Tuesday, October 6, 2026

25.º Concurso Maria Callas - Concurso Brasileño de Canto Maria Callas (Inscripciones abiertas)



El 25.º Concurso Brasileño de Canto Maria Callas se realizará del 7 al 15 de marzo de 2027, en las ciudades de São Paulo y Jacareí. Las inscripciones pueden hacerse hasta el 15 de noviembre de 2026. El Festival Callas 2027 celebra las 25 ediciones consecutivas del concurso y recuerda los 50 años de la muerte de Maria Callas.

Podrán participar en el certamen todos los cantantes líricos brasileños y latinoamericanos de entre 18 y 40 años de edad, residentes o no en sus países. Los cantantes de otras nacionalidades podrán inscribirse, siempre que residan en territorio brasileño desde hace más de seis meses.

Las inscripciones comenzaron el 1 de octubre y permanecen abiertas hasta las 23:59 (hora de Brasilia, UTC -03:00) del día 15 de noviembre de 2026. Siempre vale el consejo: ¡lea atentamente el reglamento y no deje la inscripción para el último momento!

La fase eliminatoria será remota, es decir, mediante videos grabados por los candidatos, que serán evaluados por una comisión interna de la Cia Ópera São Paulo y de los Amigos de la Ópera de Jacareí.

El 16 de diciembre de 2026 se dará a conocer la lista de candidatos seleccionados para participar de manera presencial en la fase semifinal, que se realizará los días 7 y 8 de marzo en el Teatro Sérgio Cardoso, en São Paulo. Los finalistas participarán en la prueba final el 9 de marzo, en Jacareí. Los ganadores deberán presentarse en el concierto de premiación, que se realizará el 13 de marzo de 2027 (sábado), en Jacareí, y también el lunes 15 de marzo, en la Sala São Paulo, en São Paulo.

Como de costumbre, el jurado presencial estará formado por cantantes, directores y críticos musicales de Brasil y del exterior. El Concurso Maria Callas tiene la coordinación de Alberto Marcondes y la dirección general y artística de Paulo Esper, fundador del concurso.

Para leer el reglamento completo y realizar la inscripción, consulte el sitio de la Cia Ópera São Paulo: ciaopera.com.br.

La realización del Concurso Maria Callas es el resultado de una alianza entre Cia Ópera São Paulo, Amigos de la Ópera de Jacareí, Fundación Cultural de Jacareí, Alcaldía de Jacareí, Gobierno del Estado de São Paulo, Asociación Paulista de los Amigos del Arte (APAA), Consulado General de Grecia en São Paulo, Istituto italiano di Cultura San Paolo y Consulado General de Italia en São Paulo.



