jueves, 10 de mayo de 2012

La Bohème en la Opera Angers Nantes Francia


Foto: Anges Nantes Opera

Suzanne Daumann

La Bohème la eterna oda de alegría de la vida, la celebración de la vida misma, aun llena los teatros de opera en el mundo. Una de las razones de este éxito debe ser su construcción simétrica, su yin y yan, ya que las cosas se reflejan así mismas como espejos y todo esta entrelazado.  Vida y muerte juegan en medio de la miseria, la juventud y la vejez. Mimi es frágil y sensible, como lo es Rodolfo su poeta; y Musetta, cuyo generoso y afectivo corazón se muestra hasta el final, tiene a Marcello, su pintor.  El alegre grupo de jóvenes triunfa sobre los hombres viejos, aunque la muerte se sienta con ellos a la mesa; y Mimi y Rodolfo se separarán en la primavera, mientras que Musetta y Rodolfo discuten junto a ellos mostrando que su separación será inminente. Todas estas ambiguas situaciones de Giuseppe Giacosa, Luigi Illica y de Giacomo Puccini fueron perfectamente ilustradas en esta producción del 2011 proveniente de la Nationale Reise Opera de Holanda, que fue repuesta tanto en Angers como en Nantes Francia en abril y en mayo del 2012. El moderno y sobrio montaje de Stephen Langridge, con diseños y vestuarios concebidos  por Connor Murphy transfirieron la acción al siglo 20, donde el miserable ático continua siendo lo que es, pero con paredes en color azul cielo y un texto visible sobre los bohemios que es quizás el articulo que escribe Rodolfo o el libro de Murger. Aquí, la estufa fue remplazada por un radiado en la pared y la puerta de entrada se encontraba ladeada. 
En el Momus, también en color azul cielo, los del coro vestían chaquetas de cocineros, y los bailarines que acompañan a Musetta se encontraban subidos en una enorme pila de regalos de navidad.  Clara y sobria, en esta escena las cosas son más entendibles que en otras producciones. Aun sobrio, para mas sombrío fue la tercera escena en la parte trasera de un club nocturno donde de un enorme agujero en la pared caían bolsas de basura.  La gente que pasaba por ahí, lógicamente eran basureros y empleados de restaurantes.  En la última escena encontramos a Marcello y a Rodolfo nuevamente en el ático,  solo que vistos desde arriba, uno acostado en un diván y el otro en el suelo, y es en esta postura con ilusión óptica cantaron su dueto. Cuando se bajaban de la pared entraban sus amigos. El resto de la escena se realizó en un casi vacío escenario, con algunos elementos de utilería que fueron descolgados de la pared; como la cama para Mimi y el abrigo de Colline.  Paul Keogan iluminó perfectamente la acción e hizo resaltar detalles por aquí y por allá, sin ser nunca redundante en su aportación.  Un sobresaliente elenco, habitaba este mundo, en el que cada uno ocupó su lugar y estuvo a gusto en el canto y la actuación. La Mimi de Grazia Doronzio fue fuerte en su fragilidad, y sus pianisimos fueron intensamente conmovedores.  Cuando describió como renacía con los primero rayos, el público lo hizo con ella, y en su muerte el público estuvo tan abrumado como Rodolfo, que en esta ocasión fue personificado con ternura y convicción por Scott Piper, quien con claro y calido timbre dio vida a una mezcla de júbilo y desesperación, particularmente en su conmovedor final.  
Julie Fuchs fue Musetta una mujer sin compromiso, que sabia lo que valía y lo que quería. Que no tuvo miedo a ser una chica a go-go, o de vender sus pertenencias para una amiga enferma. Con su rica y redonda voz vivió el personaje y todos sus matices.  Con colorida y buena voz de barítono, Armando Noguera, interpretó un adorable Marcello de fingida ligereza y verdadera sensibilidad. Finalmente, Colline, interpretado por Gordon Bintner y Schaunard, por Igor Gnidii, pensativos y juguetones por momentos, completaron muy bien el elenco. La Orchestre National des Pays de la Loire, dirigida por Mark Shanahan, guió a este ensamble con densa y discreta intensidad, con piainisimos sostenidos y llenos de suspenso (el pequeño dialogo entre Mimi y Marcello Musetta e tanto buona” – “lo so” se convirtió por si mismo en una novela completa) con fuerza y fuga en todas las partes de tutti.  Cabe señalar el silencio del público hasta el final de la última nota, antes de los meritorios aplausos y bravos. Fue una hermosa producción que dejó al público con música en las mentes, meditando sobre la vida y la muerte, que al final es una misma. 

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