lunes, 20 de abril de 2015

Der Rosenkavalier en Viena

(c) Wiener Staatsoper / Michael Pöhn

Joel Poblete 

Poder asistir a una función de una ópera tan emblemáticamente vienesa -por mucho que su autor fuera bávaro y el estreno mundial fuera en Dresden- como El caballero de la rosa, en un escenario como la legendaria Staatsoper de la capital austriaca, será siempre un privilegio; y más aún si volvía a presentarse en la clásica puesta en escena de Otto Schenk, y en el rol de Octavian una de las estrellas líricas de la actualidad, Elina Garanča. La producción de Schenk para este teatro data de 1968 y ya es bastante conocida porque ha sido editada y profusamente difundida en DVD en la versión de hace dos décadas dirigida por Carlos Kleiber con Felicity Lott, Anne Sofie von Otter y Kurt Moll, y porque en las recientes funciones de la Staatsoper ya se estaban cumpliendo más de 360 representaciones en este montaje. Y lo mejor es que por mucho que más de un melómano vienés nos comentara que no tenía interés en asistir porque "esta puesta en escena ya ha sido demasiado vista", a juzgar por lo que pudimos apreciar en la ultima función de este título en la actual temporada, los resultados siguen siendo en verdad notables.

Como ya lo ha demostrado en esta régie para el teatro de la Ringstrasse y en la también célebre versión para la Opera de Baviera que asimismo fue editada comercialmente, Schenk es uno de los directores teatrales que mejor han sabido captar la esencia de esta obra maestra de Strauss y su libretista Hugo von Hofmannsthal, con su delicado y sensible balance entre refinada comicidad y otoñal melancolía. Quizás además de toda la incuestionable experiencia teatral que acumula el regisseur, ayuda mucho el que él mismo sea vienés y conozca tan bien los equilibrios sociales y culturales en que se basa la enorme riqueza de la tradición austriaca, que aparece muy bien reflejada en la obra, por mucho que transcurra en el siglo XVIII, durante el reinado de la emperatriz María Teresa.

En esta ocasión la reposición logró una enorme frescura y fluidez sin perder la fidelidad al tratamiento original, un mérito no menor tratándose de un montaje que ya tiene más de cuatro décadas, y que para más de un espectador contemporáneo puede parecer conservador y demasiado apegado a la tradición. A pesar del paso del tiempo, también se conservan muy bien los hermosos decorados de Rudolf Heinrich, que requieren que el escenario de la Staatsoper cubra y disminuya visualmente sus dimensiones habituales, y el suntuoso vestuario de Erni Kniepert. Por mucho que el espectador ya haya visto el DVD de la misma producción y se sepa los desplazamientos y propuestas escénicas, si se cuenta con un elenco atractivo y comprometido tanto en lo musical como en lo teatral, la magia debe seguir intacta. Y eso pasó en buena medida en esta reposición. 

Quizás en lo actoral a la Mariscala de la soprano austriaca Martina Serafin todavía le falta profundizar aún más en el carácter introspectivo del personaje, pero al menos aportó una presencia creíble como la aristócrata y su voz consiguió algunos tonos muy sutiles, mientras como Sophie la ascendente soprano estadounidense Erin Morley fue convincente en el costado más ingenuo y casi infantil del papel, pero a su canto le faltó mayor definición y relieve; por su parte, una habitual presencia en la Staatsoper, el también vienés Wolfgang Bankl -quien incluso ya aparecia dirigido por Kleiber en el Rosenkavalier de hace 20 años, encarnando al Notario- tal vez no tiene el registro profundamente cavernoso de otros colegas pero de todos modos cumplió con las notas graves y fue un acertado barón Ochs, divertido y vulgar cuando correspondía pero sin exagerar ni convertirse en un bufón como les pasa a otros cantantes. 

En el caso de los tres artistas ya nombrados, sin duda no es menor el peso de la tradición de un escenario que ha visto desfilar en esos personajes a apellidos como Lehmann, Della Casa, Schwarzkopf, Rysanek, Te Kanawa, Popp, Gruberova, Dessay, Edelmann, Greindl y Moll, por mencionar apenas a algunos. Claro, ante esto se puede decir que siempre las comparaciones son odiosas, pero si en el rol de Octavian, que en la Staatsoper han cantado desde Christa Ludwig y Brigitte Fassbaender hasta Agnes Baltsa, es posible en la actualidad apreciar a una cantante tan espléndida como la Garanča, se comprueba que aún se puede mantener la confianza en las generaciones más jovenes, y que no todas ellas son un producto del marketing. Su belleza física y el hermoso color de su voz que luce en un canto sutil, seguro y matizado, van a la par con su notable habilidad como actriz, capaz de destacar en el desafío de interpretar a un hombre que a la vez debe fingir ser una mujer, pero también le permite conmover y sentirse tremendamente humano al transitar con ligereza entre la comedia, la tristeza y la casi milagrosa transformación del amor juvenil. Su memorable Octavian no tuvo nada que envidiar a algunas de las mejores intérpretes históricas del personaje, se convirtió en lo mejor de la función y con justicia fue la más aplaudida de la noche, con fervorosas ovaciones de sus fans. 

En el numeroso elenco de secundarios, también hay que mencionar la correcta labor de Jochen Schmeckenbecher como Faninal, la Marianne de Caroline Wenborne, los vivaces Annina y Valzacchi de Ulrike Helzel y Thomas Ebenstein, y en especial el cantante al que interpretó sólidamente otro ascendente artista, el tenor alemán Benjamin Bruns, de cálido timbre ligero y sin mayores dificultades en las notas agudas. Y desde el foso, siempre atento a los cantantes, a las filigranas de la exuberante partitura straussiana y al balance entre las voces y la orquesta de la Staatsoper, el director húngaro Ádám Fischer fue otro elemento a favor del buen resultado de este Rosenkavalier que a estas alturas bien podría ser sólo un trámite de rutina para los operáticos vieneses, pero aún sigue brillando como espectáculo, sobre todo para quien lo presencia por primera vez en vivo. Porque en verdad fue imposible no emocionarse una vez más cuando luego de casi cuatro horas de función y como inmejorable catarsis emocional y sonora, las voces se unieron en el inmortal trío entre la Mariscala, Octavian y Sophie. 

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