martes, 21 de abril de 2015

Aida en concierto con la Orquesta de Santa Cecilia en Roma

Foto: ©Musacchio & Ianniello

Domenico Gatto

El evento más esperado del año en Italia no defraudó las expectativas. La única función de Aida que Antonio Pappano dirigió en Santa Cecilia, como conclusión de la grabación de un nuevo CD fue un triunfo absoluto para el maestro anglo-italiano y para la mezzosoprano Ekaterina Semenchuck. Pappano y Santa Cecilia son ya un binomio indivisible. El maestro y la orquesta son uno, y esta es una de las características del director que logra siempre compactar a la compañía orquestal. A ello va sumada su entusiasta participación cuando dirige; y se ve que se divierte en su incansable trabajo, y esta sensación de contagia al público. Teniendo un elenco estelar como este, el protagonista siempre fue el. La obra fue esperada sobre todo por la dirección, y la ovación más grande de la función explotó al final del segundo acto en la escena del triunfo, sin solistas.  Pappano ha hecho de esta orquesta, y coro, una de las mejores agrupaciones del mundo por la riqueza de su identificable sonido  de estilo típicamente italiano. Aquí ha hecho valer su peculiaridad de apoyar el canto. Gran parte del elenco no era verdiano, y logró sostener a los cantantes y les puso en charola de plata la ocasión de ofrecer lo mejor de sí mismos. La triunfadora de la velada fue Ekaterina Semenchuck, mezzosoprano que canta a Ameneris en los grandes teatros y de todos la única verdadera verdiana. El volumen de su voz, rica de armónicos, resultó ser el doble de la de sus ilustres colegas, a quienes cubría sistemáticamente sin forzar.  Ello con óptima técnica, capacidad de modular y notable dominio de los graves fáciles y timbrados como los agudos. En suma su sapiencia de unir la con la voz con el personaje. Como Aida, Anja Harteros inicio de manera egregia. Convincente desde el inicio y su “Ritorna vincitor’ fue fascinante.  En el segundo acto tuvo filados fáciles, pero en el tercero comenzaron los problemas como el do agudo que debió disminuir al final de ‘Cieli azzurri’ fue una nota que no se escuchó, y al final del cuarto acto pareció estar fatigada recibiendo algunas protestas del público. Debe reconocerse que en la búsqueda de emitir pianísimos, filados y messa in voce, la soprano alemana buscó la manera de sacar adelante un papel que no es para su vocalidad. Seguido y venerado por sus fans en todas partes, Jonas Kauffman, estuvo perfecto en el papel del bel tenebroso, y cantó con admirable sentido musical, pero no es ni será Radames Aun así, sería interesante escucharlo en un teatro donde pudiera demostrar sus cualidades de actor e intérprete.  La baqueta mágica de Pappano contuvo a la orquesta en los límites de lo inalcanzable para no cubrirlo nunca. Si bien es cierto que Verdi previó tres p para el si bemol que concluye ‘Celeste Aida’, el sonido linfático que produjo Kauffman más allá de ser mantenido por un attimo fuggente, pareció débil. Sus presuntos filados, en realidad casi susurros podrían adaptarse al Lied, ya que poco tienen que ver con el canto verdiano que no admite sonidos desapoyados. En el canto aplanado y a plena voz evitó su usual sonido engolado en la zona central. Ludovic Tézier fue un buen Amonasro, optimo en el fraseo y la dicción, con bella y musical voz. Erwin Schrott como Ramfis, ajeno a este repertorio, hizo resaltar su parte. El bajo Marco Spotti fue un rey convincente y Paolo Fanale fue un lujo como el mensajero. 

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