Massimo Viazzo
La reciente producción de Nabucodonosor en el Teatro alla
Scala de Milán se distinguió por su notable calidad. Nabucodonosor representa
uno de los títulos más célebres de Verdi, constituyéndose como un icono musical
no solo para el catálogo operístico del compositor como también para todo el
melodrama italiano, y para el Teatro alla Scala mismo. Es conocido que después del fracaso de su
segunda ópera Un giorno di regno, Giuseppe Verdi (1813-1901) después del
fracaso de su segunda obra, Un giorno di regno, amagó llegar al punto de
abandonar la carrera de compositor de ópera. El anecdotario narra como el
musico se apasionó con el libreto de Temistocle
Solera al que llegó a causa de situaciones fortuitas, después de que la pagina
del libreto mismo iniciaba casualmente con el verso que iniciaba con las
palabras Va, pensiero, sull’ali dorate. Si bien esta narración sea probablemente
muy romantizada, es indudable que Verdi obtuvo una poderosa inspiración de las
vicisitudes del pueblo perseguido, en el caso del libreto de Solera, que se
trataba de los judíos bajo el dominio babilónico Tal situación luego adquirió
una connotación simbólica durante el periodo del Risorgimento de
mediados del siglo XIX, cuando los italianos combatían bajo el dominio
austriaco. La ópera se afirmó como emblema de la Italia unida y continúa evocando
intensas emociones, en particular hoy en dia, en un contexto histórico
caracterizado por una escalada incontrolada de hostilidad entre los pueblos. Nabucodonosor
tuvo su estreno en el Teatro alla Scala el 9 de marzo de 1942 y desde entonces
permanece en su repertorio con el titulo abreviado Nabucco, que apareció
por primera vez en 1844 con motivo de una reposición en Corfú. Entrando
legítimamente en la imaginación colectiva, la obra es un título de referencia
para el teatro milanés, donde se ha representado durante más de 200 funciones.
Las representaciones del montaje actual fueron dedicadas a la memoria del
maestro Gianandrea Gavazzeni en el trigésimo aniversario de su
fallecimiento y a los sesenta años del Nabucco inaugural de la temporada
1966/67, en la que se estuvo en el podio dirigiendo un elenco estelar compuesto
por Giangiacomo Guelfi, Elena Souliotis, Gianni Raimondi y Nicolai Ghiaurov. En
la actual producción Nabucodonosor fue ejecutado con la edición critica curada
por Roger Parker. Se señala la primera ejecución escénica moderna del divertissement
compuesto por Giuseppe Verdi en la reposición de la ópera en el teatro de la
Monnaie de Bruselas en 1848, y redescubierto en 2021 por el estudioso Knud Arne
Jürgensen que hasta ahora había
sido ejecutada exclusivamente en concierto. Por otro lado, quien ha seguido a
lo largo de los años las propuestas de Riccardo Chailly en el Teatro
alla Scala sabe que al director milanés le gusta presentar curiosidades y
rarezas. El ballet, coreografiado con ironía por Danilo Rubeca e
insertado al inicio del tercer acto justo después del coro È l’Assiria una
regina, es una interesante primicia. Además, es oportuno destacar la privilegiada
relación de Chailly con Giuseppe Verdi, de quien ha dirigido en el Piermarini:
I masnadieri (1978), I due Foscari (1980), Rigoletto (2006), Aida (2006 y
2020), Misa de Réquiem (2014, 2016, 2018, 2020, 2026), Giovanna d’Arco (2025),
Attila (2018), Macbeth (2021), Don Carlo (2023) y La forza del destino (2024).