La Traviata en Milán

Foto: Brescia & Amisano

Massimo Viazzo

Volver a ver La Traviata de Giuseppe Verdi (1813-1901) en la Scala implica necesariamente confrontarse con la memoria del teatro. La producción escénica de Liliana Cavani, que se estrenó en 1990, con Riccardo Muti, forma ya parte de dicha memoria: y se le conoce, se le ha visto varias veces, por lo que pertenece al paisaje del Piermarini. Sin embargo, viéndola hoy, no da la sensación de estar frente a algo que simplemente se ha conservado en el tiempo. Las escenografías de Dante Ferretti y los vestuarios de Gabriella Pescucci, suntuosos, pero nunca gratuitos, contribuyen de modo decisivo. Ese mundo elegante, hecho de salones, fiestas, ropa y vestuarios no son solo el fondo de la ópera, si no el ambiente social que rodea a Violetta, y que, poco a poco, termina por determinar su destino. También los bailes del segundo acto, confiadas al Corpo di Ballo de la Scala, se insertan naturalmente en este universo mundano, contribuyendo a restituirle su atmosfera elegante y artificial. Esta Traviata llegó a la Scala, un teatro que tenia muy presente la producción de Luchino Visconti de 1955, con María Callas y Carlo María Giulini.  Cavani no buscó retomar esa lección de manera directa, más bien, siguió un camino personal, aunque el vínculo con Visconti permanece significativo, ya que fue el quien descubrió muy temprano el talento de la joven directora y de tener un papel importante en su formación.  Por lo tanto, entre las dos producciones, permanecen diferencias evidentes, como también una común atención a la dimensión humana del personaje. Lo que aún funciona hoy en la dirección de Cavani es sobre todo la claridad con la que se cuenta la historia. No hubo necesidad de actualizar a Verdi, como tampoco el de agregar significados extraños a la ópera. Violetta es el centro de un ambiente que la condiciona y que, al final, no le concede una verdadera posibilidad de elegir libremente. La dirección escénica deja que sea el drama quien hable, confiándose de la fuerza de la situación teatral. No es secundario que esta reposición llegue a una meta simbólica; de hecho, esta producción alcanza su centésima representación, mientras que La Traviata, en conjunto, alcanzó las trescientas funciones scaligeras desde su estreno en 1859, apenas seis años después de su estreno absoluto en Venecia. Son cifras que cuentan la historia del teatro, pero que por sí solas no explican por qué una producción sigue funcionando. Lo que le da vida, cada vez, son los artistas que la interpretan. Es justo ahí donde esta reposición encuentra su mayor interés. Michele Gamba, afrontó la partitura buscando, sobre todo, la continuidad y la naturaleza de la relación entre la orquesta y el escenario.  El Preludio pareció enfocado, sin exageraciones sentimentales, mientras que el primer acto tuvo una mayor viveza, necesaria para seguir el cambio rápido de las situaciones. Me pareció interesante el modo en el que Gamba buscó de no tratar a La Traviata como una sucesión de números aislados: la música permaneció ligada lo que sucedía sobre el escenario, como tampoco los aplausos lograron, en la medida de lo posible, romper el flujo teatral. La conducción estuvo muy participe aun en el plano físico, pero sin transformase en exhibición. En general, la lectura mantuvo siempre un notable equilibrio entre la energía y el control, evitando la rutina que podría ser el mayor riesgo para un titulo tan conocido.  La Orchestra del Teatro alla Scala respondió con una ductilidad que se hizo apreciar especialmente en los momentos más íntimos.  Las cuerdas mostraron compacidad y flexibilidad, mientras que los instrumentos de viento ofrecieron intervenciones de gran delicadeza. El momento más intenso de la interpretación llegó en el tercer acto, donde ya desde el Preludio, tan cansado y casi despojado de toda brillantez residual, se advertía el paso a una dimensión completamente diferente: íntima, sensible, con una especie de connotación fúnebre, como si esa larga despedida de Violetta fuera, de alguna manera, una despedida de la vida. Gamba supo construir esa atmósfera con gran naturalidad, dejando que la música respirara y siguiendo con atención las pausas, las dudas y sus bajones. La transparencia del acompañamiento adquirió aquí un peso particular, haciendo emerger toda la soledad del personaje. Nadine Sierra encontró precisamente en este último acto el momento más alto de su interpretación, con un Addio del passato  memorable. La suya fue una ejecución muy móvil, rítmicamente casi entrecortada, en la que la línea vocal parecía nacer y al mismo tiempo consumarse bajo el peso de la situación. No había complacencia en el fraseo, sino una continua búsqueda de acentos y respiración. Gamba la siguió con gran sensibilidad, acompañando cada pausa y cada rendición, sin nunca endurecer el fraseo orquestal. Fue uno de esos momentos en los que la voz y la orquesta parecieron respirar juntas, sin que una debiera imponerse sobre la otra. Sierra construyó una Violetta que no aparece de inmediato como una mujer ya condenada por el destino. Al principio pareció casi medirse con el personaje y con el entorno, pero a lo largo de la velada su interpretación se volvió más libre y personal. La voz, hermosa y completa, encontró sobre todo en los momentos más íntimos acentos de mayor calidez. Me pareció sorprendente justo ese cambio progresivo: Violetta no permaneció igual a si misma, si no que atravesó la ópera modificándose junto a la experiencia que vivía.  Piero Pretti le dio a Alfredo una línea vocal clara y un carácter juvenil, sin tratar de cargarlo con acentos que no le pertenecen. También supo mostrar una notable sensibilidad en el canto de mezza voce, especialmente evidente en la attacco de “Parigi, o cara”, donde la medida del fraseo y la delicadeza de la emisión reflejaron bien la dimensión íntima de la escena. En cambio, Boris Pinkhasovich construyó un Germont de gran solidez, pero sin forzar nunca el registro agudo. Su autoridad no surgió de la búsqueda del efecto, sino de la seguridad de la línea y la calidad del fraseo. Hay algo en su manera de cantar que casi recuerda a un liederista, en la atención a la palabra, el cuidado de los detalles, y la capacidad de moldear la frase sin sobrecargarla. El resultado fue un Germont autoritario, pero no monolítico, ligado a la mentalidad y a las convenciones del mundo que representa, sin eliminar por completo el conflicto personal que lo atraviesa. El Coro del Teatro alla Scala, dirigido por Alberto Malazzi confirmó cohesión y precisión, participando con naturalidad también en la dimensión escénica. En los papeles secundarios, Carlotta Vichi fue una Flora vivaz y bien caracterizada, Mariapaola Di Carlo una Annina atenta y participativa; Francesco Pittari dio a Gastone la brillantez justa, mientras que Fabrizio Beggi delineó un Barón Douphol autoritario. Gianluca Failla interpretó al Marqués de Obigny, Xhieldo Hyseni al Doctor Grenvil, Aldo Sartori a Giuseppe, Gabriele Valsecchi al criado de Flora y Zhibin Zhang al Comisario. Una compañía de secundarios en términos generales adecuada, homogénea y bien integrada en el equilibrio teatral de la noche. El éxito final tuvo especialmente en Nadine Sierra su punto de referencia. Pero, más allá de los aplausos, esta reposición me dejó una consideración bastante simple: la duración de una producción no depende solo de su importancia histórica.





