domingo, 18 de diciembre de 2011

CONTUNDENTES CONCIERTOS DE VALERY GERGIEV EN EL TEATRO REAL DE MADRID

Foto: Valery Gergiev - Javier del Real

Alicia Perris

Siempre es un lujo poder ver dirigir y escuchar el resultado sonoro de este mago de la dirección que es Valery Gergiev. Dentro del ciclo de Las Noches del Real, nos ha regalado dos conciertos fantásticos. El primero, el domingo 11 de diciembre por la tarde, Roméo et Juliette, en lengua francesa. Symphonie dramatique en tres partes para solistas, coro y orquesta, con libreto de Émile Deschamps, basado en la tragedia homónima de William Shakespeare. Ekaterina Gubanova, mezzosoprano. Kenneth Tarver, tenor. Mikhail Petrenko, bajo. Coro de la Generalitat Valenciana, bajo la dirección de Francesc Perales. Orquesta de la Comunitat Valenciana. Director musical, Valery Gergiev. Emotiva música y texto éstos de Romeo y Julieta con perfume de Shakespeare, fino, delicado y sutil, en el mejor estilo de cierta música francesa, donde la preponderancia recae en la masa orquestal, aunque el subrayado de las voces merece destacarse especialmente. Berlioz comenzó a trabajar en esta partitura en 1839 y tuvo a bien aclarar la cuestión de sus características: “El género de esta obra no será seguramente mal entendido. Aunque las voces son utilizadas frecuentemente, no es ni una ópera de concierto, ni una cantata, sino una sinfonía coral”. El estreno de la composición tuvo lugar en la Salle du Conservatoire el 24 de noviembre de 1839 con un éxito notable. Los principales intelectuales del momento asistieron a escucharla, entre ellos Richard Wagner y el escritor Honoré de Balzac, que dejó por escrito su impresión de la velada. Sin embargo, desde el punto de vista crematístico, la empresa fue ruinosa para Berlioz, que expresó en una carta a su hermana: “La gran música es la ruina”. Pero ¡qué ruina más hermosa! Una evocación dramática de las rencillas familiares con “unhappy end”, que insiste sobre la necesidad del buen entendimiento entre los seres humanos, reflexiva y conciliadora esta obra que habla de odios y venganzas, pero también de la fidelidad al amor y de cariño. Pese a que es conocido el argumento, se disfruta de todo. El texto, la música y el contexto. Preciosista y sutil la dirección del maestro Gergiev, imponente la capacidad de emocionar del coro, una orquesta potente que suena de maravilla y unos cantantes que se esmeran en hacer resplandecer una velada que es todo un descubrimiento. Muy bien el tenor Kenneth Tarver, contenida la ejecución de Ekaterina Gubanova y seductora la aportación expresiva de Mikhail Petrenko. Una delicia.

Martes 13 de diciembre. Las Noches del Real. Orquesta del Teatro Mariinski de San Petersburgo. Valery Gergiev, Director. Eugeny Nikitin sustituido por enfermedad, por el bajo Mikhail Petrenko. Valery Gergiev es el director general y artístico del Teatro Mariinski. Y un mito. Y una leyenda. Sin lugar a dudas el maestro que mejor dirige las obras de la tradición rusa, que se han vuelto de lo más exquisito del repertorio de conciertos, bajo su batuta, en los últimos años. Galardonado con numerosos premios, su figura parece multiplicarse porque está en todas partes: hoy en la sede de su teatro en San Petersburgo, mañana en Valencia o Madrid, al día siguiente en París. Bajo su dirección la orquesta del Mariinsky adquiere dimensiones extrasensoriales y escucharlo en directo es siempre una experiencia de lujo. En la Primera Parte del concierto Petrushka de Stravinski (1882-1971) sonó con una alegría y una luminosidad que solo un director ruso podría transmitir y comunicar. A continuación, los Cantos y Danzas de la muerte de Modest Musorgski ( 1839-1881) emocionaron al público adquiriendo unas cotas de musicalidad y emotividad fuera de lo común. El bajo Mikhail Petrenko, a quien ya habíamos escuchado en Roméo et Juliette de Berlioz dos noches antes, hizo un trabajo teatral y vocal impresionantes. Cálido, profundo, comunicativo, su voz resplandeció en un teatro donde-cosa poco habitual- no se oyó ni una sola tos, ni un carraspeo. Silencio absoluto explicable para acompañar lo inefable. La violencia vital de La consagración de la primavera de Stravinski puso punto final a una velada donde todo salió perfecto: una orquesta entregada y en completa consonancia con su director, un repertorio que no por conocido seduce menos y una musicalidad, la del bajo Petrenko, consiguieron obrar el milagro de la perfección que es difícil de conseguir en una sala de conciertos. De verdad, precioso y disfrutable.

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