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Wednesday, December 8, 2010

El Caballero de la Rosa en el Teatro Real de Madrid

Foto: Javier del Real
Alicia Perris
Reflexiones sobre el paso del tiempo que bien podrían deslizarse desde el “carpe diem” horaciano hasta los poemas sarcásticos y amargos de François Villon, testigos de los tiempos medievales de “détresse”, esta ópera de Richard Strauss plantea agudos problemas filosóficos, sobre todo en los textos a los que da vida el personaje de la mariscala. Una enamorada que no puede disfrutar con placer de su condición, porque en las mieles de sus emociones amorosas percibe la finitud de todo sentimiento. Con un discurso a menudo no apto para feministas convencidas, ya que la mujer por momentos se concibe como una mercancía (véase todo el proceso del compromiso del Barón de Ochs y su prometida), la sangre no llega al río sin embargo, porque la obra está muy en el fondo concebida en un proyecto de farsa. Testigo él mismo de los cambios que el principio del siglo XX traería para todos, Strauss se retrotrae a un escenario histórico del Siglo XVIII, no sin difuminar sobre la escena, la imagen evanescente de su admirado Molière y los personajes estrambóticos y risibles de la Commedia dell´Arte. Para Gérard Mortier, director artístico del Teatro Real de Madrid, esta ópera, que se vio por primera vez en el Festival de Salzburgo de donde él mismo proviene, “va conmigo allá donde voy desde que se estrenó en 1995. Para mí, el Real es el mejor teatro para albergar esta ópera por su intimidad”. Vinculada al recuerdo de Wernicke, gran amigo suyo que falleció prematuramente, Mortier confiesa que ha retocado algunos elementos de la iluminación para optimizar la puesta en escena. Suena el vals una y otra vez durante la velada, aquel mismo baile que retrató también la inevitable decadencia y final del Imperio Austrohúngaro, la música que prefigura en su despreocupación, la hecatombe de las dos guerras mundiales y el fin de los grandes imperios. Una escenografía donde abundan los juegos de espejos, refuerza la fragilidad de las cosas y la inexorabilidad del tiempo que se desvanece y envía desde lo plástico y lo ornamental, ese mensaje. El teatro estaba lleno y el público disfrutó de esta obra un poco al viejo estilo tradicional que siempre está echando de menos cuando la dirección musical del Real muestra o anuncia montajes más conectados con una estética contemporánea y “à la page”. Subraya con exquisito gusto y despliegue de recursos su papel Anne Schwanewilms. Joyce DiDonato, que goza de una trayectoria de prestigio, está a la altura de un papel ambiguo y exigente. Divertido y eficiente Franz Hawlata, vestido de tirolés y con sus maneras de truhán, parece que no convenció a todos vocalmente por igual en el estreno. Bien Ofelia Sala descubriendo desde su inocencia de prometida que el mundo no es lo que le contaron y que el matrimonio no siempre es la mejor elección para una jovencita. La dirección orquestal de Jeffrey Tate logró que la orquesta tuviera un sonido redondo y contundente. Agridulce bocado de realidad, esta ópera nos ofrece la tersura de una partitura y un argumento de Strauss más amable que sus anteriores “Electra” y Salomé”, de hondo y negativo dramatismo, a pesar de que no deja de inquietarnos y conmovernos con la percepción de la incandescencia y la transitoriedad de los fuegos fatuos.


Wednesday, September 16, 2009

El Caballero de la Rosa en San Pablo, Brasil



Foto: de Luis Carlos Felizardo

Lauro Machado Coelho

Der Rosenkavalier, op. 59 de Richard Strauss. Elenco: Anne Schwnewilms (soprano), Franz Hawlata (bajo), Kristine Jepson (soprano), Rodrigo Esteves (baritone), Anna Korondi (soprano), Marialia Vargas (soprano), Marcos Thadeu (tenor), Denise de Freitas (mezzosoprano), Atalla Ayan (tenor), Carlos Eduardo Marcos (bajo) y otros. Coro de OSEP. Director de escena: André Heller-Lopes. Orquesta Sinfónica del Estado de São Paulo (Orquestra Sinfônica do Estado de São Paulo- OSEP). Director musical: Sir Richard Armstrong. 9 de septiembre. Sala São Paulo

