lunes, 17 de julio de 2017

La Voix Humaine en San Francisco

Fotos: Cory Weaver/San Francisco Opera

Ramón Jacques 

Con la reciente apertura del teatro Taube Atrium Theater (con capacidad para 299 espectadores) la Ópera de San Francisco incorpora un nuevo espacio que le permite ampliar su oferta artística abordando operas de cámara, recitales y obras contemporáneas que difícilmente podría montar en el enorme escenario del War Memorial Opera House. Las producciones del proyecto denominado “SF Opera Lab” llenarán también un vacío en el calendario del teatro, precisamente en los meses en los que no se programaba nada. Uno de los proyectos más ambiciosos dentro de esta nueva iniciativa es sin duda “La Voix Humaine” con la magnífica interpretación de Anna Caterina Antonacci. Si bien las apariciones de la destacada soprano italiana han sido escasas con esta compañía, en cada una de ellas ha dejado una huella imborrable de su temperamento y su arte, en personajes como: Adalgisa en Norma, como Ermione de Rossini, en Cassandre en Les Troyens de Berlioz y como Cesira en el estreno mundial de La Ciociara de Marco Tutino, papel que fue creado especialmente para ella. Actualmente, Anna Caterina Antonacci ha hecho del papel de Elle en la obra de Francis Poulenc una de sus especialidades, no solo por sus capacidades histriónicas, si no por la afinidad que tiene con el repertorio y la lengua francesa. 
Con pocos elementos en escena, una silla rodeada de almohadas en el suelo, un teléfono y al fondo una enorme fotografía de París vista a través de un vidrio mojado por gotas de lluvia, se creó un ambiente sencillo pero ideal para el desarrollo de la trama. Antonacci hace un personaje creíble, lleno de angustia, temor, soledad y desesperación. Es una artista que transmite y comunica sentimientos, y eso resalta más en la intimidad de la sala con la cercanía entre la interprete y el público, al que logró envolver con su magia y expresividad. Con ella cada frase tiene una intención, así como en cada ademán y movimiento donde imprime su atractiva y seductora presencia escénica. Vocalmente su proyección fue adecuada y su dicción francesa deliciosa y elegante. En todo momento, tuvo el acompañamiento al piano de Donald Sulzen, su cómplice musical habitual, quien creó un marco musical muy adecuado para la artista, con profundidad y exactitud. Antes de entrar de lleno al dramatismo de Poulenc, Antonacci, ofreció una selección de canciones francesas, un mini recital tan emocionante como la segunda parte, que incluyó “La mort d’Ophélié”de Berlioz, “Chansons de Bilitis” de Debussy, así como un seductor ciclo de canciones de Poulenc titulado “La Frâicheur et le Feu”

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