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Tuesday, June 3, 2025

Tannhäuser en Houston

Foto: Michael Bishop

Ramón Jacques 

La Houston Grand Opera concluyó de manera exitosa una temporada más con Tannhäuser o Tannhäuser und der Sängerkrieg auf Wartburg (El torneo de canto del Wartburg su título completo) ópera en tres actos con música y libreto en alemán de Richard Wagner (1813-1883) que como la mayoría de su producción lirica se basa en fabulas medievales alemanas. Tannhäuser, que es la quinta ópera compuesta por Wagner, y que tuvo su estreno el 19 de octubre de 1945 en Dresde bajo la conducción musical del propio compositor ha sido considerada una de las piedras angulares, y elemento básico, del repertorio de los principales teatros de ópera hasta este siglo XXI. Sin embargo, desde el periodo pospandémico el titulo ha sido visto en muy pocas ocasiones en este país, a excepción de los montajes realizados por la ópera de Los Ángeles en el 2021 y por el Metropolitan de Nueva York 2023. Son entendibles las exigencias de tipo musical, vocal y económico que requiere un título de este calibre, por lo que es meritoria la labor del teatro de Houston de llevarla a escena, en la que será la única producción de la obra programada para este año. El título aquí mismo no se había visto desde el 2001 cuando se presentó con una estupenda producción escénica del legendario director de cine Werner Herzog. Como se sabe, en la trama, Tannhauser desaíra las rígidas normas sociales de los trovadores medievales y se aventura al reino místico que libera la libido de Venus, quien reina sobre un amor eterno. En lugar de ser fiel a sí mismo, Tannhäuser es rechazado por su comunidad – aquí muy religiosa- por relacionarse con la insaciable diosa Venus. Sin embargo, regresar a una sociedad que se niega a cambiar no es fácil, aunque al final es milagrosamente redimido por el sacrificio de su admirada Elizabeth.  Esta es la historia que fue representada al público de manera notable plasmándola en la refinada, elegante y vistosa puesta de Peter J. Davidson, con vistosos vestuarios de Constance Hoffmann, la buena iluminación de Amith Chandrashaker y las proyecciones al fondo de la escena por parte de S. Katy Tucker, que hicieron que el bosque frente al que pasan los peregrinos en su camino a Roma, fuera una de las imágenes más sugestivas y artísticas de toda la función. Las escenografías, que como siempre, forman parte de una coproducción hecha entre  los teatros de Houston, Washington National Opera, Seattle Opera y  la Canadian Opera Company de Toronto, es sin duda uno de los mejores trabajos que le he visto a la directora escénica Francesca Zambello, ya que situó el antiguo relato germánico a principios del siglo XX, dentro de la secta aislada de una comunidad muy religiosa; el concurso de canto, por ejemplo, se lleva en el interior de un templo religioso; y el Venusburg, que aquí representa el mundo exterior se realiza en un salón hedonista o un burdel, en el interior de un opulento departamento en Nueva York, donde habita Venus, la diosa del amor y sus musas, donde hay fiestas, con bailarinas haciendo extravagantes y exóticas coreografías, sin recurrir en ningún momento a desnudos, vulgaridades o escenas fuera de tono. En este montaje Tannhäuser ha vivido seducido en mundo seducido más de un año, pero la culpa por abandonar a Elizabeth su anterior amor virginal, es demasiado pesada para soportar y es instantáneamente transportado a su comunidad, es allí donde surgen los problemas de sus elecciones.  El enfoque novelesco, muy operístico diría, de Zambello no hace gran daño a Wagner, al contrario, cuenta una historia directa con personajes más humanos, con las implicaciones de pertenecer y enfrentarse a una rígida entidad religiosa y sus valores, una situación que parecería no estar alejada de lo que se vive en la actualidad.  