 

Tuesday, September 29, 2026

La Traviata - Teatro alla Scala Milan

Foto: Brescia & Amisano

Massimo Viazzo

Rivedere La traviata di Giuseppe Verdi (1813–1901) alla Scala implica necessariamente confrontarsi con la memoria del teatro. L’allestimento di Liliana Cavani, nato nel 1990 con Riccardo Muti, è ormai parte di tale memoria: lo si conosce, lo si è visto più volte, appartiene al paesaggio del Piermarini.  Eppure, rivedendolo oggi, non si ha l’impressione di trovarsi di fronte a qualcosa di semplicemente conservato nel tempo. Le scene di Dante Ferretti e i costumi di Gabriella Pescucci, sontuosi ma mai gratuiti,  contribuiscono in modo decisivo. Quel mondo elegante, fatto di salotti, feste, abiti e oggetti, non è soltanto lo sfondo dell’opera: è l’ambiente sociale che circonda Violetta e che, poco alla volta, finisce per determinarne il destino. Anche le danze del secondo atto, affidate al Corpo di Ballo della Scala, si inseriscono naturalmente in questo universo mondano, contribuendo a restituirne l’atmosfera elegante e artificiosa.  Questa Traviata arrivò alla Scala in un teatro che aveva ancora molto presente quella di Luchino Visconti del 1955, con Maria Callas e Carlo Maria Giulini. La Cavani, però, non cercò di riprendere quella lezione in modo diretto. Ne seguì piuttosto una strada personale, anche se il legame con Visconti resta significativo: fu lui a riconoscere molto presto il talento della giovane regista e ad avere un ruolo importante nella sua formazione. Fra le due produzioni rimangono quindi differenze evidenti, ma anche una comune attenzione alla dimensione umana dei personaggi.  Quello che ancora oggi funziona nella regia della Cavani è soprattutto la chiarezza con cui viene raccontata la vicenda.  Non c’è il bisogno di attualizzare Verdi, né quello di aggiungere significati estranei all’opera. Violetta è al centro di un ambiente che la condiziona e che, alla fine, non le concede davvero la possibilità di scegliere liberamente.  La regia lascia che sia il dramma a parlare, affidandosi alla forza della situazione teatrale. Non è secondario che questa ripresa arrive a un traguardo simbolico: questa produzione raggiungerà infatti la centesima rappresentazione, mentre La traviata, nel complesso, toccherà le trecento recite scaligere dal debutto del 1859, appena sei anni dopo la prima assoluta veneziana. Sono numeri che raccontano la storia del teatro, ma da soli non spiegano perché un allestimento continui a funzionare. A farlo vivere sono ogni volta gli artisti che lo attraversano. Ed è proprio qui che questa ripresa trova il suo interesse maggiore. Michele Gamba ha affrontato la partitura cercando soprattutto continuità e naturalezza nel rapporto fra orchestra e scena. Il Preludio è apparso raccolto, senza forzature sentimentali, mentre il primo atto ha avuto una maggiore vivacità, necessaria per seguire il rapido alternarsi delle situazioni.  Mi è sembrato interessante il modo in cui Gamba ha cercato di non trattare La traviata come una successione di numeri isolati: la musica è rimastalegata a ciò che accadeva sul palcoscenico e anche gli applausi non hanno spezzato, per quanto possibile, il flusso teatrale. La direzione è stata molto partecipe anche sul piano fisico, ma senza trasformarsi in esibizione. Nel complesso, la lettura ha mantenuto sempre un notevole equilibrio fra energia e controllo, evitando quella routine che potrebbe essere il rischio Maggiore per un titolo tanto conosciuto. L’Orchestra del Teatro alla Scala ha risposto con una duttilità che si è fatta apprezzare soprattutto nei momenti più raccolti. Gli archi hanno mostrato compattezza e flessibilità, mentre i fiati hanno offerto interventi di grande finezza. Il punto più intenso della lettura è arrivato nel terzo atto. Già dal Preludio, così stanco e quasi spogliato di ogni residua brillantezza, si avvertiva il passaggio a una dimensione completamente diversa: intima, sensibile, con una sorta di connotazione funebre, come se quel lungo addio a Violetta fosse già, in qualche