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Saturday, June 1, 2024

Béatrice et Bénédict en Lyon

Foto: © Bertrand Stofleth

Ramón Jacques

El compositor Héctor Berlioz (1803-1869) nació en la localidad de La Côte-Saint-André en la región de Auvenia- Rodanó, aproximadamente a 75 kilómetros de la ciudad de Lyon, por lo que prácticamente se le debería considerar como un compositor de casa. Sin embargo, se trata de una coincidencia, ya que no ha existido una relación cercana entre las obras del compositor y este teatro donde pocas de sus obras han sido montadas, particularmente La Damnation de Faust, y Béatrice et Bénédict, que estrenó aquí en 1981, y fue vista última vez en la temporada de 1992.  La popularidad de Berlioz como compositor se debe especialmente a su Symphonie fantastique (1830), a su sinfonía coral Roméo et Juliette (1839), a la mencionada pieza dramática La Damnation de Faust (1846) y a su grand opéra Les Troyens (1863). Aun así, su fama y aportación al periodo romántico musical no pasa desapercibida para las instituciones musicales franceses, quienes realizan desde 1979 el Festival Berlioz, en recintos e iglesias de la ciudad natal del compositor, como en localidades aledañas, y esta producción de Béatrice et Bénédict Lyon se realizó precisamente en coproducción con dicho festival.  Esta opéra-comique en dos actos, cuyo estreno fue dirigido por el propio Berlioz el 9 de agosto de 1862 en el teatro Neus Theater de Baden (Alemania), y que se escuchó por primera vez en Francia en 1890, casi treinta años después de su estreno, y veintiuno después de la muerte del compositor, esta basada en la comedia romántica escrita por William Shakespeare, Much ado about Nothing (o Mucho ruido y pocas nueces como es conocida en español), es precisamente en ese aspecto romántico, cargado de comicidad y carácter burlesco, en lo que se inspiró el conocido director de escena italiano Damiano Michieletto, para la creación de este montaje.  No se puede negar que, en la actualidad, gran parte de las decisiones de programación de los teatros giran en torno a la presencia de ciertos directores escénicos, quienes se han hecho de un protagonismo en ocasiones desmedido.  Michieletto, conocido por sus lecturas audaces de piezas generalmente olvidadas y abandonadas, situó la acción - que se centra en dos visiones opuestas del amor de dos parejas: la seguridad del matrimonio entre Claudio y Héro y el miedo al compromiso de Béatrice con Bénédict – sin hacer referencia a la Sicilia del siglo XVI como indica la obra- en un cubo blanco sobre el escenario, ideado por Paolo Fantin, en una época indeterminada, con vestuarios de diversas épocas, de Agostino Cavalca, y brillante iluminación en tonos blancos y negros de Alessandro Carletti.  Sobre el cubo, que abarcaba todo el escenario, había muchos micrófonos, que utilizaban los miembros del coro, mientras realizaban coreografías y cantaban; y con la presencia de Somarone, personaje inventado por Berlioz, que aquí representaba una especie de técnico que se encargaba de un aparente estudio de grabaciones musicales, y que aparecía con sus audífonos y su grabadora e indicaba a los coristas como colocarse y cantar en sus micrófonos.  Cuando aparecían los personajes principales en escena, también debían realizar sus diálogos a través de micrófonos colocados entre el cubo blanco y el proscenio.  En ciertos momentos, el cubo se abría por la mitad y el escenario se convertía en una exótica y tupida jungla donde deambulaban los personajes desnudos de Adán y Eva, e incluso un gorila.  Visualmente el escenario lució atractivo y encantador, mostrando dos realidades diversas, pero con el transcurso de la obra se fue desprendiendo y alejando de la trama, resultando difícil establecer una relación, significado o coherencia entre el montaje y la acción, quizás una representación y contraste entre el amor más puro -con el blanco-  y con el más salvaje y misterioso -en la jungla-, representado aquí con  ideas más cercanas al Regietheater, que al espíritu shakesperiano o al del propio Berlioz.  En la parte orquestal y vocal, la obra cumplió plenamente su cometido de satisfecho al público con la suntuosidad de orquestación, canto y partes corales. Como no destacar el sublime dúo “Nuit paisible” entre la soprano Giulia Scopelliti (Héro) y la mezzosoprano Thandiswa Mpongwana (Ursule).  Especialmente, la soprano alemana-italiana Giulia Scopelliti demostró desenvolvimiento, personalidad y elegancia en escena, con el toque de astucia que requiere el personaje, sumada a la nitidez y amplitud de colores con los que va esculpiendo su canto, hasta conmover con su aria “Je vais le voir”, haciendo que su personaje sobresaliera en cada una de sus intervenciones. Por su parte la mezzosoprano sudafricana Thandiswa Mpongwana, exhibió una tonalidad oscura y profunda adecuada para su parte.  Se desempeñaron bien en lo vocal como en lo actoral, en cada uno de sus personajes el barítono Pawel Trojak como Claudio; el bajo barítono Pete Thanapat como Don Pedro; el barítono belga Ivan Thirion como un divertido y muy activo Somarone; así como el actor Gérald Robert-Tissot en el papel hablado de Léonato. Finalmente, personificando a los papeles principales de la ópera, el tenor gales Robert Lewis, con atuendo militar, cantó su parte de Bénédict con pasión y entrega, un timbre lirico claro y cálido, a pesar de ciertas dificultades en la emisión de algunas notas agudas. Por su parte la mezzosoprano italiana Cecilia Molinari mostró las cualidades vocales y amplia experiencia que posee, siendo una cantante ideal para el personaje de Béatrice. Impregnó de matices y grata tonalidad a su canto, y se mostró como una enamorada caprichosa y voluble como lo requería la puesta.  Sobresaliente estuvo el muy profesional coro de la Opéra de Lyon, a cargo de sus directores Benedict Kearns y Guillaume Rault, haciendo notar particularmente el alegre coro y la Sicilianne con el que inicia la obra. Al frente de la orquesta Orchestre de l’Opéra de Lyon estuvo el maestro Johannes Debus, director musical de la Canadian Opera Company de Toronto, de cuyos músicos logró extraer la suntuosidad, los contrastes y la exquisitez de la partitura de Berlioz, estando atento al balance entre los cantantes y la orquesta, y la búsqueda de los timbres y colores que se desprenden de esta pieza.




