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Thursday, February 23, 2017

Lohengrin en Paris

Fotos: Monika Ritterhaus

Gustavo Gabriel Otero
Twitter: @GazetaLyrica

París (Francia), 18/01/2017. Ópera Nacional de París Bastille. Richard Wagner: Lohengrin. Ópera en tres actos. Libreto de Richard Wagner. Claus Guth, dirección escénica. Christian Schmidt, escenografía y vestuario, Volker Michl, coreografía. Ronny Dietrich, dramaturgia. Olaf Winter, iluminación. Jonas Kaufmann (Lohengrin), Martina Serafin (Elsa de Brabante), René Pape (Rey Enrique I), Tomasz Komieczny (Telramund), Evelyn Herlitzius (Ortrud), Egils Silins (Heraldo), Hyun-Jong Roh, Cyrille Lovighi, Laurent Laberdesque y Julien Joguet (Nobles de Brabante). Orquesta y Coro Estable de la Opera Nacional de París. Director del Coro: Jo Luis Basso. Dirección Musical: Philippe Jordan.

La Ópera de París presentó en su sala de La Bastilla la producción escénica firmada por Claus Guth que se estrenó originalmente en Milán en 2012. La acción se traslada a los años 1850 en Alemania y Lohengrin es caracterizado como una criatura frágil que busca constantemente escapar o esconderse. No hay aquí cisnes, caballeros, gloria o armas, pues se ha quitado cualquier referencia al mundo medieval evocado en el libreto, sino introspección psicológica. La puesta luce pensada, correctamente elaborada, más simbólica que romántica y muy trabajada. Quizás la iluminación de Olaf Winter sea lo mejor de la faz visual con sorprendentes climas y belleza en cada momento; mientras que la escenografía y el vestuario de Christian Schmidt fueron funcionales al concepto de la puesta: un escenario único con tres pisos con seis puertas por piso en el fondo y tres en cada costado y un vestuario mayoritariamente negro con excepción de Elsa que viste de blanco. Philippe Jordan extrajo de la orquesta todos los matices posibles desde la claridad y sutileza del preludio hasta los momentos de mayor fuerza pasando por las perfectas fanfarrias y por momentos de extraordinaria excelencia como el inicio del tercer acto. 
El Coro de la Ópera de París, que dirige José Luis Basso, mostró su valía en una noche verdaderamente memorable con una obra de gran compromiso para ese colectivo de artistas. Jonas Kaufmann impacta con este Lohengrin tembloroso y con miedo que asume con total convicción escénica y sus poderosos medios vocales. No hay atisbo de problemas en su emisión, su voz se proyecta con grandeza. Sus agudos son firmes y su fraseo de primer nivel mientas maneja con excelencia la media voz y los pianísimos. René Pape aportó el terciopelo de su voz al Rey Enrique y algún agudo problemático no empaña su exquisita labor. Un gran Telramund ofreció el bajo-barítono polaco Tomasz Konieczny tanto por la línea de canto como por su actuación. Martina Serafin fue una Elsa interesante con buen fraseo y timbre algo duro y color metálico. Mientras que Evelyn Herlitzius como Ortrud conmovió por su pasional entrega al personaje y por su excelente registro central mientras que en el agudo se evidenció una tendencia al descontrol. Muy bien servido el Heraldo por Egils Silins y correcto el resto del elenco.

Monday, April 20, 2015

Der Rosenkavalier en Viena

(c) Wiener Staatsoper / Michael Pöhn

Joel Poblete 

Poder asistir a una función de una ópera tan emblemáticamente vienesa -por mucho que su autor fuera bávaro y el estreno mundial fuera en Dresden- como El caballero de la rosa, en un escenario como la legendaria Staatsoper de la capital austriaca, será siempre un privilegio; y más aún si volvía a presentarse en la clásica puesta en escena de Otto Schenk, y en el rol de Octavian una de las estrellas líricas de la actualidad, Elina Garanča. La producción de Schenk para este teatro data de 1968 y ya es bastante conocida porque ha sido editada y profusamente difundida en DVD en la versión de hace dos décadas dirigida por Carlos Kleiber con Felicity Lott, Anne Sofie von Otter y Kurt Moll, y porque en las recientes funciones de la Staatsoper ya se estaban cumpliendo más de 360 representaciones en este montaje. Y lo mejor es que por mucho que más de un melómano vienés nos comentara que no tenía interés en asistir porque "esta puesta en escena ya ha sido demasiado vista", a juzgar por lo que pudimos apreciar en la ultima función de este título en la actual temporada, los resultados siguen siendo en verdad notables.