modo, un addio alla vita. Gamba ha saputo costruire questa atmosfera con grande naturalezza, lasciando respirare la musica e seguendone con attenzione le pause, le esitazioni e i cedimenti. La trasparenza dell’accompagnamento ha assunto qui un peso particolare, facendo emergere tutta la solitudine del personaggio. Nadine Sierra ha trovato proprio in questo ultimo atto il momento più alto della sua interpretazione, con un  memorabile. La sua è stata un’esecuzione mobilissima, ritmicamente quasi spezzata, nella quale la linea vocale sembrava nascere e insieme consumarsi sotto il peso della situazione. Non c’era compiacimento nel fraseggio, ma una continua ricercar di accenti e di respiro. Gamba l’ha seguita con grande sensibilità, assecondando ogni pausa e ogni cedimento, senza mai irrigidire il fraseggio orchestrale. È stato uno di quei momenti in cui voce e orchestra sembrano respirare insieme, senza che l’una debba imporsi sull’altra. La Sierra ha costruito una Violetta che non appare subito come una donna già condannata dal destino. All’inizio è sembrata quasi prendere le misure con il personaggio e con l’ambiente, ma nel corso della serata la sua interpretazione si è fatta più libera e personale. La voce, bella e piena, ha trovato soprattutto nei momenti più intimi accenti di maggiore calore. Mi è sembrato convincente proprio questo progressivo cambiamento: Violetta non è rimasta uguale a se stessa, ma ha attraversato l’opera modificandosi insieme alle esperienze che vive. Piero Pretti ha dato ad Alfredo una linea vocale limpida e un carattere giovanile, senza cercare di caricarlo di accenti che non gli appartengono. Ha saputo mostrare anche una notevole sensibilità nel canto in mezza voce, particolarmente evidente nell’attacco di Parigi, o cara, dove la misura del fraseggio e la delicatezza dell’emissione hanno restituito bene la dimensione intima della scena. Boris Pinkhasovich ha invece costruito un Germont di grande solidità, ma senza mai forzare il registro acuto. La sua autorevolezza non è nata dalla ricerca dell’effetto, bensì dalla sicurezza della linea e dalla qualità del fraseggio. C’è nella sua maniera di cantare qualcosa che ricorda quasi il liederista: attenzione alla parola, cura dei dettagli, capacità di modellare la frase senza appesantirla. Ne è uscito un Germont autorevole ma non monolitico, legato alla mentalità e alle convenzioni del mondo che rappresenta, senza cancellare del tutto il conflitto personale che lo attraversa.Il Coro del Teatro alla Scala, diretto da Alberto Malazzi, ha confermato compattezza e precisione, partecipando con naturalezza anche alla dimensione scenica. Nei ruoli di fianco, Carlotta Vichi è stata una Flora vivace e ben caratterizzata, Mariapaola Di Carlo un’Annina attenta e partecipe; Francesco Pittari ha dato a Gastone la giusta brillantezza, mentre Fabrizio Beggi ha delineato un Barone Douphol autorevole. Gianluca Failla ha interpretato il Marchese d’Obigny, Xhieldo Hyseni il Dottor Grenvil, Aldo Sartori Giuseppe, Gabriele Valsecchi il domestico di Flora e Zhibin Zhang il Commissionario. Una compagnia di comprimario complessivamente adeguata, omogenea e ben inserita nell’equilibrio teatrale della serata. Il successo finale ha avuto soprattutto in Nadine Sierra il suo punto di riferimento. Ma, al di là degli applausi, questa ripresa mi ha lasciato una considerazione abbastanza semplice: la durata di una produzione non dipende soltanto dalla sua importanza storica. Dipende dalla capacità di rimanere viva attraverso interpreti diversi, che possano entrarvi con la propria sensibilità senza alterarne l’identità. È forse questo il motivo per cui la Traviata della Cavani continua a interessare. Non perché debba essere aggiornata o difesa in quanto “storica”, ma perché può ancora diventare teatro ogni volta che sul palcoscenico cambiano le persone, le voci, I rapporti e il modo di stare dentro la musica. E così, anche un’opera che conosciamo quasi battuta per battuta può tornare a dirci qualcosa di diverso, qualcosa di nuovo.