Al final Tannhäuser queda encerrado dentro una luz celestial frente al cuerpo de Elizabeth, dejando la duda si vivirá para cantar nuevamente o si volverá al lado oscuro para unirse una vez más a Venus.  Vocalmente el elenco contó con valiosos cantantes y artistas, principalmente estadounidenses, como Russell Thomas, un tenor dramático spinto, de buenas cualidades vocales, si bien no podría considerársele como un heldentenor puro, su incursión en este repertorio y su experiencia cantando papeles wagnerianos (como lo hiciera con este mismo papel en Los Ángeles en el 2021 o en Parsifal aquí mismo en el 2024) lo ha hecho perfeccionar y conocer el estilo, pero sobre todo a saber gestionar la voz para sacar avante al personaje de Tannhäuser y sus exigencias. Su proyección es adecuada, y aunque no posee una voz potente y robusta, se distingue por la calidez de su timbre, su homogeneidad y la solidez técnica para emitir agudos dándole sentido y expresividad  a su parte. Por su parte, y en el papel de Elizabeth, la soprano Tamara Wilson, egresada del estudio del teatro y en la actualidad una reconocida interprete, destacó en su canto, y posee una voz de adecuada proyección, firme y vigorosa. En escena supo intercalar una actuación  entre la chica sencilla con alborozo, timidez, con fuerza y convicción abogando por la redención de Tannhäuser. Agradó la mezzosoprano Sasha Cooke, por la imagen sensual que irradió como Venus, con una voz que ha adquirido cuerpo, y que le ha permitido poco a poco entrar a este repertorio, cantando con tonalidad oscura, atractiva, demostrando que el canto wagneriano también puede ser grato si se canta con estilo y arresto que  sobre la energía y la fuerza; como lo fue el Ladgraf Hermann del bajo griego Alexandros Stavrakakis quien desplegando potencia y nervio supo cantar con matizadas tonalidades y eficacia. Buen desempeño y condiciones para este repertorio ofrecieron el tenor Martin Luther Clark como Walther von de Wogelweide; así como el barítono Luke Sutliff como Wolfram von Eschenbach, el bajo-barítono Cory McGee como Biterolf, el tenor Shawn Roth como Heinrich der Schreiber, así como el bajo chino Ziniu Zhao como Reimar von Sweter y la mezzosoprano Ani Kushyan en el papel del pastor. Estos últimos cinco cantantes son exalumnos o pertenecen actualmente al estudio del teatro, por lo que no pasará mucho tiempo para que estén cantando papeles de mayor envergadura en importantes teatros.  Buena fue la participación del coro del teatro cuando fue requerido, particularmente en el coro de los peregrinos, donde cantaron con determinación, exaltación y entusiasmo, con el profesionalismo que los caracteriza, bajo la conducción del maestro Richard Bado.  Una gran impresión dejó el maestro Erik Nielsen en su debut local. El maestro estadounidense, quien rara vez dirige en este país, mostró oficio como concertador desde el foso operístico, además de pericia y la autoridad que le ha dado su extensa carrera, dirigiendo principalmente operas en importantes escenarios. Desde la icónica obertura, ofreció  una ruta musical de la ópera con sus tres leitmotivs centrales presentes, así como buen manejo de los tiempos, de las brillantes texturas, evocaciones y éxtasis orquestales.  Los músicos de la orquesta se mostraron motivados y regalaron una memorable velada con su desempeño desde el foso.  La próxima temporada comenzará con un clásico estadounidense: Porgy and Bess de Gershwin, en la versión original del compositor, que la ha valido a este teatro en el pasado, la obtención de premios Grammy y Tony, y para la cual ya inició la venta de entradas.




