miércoles, 4 de septiembre de 2013

Recital de Anna Caterina Antonacci en Florencia


Anna Caterina Antonacci en el Maggio Musicale Fiorentino
Gianluca Moggi


Massimo Crispi

El hada del tiempo perdido ha vuelto en Florencia, en la sabrosa mini temporada de música vocal de cámara de la  edición 76 de Maggio Musicale Fiorentino. Y cuando canta  Anna Caterina Antonacci, todos se precipitan para renovar el  rito celebrando esta artista inconmensurable. Al Teatro Goldoni, pequeña joya florentina, que al final lo  destinaron a la música vocal de cámara, Antonacci nos ofreció  uno de sus preciosos y raros recitales, junto con su pianista  Donald Sulzen. Los temas elegidos por la soprano fueron  varios, aun porque el recital se dio en un día muy especial:  el cumpleaños número 200 de Richard Wagner. Así que, en  homenaje al inmenso compositor alemán, los Wesendonk  Lieder terminaron el programa.  Aun si, a pesar de que fuese bien cantado, ese ciclo parecía  ajeno a la concepción misma del recital. Pues muchas más son  las verdaderas joyas que Antonacci e Sulzen nos mostraron. Lo más del concierto se basó sobre el repertorio francés entre  los siglos XIX y XX, sobre todo con obras de Debussy, Duparc, Fauré, Chausson y Berlioz, autores electivos de la soprano  italiana. Los sujetos principales fueron la soledad y el erotismo. Las ‘Ariettes oubliées’, ‘Le promenoir des deux amants’, las  ‘Chansons de Bilitis’ fueron el personal homenaje de Antonacci  à Claude Debussy, y se puede hablar de verdad de algo   muy personal. Raramente toda sensualidad de los versos de  Paul Verlaine, Pierre Louÿs y Tristan l’Hermite se escuchó de  manera tan vital y carnal como nos enseñó el hada por su  interpretación: su gesto vocal, difundiendo en el aire oscuro  del teatro hacia nuestros oídos, posándose y vibrando sobre nuestra piel, en nuestros corazones, fue como una caricia inesperada, un beso profundo. Las cabelleras de las dos  amantes fundiendo en el abrazo amoroso perturbando en  ‘La chevelure’ (del ciclo sáfico de Bilitis) nos pareció tan real  que ella nos llevó en su mundo, cada fonema era un vórtice de carnalidad. Quien nunca ha escuchado a Antonacci, sobre todo en ese repertorio, no puede imaginar cuántas facetas  puede esconder el erotismo en la música. Y la generosa y sensual hada nos regaló ese sueño ardiendo. Así como en las ‘Quattro canzoni d’Amaranta’ de Francesco  Paolo Tosti, nos ofreció el canto de una mujer sola y desesperada, pero aun titánica en su voluntad de dominar la  amargura de un destino de soledad que querría condicionarla. Tambien la soledad de Ofelia (‘La mort d’Ophélie’ de  Hector Berlioz) Antonacci la interpretó igualmente trágica y emocionante, aun porque el alma de la gran actriz trágica  siempre respira en su corazón y en su voz. Insuperable. ¿Y qué  decir de su interpretación tan moderna envolviéndonos en la  extrema y lacerante soledad de ‘Tristesse’ de Gabriel Fauré?  Donald Sulzen, por su parte, dio su mejor aporte sobre  todo en las obras francesas, con un toque líquido y sensual,  preparando el camino a la soprano y permitiéndole la libertad  de emociones y sensualidad que esa música y el verso francés  exigen. Esa calidad parece ajena a muchos cantantes de lengua materna francesa, que hoy casi rechazan la riqueza  fonética y poética de su idioma, además empobreciéndolo con  constipaciones vocales y tímbricas. No es un caso que unos entre los máximos interpretes de mélodies fueran extranjeros: una estrella, restando en el Olimpo, es Felicity Lott. En ese firmamento también tiene su  sitio Anna Caterina Antonacci, añadiendo el calor de su voz y carnalidad mediterráneas, y nos recuerda que nuestro paraíso está en la Tierra y que, en nuestro caso, tuvimos la suerte de  probar un trocito de su cielo en el Teatro Goldoni de Florencia.  Variados y extravagantes bis, siempre en el nombre de la  versatilidad artística típica del dúo.

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