jueves, 1 de abril de 2010

Tannhäuser de Wagner en el Teatro alla Scala, Milán

Fotos: Marco Brescia / Teatro alla Scala

Massimo Viazzo

“He inventado la orquesta invisible, ahora quiero inventar la escena invisible” decía Wagner con el perene descontento que le generaban las puestas en escena de sus Musikdramen. Carlus Padrissa, wagneriano de ultima hora, quien antes de lanzarse a la controvertida empresa de poner en escena el Ring, que hizo hace un par de temporadas en Valencia y Florencia, nunca antes se había ocupado de la opera wagneriana, por lo que pareció no haber metabolizado bien los mecanismos mas secretos del Wort-Ton-Drama. Es así, porque un Wagner tan sobrecargado escénicamente aleja irremediablemente el componente psicológico fundamental que es la base de la poética wagneriana, y que debería proyectar al mismo espectador al centro del drama, pero en esta ocasión lo transportó a una Disneylandia híper tecnológica donde los estímulos visuales, muy sugestivos indudablemente, lograron relegar la música a un segundo plano, convirtiéndola casi en una banda sonora. La ambientación de este Tannhäuser, en exclusiva para la Scala, fue situada en la India de Zubin Mehta (quizás como un homenaje al director que siempre ha creído en este grupo catalán) con un elemento escénico que dio unidad como fue una gigantesca mano robotizada (“el anillo de conjunción entre el hombre y el mundo” señalaba Roland Olbeter en el programa de mano) que de acuerdo a las situaciones evocadas por la trama, halagaba o juzgaba, acusaba o perdonaba. Extraordinario fue el trabajo de Fran Alue, responsable de los diseños graficos (con fondos en perene transformación cromática y figurativa), como notable fue también el aporte de los mimos de la Fura del Baus, con mucha expresividad “física”.

Vocalmente, el elenco fue dominado por la sublime Elizabeth de Anja Harteros, que estuvo afligida y tenaz. Su voz, que se expandió con gran calor por la sala del Piermarini, conmovió. Solida e incisiva fue también la prestación de Georg Zeppenfeld, un Landgraf paternal e inflexible, de timbre suave, de lo que a la vez careció Roman Trekel como Wolfram, el papel mas “cantante” de toda la opera. El barítono alemán que debía darle voz al componente más espiritual del amor se mostró demasiado leñoso. Un poco áspera estuvo también la Venus de Julia Gertseva, y siempre con dificultades en la zona aguda. Robert Dean Smith como Tannhäuser, supo dosificar bastante bien la fuerza durante el transcurso de la función y aunque su acento pareció no siempre estar bien esculpido o el sonido por momentos se desvanecía en alto, el profuso empeño para resolver un papel tan exigente es de elogiar. Al final, Zubin Mehta dirigió en conjunto, al coro y a la orquesta, particularmente en forma esta última, buscando siempre la fineza de los colores y exaltando las zonas mas intimas de la partitura.

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