Massimo Viazzo
El barroco francés volvió como protagonista al festival Mitto
SettembreMusica el 10 de septiembre en el Teatro Dal Verme de Milán con un
díptico dedicado enteramente a Marc-Antoine Charpentier (1643-1704), e
interpretado por William Christie y su agrupación Les Arts
Florissants. Una elección especialmente
significativa que renueva el vínculo entre el gran intérprete americano y el
repertorio francés del siglo XVII. La velada inició con Les Arts Florissants, idylle
en musique (1685) del cual el propio ensamble de Christie tomó su
nombre. Es una alegoría en la cual la discordia y la paz se enfrentan en torno
al destino de las artes. En particular Les Arts Florissants es una alegoría en la que
las artes, la música, la pintura, la poesía y la arquitectura se encuentran
amenazadas por la guerra de la discordia, símbolo del caos y de la
destrucción. La discordia, que escapó del infierno, quiere borrar toda
forma de armonía y llama a la guerra para que prepare la ruina de las Artes.
Frente a la violencia, las artes no reaccionan con la fuerza, si no que se
encomiendan a la oración y a la esperanza. Entonces interviene la paz, enviada
desde el cielo, silenciando las armas y forzando la retirada de la guerra y la
discordia. Así, las artes pueden florecer de nuevo y celebrar la victoria de la
paz sobre el orden y la barbarie. Tras esta alegoría se oculta naturalmente la
celebración de Luis XIV, el Rey Sol, representado como el soberano capaz de
garantizar la armonía, proteger las artes y preservar el mundo de la amenaza
del caos. La conclusión, sin embargo, deja entrever la fragilidad de la paz: la
victoria de las artes no es definitiva y la amenaza de la discordia siempre
está al acecho. Se continuó, después del intermedio, con uno de los grandes
clásicos del barroco francés, La Descente d'Orphée aux Enfers, petit opéra
en deux actes (1686), en el que el mito de Orfeo se convierte en una
potente metáfora de la capacidad de la música y de la belleza para oponerse a
la muerte y a la violencia. La trama es la conocida que relata el mito de Orfeo
y Eurídice, concentrándose en el poder de la música y del amor frente a la
muerte. En una atmósfera pastoral y feliz, Orfeo y Eurídice se unen, rodeados
de ninfas y pastores. Sin embargo, su felicidad se ve interrumpida por la
muerte repentina de Eurídice, mordida por una serpiente. Orfeo, desesperado,
decide enfrentarse al inframundo para traerla de nuevo a la vida. En el reino
de los muertos, su música logra calmar los sufrimientos de los condenados y
conmover hasta a las furias. También Plutón, dios del inframundo, se deja
convencer y le concede a Eurídice regresar a la tierra, con la condición de que
Orfeo no se gire a mirarla antes de haber salido del reino de las sombras. La
ópera, sin embargo, se interrumpe justo antes del epílogo: y no se muestra el
momento fatal del regreso de Orfeo hacia Eurídice. El mito queda así
suspendido, confiado al silencio y a la imaginación del espectador. El díptico
pone en relación dos dimensiones complementarias de la poética de Charpentier:
la celebración de la armonía como principio capaz de recomponer disputas y
contrastes, y el poder casi salvador de la música, encarnado en el viaje de
Orfeo al hades. William Christie, en el clavecín y el órgano además de a la
dirección musical, interpretó estas páginas, ya objeto de dos conocidas
grabaciones discográficas de alrededor de hace cuarenta años, junto a Les Arts
Florissants y los jóvenes intérpretes de Le Jardin des Voix, en un espectáculo
que integró música, teatro, danza y gesto escénico. En particular, la parte
vocal de las dos obras le fue confiada a los solistas diplomados de la 12ª
edición de Le Jardin des Voix, academia dirigida por el mismo Christie con Paul
Agnew, con jóvenes cantantes bien preparados, con sólida técnica, un cuidado
especial en la dicción y una marcada atención a la interpretación dramática del
texto. En conjunto, formaron un equipo unido y perfectamente funcional a las
necesidades del montaje. Entre los intérpretes destacó particularmente Bastien
Rimondi (Orphée), un tenor de tesitura aguda, con emisión sólida y timbre
claro, capaz de dotar su fraseo con notable expresividad. También fue notable
la prueba de la soprano Josipa Bilié (La Paix), ágil y luminosa,
impecable en el control y la calidad de la línea vocal. Además, los solistas
mostraron una notable capacidad para integrarse con los cuatro bailarines - Noémie
Larchevêque, Claire Graham, Andrea Scarfi y Tom Godefroid
- encargados de la parte coreográfica a cargo de Martin Chaix, dentro de
la sencilla pero sugestiva puesta en escena de Lambert-Le Bihan y Stéphane
Facco. La coreografía se caracterizó por movimientos esenciales
y ligeros, capaces de acompañar al canto con gran naturalidad: a veces más
rápidos, a veces deliberadamente lúdicos, siempre perfectamente integrados en
el tejido musical y escénico. Significativa fue precisamente la participación
de los cantantes, que no se limitaron a interactuar con los bailarines, sino
que se integraron orgánicamente en el movimiento escénico. De ello resultó un
conjunto de gran espontaneidad y aparente simplicidad, sostenido sin embargo
por una realización técnicamente impecable. Charpentier pertenece plenamente al
lenguaje barroco francés, pero lo interpreta a través de una voz totalmente
personal. En comparación con Lully, el músico oficial de la corte de Versalles
con quien también estuvo en competencia parece estar menos inclinado al
espectáculo y a la mundanidad, y más orientado hacia una dimensión
introspectiva. Su teatro posee una fisonomía muy particular, de la cual emerge
sensibilidad, que, en ciertos aspectos, parecen anticipar desarrollos
posteriores, sobre todo en el uso del cromatismo y en la riqueza de los matices
armónicos. Por lo tanto, es un barroco menos ligado a la ostentación y más
interesado en la dimensión espiritual, en la búsqueda interior y en la
experimentación. Es precisamente en este territorio expresivo donde se ha
insertó la lectura de William Christie al frente de Les Arts Florissants.
Figura de referencia en la interpretación del barroco francés, Christie ha
construido con el tiempo un enfoque basado en el refinamiento del sonido, la
transparencia de la mezcla instrumental, la elegancia del fraseo y un cuidado
casi artesanal de la relación entre la música, la palabra y la voz. En el
repertorio de Charpentier, esta sensibilidad ha producido ejecuciones y
grabaciones consideradas desde hace tiempo puntos de referencia. Su conducción
privilegió el control del conjunto, la precisión estilística y la claridad del
tejido musical, cualidad particularmente eficaz en una escritura como la de
Charpentier, en la cual el detalle armónico y la relación entre la palabra y la
música asumen un peso decisivo. Más allá de exagerar el gesto teatral,
Christie parecía hacerlo emerger de la profundidad de la escritura, apuntando
hacia la elegancia, y, sobre todo, hacia aquella dimensión íntimamente
meditativa que es uno de los aspectos más originales del arte de Charpentier.
En definitiva, fue una perfecta síntesis entre el rigor histórico, la
vitalidad teatral, el refinamiento sonoro que hicieron de esta cita milanesa
uno de los eventos más relevantes de la entera programación del festival MITO
2026.