Friday, November 22, 2024

Carmen en San Francisco

Fotos: Cory Weaver / San Francisco Opera

Ramón Jacques

Después de La Bohème de  Giacomo Puccini y de La Traviata de Giuseppe Verdi, Carmen la opéra-comique en cuatro actos, y última obra del compositor francés Georges Bizet (1838-1875), con libreto de Henri Meilhac y Ludovic Halévyy que está basada en un cuento de Prosper Mérimée, es de acuerdo a la asociación Opera America, que agrupa a los teatros de Norteamérica, la tercera ópera más representada en los últimos años por los teatros de esta región, como probablemente lo sea también contabilizando todas las representaciones de la obra de los teatros a nivel mundial.  Después de su estreno, que se llevó a cabo en el escenario del teatro de la Opéra-Comique el 3 de marzo de 1875, a Carmen se le  llegó a considerar como un renacimiento de la ópera francesa y un retorno al lirismo, en la tradición de las óperas de Rameau, Gluck y Berlioz.  Su éxito, hizo que la obra fuera escenificada poco tiempo después en escenario estadounidense (en Nueva York en octubre de 1878). Pasaron varios años, hasta que en octubre de 1927 finalmente ingresó al repertorio de la Ópera de San Francisco, en la que fue la quinta temporada de la compañía, y desde entonces, como es de imaginarse, se escenifica con regularidad con notables repartos. Además, con Carmen, concluyó la temporada del otoño-invierno 2024, que como nunca, fue escasa en cuanto a número de títulos -apenas cuatro incluida Carmen, más la 9ª sinfonía de Beethoven en un solo concierto- pero que fue rica y atractiva desde el punto de vista musical y artístico, ya que incluyó dos títulos muy exigentes y atractivos como: Tristán e Isolda de Wagner y The Handmaid’sTale de Poul Ruders, que reseñé para esta publicación. La temporada continuará en el verano del 2005, ofreciendo solo dos títulos y una gala operística, que de ninguna manera es un numero ideal, para un teatro de la historia y la relevancia que tiene San Francisco. En cuanto a la función presenciada, la impresión que me quedó de haber visto  Carmen en un nuevo montaje, es que es una obra difícil de representar en lo actoral y en lo escénico, ya que no importa la manera en se escenifique, la época o donde se situé la acción, si se hace con una visión o enfoque diferente, apegada a la historia o de manera controvertida; lo cierto es que tanto se  publicó se le ha convencido y condicionada al público, de que trata de una trama de fuerte contexto de rigor moral en el que Carmen es una mujer sensual, se le ve como una libertina, o como un personaje original porque es libre en cuerpo y en espíritu. En ese respecto, en este escenario se han visto dos visiones distintas de la obra como, citando, por ejemplo, la de Calixto Bieito, que tiende a ser controvertida; como la del célebre director francés Jean-Pierre Ponnelle, que es clásica, apegada a lo que indica el libreto, y visualmente atractiva. En esta ocasión, se recurrió al montaje, de la directora escénica estadounidense Francesca Zambello, estrenado aquí mismo en el 2019, coproducción con la Washington National Opera, teatro del que ella es la directora artística, y que está basado en la producción escénica vista en el Covent Garden de Londres del 2006 (de la cual existe un-DVD editado por el sello Decca con Anna Caterina Antonacci, Jonas Kaufmann, bajo la conducción musical de Antonio Pappano). En su idea escénica, Zambello, intentó ir un más allá de los estereotipos siempre vistos en otros montajes, y a pesar de algunas ideas novedosas, como en el inicio, después del preludio orquestal de Bizet, cuando se abre la cortina y se ve a Don José encadenado, y llevado a la fuerza por unos oficiales, a ser encarcelado o quizás ejecutado, o la entrada de Escamillo que ocurre montando un enorme blanco caballo en el escenario, que se repite en el último acto, cuando antes de la corrida Escamillo y Carmen haciendo su entrada en el mismo caballo es. De ninguna manera se debe menospreciar el trabajo actoral, aquí visto porque aunque las ideas y movimientos de los personajes se alejaron de la sobreactuación en el desempeño de los artistas, en los que se notó naturalidad y fluidez, es difícil imaginar que los sentimientos de amor, traición, pasión, seducción y celos, que culminan en un asesinato; difícilmente puedan ser representadas en escena de una manera diferente de cómo son en realidad en la vida real, por lo que sin quererlo,  se deben retomar los clichés volviendo a un script del que parece difícil salirse; por ello, al final, pienso que Carmen -el personaje y la ópera-siempre tienen su dificultad, siempre buscando hacerla convincente, sin influir en la historia, y su verdadero éxito parece radicar en la parte orquestal, coral y en su elenco vocal.  El montaje escénico, aunque austero, tan solo algunos muros al fondo del escenario, pero con elegantes y bien confeccionados vestuarios ideados por la propia Francesca Zambello, trasladaron la escena a una Sevilla solar, radiante y mediterránea, efecto bien apoyado por la iluminación de Paul Constable y en las coreografías y bailables flamencos de Anna Maria Bruzzese.  El elenco vocal no defraudó comenzando por la notable gitana a la que dio vida la mezzosoprano suiza-francesa Eve-Maud Hubeaux, quien, en su debut escénico estadounidense dotó de personalidad, carisma y elegancia, característica poco vista en este personaje, en su manera de caracterizar su personaje. Nunca carente de sensualidad y convicción en el escenario. Cantó con seductora y sugerente tonalidad oscura, pero plena de matices y variadas coloraciones, y notable dicción, que demostró en las escenas en las que se incluyeron textos hablados. Por su parte, el tenor Jonathan Tetelman, mostró explosividad vocal con la emisión de seguros y brillantes agudos, y cualidades que hicieron que su voz fuera apropiada para el personaje de Don José. También debutando en un escenario estadounidense, la soprano Louise Alder caracterizó a una Micaela más determinada, que frágil y que gustó y convenció cantando sus arias.  Correcto estuvo el Escamillo del bajo-barítono Christian Van Horn, algo evidente con una voz importante y extensa experiencia como la que el posee.  Bien complementado estuvo el elenco conformado por jóvenes cantantes que cumplieron con aplomo en sus intervenciones y en sus personajes destacando a la soprano Arianna Rodríguez como Frasquita, a la mezzosoprano Nikola Printz como Mercedes, y al tenor Christopher Oglesby como Dancaïre. En cualquier función de este teatro, su fortaleza siempre está en sus cuerpos estables como el coro que dirige el maestro John Keene, que mostró fortaleza, entereza cuando tuvo que participar, así como su orquesta que mostro intensidad, ímpetu y musicalidad para darle viveza a la partitura, bajo la entusiasta lectura y segura conducción del joven director de orquesta Benjamin Manis, curtido principalmente dirigiendo diversos repertorios y producciones en la Ópera de Houston.