Como ya lo ha demostrado en esta régie para el teatro de la Ringstrasse y en la también célebre versión para la Opera de Baviera que asimismo fue editada comercialmente, Schenk es uno de los directores teatrales que mejor han sabido captar la esencia de esta obra maestra de Strauss y su libretista Hugo von Hofmannsthal, con su delicado y sensible balance entre refinada comicidad y otoñal melancolía. Quizás además de toda la incuestionable experiencia teatral que acumula el regisseur, ayuda mucho el que él mismo sea vienés y conozca tan bien los equilibrios sociales y culturales en que se basa la enorme riqueza de la tradición austriaca, que aparece muy bien reflejada en la obra, por mucho que transcurra en el siglo XVIII, durante el reinado de la emperatriz María Teresa.

En esta ocasión la reposición logró una enorme frescura y fluidez sin perder la fidelidad al tratamiento original, un mérito no menor tratándose de un montaje que ya tiene más de cuatro décadas, y que para más de un espectador contemporáneo puede parecer conservador y demasiado apegado a la tradición. A pesar del paso del tiempo, también se conservan muy bien los hermosos decorados de Rudolf Heinrich, que requieren que el escenario de la Staatsoper cubra y disminuya visualmente sus dimensiones habituales, y el suntuoso vestuario de Erni Kniepert. Por mucho que el espectador ya haya visto el DVD de la misma producción y se sepa los desplazamientos y propuestas escénicas, si se cuenta con un elenco atractivo y comprometido tanto en lo musical como en lo teatral, la magia debe seguir intacta. Y eso pasó en buena medida en esta reposición. 

Quizás en lo actoral a la Mariscala de la soprano austriaca Martina Serafin todavía le falta profundizar aún más en el carácter introspectivo del personaje, pero al menos aportó una presencia creíble como la aristócrata y su voz consiguió algunos tonos muy sutiles, mientras como Sophie la ascendente soprano estadounidense Erin Morley fue convincente en el costado más ingenuo y casi infantil del papel, pero a su canto le faltó mayor definición y relieve; por su parte, una habitual presencia en la Staatsoper, el también vienés Wolfgang Bankl -quien incluso ya aparecia dirigido por Kleiber en el Rosenkavalier de hace 20 años, encarnando al Notario- tal vez no tiene el registro profundamente cavernoso de otros colegas pero de todos modos cumplió con las notas graves y fue un acertado barón Ochs, divertido y vulgar cuando correspondía pero sin exagerar ni convertirse en un bufón como les pasa a otros cantantes. 

En el caso de los tres artistas ya nombrados, sin duda no es menor el peso de la tradición de un escenario que ha visto desfilar en esos personajes a apellidos como Lehmann, Della Casa, Schwarzkopf, Rysanek, Te Kanawa, Popp, Gruberova, Dessay, Edelmann, Greindl y Moll, por mencionar apenas a algunos. Claro, ante esto se puede decir que siempre las comparaciones son odiosas, pero si en el rol de Octavian, que en la Staatsoper han cantado desde Christa Ludwig y Brigitte Fassbaender hasta Agnes Baltsa, es posible en la actualidad apreciar a una cantante tan espléndida como la Garanča, se comprueba que aún se puede mantener la confianza en las generaciones más jovenes, y que no todas ellas son un producto del marketing. Su belleza física y el hermoso color de su voz que luce en un canto sutil, seguro y matizado, van a la par con su notable habilidad como actriz, capaz de destacar en el desafío de interpretar a un hombre que a la vez debe fingir ser una mujer, pero también le permite conmover y sentirse tremendamente humano al transitar con ligereza entre la comedia, la tristeza y la casi milagrosa transformación del amor juvenil. Su memorable Octavian no tuvo nada que envidiar a algunas de las mejores intérpretes históricas del personaje, se convirtió en lo mejor de la función y con justicia fue la más aplaudida de la noche, con fervorosas ovaciones de sus fans. 

En el numeroso elenco de secundarios, también hay que mencionar la correcta labor de Jochen Schmeckenbecher como Faninal, la Marianne de Caroline Wenborne, los vivaces Annina y Valzacchi de Ulrike Helzel y Thomas Ebenstein, y en especial el cantante al que interpretó sólidamente otro ascendente artista, el tenor alemán Benjamin Bruns, de cálido timbre ligero y sin mayores dificultades en las notas agudas. Y desde el foso, siempre atento a los cantantes, a las filigranas de la exuberante partitura straussiana y al balance entre las voces y la orquesta de la Staatsoper, el director húngaro Ádám Fischer fue otro elemento a favor del buen resultado de este Rosenkavalier que a estas alturas bien podría ser sólo un trámite de rutina para los operáticos vieneses, pero aún sigue brillando como espectáculo, sobre todo para quien lo presencia por primera vez en vivo. Porque en verdad fue imposible no emocionarse una vez más cuando luego de casi cuatro horas de función y como inmejorable catarsis emocional y sonora, las voces se unieron en el inmortal trío entre la Mariscala, Octavian y Sophie. 

