en la sala en el homenaje) o Piero Capuccilli. De esto hace ya bastantes lunas, pero Plácido sigue cantando y en estos momentos representa el rol de Oreste de Iphigénie en Tauride de Glück en el Real en compañía de un cast espléndido, aplaudido por la crítica y los habituales de la ópera. Por ese motivo no cantó y acompañó a la Reina en el Palco Real. El programa comenzó con Wagner (Tannhäuser y Parsifal) para seguir y terminar con Verdi (La forza del destino, Otello, Don Carlo, Nabucco y Falstaff), con la fuga del Falstaff “Tutto nel mondo è burla”, aludiendo al espíritu festivo de la noche. También pudieron escucharse arias de Bizet (Los pescadores de Perlas), Puccini (Tosca y Manon Lescaut), Leoncavallo (Pagliacci), Giordano (Andrea Chénier), Richard Strauss (Der Rosenkavalier), Paolo Tosti (L´alba separa dalla luce l´ombra), Franz Lehár (Giuditta), Mozart (Don Giovanni) y Federico Moreno Torroba (La Marcherena). El concierto fue difundido en diferido por la 2 de TVE a las diez de la noche y otras televisiones, donde se incluyó una entrevista una hora antes, que le hizo al cantante el periodista Iñaki Gabilondo.
Una de las mejores sorpresas de la velada fue la presencia en la sala, aparte de las colegas Elena Obraztsova y Angela Georghiu, al final, de Teresa Berganza, compañera de tantas noches de representación, cercana al tenor y a su familia, que bromeó sobre circunstancias vitales y artísticas compartidas y le cantó a Domingo un “happy birthday” en el mejor estilo de la inigualable Marilyn Monroe. Tuvo gracia y mucho afecto y desparpajo su intervención, vestida con una capa fucsia como de hada madrina, sonriendo y coqueteando con arrancarse por el “Sempre libera” de Traviata. Estuvieron presentes - entre otras personalidades y figuras conocidas - Su Majestad la Reina Sofía, acompañada de Su Alteza, la Infanta Pilar de Borbón, la baronesa Carmen Thyssen, el Alcalde de Madrid, Ruiz Gallardón y la Presidenta de la Comunidad, Esperanza Aguirre y las Ministras de Cultura y Economía. Y además, mucho público extranjero. Fueron necesarias cuatro filas accesorias en la platea para reforzar un aforo que había sobrepasado con mucho los límites de su capacidad. Responsables del teatro y organizadores de todos los sectores dieron lo mejor de sí mismos hasta la extenuación, para conseguir que todo saliera bien y pudiera llevarse a cabo. Maravillosos arreglos florales en el foyer y en los palcos.
Una pantalla también dentro de la sala recordó un reportaje audiovisual de los archivos de Televisión Española donde Plácido Domingo evoluciona desde su casa de la calle Ibiza, pasando por lugares reconocibles de Madrid, mientras canta, ¡tan joven! (y guapo como diría Teresa Berganza), la romanza “De este apacible rincón de Madrid”, de Luisa Fernanda de Moreno Torroba. Hay un homenaje sentido a los padres y sobre todo a la madre del cantante, también artistas de zarzuela en sus tiempos, con quien el hijo siempre agradecido cantó a dúo en otra versión de archivo. Entre todos los artistas que celebraron la noche del cumpleaños habría que destacar el aria del catálogo de Leporello del Don Giovanni de Mozart, interpretada con teatralidad y picardía por Erwin Schrott, ya que el catálogo en cuestión exhibido por el intérprete, era el programa dedicado a Plácido Domingo. Bien el coro y la dirección de James Conlon. La primera audición de la partitura de Tan Dun, Pla-ci-do, levantó una gran expectación que no defraudó. La presencia del compositor en la sala fue agradecida por todos con una salva de aplausos. René Pape estuvo exquisito y conmovedor en “Ella giammai m´amò”, del Don Carlo de Verdi y qué decir de las evocaciones que despertó el Va pensiero, de Nabucco, a cargo del Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real.
Sobre las siete de la tarde, antes del concierto, Plácido Domingo ofreció una conferencia de prensa en la Sala Gayarre, distendida y agradable, donde contestó las preguntas a los periodistas, no sin antes apurar una copa de champagne de una botella que acababa de descorchar. Hizo memoria recordando su vinculación a México y una periodista emocionada le ofreció las primeras estrofas de Las Mañanitas. Mencionó su paso por los grandes espacios, que explicó relacionándolos con su afición al deporte, narró sus actuaciones por Italia, Francia y sus estancias – no demasiadas, “una diez o doce” en el Teatro Colón de Buenos Aires- donde el 23 de febrero estará de nuevo para terminar su recital en la mítica avenida 9 de julio. Ante la pregunta de un gusto dudoso sobre los plazos de la continuidad de su carrera como cantante, señaló reiteradamente que siempre estaría en escena, sino cantando dirigiendo y que “no cantaré ni un día más de lo que deba, ni uno menos de lo que pueda”. Así se habla, Maestro, well done!