viernes, 28 de julio de 2017

La Scala di Seta - Buenos Aires Lirica

Foto: Liliana Morsia

Luis G. Baietti

Como parte de una temporada muy atípica, y presumiblemente muy influida por la escasez de recursos financieros, Buenos Aires Lirica exhumó esta raramente representada obra temprana del maestro de Pesaro, escrita cuando tenía apenas 20 años (es su quinta Opera) pero ya en plena posesión de los recursos técnicos que lo llevarían meses más tarde a producir operas de la enjundia de Tancredi o Aureliano en Palmira. Es una obra agradable de ver, con un argumento muy endeble, y una música de no demasiado vuelo, pero muy simpática al oído, especialmente en su parte orquestal a la cual se reservan las mejores melodías. La versión es de calidad, con una excelente dirección musical que valoriza el trabajo de un muy buen conjunto orquestal, apoyado ( aquí los cantantes más bien acompañan a la orquesta, que al revés como es lo habitual en el género ) por un sólido trabajo de equipo de un elenco sin fisuras en el que se lucen las dos sopranos Costanza Diaz Falu en el papel más exigido de la obra, ya que canta casi todo el tiempo y Guadalupe Maiorino , el tenor Sebastián Russo que se muestra muy a sus anchas cantando este papel de tenor ligero que parece mucho más adecuado a su voz que el repertorio que por fuerza de la circunstancias ha venido cultivando recientemente, los barítonos Luis Loaiza Isler en una muy logrado composición cómica y sobre todo Sergio Carlevaris en una excelente creación y un correcto pero algo sobreactuado Patricio Olivera, todos ellos bajo la dirección escénica muy inspirada y de buen gusto de Cecilia Elías. La sala del Teatro Picadero, felizmente recuperada de las ruinas a las que la redujo un famoso atentado, tiene una muy activa programación que deja disponibles sólo las noches de los lunes para este espectáculo, del cual se celebrarán varias funciones más. Parecería ser a priori por sus dimensiones el ámbito ideal para una obra menor como esta, pero tiene el problema insoluble de la falta de foso orquestal, que aquí llevó a la solución heroica de sacrificar más de la mitad del escenario para ubicar a la reducida orquesta, reservando para los cantantes sólo uno de los extremos del mismo. Esto que fue soslayado con gran habilidad por la regie, tuvo la desfavorable consecuencia de hace que más o menos un 25% de las localidades, ubicadas en el costado derecho de la sala, tengan una muy limitada visión y audición de la obra, que hubieran justificado una advertencia previa a quienes adquiriesen tales localidades y hasta un precio sustancialmente menor.

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