Thursday, May 16, 2024

The Sound of Music en Houston

Fotos: Michael Bishop / Houston Grand Opera

Ramón Jacques

Tradicionalmente han sido muy pocos los teatros de ópera estadounidenses que se interesan en programar musicales como parte de sus temporadas.   Existe una línea muy tenue que divide este género -el musical- y la ópera lirica, que en esencia se asemejan en que ambos requieren de competentes cantantes, buenas escenografías y vestuarios, actuación, orquesta y coro- aunque tradicionalmente la visión siempre fueran otros los que se encargaran de los musicales.  La Gran Opera de Houston es uno de los teatros de ópera importantes – en una lista a la que se ha agregado la Lyric Opera de Chicago- que recurrentemente programan obras de la “lirica americana” si se permite el termino, y es precisamente con el célebre The Sound of Music con música de Richard Rogers y letras de Oscar Hammerstein II la obra que el teatro texano eligió para concluir sus actividades de esta temporada. La administración de la compañía ha tenido a lo largo de su historia la misión de encargar y estrenar al menos una ópera por año, especialmente de compositores estadounidenses - aunque esa lista incluye dos óperas en español de Daniel Catán-; así como el compromiso de representar títulos de compositores estadounidenses, aunque no hayan sido comisionados por el teatro.  Dentro de este ultimo rubro entran los musicales, como parte de una estrecha relación que el teatro bautizó como “Broadway en la Houston Grand Opera” y que el teatro quiso evidenciar, montando en el vestíbulo y los pasillos del teatro, una exposición muy completa y detallada que contenía: interesantes documentos, programas de mano, partituras, vestuarios etc sobre los musicales que aquí se han presentado, a propósito del estreno en este escenario de The Sound of Music.  Fue precisamente la Ópera de Houston quien hizo que muchos teatros de ópera estadounidenses voltearan hacia los musicales, y el detonador ocurrió en 1982 con la Show Boat (1927) de Jerome Kern y Oscar Hammerstein II, cuya producción originada en el teatro de Houston tuvo tanto tan éxito, que fue llevada de gira por diversas ciudades y teatros de Estados Unidos y del extranjero, además de un exitoso periodo en Broadway. Este espectáculo ayudó a establecer el teatro musical clásico como una forma de arte indiscutiblemente americana que se ganó con justicia su lugar en los teatros de ópera. Entre los títulos de los musicales que se han visto en este recinto, algunos en más de una ocasión, se pueden mencionar: Porgy and Bess de George Gershwin, Hello, ¡Dolly! de Jerry Hermann, Sweeney Todd de Stephen Sondheim, Carousel de Richard Rogers y Oscar Hammerstein II, My Fair Lady de Frederick Loewe, A Little Night Music de Stephen Sondeheim y West Side Story con música de Leonard Bernstein y Stephen Sondheim, que ya forma parte de la temporada del próximo año, entre otros titulos.  The Sound of Music tuvo su estreno en Broadway en noviembre de 1959, y esta basada en las memorias de Maria von Trapp (The Story of the Trapp Family Singers) de 1949. Situada en Austria en 1938, Maria Reiner, el personaje principal, se convierte en la institutriz de una extensa familia con niños, mientras decide entrar a un convento, termina enamorándose y casándose con el Capitan von Trapp, el padre de familia viudos, para terminar, huyendo de Austria antes del Anschluss – la anexión de Austria por parte de Alemania.  Apegándose a los ambientes descritos por la historia: como los bosques y montañas nevadas, visibles en enormes pinturas en el telón colocado al fondo del escenario, un convento, el opulento salón y la recamara de una casa; fue lo que inspiró a Peter J. Davison, diseñador de las escenografías, a Francesca Zambello, la directora de escena, y vestuarios de época de Aleš Valášek; para crear y ofrecer un espectáculo visualmente estético, sugestivo y de buen gusto en su elaboración. La producción escénica, coproducida entre el teatro de Houston y el Festival de Glimmerglass de Nueva York, del que Zambello es directora artística, tuvo estreno en el verano del 2022. La orquesta y el coro del teatro tuvieron su aporte para crear ese ambiente mágico y alegre, tocando los pasajes musicales conocidos con los redondearon un valioso espectáculo, ambos fueron dirigidos por la entusiasta conducción del maestro Richard Bado, con una carrera de cuarenta años con la compañía en el que ha ocupado diversas posiciones, como la preparación y dirección del coro.  El extenso elenco fue encabezado por la mezzosoprano Isabel Leonard, quien no escatimó recursos en lo vocal ni en su actuación para personificar una afable y afectuosa Maria Rainer, cantando con claridad, buena dicción, pasión y sentimiento. Sobresalieron también el barítono Alexander Birch Elliott como el Capitan Georg von Trapp, la soprano Katie Van Kooten como la madre superiora, la soprano Tori Tedeschi Adams como Liesl, el barítono Daniel Belcher como Max Detweiler, la mezzosoprano Megan Marino en el papel de Elsa Schraeder, y el resto de los cantantes y los niños que interpretaron bien a cada uno de sus personajes.  Las nueve funciones que se programaron estuvieron repletas de público que aplaudió efusivamente y gozó el escuchar piezas conocidas como: Edelweiss, Climb Ev’ry Mountain, My Favorite Things, y obviamente The Sound of Music, entre otras piezas conocidas de la singular obra musical.