Saturday, September 12, 2026

Les Arts Florissants | La descente d’Orphée aux enfers de Marc-Antoine Charpentier en Milán

Foto: Lorenza Daverio

Massimo Viazzo

El barroco francés volvió como protagonista al festival MITO SettembreMusica el 10 de septiembre en el Teatro Dal Verme de Milán con un díptico dedicado enteramente a Marc-Antoine Charpentier (1643-1704), e interpretado por William Christie y su agrupación Les Arts Florissants. Una elección especialmente significativa que renueva el vínculo entre el gran intérprete americano y el repertorio francés del siglo XVII. La velada inició con Les Arts Florissants, idylle en musique (1685) del cual el propio ensamble de Christie tomó su nombre. Es una alegoría en la cual la discordia y la paz se enfrentan en torno al destino de las artes. En particular Les Arts Florissants es una alegoría en la que las artes, la música, la pintura, la poesía y la arquitectura se encuentran amenazadas por la guerra de la discordia, símbolo del caos y de la destrucción.  La discordia, que escapó del infierno, quiere borrar toda forma de armonía y llama a la guerra para que prepare la ruina de las Artes. Frente a la violencia, las artes no reaccionan con la fuerza, si no que se encomiendan a la oración y a la esperanza. Entonces interviene la paz, enviada desde el cielo, silenciando las armas y forzando la retirada de la guerra y la discordia. Así, las artes pueden florecer de nuevo y celebrar la victoria de la paz sobre el orden y la barbarie. Tras esta alegoría se oculta naturalmente la celebración de Luis XIV, el Rey Sol, representado como el soberano capaz de garantizar la armonía, proteger las artes y preservar el mundo de la amenaza del caos. La conclusión, sin embargo, deja entrever la fragilidad de la paz: la victoria de las artes no es definitiva y la amenaza de la discordia siempre está al acecho. Se continuó, después del intermedio, con uno de los grandes clásicos del barroco francés, La Descente d'Orphée aux Enfers, petit opéra en deux actes (1686), en el que el mito de Orfeo se convierte en una potente metáfora de la capacidad de la música y de la belleza para oponerse a la muerte y a la violencia. La trama es la conocida que relata el mito de Orfeo y Eurídice, concentrándose en el poder de la música y del amor frente a la muerte. En una atmósfera pastoral y feliz, Orfeo y Eurídice se unen, rodeados de ninfas y pastores. Sin embargo, su felicidad se ve interrumpida por la muerte repentina de Eurídice, mordida por una serpiente. Orfeo, desesperado, decide enfrentarse al inframundo para traerla de nuevo a la vida. En el reino de los muertos, su música logra calmar los sufrimientos de los condenados y conmover hasta a las furias. También Plutón, dios del inframundo, se deja convencer y le concede a Eurídice regresar a la tierra, con la condición de que Orfeo no se gire a mirarla antes de haber salido del reino de las sombras. La ópera, sin embargo, se interrumpe justo antes del epílogo: y no se muestra el momento fatal del regreso de Orfeo hacia Eurídice. El mito queda así suspendido, confiado al silencio y a la imaginación del espectador. El díptico pone en relación dos dimensiones complementarias de la poética de Charpentier: la celebración de la armonía como principio capaz de recomponer disputas y contrastes, y el poder casi salvador de la música, encarnado en el viaje de Orfeo al hades. William Christie, en el clavecín y el órgano además de a la dirección musical, interpretó estas páginas, ya objeto de dos conocidas grabaciones discográficas de alrededor de hace cuarenta años, junto a Les Arts Florissants y los jóvenes intérpretes de Le Jardin des Voix, en un espectáculo que integró música, teatro, danza y gesto escénico. En particular, la parte vocal de las dos obras le fue confiada a los solistas diplomados de la 12ª edición de Le Jardin des Voix, academia dirigida por el mismo Christie con Paul Agnew, con jóvenes cantantes bien preparados, con sólida técnica, un cuidado especial en la dicción y una marcada atención a la interpretación dramática del texto. En conjunto, formaron un equipo unido y perfectamente funcional a las necesidades del montaje. Entre los intérpretes destacó particularmente Bastien Rimondi (Orphée), un tenor de tesitura aguda, con emisión sólida y timbre claro, capaz de dotar su fraseo con notable expresividad. También fue notable la prueba de la soprano Josipa Bilié (La Paix), ágil y luminosa, impecable en el control y la calidad de la línea vocal. Además, los solistas mostraron una notable capacidad para integrarse con los cuatro bailarines - Noémie Larchevêque, Claire Graham, Andrea Scarfi y Tom Godefroid - encargados de la parte coreográfica a cargo de Martin Chaix, dentro de la sencilla pero sugestiva puesta en escena de Lambert-Le Bihan y Stéphane Facco.  La coreografía se caracterizó por movimientos esenciales y ligeros, capaces de acompañar al canto con gran naturalidad: a veces más rápidos, a veces deliberadamente lúdicos, siempre perfectamente integrados en el tejido musical y escénico. Significativa fue precisamente la participación de los cantantes, que no se limitaron a interactuar con los bailarines, sino que se integraron orgánicamente en el movimiento escénico. De ello resultó un conjunto de gran espontaneidad y aparente simplicidad, sostenido sin embargo por una realización técnicamente impecable. Charpentier pertenece plenamente al lenguaje barroco francés, pero lo interpreta a través de una voz totalmente personal. En comparación con Lully, el músico oficial de la corte de Versalles con quien también estuvo en competencia parece estar menos inclinado al espectáculo y a la mundanidad, y más orientado hacia una dimensión introspectiva. Su teatro posee una fisonomía muy particular, de la cual emerge sensibilidad, que, en ciertos aspectos, parecen anticipar desarrollos posteriores, sobre todo en el uso del cromatismo y en la riqueza de los matices armónicos. Por lo tanto, es un barroco menos ligado a la ostentación y más interesado en la dimensión espiritual, en la búsqueda interior y en la experimentación. Es precisamente en este territorio expresivo donde se ha insertó la lectura de William Christie al frente de Les Arts Florissants. Figura de referencia en la interpretación del barroco francés, Christie ha construido con el tiempo un enfoque basado en el refinamiento del sonido, la transparencia de la mezcla instrumental, la elegancia del fraseo y un cuidado casi artesanal de la relación entre la música, la palabra y la voz. En el repertorio de Charpentier, esta sensibilidad ha producido ejecuciones y grabaciones consideradas desde hace tiempo puntos de referencia. Su conducción privilegió el control del conjunto, la precisión estilística y la claridad del tejido musical, cualidad particularmente eficaz en una escritura como la de Charpentier, en la cual el detalle armónico y la relación entre la palabra y la música asumen un peso decisivo.  Más allá de exagerar el gesto teatral, Christie parecía hacerlo emerger de la profundidad de la escritura, apuntando hacia la elegancia, y, sobre todo, hacia aquella dimensión íntimamente meditativa que es uno de los aspectos más originales del arte de Charpentier.  En definitiva, fue una perfecta síntesis entre el rigor histórico, la vitalidad teatral, el refinamiento sonoro que hicieron de esta cita milanesa uno de los eventos más relevantes de la entera programación del festival MITO 2026.



