Credit: Cory Weaver / San Francisco Opera
Ramón
Jacques
Estrenada el 20 de
febrero de 1816 en el Teatro Argentina
de Roma, Il Barbiere di Siviglia, ossia l’unitile precauzione ópera bufa
en dos actos de Gioachino Rossini (1792-1868), y el segundo título
escenificado durante el periodo estival de la Ópera de San Francisco, es sin
duda una de las comedias mas gustadas y populares del repertorio operístico. La obra llegó a los escenarios estadounidenses
en mayo de 1819, tres años después de su estreno absoluto, y en San Francisco se
escenificó 109 años después, el 24 de septiembre del 1925, con un elenco que incluyó
a destacados interpretes de esa época como la soprano Elvira de Hidalgo,
reconocida interprete belcantista, el tenor Tito Schipa como el Conde Almaviva,
así como el barítono italiano Riccardo Stracciari, considerado en su tiempo el
mejor intérprete de Fígaro, papel que cantó en más de mil funciones cantadas a
lo largo de una destacada y extensa carrera. A partir de allí, Barbiere, fue
repuesta con bastante regularidad en este escenario, con una envidiable lista
de cantantes que incluye los fígaros de: Tito Gobbi, Francesco Valdengo, Enzo
Mascherini, Frank Guarrera, Rolando Panerai, Hermany Prey, Ingvar Wixell, Leo
Nucci, Dmitri Hvorostovsky; y a Lily Pons, Bidú Sayão, Giulietta Simionato,
Teresa Berganza, Frederica Von Stade, Jennifer Larmore; y una lista reconocidos
tenores que dieron vida al papel de Almaviva. A nivel personal, la
escenificación de este título en este escenario me dio la posibilidad de
escuchar a la célebre Frederica Von Stade en su prime; y de presenciar,
en el 2004, un anecdótico “segundo elenco” con: Thomas Hampson, Joyce Di
Donato, y Matthew Polenzani, que en la actualidad seria considerado un elenco
de buen nivel y de cantantes consagrados. En tiempos recientes, la amplia variedad de
títulos disponibles en repertorio para los teatros, las prioridades de ofrecer
títulos contemporáneos, que se adapten al gusto y el interés de los nuevos
públicos, aunado a la inevitable reducción de títulos, ha ocasionado, que al
menos en San Francisco, los títulos más conocidos y populares como Barniere,
no sean vistos con la frecuencia que se desearía. De cualquier manera, sin importa cómo, cuándo
o donde se presente, Il Barbiere di Siviglia es uno de los clásicos que
agrada y divierte siempre al público -incluso como introducción al género, como
indicó el teatro. Bastaba con voltear a
ver los rostros de las personas sentadas a mi alrededor durante la función para
comprobarlo. En este título de Rossini todo está energizado, exagerado y
cargado de vivacidad dramática. Así, este título de Rossini se acerca más a la commedia
dell'arte que al drama francés en el que se basa. Como en la temporada
2013, con su reposición en el 2015, el teatro recurrió a la visión del célebre director
español Emilio Sagi, -con el montaje coproducido entre la Ópera de San
Francisco y el Teatro Nacional de Ópera y Ballet de Lituania-. Sagi ofreció una
visión dinámica y vivaz de la obra, que transcurrió con fluidez y constantes
movimientos en cada escena de cada uno de los personajes sobre el escenario.
Hubo algunos detalles ingeniosos, como las proyecciones al fondo del escenario,
que mostraban diversas escenas, como el cielo estrellado y la partida de los
amantes en un automóvil clásico antiguo al final de la función, con caída de
confeti, coreografías y danzas flamencas. Sagi supo plasmar el ambiente solar, colorido,
divertido y folclórico de España, concretamente el de Sevilla donde ubicó la
obra, en un tiempo indeterminado – las iluminaciones de Gary Marder
contribuyeron a crear este ambiente- en el que además lucieron los coloridos y elegantes vestuarios
de vestuarios de Pepa Ojanguren (quien falleció en el 2020) cuyas
tonalidades claras, blancas y en gamas de colores pastel. Las coreografías
fueron de Nuria Castejón, ambos colaboradores habituales de Sagi. Sagi logró amalgamar todos estos elementos.