Sunday, April 7, 2024

La Dama de Picas en Lyon

Fotos: Jean-Louis Fernández

Ramón Jacques

La Dama de Picas ópera en tres actos (cuyo título original en ruso es Píkovaya dama, Op. 68) con música del compositor ruso del periodo romántico Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893), que se basa en el cuento homónimo de Aleksandr Pushkin (1799-1837) es una de las tres interesantes e intensas óperas que reunió  la Ópera Nacional de Lyon como parte de la edición 2024 de su festival de primavera que llamó  “Festival Rebattre les cartes”   porque sus historias giran en torno al tema las cartas,  una manera de decir que sus heroínas o protagonistas contradicen o rebaten los clichés de su tiempo, o quizás del tiempo actual; de títulos como: La Fanciulla del West de Puccini, el estreno mundial de Otages del compositor francés Sebastián Rivas, y de esta obra maestra del repertorio ruso. Hace tiempo que este teatro decidió enfocarse en títulos poco habituales, que tienen una temática similar que las agrupa, como en esta ocasión, y con montajes, poco tradicionales y novedosos.  Aunque la obra fue bien recibida en su estreno en el Teatro Mariinski de San Petersburgo, en diciembre de 1890, y es considerada como el mayor éxito en la carrera operística del compositor, lamentablemente no se programa con la frecuencia que merecería. En el escenario de Lyon se estrenó apenas en el año 2003, para y fue repuesta en el 2008 y el 2010 con la producción del director alemán Peter Stein, para después desaparecer de sus temporadas hasta este 2024, donde se revivió con un nuevo concepto confiado al director de escena ruso Timofeï Kouliabine, en su primer trabajo operístico en Francia; y con las sorprendentes escenografías de Oleg Golovko, los elegantes vestuarios de Vlada Pomirkovanaya y la iluminación de Oskars Pauliņš. La historia de la ópera transcurre a finales del siglo XVIII, pero Kouliabine decidió situarla en una época actual sacando a relucir su dimensión contemporánea de temas como el amor, la adicción, la locura, y lo hizo a través de escenas de inquietante expresionismo, ironía y sarcasmo, hasta llegar al oscuro y trágico destino de los protagonistas, pero siempre con apego a la dramaturgia de original. Las escenas y la acción transcurrieron en un cuarto aledaño al escenario de un teatro donde se presentan obras de ballet, de teatro, música; en la sala de un opulento palacio, que regaló escenas muy estéticas; en una estación donde muere trágicamente Liza, y con las proyecciones de Alexander Lovanov etc; en un montaje escénico que agradó por su cuidada realización.  Sobre el pequeño escenario, el director de escena plasmó su visión política: la del rechazo a la guerra, que lo llevó a dimitir a la dirección de un teatro en Rusia; y esto se hizo mediante pancartas y protestas que interrumpían los espectáculos que realizaban en ese pequeño escenario.  El elenco de cantantes y personajes, compuesto explícitamente por cantantes rusos, ucranianos y bielorrusos, con la intención, según afirmaron el teatro y el director de escena -de darle autenticidad idiomática y dicción al montaje y para utilizar el arte para unir lo que se encuentra desnudo- brilló  a lo largo  de la función,  comenzando con el tenor Dmitry Golovnin, quien personificó al intenso y neurasténico Hermann, personaje que llevó hasta al nivel de desenfrenada locura como lo requiere su parte con un convincente desempeño artístico.  A la par de su actuación, cantó con intensidad, ímpetu y arresto.  De igual manera, convenció en personificando a Lisa, la soprano Elena Guseva, recreando un personaje afligido y adolorido, con brillante coloración en su timbre al que supo impregnar de dramatismo y emoción.  La legendaria mezzosoprano rusa Elena Zaremba derrochó su experiencia en escena para darle lucimiento vocal y actoral al papel de la Condesa, y el Prince Yeletsky fue bien interpretado por el barítono Konstantin Shushakov así como al Conde Tomsky por el barítono Pavel Yankovsky dos personajes relevantes para la historia.  Agradó por la intensidad y el color en el canto de la mezzosoprano Olga Syniakova como Polina, y por su delicadeza como Masha y como Chlöe la soprano Giulia Scopelliti, solista del estudio de la ópera de Lyon.  Cabe mencionar el trabajo del tenor ruso Sergei Radchenko como Tchekalinski, de Alexei Botnarciuc Sourine y el resto de los papeles menores encomendados a cantantes del coro del teatro.  Valioso fue el aporte del coro y de los artistas que tomaron parte en la escena, y el éxito de la función lo redondeó la Orquesta de la ópera de Lyon que bajo la segura y expresiva conducción de su titular Daniele Rustioni, extrajo con pericia el sentido de lirismo, regalando pasajes de poesía y de fantasía que se desprenden de la rica y grata partitura dejando a todo el público satisfecho.