Les Arts Florissants | La descente d’Orphée aux enfers di Charpentier | MITO SettembreMusica Milano

 

Foto: Lorenza Daverio

Massimo Viazzo

Il barocco francese è tornato protagonista a MITO SettembreMusica il 10 settembre al Teatro Dal Verme di Milano con un dittico interamente dedicato a Marc-Antoine Charpentier (1643-1704), affidato a William Christie e ai suoi Les Arts Florissants. Una scelta particolarmente significativa che rinnova il legame profondo tra il grande interprete americano e il repertorio francese del Seicento. La serata si è aperta con Les Arts Florissants, idylle en musique (1685) dal quale lo stesso ensemble di Christie ha preso il nome: un'allegoria nella quale Discordia e Pace si confrontano intorno al destino delle arti. In particolare Les Arts florissants, è un’allegoria in cui le Arti - Musica, Pittura, Poesia e Architettura - si trovano minacciate dalla Guerra e dalla Discordia, simboli del caos e della distruzione. La Discordia, fuggita dagli inferi, vuole cancellare ogni forma di armonia e chiama in suo aiuto la Guerra, che prepara la rovina delle Arti. Di fronte alla violenza, le Arti non reagiscono con la forza, ma si affidano alla preghiera e alla speranza. Interviene allora la Pace, inviata dal cielo, che fa tacere le armi e costringe Guerra e Discordia a ritirarsi. Le Arti possono così tornare a fiorire e celebrano la vittoria della pace sull'ordine e sulla barbarie. Dietro questa allegoria si nasconden naturalmente la celebrazione di Luigi XIV, il Re Sole, rappresentato come il sovrano capace di garantire l’armonia, proteggere le Arti e preservare il mondo dalla minaccia del caos. La conclusione, tuttavia, lascia intravedere la fragilità della pace: la vittoria delle Arti non è definitiva e la minaccia della Discordia rimane sempre in agguato. A seguire, dopo l’intervallo, uno dei capolavori del barocco francese, La Descente d'Orphée aux Enfers, petit opéra en deux actes (1686), in cui il mito di Orfeo diventa una potente metafora della capacità della musica e della bellezza di opporsi alla morte e alla violenza. La trama è quella arcinota che racconta il mito di Orfeo ed Euridice, concentrandosi sul potere della musica e dell’amore di fronte alla morte. In un’atmosfera pastorale e felice, Orfeo ed Euridice si uniscono, circondati da ninfe e pastori. La loro felicità viene però infranta dalla morte improvvisa di Euridice, morsa da un serpente. Orfeo, disperato, decide di affrontare l’oltretomba per riportarla in vita. Nel regno dei morti, la sua musica riesce a placare le sofferenze dei dannati e a commuovere persino le Furie. Anche Plutone, dio degli inferi, si lascia convincere e concede a Euridice di tornare sulla terra, a condizione che Orfeo non si volti a guardarla prima di aver lasciato il regno delle ombre. L’opera si interrompe però proprio prima dell’epilogo: il momento fatale del ritorno di Orfeo verso Euridice non viene mostrato. Il mito rimane così sospeso, affidato al silenzio e all’immaginazione dello spettatore. Il dittico mette in relazione due dimensioni complementari della poetica di Charpentier: la celebrazione dell’armonia quale principio capace di ricomporre dissidi e contrasti, e il potere quasi salvifico della musica,incarnato nel viaggio di Orfeo nell’Ade. William Christie, al clavicembalo e all’organo oltre che alla direzione musicale, ha riproposto queste pagine, già oggetto di due note registrazioni discografiche di circa quarant’anni fa, insieme a Les Arts Florissants e ai giovani interpreti del Jardin des Voix, in uno spettacolo che integrava musica, teatro, danza e gesto scenico. In particolare la parte vocale dei due lavori