miércoles, 31 de julio de 2013

Recital de Werner Güra en la Schubertiade, Austria


Foto: Werner Gura

Suzanne Daumann
 
Hace mucho tiempo durante los años de penuria, las familiares más pobres de Bregenzerwald enviaban a alguno de sus hijos a Swabia, para que en sus ricos valles y campos de cereales encontraran trabajo y comida así como vestimenta y calzado. Una exhibición en el pequeño museo de Schwarzenberg cuenta estas historias y aventuras.  Pero ¿acaso no es ese la aspiración de la música de Schubert que expresa esta melancolía y el deseo de encontrar un refugio en las montañas del frio y del calor?  No sé si Werner Güra habrá visto esta exhibición, pero pensando en las vidas e historias de aquellas familias bien podría haber afectado el sutil y emocional balance de su recital. Güra no es un cantante seguro, pero acompañado de su pianista de tantos años, él profundiza hasta el final. Sus interpretaciones no son las que solo consisten en emitir sonidos dulces, ni es una dulce, cálida y cómoda voz de tenor, sino que entiende el significado de cada una de las palabras y enfatiza todo lo dice y canta (lo que lo convierte en uno de los evangelistas más creíbles que existen). La sobriedad de su canto hace que los contenidos textuales y musicales sean más conmovedores. Este recital dedicado en su totalidad a Schubert, que dieron Christoph Berner y Werner Güra está construido sobre una entera vida humana. Comenzaron con la amarga “Heidenröslein” Güra tiene el truco de cantar al límite, para enfatizar mejor ciertas palabras, pero de una manera muy sutil. Así, cada palabra clave da en el blanco, por lo que sentimos como se rompía el tallo de la rosa mientras el joven enamorado decía“ ich breche dich” sentimos el piquete de la espina cuando responde “ich steche dich” y sentimos también todo el arrepentimiento en el último verso.  A partir de aquí, los artistas no trasladaron a un mundo complejo de emociones que tiene que ver con la niñez, en “Schlummerlied” y “Wiegenlied”. Hay ternura en el sueño del inocente y remordimiento por los tiempos perdidos de inocencia. Aquí se extrañó la ausencia de “Bei meiner Wiege” Otro tipo de ternura nos invadió con “Geheimes”, donde llegamos al reino del amor de un joven que espera un nuevo encuentro con su amada.  El ardor se hizo profundo con “Ganymed” y “Auf der Bruck”. En “Der Fischer” de Goethe un pescador es seducido por una sirena, y si Goethe hubiese escuchado las ondas de agua que Christoph Berner delineó y las profundidades de Güra tal vez hubiera aceptado las composiciones de Schubert. En “Dass sie hier gewesen”, de Rückert “Dass sie hier gewesen”, el eco de un suspiro expresó arrepentimiento, con simplicidad, un respiro, un sonido, así como el amor los encuentros, las despedidas y la alegría de un marinero atravesando una tormenta. Posteriormente Werner Güra demostró su propio Schubert, con desgarradores pianísimos, hermosas líneas legato, y todo esto no fue para causar un efecto sino para servir un propósito. En la deliciosa e irónica “Der Einsame”  Escuchamos el silencio en una casa y los grillos cantando. Brener les dio vida, igual que a la nieve que cae en “Winterabend”, en el que un hombre reflexiona a la luz de la luna. El romance de “Rosamunde” acerca de un amor imposible en la vida pero con unión en la muerte es demasiado, y cuando finalmente en “Nachtstück” llega la muerte al hombre viejo, después de un silencio sepulcral el público estalló en aplausos.  Finalmente los artistas ofrecieron “Wanderers Nachtlied II” (Über allen Gipfeln ist Ruh) y “An den Mond” una gran elección para mandar a casa a un emocionalmente cansado público que presenció no solo un espectáculo si una experiencia.

 

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