Friday, June 17, 2022

Aida en Los Ángeles

Foto: Cory Weaver / LA Opera

Ramón Jacques 

Aida de Giuseppe Verdi es la última producción escénica de la temporada de la LA Opera. Aunque estadísticamente esta ópera es una de las diez más representadas, y Verdi es el compositor que lidera en la representación escénica de óperas de su autoría, a nivel global, el repertorio operístico es tan vasto y las posibilidades de los teatros para programar son tan amplias, que incluso un título tan importante y popular como este puede pasar dieciséis años ausente de un importante escenario estadounidense como este, sin considerarse un descuido u omisión del teatro. Habitualmente se espera que la reposición de un título de este calibre, requiere de una opulenta, interesante o estimulante producción escénica y un sobresaliente elenco vocal. Aquí, ambos requisitos se cumplieron, aunque no de una manera absolutamente convincente en la parte escénica. Partiendo de la premisa de que la trama, con los personajes de Aida, puede suceder en cualquier lugar o tiempo (el libreto de la ópera no especifica un periodo preciso) y con la intención de cambiar un poco la idea o la concepción que el público tiene de la ópera cuando ocupa su butaca (pensando en Egipto, con realeza, militares, guerreros, esclavos etíopes etc) es donde nace la idea de la producción vista en esta función, de crear una ambientación moderna y cercana al espectador. Así, el montaje (estrenado hace seis años en San Francisco y coproducido con los teatros de Washington, Seattle y Minnesota) trasladó la escena a un lugar y a un tiempo indeterminado y abstracto, y cada escena a lo largo de la función contó con los diseños e instalaciones de RETNA (Marquis Duriel Lewis) reconocido artista contemporáneo angelino, por su arte con el grafiti, quien ideó un marco indudablemente atractivo con jeroglíficos y garabatos en intensos colores blancos, azules, amarillos rojos al fondo del escenario y en diferentes telones que colgaban sobre el escenario. La iluminación estuvo a cargo de Mark McCullough.  Si bien, los diseños lucían de estilo oriental, bajo el entendido de que no se trataba de una Aida tradicional, las cosas comenzaron a enredarse más de lo necesario en la parte visual y estética del espectaculo, con las escenografías de Michael Yeargan, quien en basándose en los diseños de RETNA, creó, por ejemplo, instalaciones que parecían árboles en un bosque; o colocando tarimas a cada lado del escenario donde se situó el coro en la escena de la entrada triunfal de Radames, donde el espacio se fue reduciendo, al punto que el escenario  lucia por momentos excesivamente cargado y abigarrado. Poco ayudó la elección de vestuarios de Anita Yavich, de diferentes épocas: elegantes trajes de militares para los egipcios, o de guerrilleros para los etíopes, como tampoco las coreografías y ballets clásicos dentro de ambiente moderno. Poco espacio quedó también para una verdadera dirección escénica de Francesca Zambello, y para una libre la expresión actoral de los artistas, que lucieron inciertos y por momentos abrumados y sobreactuados. La parte musical fue superior, gracias a la entusiasta, dinámica y segura conducción de James Conlon, quien conoce bien este repertorio, que dirige con intensidad y emoción, sabiendo exprimir y optimizar las cualidades de los músicos de la orquesta, de la que es su titular, y de su consideración por las voces. En el elenco de cantantes, la soprano Latonia Moore, como Aida, papel que ha cantado en innumerables ocasiones, demostró dominio vocal, con una voz cálida, elegante en su expresión y conmovedora en la emisión de agudos como en sus pianos. El tenor Russell Thomas, dejo constancia de un canto brillante, comunicativo y de adecuada proyección. En su debut en el papel de Radames, ofreció un resultado muy satisfactorio. Una grata sorpresa fue contar con la presencia de Melody Moore quien personifico a una intensa Amneris con profunda y bien matizada voz, y con la justa medida de actuación y dramatismo. Correctas estuvieron las intervenciones del bajo Morris Robinson como Ramfis, George Gadnize como Radames y Peixin Chen como el Rey de Egipto.  No se puede olvidar el aporte que tiene el coro en Aida, y esta vez el coro de la ópera de Los Ángeles, dirigido por Grant Gershon, estuvo a la altura de las exigencias requeridas.