è stata affidata ai solisti diplomati alla 12° edizione di Le Jardin des Voix, accademia guidata dallo stesso Christie con Paul Agnew. Si è trattato di giovani cantanti ben preparati, dotati di una solida tecnica, di una particolare cura nella dizione e di una spiccata attenzione alla resa drammatica del testo. Nel complesso hanno formato una squadra affiatata e perfettamente funzionale alle esigenze dell’allestimento. Tra gli interpreti si è distinto in particolare Bastien Rimondi (Orphée), tenore dalla tessitura acuta, dall’emissione salda e dal timbro chiaro, capace di imprimere al fraseggio notevole espressività. Di rilievo anche la prova del soprano Josipa Bilié (La Paix), agile e luminosa, impeccabile per controllo e qualità della linea vocale. I solisti hanno inoltre mostrato una notevole capacità di integrarsi con i quattro danzatori - Noémie Larchevêque, Claire Graham, Andrea Scarfi e Tom Godefroid - chiamati a realizzare la parte coreografica curata da Martin Chaix, nell’ambito della semplice ma suggestiva regia di Lambert-Le Bihan e Stéphane Facco. La coreografia è stata caratterizzata da movimenti essenziali e leggeri, capaci di accompagnare il canto con grande naturalezza: talvolta più scattanti, talvolta volutamente ludici, sempre perfettamente inseriti nel tessuto musicale e scenico. Significativa è stata proprio la partecipazione dei cantanti, che non si sono limitati a interagire con i danzatori, ma si sono integrati organicamente nel movimento scenico. Ne è risultato un insieme di grande spontaneità e apparente semplicità, sostenuto tuttavia da una realizzazione tecnicamente impeccabile.Charpentier appartiene pienamente al linguaggio barocco francese, ma lo interpreta attraverso una voce del tutto personale. Rispetto a Lully, il musicista ufficiale della corte di Versailles con il quale fu anche in competizione, appare meno incline allo spettacolo e alla mondanità e più orientato verso una dimensione introspettiva. Il suo teatro possiede una fisionomia particolarissima, nella quale emergono sensibilità che, per certi aspetti, sembrano anticipare sviluppi successivi, soprattutto nell’uso del cromatismo e nella ricchezza delle sfumature armoniche. È dunque un barocco meno legato all’ostentazione e più interessato alla dimensione spirituale, alla ricerca interiore e alla sperimentazione. È precisamente in questo territorio espressivo che si è inserita la lettura di William Christie alla guida de Les Arts Florissants. Figura di riferimento nell’interpretazione del barocco francese, Christie ha costruito nel tempo un approccio fondato sulla raffinatezza del suono, la trasparenza dell’impasto strumentale, l’eleganza del fraseggio e una cura quasi artigianale del rapporto fra musica, parola e voce. Nel repertorio di Charpentier, questa sensibilità ha prodotto esecuzionie registrazioni considerate da tempo punti di riferimento. La sua direzione ha privilegiato il controllo dell’insieme, la precisione stilistica e la chiarezza del tessuto musicale, qualità particolarmente efficaci in una scrittura come quella di Charpentier, nella quale il dettaglio armonico e la relazione fra parola e musica assumono un peso decisivo. Piuttosto che esagerare il gesto teatrale, Christie sembrava volerlo far emergere dalla profondità della scrittura, puntando sull’eleganza e, soprattutto, su quella dimensione intimamente meditativa che è uno degli aspetti più originali dell’arte di Charpentier. In definitiva una perfetta sintesi tra rigore storico, vitalità teatrale e raffinatezza sonora tali da rendere l’appuntamento milanese uno degli eventi più rilevanti dell’intera programmazione di MITO 2026.