Monday, November 1, 2010

Le Nozze di Figaro di Mozart - Los Angeles Opera

Foto: Robert Millard

Ramón Jacques

La sempre divertente opera “Le Nozze di Figaro” di Mozart è tornata con la stessa produzione vista un paio di anni fa in questo teatro e creata per lo stesso Los Angeles Opera dal regista inglese Ian Judge con lo scenografo Tim Goodchild. La trama dell’opera in questo allestimento si situava in epoca moderna, però con una concezione poco logica (anche se in linea con la giocosità e la grazia naturale contenuta nell’opera) che combinava elementi del passato e del presente. Così, ad esempio, si potevano vedere personaggi in abiti antichi parlare al telefono... Lo spettacolo in definitiva è stato suggestivo per la parte visiva cromaticamente efficace e brillantemente illuminato. Notevole il Finale dell’opera con fuochi artificiali in scena! Judge ha esaltato incessantemente nella sua regia l’umorismo di ogni scena, trattando l’opera mozartiana come una vera opera comica. Ma a volte, quando le idee latitavano, è ricorso a impertinenze e volgarità.Figaro è stato interpratato dal basso-baritono canadese Daniel Okulitch, un cantante di buona linea, musicalità e ampia proiezione però, attorialmente, un po’ eccessivo. Da segnalare la prova del soprano tedesco Marlis Petersen che ha caratterizzato una raggiante, divertita e impulsiva Susanna, cantata con voce melodiosa, agile, di timbrica cristallina sugli acuti. Da parte sua Martina Serafin ha creato una Contessa sensibile e affettuosa, interpretando le sue arie con veemenza ma sempre buon gusto, mentre il Conte era lo sperimentato ed autorevole baritono danese Bo Skovhus nella sua prima apparizione in questo teatro. Discreto e rutinario il Cherubino del mezzosoprano Renata Pokupić, corretto il coro e il resto del cast con una nota di merito per il malizioso Bartolo di Alessandro Guerzoni. Sul podio, di fronte ad un’orchestra a ranghi ridotti, Placido Domingo per la prima volta in carriera affrontava questa partitura mozartiana. Indipendentemente da discorsi sulle conoscenze ed affinità con questo repertorio, il risultato musicale è stato in questa occasione soddisfacente. Domingo ha diretto con mano sicura donando fluidità e continuità al discorso musicale e mettendo sempre in primo piano le voci.

Monday, October 4, 2010

Le Nozze di Fígaro en la Opera de Los Ángeles

Foto: Robert Millard

Ramón Jacques
La siempre divertida opera Le Nozze di Fígaro de Mozart retornó a este escenario con la producción vista hace un par de años, y creada para este mismo teatro, por el regista ingles Ian Judge y el diseñador Tim Goodchild. La trama de la opera en este montaje se situó en una época moderna pero con una concepción un poco ilógica (aunque en línea con la jocosidad y la gracia natural contenida en la obra) que combinó elementos del pasado y del presente. Así por ejemplo, se pudieron ver personajes con vestidos antiguos hablando por teléfono. El espectáculo en conjunto fue estético y sugestivo para la visión por su colorido y la brillante iluminación que la acompañó. Notable fue el final de la opera que concluyó con un colorido despliegue de fuegos artificiales dentro del escenario. Quizás por tratarse de una opera cómica, Judge en su regia mostró una incesante predisposición por resaltar el humorismo de cada escena, pero cuando las ideas parecieron agotársele recurrió a innecesaria vulgaridad e impertinencia en la actuación de los personajes.
El personaje de Fígaro fue interpretado por el bajo-barítono canadiense Daniel Okulitch, un cantante de buena línea de canto, musicalidad en su timbre y amplia proyección, pero excedido y por momentos descontrolado en la parte artística. Notable fue la prueba de la soprano alemana Marlis Peterson quien caracterizó una radiante, divertida e impulsiva Susanna, y cantó con una melodiosa voz, ágil y cristalina en sus agudos. Por su parte, Martina Serafin creo una sensible y afectiva Condesa que interpretó sus arias con vehemencia y buen gusto, y el personaje del Conde fue cantado y actuado con autoridad por el experimentado el barítono danés Bo Skovhus, en su primera aparición en este teatro.
Discreto y rutinario estuvo el Cherubino de la mezzosoprano Renata Pokupić La participación del resto del elenco y del coro se puede mencionar como correcta, resaltando al malicioso Bartolo creado por el bajo italiano Alessandro Guerzoni. En el podio y frente a una orquesta reducida, Placido Domingo se enfrentó por primera ocasión en su carrera de director musical a esta obra mozarteana. Independientemente del discurso sobre su conocimiento o afinidad con este repertorio, el resultado musical en esta ocasión fue en suma satisfactorio, ya que se sintió una mano segura que dio fluidez y continuidad a la música y busco en todo momento poner en primer plano a las voces.