Tuesday, February 1, 2022

Diálogos de Carmelitas de Francis Poulenc en Houston - Houston Grand Opera

Foto: Lynn Lane / HGO

Ramón Jacques

Después de más de treinta años de ausencia Dialogues des Carmélites de Francis Poulenc vuelve al escenario de la Gran ópera de Houston. A pesar de que en Norteamérica sus representaciones son escasas, se trata de una obra maestra del siglo XX que no ha perdido su lugar dentro del repertorio operístico tradicional. Recientemente, el Metropolitan de Nueva York la presentó en el 2019; y a parte de estas funciones en Houston, la ópera de San Francisco (compañía donde fue presentada por primera vez en Estados Unidos, en septiembre de 1957, tan solo tres meses después de su estreno absoluto en lengua francesa en junio de 1957 en Paris) la programó para octubre del 2022, a futuro es incierto que otro teatro podría tenerla en su agenda. La producción de Houston logró cumplir parcialmente con las expectativas que se generan cuando se escenifica una obra de este calibre. El montaje diseñado por Hildegard Bechter, agradó por su sencillez y minimalismo, consistente de tres muros circulares sobre la escena, que giraban con cada cambio de escena y ambiente, y algunos motivos religiosos y mínimos elementos; aunado al brillante manejo de la iluminación, que provenía de ambos extremos, o del fondo del escenario, ideado por del iluminador Mark McCullough, se creó una constante sensación de angustia, inquietud y zozobra.  Bechter se inspiró para sus diseños en de la capilla de Notre Dame de Haut de Ronchamp, Francia, del arquitecto Le Corbusier. De muy buena manufactura y apariencia lucieron los elegantes vestuarios de época de Claudie Gastine. La combinación creó estéticos y sublimes cuadros, que supusieron un problema para la dirección escénica de Francesca Zambello, que fue prácticamente inexistente, ya que el desarrollo de la función se pareció más a la sucesión de hermosos cuadros o pinturas en un museo, que a una obra con continuidad e hilo conductor. La sobreactuación, y cargado dramatismo en la actuación de algunos personajes, fue innecesaria dado el contexto de la historia y por la tensión ya implícita en la orquestación. Su manera de resolver la escena de la guillotina, con las monjas entrando a una capsula dorada, además de romper con la artística visual, fue un recurso discutible y caricaturesco. La exuberante y expresiva música contenida en la partitura habló por sí sola con el profesional desempeño de los músicos de la orquesta, a pesar de la errática y superficial conducción de Patrick Summers, quien pareció no profundizar en la búsqueda de colores y matices, y por los cambios inesperados en la dinámica, que por momentos fue demasiado aprisa y en otros con aletargada y fastidiosa lentitud. Del elenco vocal, se puede destacar la experiencia y solidez vocal de la soprano Patricia Racette en el papel de Madame Croissy, en sustitución de la originalmente anunciada Anna Caterina Antonacci.  Como Blanche, la soprano galesa Natalya Romaniw mostró un timbre robusto, con buena proyección y sensibilidad.  Por su parte Lauren Snouffer, agradó en el papel de Constance por la nitidez y la claridad de su voz, la gama de colores en su timbre, su admirable dicción y el carácter juvenil e ingenuo con el que dotó a su personaje. La mezzosoprano Jennifer Johnson-Cano, cantó con profundidad y calidez como Marie de l’ncarnation. Christine Goerke, desplegó una voz potente y uniforme, y tuvo un convincente desempeño escénico como Madame Lidoine. Correctos estuvieron el resto de cantantes del elenco, y los miembros del coro, con una mención para el veterano barítono Rod Gilfry como el Marquis de la Force, para el tenor Chad Shelton como el Capellán, y para el tenor Eric Taylor que dio vida al personaje del Chevalier de la Force. Debe mencionarse también la conmovedora, melancólica y escalofriante ejecución del ‘Salve Regina’ en el final de la obra, uno de los momentos cumbres de la ópera y quizás del repertorio operístico, por lo menos del siglo XX.