 

Thursday, September 10, 2026

Mahler Academy Orchestra - Stresa Festival 2026 – Teatro alla Scala Milano

Foto:: L. Di Nozzi

Renzo Bellardone

Dalla bellezza del paesaggio lacustre del lago Maggiore, alla bellezza stregante del Teatro alla Scala, per lo Stresa Festival è stato un lievitare tra bellezze e suggestioni diverse...tutte vincenti! Veri apprezzamenti all’intera stagione ed alla stupefacente chiusura. 

Stresa Festival 2026 – Teatro alla Scala Milano – 9 settembre Mahler Academy Orchestra Philipp von Steinaecker, direttore G. MAHLER, Sinfonia n. 9 in re magg. Esecuzione su strumenti originali.

Il concerto conclusivo  della 65ma edizione dello Stresa Festival, viene eseguito nel tempio della Musica, ovvero al Teatro alla Scala di Milano e viene affidato ai giovani strumentisti della Mahler Acadamy Orchestra, diretta da Philipp von Steinaecker. Decisamente innovativo il percorso  della Mahler Academy Orchestra, infatti i giovani artisti che la compongono incontrano i migliori professionisti delle più importanti formazioni musicali in Europa e grazie alla    Fondazione Centro Culturale Euregio di Dobbiaco suonano strumenti utilizzati dall’Opera di Vienna verso il 1900, creando un suono particolare e dando una luce naturale alle composizioni di G. Malher. Fondata dal Maestro Claudio Abbado l’orchestra è un continuo laboratorio creativo. Il progetto d’incontro tra artisti giovani ed affermati, è l’Originalklang project,   pensato e  ideato da   Philipp von Steinaecker il quale, in qualità prima di violoncellista e poi di direttore, ha collaborato con nomi di grandezza mondiale; ora sta portando l’orchestra  Mahler in tour per l’intera Europa ed,  approdato alla Scala di Milano, ha dato un tocco di preziosità anche al Festival stresiano.  Il Maestro ha diretto con gesto ampio ed elegante in comunicazione affiatata con l’orchestra che fa offerto una Musica accattivante e penetrante. Pur non essendo, la Sinfonia n. 9, la più eseguita delle sinfonie mahleriane si è accattivata il pubblico in un crescendo emotivo e sensorialmente partecipativo; composta tra il 1909 e 1910 e fu l’ultima che il compositore boemo riusci a concludere. Il capolavoro di Mahler è strutturato in quattro movimenti ed inizia con un glorioso andante risoluto, con rabbia e appassionato per terminare con un adagio a tratti molto lento con sussurri ed afflato finale, che inevitabilmente sorprende sempre l’ascoltatore, ancor più se  si trova nella sempre stupefacente platea scaligera.La Musica vince sempre!