jueves, 30 de abril de 2015

Jenůfa: un cuento eslavo que el pùblico de Bolonia no olvidará.

Foto: Rocco Casaluci

Anna Galletti

En el marco de una programación bajo el signo de la innovación y de la propuesta de lenguajes nuevos, el Teatro Comunale de Bolonia, junto con el Théâtre de La Monnaie de Bruselas y el Teatro Bolshoi de Moscú, coprodujeron “Jenůfa”, con música y libreto de Leoš Janáček. El compositor checo, quién vivió de la segunda mitad del siglo XIX hasta las primeras décadas del siglo XX, ha traspuesto en una composición rítmica y musical, totalmente origina,l el drama teatral de Gabriela Preissová “Su hijastra”. Ópera de inicios del siglo pasado, “Jenůfa” refleja una tradición y una cultura geográficamente cercanas, pero al mismo tiempo alejadas de otros países, como Italia, donde la música lírica nació y se desarrolló. El drama abarca  diferentes significados, tan subjetivos cómo universales, resaltadas por el ambiente claustrofóbico de la aldea campesina morava en la que ocurre. La joven Jenůfa enamorada de su acaudalado primo Števa quien rehúsa casarse con ella a pesar de su embarazo, es condenada a la soledad y a la marginación. Él justifica su negativa por la cicatriz en la mejilla que le hizo Laca, quien la ama y no acepta la idea que se case con su medio hermano. Kostelnička, la intransigente madrastra de Jenůfa, cree que el niño que nació es la razón de la desgracia de Jenůfa y presa de la desesperación lo mata. Este acto tremendo da inicio al final de la historia: Kostelnička comienza su camino hacia la redención y Jenůfa aprende a perdonarse a sí misma y a todos los que de alguna forma cometieron errores y Laca  realiza  su sueño de amor. Sin duda el protagonista de este montaje es el director letón Alvis Hermanis, quién representó con imágenes la multi-colorida música de Janáček. El montaje traspasó con naturalidad, de la elegancia del estilo libre de la escenografía del primer acto, a la brutalidad del interior de una casa de campo checa de inicios del siglo XX; del refinamiento a la dejadez del vestuario (de Anna Watkins, magnífico); y de la búsqueda de movimientos estilizados y simbólicos de los personajes a la energía de los mismos, en momentos de incontrolable emoción. Todo eso en una circularidad que fue del tercer y último acto, al primero, para significar que, al fin y al cabo, cómo nos enseñó Giuseppe Tomasi di Lampedusa en “Gattopardo”, hay que cambiar todo para que nada cambie.  Al éxito de la ópera contribuyó un elenco de óptimo nivel para, cantada en checo. Sin embargo, la mención especial es para Ángeles Blancas Gulin, en el rol de Kostelnička, que es central en el drama, y a quien dio vida de manera intensa y apasionada, y sin temor a gritar su desesperación. Otra mención es para la conducción musical Juraj Valčua, director eslovaco con profundos vínculos con Italia (dirige desde 2009 a la Orquesta Sinfónica de la RAI) y con la Orquesta del Teatro Comunale de Bolonia. Valčua condujo con firmeza a los músicos a través de la compleja partitura, que va de la canción popular, con sugestiones wagnerianas, regalando momentos de verdadera emoción. Andrea Danková interpretó una perfecta Jenůfa, ingenua, preocupada, dolorida y al fin madura y lista para enfrentar el destino que la vida le reservó. Los tenores Ales Briscein (Števa) y Brenden Gunnel (Laca), con roles menores, porque las figuras femeninas son preeminentes, aseguraron la calidad del resultado global con gratas voces y buena actuación. Finalmente, hay que subrayar la original elección del director Hermanis de insertar, en el primero y tercer actos, la presencia continua de un cuerpo de bailarinas. Con fluir inmaculado e incesante, gracias a las coreografías de Alla Sigalova y retomadas por Anaïs Van Eycken, adornaron la escena bajo el perfil estético enriqueciendo el sentido de la acción que solamente el lenguaje mudo de la danza puede hacer. 

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