Tuesday, March 19, 2019

Florencia en el Amazonas en Houston

Fotos: Lynn Lane

Lorena J. Rosas

Fue en este escenario donde en el año de 1996 se realizó el estreno absoluto de esta ópera de Daniel Catán, posteriormente la obra fue repuesta aquí mismo en el 2001, y una vez más dentro de la presente temporada.  Con una creación escénica actualizada, y estrenada en Los Ángeles en el 2014, se mantiene el concepto original del barco giratorio – El Dorado- sobre el que viajan los personajes. Bailarines de ballet alrededor del barco simulan a los dioses del rio, y proyecciones al fondo del escenario aunados a una brillante iluminación, oscura y lúgubre por momentos, crearon el efecto de una tormenta, una oscura noche y la colorida transformación de Florencia en mariposa, resaltando el realismo mágico contenido en la trama y haciendo que la parte visual del espectáculo fuera muy atractiva. Todo se basó en el montaje original ideado para el estreno, con dirección escénica de Francesca Zambello, escenografías de Robert Israel y vestuarios de Catherine Zuber, también creadores del estreno de la obra en 1996.  
Cada nueva ocasión que se tiene para escuchar Florencia, permite descubrir nuevos aspectos de su suntuosa orquestación, y de la mano de Patrick Summers, director musical del teatro, la parte musical resaltó por su atención al detalle, a los matices y a los colores melódicos de la partitura.  La orquesta mostró uniformidad y soltura en una música que les resulta familiar.  La soprano Ana María Martínez, quien en el 2001 cantó el papel de Rosalba, asumió el papel de Florencia Grimaldi imprimiéndole experiencia y pericia a su actuación, así como suavidad y tersura a su canto. Tanto Nancy Fabiola Herrera como Thomas Glass personificaron de manera correcta a Paula y a Álvaro, a pesar de algunas deficiencias en la dicción. Alicia Gianni fue una jovial y graciosa Rosalba, y el tenor Joshua Guerrero cautivó por su cálido y penetrante canto como Arcadio.  Norman Garrett fue un seguro Riolobo, el personaje místico que aparece en escena como narrador, como uno de los personajes y como una especie de personaje que transita entre la realidad y la fantasía. El elenco lo completó el curtido bajo-barítono David Pittsinger quien dio vida al Capitán

Wednesday, December 12, 2018

Norma en el Teatro Municipal de Santiago de Chile


Fotos: Teatro Municipal de Santiago

Joel Poblete

A diferencia del venerable Colón de Buenos Aires, donde ha contado con intérpretes del rol titular tan eminentes como Gina Cigna, Zinka Milanov, Leyla Gencer, Joan Sutherland y la mismísima Maria Callas, al otro lado de la cordillera de los Andes, en Chile y particularmente en su Teatro Municipal de Santiago, la trayectoria de la ópera Norma ha sido menos extensa y rutilante.  Estrenada en ese país en 1844, la célebre obra de Bellini se presentó en un puñado de oportunidades hasta que finalmente debutó en 1861 en el Municipal, regresando posteriormente en otras 17 temporadas, aunque a lo largo del siglo XX sólo se dio en 5 oportunidades. En las últimas tres décadas ese escenario apenas la representó en 1987 y 2000, por lo que las funciones que se realizaron durante la primera quincena de noviembre -con pocas semanas de diferencia con el retorno de la misma obra al Colón porteño- la traían de regreso al Municipal luego de 18 años de ausencia, cerrando su temporada lírica 2018.La partitura se ofreció con dos repartos: el principal, el Elenco Internacional, no sólo fue recibido con reseñas tibias o derechamente negativas por parte de los críticos locales, sino incluso tuvo silbidos y abucheos dirigidos especialmente al director musical y titular de la Filarmónica de Santiago que dirigía por primera vez esta partitura, el ruso Konstantin Chudovsky, y también a los responsables de la puesta en escena, todos debutando en Chile y encabezados por la reconocida régisseur Francesca Zambello.  Personalmente no pude estar presente en esas funciones, pero sí pude asistir a una representación con el segundo reparto, el llamado Elenco Estelar, cuyos cuatro cantantes principales eran extranjeros, todos debutando en Chile. Y los resultados fueron mucho mejores de lo esperado, considerando no sólo la recepción que había tenido el otro elenco sino además teniendo en cuenta lo difícil que es y siempre ha sido montar esta ópera de manera satisfactoria, en especial por las exigencias para los cantantes, particularmente el demandante rol titular.  