La mariscala Marie Therese von Werdenberg, personaje secundario de una ópera que se llamaría Ochs, se desarrolló, por uno de esos fenómenos que se escapan del control de los libretistas, y se transformó en el personaje central de la ópera El Caballero de la Rosa. El director de escena André Heller-Lopes lo sabe y, en torno a ello construyó un “concierto-escénico”, en la Sala São Paulo. Explotó claramente las ideas centrales del libreto de Hugo von Hofmannstal: la consciencia que tiene la Mariscala del paso del tiempo y la hora en la que debe dejar que su amante adolescente se vaya para empezar una vida nueva con una joven de su edad, y la dignidad con que no solo lo acepta y ayuda el amor de ambos, al persuadir a Faninal que perdone a su hija rebelde. Heller enfatizó toda la nobleza de espíritu de Marie Therese en esta versión en la que utilizó todos los espacios disponibles de una sala que no fue originalmente concebida para puestas en escena de ópera. Solucionó de manera inteligente, los obstáculos de una obra larga, con pasajes sin acción externa que podrían tornarse demasiado monótonos. Encontró soluciones flexibles, con buena articulación entre el proscenio y la parte trasera de la escena, donde se sentó el coro, para ciertas secuencias potencialmente más peligrosas, en la que participan muchos figurantes, la levée de la maréchale en el primer acto; los disturbios en casa de Faninal en el segundo; y las trampas que Octavian tiende a Ochs en el tercero. Desafortunadamente, las proyecciones, con las cuales Heller quiso ampliar algunos de los sentimientos de Resi, sobre las columnas y la pared del fondo de la sala, perdieron mucho de su efecto. Pero el ingenio de la concepción escénica de Heller no hubiera resultado tan bien, si la ejecución de Rosenkavalier no hubiera ofrecido uno de los mejores repartos que hemos visto en nuestra ciudad.

Buen cantante, excelente actor, e intérprete experimentado de ese papel, el bajo Franz Hawlata mostró pleno conocimiento de lo que hace. Su creación del barón Ochs fue impecable en la prestación bufa. Pero también – sin olvidar que es un aristócrata – en el momento en que entiende que perdió la partida y debe marcharse con dignidad.. A su lado, Kristine Jepson fue un Octavian de voz voluminosa y bien proyectada, convincente en los trozos líricos, cuando expresa su pasión por la Mariscala y su amor por Sofía; pero también en los momentos cómicos, cuando se hace pasar por Mariändel. Durante los tres actos de una ópera que requiere mucho de ella, Jepson llegó incólume y con absoluto frescura vocal, a la última escena: el “trío de tríos” y el hermoso dúo de amor que coronan la partitura. El reparto fue levemente desequilibrado por la Sofía de Anna Korondi, dueña de un material interesante pero no a la misma altura de los demas – tuvo la tendencia a emitir sonidos estridentes en las notas más agudas. Los momentos en que supo sugerir la juventud y femineidad de su personaje no disminuyeron el desvantage que fue para ella cantar con tal elenco de Rosenkavalier .

Marcos Thadeu y Denise de Freitas pusieron todo su charm en la caracterización de Annina y Valzacchi. Denise, dio prueba de la cantante que es al actuar con igualdad al lado de Hawlata. El timbre brillante y la postura escénica del barítono Rodrigo Esteves tradujeron perfectamente el entusiasmo del rico burgués Faninal. La clase del tenor Paulo Queiroz como el mayordomo de Faninal y el dueño de la posada; de la soprano Marília Vargas como Marianne, y del bajo Carlos Eduardo Marcos como el Comisario son ejemplos de la corrección con que los artistas brasileños completaron el amplio grupo de cantantes secundarios. Una buena sorpresa fue el timbre privilegiado, el volumen y la sencillez de proyección de Atalla Ayan, que cantó con buen sentido de estilo el aria del tenor italiano.

Last but not least, en la función de estreno, la soprano Anne Schwanewilms no estuvo muy bien. Empezó el primer acto insegura, y en ciertos momentos su voz siquiera se escuchó adecuadamente, y su postura física no correspondió al involucramiento que debía tener con el personaje. Pero eso cambió al final del acto: ya que la intérprete de la Mariscala es, afloró en la mágica secuencia de las reflexiones de Marie Therese con el paso del tiempo. Allí, Schwanewilms hizo relucir sus calidades de belleza vocal y de variedad de colores al servicio del bello texto de Hofmannsthal y de la música de Strauss. Su actuación en la primera función fue quizás afectada por cansancio, ya que la última prueba se realizó en la víspera del estreno. En el tercer acto, dueña de todos sus recursos, Schwanewilms hizo una emocionada (y emocionante) interpretación de los momentos finales de la ópera. Por primera vez, en las manos de Sir Richard Armstrong, el problema crónico de la Sala São Paulo – poner cantantes y orquesta en el mismo plano condenándolos a ser cubiertos- no ocurrió. Strausiano experimentado, Armstrong mantuvo en equilibrio los enormes efectivos instrumentales – ¡en una noche en que la Orquesta Sinfónica del Estado de San Pablo estuvo en estado de gracia! – abriendo los espacios necesarios para que se escucharán claramente las voces. Merece atención el lirismo con el que trató el monólogo de la Mariscala en el primer acto; la elegancia con que dirigió todo el final del según acto, y sobretodo, la incandescencia que extrajo de la música con la que la ópera se encierra.