Sin embargo, como único punto en contra de la dirección escénica fue que se
recurrieron a los típicos clichés y gags, en ocasiones con innecesaria y
cargada comicidad, de las que los directores de las óperas cómicas como esta,
no logran despojarse, o no logran encontrar una manera de evitarlas y
sustituirlas por otras, y parece que todas salieran de un mismo manual. El
montaje escénico fue la parte más débil y menos atractiva del espectáculo. Poco
se entendió el diseño de las escenografías de Llorenç Corbella, que consistieron
en un set inclinado, colocado de manera diagonal sobre el lado derecho del
escenario, dejando la otra mitad del escenario con un vació oscuro, un espacio
desaprovechado, donde se colocó al inicio un enorme busco de Rossini durante el
inicio de la ópera. La plataforma en
desnivel donde se colocaron los muebles, con ventanas y puertas de un palacio,
dejaba un especio oscuro y abierto, por debajo de la superficie actuaban
algunos personajes que entraban y salían dentro y fuera de ella, como si
surgieran de algún espacio subterráneo. En el poco espacio del escenario, hubo
poco espacio para los personajes de la obra, y sobre el espacio inutilizable se
colocaron los guardias que aparecen al final de cada uno de los actos. El elenco de cantantes tuvo un desempeño
uniforme comenzando por el Fígaro que interpretó el barítono Joshua Hopkins,
que posee buenos medios vocales, una voz de amplia proyección bien manejada,
pero que, en escena lucio sobre actuado, por momentos rígido, y predecible y
sin la malicia del personaje. En el
papel de Rosini, en su debut estadounidense, la mezzosoprano rusa Maria
Kataeva, agrado por la uniformidad de
su voz, dúctil, de intenso, colorido, musical y muy seductor timbre vocal, a
pesar de que la poca expansión de su voz penalizó por momentos su proyección. En escena dio vida a una
vivaz, sutil y astuta Rosina, enfocada a
mostrar la simplicidad y la pasión del personaje, ya que es la pasión y la
búsqueda del amor entre Rosina y el Conde, el verdadero motor de la historia. En su debut local, el tenor sudafricano Levy
Sekgapane, exhibió una grata, ligera y flexible voz, con admirable color de
tenore di grazia, con la que la que mostro explosividad para interpretar
de manera sobresaliente la siempre omitida y exigente aria final del Conde
Almaviva, “Cessa di piu resistere” La buena presencia y la experiencia vocal
y escénica que mostró el barítono Renato Girolami como Don Bartolo, un
experimentado interprete en este tipo de papeles, que actúa y canta con
facilidad y pericia. Por su parte, el bajo milanés Riccardo Fassi,
también en su primera aparición en este escenario, confirió al personaje de Don
Basilio, la vileza y la picardía del personaje con un canto robusto y pleno de
brío. Cumplieron correctamente en sus
respectivos papeles los barítonos Olivier Zerouali como Fiorello y Gabriel Natal-Báez como el Sargento, y el tenor Thomas Kinch como
un oficial, todos ellos miembros del programa Merola de jóvenes artistas del
teatro. Meritorio y valioso fue el desempeño, especialmente en la ejecución de
su aria, de la experimentada mezzosoprano Catherine Cook, quien ha formado
parte de 50 producciones en este teatro. El coro que dirige el
maestro John Keene, cumplió en cada una de sus intervenciones en las que
se requiere su presencia a lo largo de la ópera. En el podio y frente de la
orquesta, se presentó el joven director estadounidense Benjamin Manis, quien
debutó aquí en el 2024 dirigiendo Carmen, y en esta ocasión mostró precisión, atención al detalle, claridad,
logrando extraer de los músicos la armonía y la cadencia que
contiene la partitura. En general su desempeño fue satisfactorio, aunque su
elección en el cambio de los tiempos lentos y alargados en algunos pasajes
restaron cierto dinamismo, contribuyendo a la función se extendiera a casi tres
horas y media de duración.








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