lunes, 13 de junio de 2016

La Traviata en La Fenice de Venecia, Italia

Foto: Michele Crosera

Francesco Beritini

La hoy mítica producción, tan discutida y criticada como eficaz y sorprendente, que marcó en el 2004 la reapertura del teatro La Fenice,  reconstruido después de un destructivo incendio en 1996, se presta a renovar las reflexiones  que despierta la obra y el drama de La dame aux camélias di Alexandre Dumas. Robert Carsen, creador de la dirección escénica y Patrick Kinmonth, llamado a dar forma a las ideas a través de la escenografía y los vestuarios, se unieron para actualizar un espectáculo conmovedor.  Las caracterizaciones psicológicas de los diversos individuos emergen vividas  y resaltadas en la intolerable soledad humana, primera cifra de las sociedades de consumo y de fácil reconocimiento.  El infantil carácter del joven Alfredo, enamorado pero privado de racionalidad, es delineado por el voyerista hobby de las fotos que inmortalizan a la amada a través del objetivo utilizado con una diafragma entre el mundo soñando de los sentimientos e la realidad del sufrimiento.  El aspecto aristocrático de Germont padre sobresale en el efímero ambiente material sin lograr en su hipocresía, el intento de dar batalla al mundo de la obscenidad casi irreparable de los usos y las costumbres juveniles. En el medio se encuentra Violetta Valéry la cual ha osado infringir los tabúes  de la sociedad y por ello debo pagar.  Carsen hunde el dedo en la enfermedad imaginando a una protagonista dependiente de los fármacos, o de las drogas, y rodeada de riquezas sin fin. La entera parte del segundo acto se desarrolla al aire libre, en un jardín otoñal donde el único y memorable artefacto utilizado son una serie de billetes que vuelan antes de tocar el suelo, lo que represente, con increíble claridad,  el fin de la existencia y el efímero bienestar que proviene del dinero.  El coup de théâtre  llegó en el último acto donde se impuso la desolación estéril en una escena vacía que representa la cada en estado de abandono, en neto contraste con la opulencia inicial ahora ausente, como también los amigos y la salud.  La jovencísima Francesca Dotto, empeñada en el papel de Violetta Valéry, ha madurado mucho su propia interpretación, y su presencia escénica es más natural, capaz de resaltar la efervescencia de la juventud  como el sufrimiento causado por el morbo, mientras que la voz se impone por la convincente variedad de colores y la ductilidad que le permiten a la artista la justa aproximación con la escritura, tan variada en el arco de los tres actos. Leonardo Cortellazzi, tenor apreciado en otras producciones falló en llevar a buen término la parte de Alfredo Germont. El timbre cristalino y una cierta atención al fraseo no bastaron cuidar la des homogeneidad en la gama, comparado sobretodo con las subidas al agudo y a algunos problemas de entonación. Las mismas dificultades fueron notadas en la prestación del barítono Luca Grassi, que fue un cantante más bien genérico en su acercamiento a Giorgio Germont,  carencia de acentos apropiados a la parte del padre, por lo que se vio un personaje irregular en términos generales, tanto en lo escénico como en lo vocal.  La concertación del veterano Nello Santi, motivo de atracción para gran parte del público que lo saludó afectuosamente durante la velada entera, prefiero agógicas placidas, beneficiándose de los copiosos detalles verdianos.  Lamentable ello incidió en la homogeneidad narrativa del espectáculo y, por momentos, en la cohesión de los artistas sobre la escena. Aun así, se aprecio la musicalidad, la experiencia y la profunda devoción a la escritura del compositor. La orquesta y el coro operaron en estado de gracia. Las indicaciones y el temperamento de Santi beneficiaron al trabajo creativo de la compañía veneciana.  Triunfo final con grandes aprobaciones dirigidas a la protagonista y al director.

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