Por lo tanto, Nabucodonosor representa una especie de punto de exclamación
sobre su dirección musical scaligera, antes de que la misma le sea
confiada en la próxima temporada a Myung-whun Chung. La interpretación
de Riccardo Chailly se caracterizó por su singularidad interpretativa,
representando una ruptura significativa con cierta tradición caracterizada por
un enfoque agresivo, una exuberancia excesiva y un ritmo frenético. Chailly
profundiza en la partitura, deja que la página respire, enfatiza los timbres
instrumentales como si fueran voces de la psique y cincela los fraseos, todo
ello con una sensibilidad artística que evita cualquier forma de banalidad o
gratuidad. A Chailly no le importa el efecto por sí mismo. En consecuencia, su
interpretación de Nabucodonosor se configuró como íntima y profunda, con la
evolución narrativa que se desarrolla directamente desde las mentes disturbadas
de los personajes. Aunque
no careció de vigor, energía y potencia dramática, la característica distintiva
de esta interpretación residió precisamente en la excavación psicológica. A
través de un análisis profundo de la partitura verdiana, Riccardo Chailly
declaró que Nabucodonosor le transmitió una intensa sensación de vértigo. Es
precisamente ese vértigo que el director milanés supo transmitir a las voces, a
la orquesta y al público. Chailly tocó en lo más profundo, emocionó, pero
también supo ser arrollador y espectacular. Como bastante espectacular resultó
la dirección de Alessandro Talevi. El director de escena sudafricano de
origen italiano supo narrar una historia de poder, de abusos, de fanatismo y
egopatía desmedida y patológica, temáticas tristemente actuales. La
representación escénica se valió de efectos especiales, de movimientos
acrobáticos y pirotécnicos (cuidados por Ran Arthur Braun) y de efectos
ilusionistas y mágicos (a cargo de Masters of Magic) que, aunque a veces
parecieron un poco previsibles (como la aparición de las llamas para subrayar a
veces algún evento en escena), resultaron en otros casos más sugerentes (como
la de los tres caballos mecánicos que arrastraban el carro dorado de Nabucco o
el templo de Jerusalén que se recomponía inesperadamente en el último acto de
la ópera). La asignación de identidades radicalmente opuestas a judíos y
babilonios, tanto en términos de vestuario como de contexto narrativo, se mostró
como una elección acertada. Para el
pueblo judío, el templo de Jerusalén fue evocado a través de la representación
de la majestuosa cúpula del Panteón de Roma. Los babilonios, por otro lado, fueron
representados alrededor de una estructura de hierro que se elevaba en espiral hacia
lo más alto, evocando la legendaria torre de Babel. El director concibió esta
representación como una cruda metáfora de la contemporaneidad o, más
precisamente, como imagen de una trágica historia universal que se perpetúa incesantemente.
Por lo tanto, se debe agradecer al equipo técnico interno de la producción, con
particular referencia a las escenografías y a los trajes realizados por Gary
McCann, mientras que Marco Giusti asumió el papel de diseñador de
video y responsable de la iluminación. En lo que respecta a la parte vocal, es
oportuno destacar, antes que nada, la excepcional participación del Coro del
Teatro alla Scala, galardonado este año con los Oper! Awards! prestigioso
reconocimiento de la crítica alemana. Bajo la meticulosa dirección y preparación
de Alberto Malazzi, el coro se distinguió como un verdadero
protagonista. La presencia del coro en Nabucodonosor es, de hecho, una
presencia constante a lo largo de toda la obra, incluso dentro de pasajes
solistas, y culmina con el célebre Va, pensiero, interpretado en esta
función con ligereza, fluidez, sin énfasis y con pudorosa emoción. Luca
Salsi se impuso como el protagonista indiscutido de la noche. Al
interpretar a Nabucodonosor, un personaje de notable complejidad, Salsi subrayó
con eficacia, en la primera parte de la obra, la crueldad y la prepotencia del
soberano. Posteriormente, el artista supo transmitir al público una gama de
emociones contrapuestas, entre ellas la ira, y el miedo y, finalmente, profunda
humanidad, confiriéndole al personaje una dimensión auténtica y envolvente.
Salsi conoce como pocos el significado de la palabra escénica verdiana. Su
interpretación se basó en el profundo análisis del sonido de la palabra y de
los significados intrínsecos de cada frase del libreto, alcanzando una plena
expresividad a través de un canto capaz de alternar momentos de prepotencia y
arrogancia con momentos de mayor intimidad con el uso de las mezze voci.
La voz de Salsi es amplia, además de que posee un canto esculpido y
extremadamente comunicativo en el que el sonido de la palabra no se muestra
menos importante que el sonido de las notas en el pentagrama. A su lado, Anna
Netrebko personificó a Abigaille con voz oscura, timbre aterciopelado,
proyección vocal constante y gran dedicación interpretativa. La suya fue una
Abigaille exaltada y atormentada. La soprano rusa dominó, aunque haciendo un
poco de esfuerzo, su temible parte vocal, pero salió vencedora con
determinación, inteligencia y experiencia. La culminación de su presentación
fue Su me… morente… esanime, la escena de su muerte, interpretada con
fraseo refinado y palpable emoción. El Zaccaria de Michele Pertusi
convenció por la belleza de su timbre y la suavidad de su línea musical. Tu
sul labbro de’ veggenti fue un momento contemplativo de pura emoción.
Pertusi también mostró seguridad en la zona más aguda con un canto sólido y
robusto, y su personaje mostró indudable autoridad. Sobre las cualidades
técnicas de Francesco Meli no hay discusión, de hecho, su Ismaele gustó
por su musicalidad, su proyección vocal y la elegancia de la línea de canto,
mientras que Veronica Simeoni dio vida a Fenena con un grato color
vocal. Del todo adecuados y confiables estuvieron Simon Lim (Gran
Sacerdote) Haiyang Guo (Abdallo) y Laura Lolita Perešivana
(Anna).










