sábado, 25 de julio de 2015

Quid pro quo: Las caras ocultas de Ramón Vargas

Quid pro quoLas caras ocultas de Ramón Vargas
El responsable de las actividades operísticas del país, el tenor Ramón Vargas, prefirió aclarar su situación con las figuras mediáticas que con la gente que sí sabe del tema…

Por José Noé Mercado

La digna metáfora, periodismo cultural
Número 13, 20 de julio de 2015

La mañana del sábado 30 de mayo de 2015 topé con un encabezado que me hizo despertar por completo: “Tenor Ramón Vargas gana más que el presidente”.

El escrito, firmado por Alida Piñón, se publicó en la versión electrónica de El Universal e informó que durante 2015 Vargas obtendría un pago de 850 mil dólares —que con un tipo de cambio fijado a 17 pesos daba un total de 14 millones 450 mil pesos— por la dirección artística de la Ópera de Bellas Artes —OBA—. Esa cifra, explicaba la nota, representaría un incremento del 2 mil 178 por ciento respecto de lo que había cobrado en 2014.

En el contexto de OBA, esos números eran escandalosos. Increíbles. Pero la utilizada por Piñón era una fuente oficial que podía constatarse online: el Portal de Obligaciones de Transparencia del Instituto Nacional de Bellas Artes —INBA.

Antes de concluida la mañana, la información se esparció en redes sociales con variaciones de la frase “Funcionarios millonarios en instituciones empobrecidas”.

¿Podía resumirse la situación de otra manera si días antes se conoció la afectación de la de por sí raquítica temporada de la OBA a causa de los recortes presupuestales? ¿Podía un nota así no despertar indignación si Juliana Faesler, directora de escena de La traviata, producción que se ensayaba en ese entonces en Bellas Artes, había declarado que el proyecto sobrevivió a tres cancelaciones y que echaría mano del reciclaje?

Esa pepena daría por resultado “una de las puestas en escena más horrorosas que me ha tocado presenciar en los 50 años que llevo viendo funciones de ópera”, consignaría el crítico Manuel Yrízar.

Para el mediodía, las reacciones en redes sociales sobre el sueldo de Ramón Vargas podían contarse en centenas. La irritación y el descrédito que produjo la nota aumentó.

La reacción oficial no tardó en llegar. O sí: la imagen de OBA y del tenor que la dirige estaba manchada en la opinión pública. Había anochecido cuando Roberto Perea, director de Difusión y Relaciones Públicas del INBA, se comunicó con Alida Piñón. Le dijo que la información del Portal de Transparencia era incorrecta debido a “un error humano” que puso en dólares una cifra que iba en pesos y que Ramón Vargas recibía un pago de 5 mil dólares mensuales como director artístico de OBA.

La periodista publicó la aclaración al día siguiente. Pero dudas y suspicacias crecieron entre la comunidad operística porque las cuentas no cuadraban. ¿Un error de dedo puede alterar de forma tan contrastada el tipo de cambio de referencia para el dólar, la moneda en que se realizará el pago, y la suma total que bajó de 14 millones 450 mil pesos a 700 mil con un tipo de cambio de 14 pesos por dólar y luego, con al menos cuatro modificaciones del Portal de Transparencia, subió a 749 mil, con un tipo de cambio de referencia de 14.98 por dólar?

Ese manoseo del Portal y la carencia de candados para modificar su información a conveniencia fue documentado en diversas capturas de pantalla. El alboroto podía maquillarse, pero no se borró. Las contrarréplicas tampoco lo harán a estas alturas ni siquiera si muestran el contrato íntegro celebrado por Vargas y la Subdirección General del INBA, puesto de Sergio Ramírez Cárdenas. Quizás sólo el Órgano de Control Interno de la dependencia podría aclarar el affaire. O instancias como la Función Pública. El crítico Luis Gutiérrez fue lapidario: “Supongamos que la información fuente no es correcta. Eso sí es un escándalo pues pulveriza cualquier rastro de confianza que aún nos quedase a los mexicanos en lo referente al manejo de los egresos del gobierno”.

La cara oculta de Ramón Vargas para enfrentar ésta y otras crisis en OBA no fue menos discreta o indignante.

Fue hasta junio que Vargas apareció en un reducido número de medios de comunicación. Sobre sus próximos compromisos como cantante; con la consigna de que Papá Gobierno —él, en otra de sus caras ocultas— no está en condición de ofrecer la ópera que se quisiera por lo que la sociedad debe apoyar con recursos de sus bolsillos, y con risitas y tímidos sarcasmos sobre ganar más que el presidente o sus motivaciones para seguir en OBA, conversó ante los micrófonos con Joaquín López Dóriga, Carlos Loret de Mola, Brozo o Maxine Woodside, entre otro selecto grupo de comunicadores.

Como Vargas no habló de temas sustantivos de OBA ni de la problemática en su sistema de producción que mantiene bajo tierra la calidad artística, el 22 de junio le solicité por escrito una entrevista que abordara las inquietudes centrales que mantiene el sector operístico mexicano.

La respuesta del tenor a mi petición fue negativa. Dos días después, me escribió: “Efectivamente, como usted lo menciona, en las últimas semanas he brindado numerosas entrevistas a comunicadores de la prensa, radio, televisión y otros medios electrónicos. Pienso con ello haber ofrecido amplia información sobre las actividades desarrolladas en la Ópera de Bellas Artes desde el inicio de mi gestión como director artístico de la misma; información que debe de haber llegado a la opinión pública en general, así como a las personas más especialmente interesadas en las actividades líricas que se presentan en nuestro país”.

Agradecí su pronta respuesta, aunque repliqué: “Lamento, desde luego, que no se haya podido construir el camino de la comunicación para entablar un diálogo transparente como en otras ocasiones, al considerar que diversas temáticas estructurales de tu gestión se quedan sin ser abordadas en esta entrevista que no fue, ni en otras que sí fueron”.

Sí me envió, en cambio, un artículo en el que enumera los que considera principales logros de su gestión, comenzando por la labor formativa de jóvenes talentos, a través del Estudio de la OBA. El texto —publicado con anterioridad, el 5 de junio, en El Universal, como una colaboración que lleva su firma aunque las Propiedades del archivo que lo contiene delatan que en realidad fue autoría de un tal Urbano y luego manipulado por el subdirector del INBA, Sergio Ramírez Cárdenas— concluye:

“Ópera de Bellas Artes ha logrado mantener una presencia constante de la ópera, tanto en el Palacio de Bellas Artes como en otros foros del país, con muy buena asistencia de público (…) Por nuestra parte, seguiremos construyendo una oferta operística de excelencia, como corresponde a un teatro del prestigio e importancia como es la Ópera de Bellas Artes”.


Sin oportunidad para plantear preguntas, concluyo con una paráfrasis sobre una anécdota de sastres que solía contar el periodista, recientemente fallecido, Jacobo Zabludovsky: Ramón Vargas optó por hablar con los comunicadores más famosos. Con las estrellas del rating de los medios nacionales. Pero no tuvo cara para conversar para las figuras de su misma calle. Para las celebridades del barrio en el que ronda. Quid pro quo. Pues no es ante la audiencia de La reina de la radio o El payaso tenebroso el desgaste de su imagen, su descrédito. Sin duda, se equivocó de target.

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