En ese sentido, considerando que era su debut absoluto en el personaje, el desempeño de la soprano estadounidense Elizabeth Baldwin fue verdaderamente impresionante. En lo musical, posee una voz de atractivo color y timbre, cómoda a lo largo del registro, con agudos firmes y un volumen capaz de superar sin problemas al coro y la orquesta en determinadas escenas; a diferencia de otras colegas con un instrumento de similares características cuyo caudal no logran dominar ni desarrollar matices, a pesar de las agotadoras exigencias del rol la intérprete supo trabajar sutilezas, en especial en los momentos más íntimos o de mayor lirismo, como sus dúos con Adalgisa, correctamente encarnada por la ascendente y joven soprano rusa Vlada Borovko, quien cantó con convicción y dio a su personaje la adecuada apariencia de ingenuidad. Las dos sopranos consiguieron buena química en lo escénico y vocal, y si bien Baldwin aún deberá seguir trabajando distintos aspectos de su interpretación -en especial mayor definición y claridad en la coloratura-, para ser su primera Norma, los logros fueron notables, y revelaron no sólo a una prometedora cantante, sino además a una artista que en lo teatral demuestra sensibilidad, expresividad dramática y buen entendimiento del personaje, tanto como sacerdotisa como también en sus facetas de madre, amante y amiga.  Mientras el bajo turco Önay Köse fue un solvente Oroveso, en el a menudo ingrato rol de Pollione el tenor ruso Kirill Zolochevskiy fue creíble y menos pusilánime que otros intérpretes del papel, y cantó con energía y arrojo abordando lo mejor que pudo los momentos más exigentes y heroicos, aunque su voz es más lírica y de menos peso que las de otros colegas que lo abordan habitualmente. Y completando el reparto, dos chilenos estuvieron muy bien en roles más secundarios: la mezzosoprano Evelyn Ramírez como Clotilde, que cantó en ambos elencos, y el tenor Rony Ancavil como Flavio.  Aunque su excesivamente acelerada versión de la obertura no le dio mayor realce o relieve a ese fragmento inicial, el director residente de la Filarmónica de Santiago, el maestro chileno Pedro-Pablo Prudencio, fue progresando junto a la orquesta a lo largo de la función, resaltando los distintos detalles y atmósferas de la bella partitura belliniana hasta alcanzar una importante cuota de emoción en el desenlace. Y como es habitual, el Coro del Municipal de Santiago, dirigido por Jorge Klastornik, estuvo muy sólido y sacó mucho partido a sus puntuales pero importantes intervenciones en la obra.

¿Y lo escénico? De partida, hay que decir que 2018 fue uno de los años más irregulares e incluso mediocres en ese aspecto que puedan recordar los espectadores del Municipal: a mi juicio, de los estrenos líricos previos en la temporada, el montaje más atractivo y logrado en lo teatral había sido el estreno en Chile de la Lulu de Berg, pero quizás el único que generó consenso positivo entre público y crítica fue El barbero de Sevilla, aunque careció de novedad considerando que se trata de una producción ya conocida en 2008 y 2013. Y ninguno de los tres títulos restantes -Don Giovanni, el estreno mundial de la ópera chilena El Cristo de Elqui y la austera y despojada versión de Willy Decker para Tosca importada desde la Opera de Stuttgart- logró convencer o entusiasmar demasiado; de hecho, tanto en el título mozartiano como en el pucciniano, los equipos escénicos fueron recibidos con sonoros abucheos.  Para esta Norma, se convocó a un equipo teatral de prometedores antecedentes, encabezado por la estadounidense Francesca Zambello, quien cuenta con una reconocida trayectoria de más de tres décadas como regisseur en algunos de los más prestigiosos teatros del mundo y es la directora artística de la Ópera de Washington y dirige el Festival Glimmerglass. Muchos operáticos conocen sus créditos, algunos editados comercialmente en dvd o blu-ray, como esa Bohème de la Ópera de San Francisco con Pavarotti y Freni a fines de los años 80, o creaciones para el Covent Garden como su Carmen de 2007 con Antonacci y Kaufmann y su Don Giovanni de 2008. Y si bien en el MET de Nueva York su debut en 1992 con Lucia de Lammermoor no gustó mucho, se han mantenido en el repertorio de ese teatro sus propuestas para Los troyanos de 2003 y el estreno en Estados Unidos de Cyrano de Bergerac de 2005. Además, dio mucho que hablar con su versión para la tetralogía wagneriana de 2011 en San Francisco, repuesta este año.  Pero más allá de los pergaminos, lo que importa es lo que pudo verse, y por lo mismo no deja de sorprender que el trabajo de Zambello y su equipo, que incluyó a dos habituales colaboradores suyos como el escenógrafo Peter J. Davison y el iluminador Mark McCullough, haya sido recibido negativamente no sólo por algunos espectadores que abuchearon la noche de la premiere, sino además por casi todos los críticos locales. Porque a mi juicio la puesta en escena de esta Norma fue no sólo de lo poco rescatable de la temporada, sino además de lo más atractivo de los últimos años en términos visuales en la lírica presentada en el Municipal. Quizás no se puede negar que la decisión de Zambello de ambientar la historia en el siglo XIX en vez de la Galia del siglo I AC podría haber despistado a más de un espectador que veía por primera vez la obra y era susceptible de generar confusión entre la trama original y lo que se veía, pero esta no es la primera vez ni será la última en que se haga esto en un escenario con la obra de Bellini (de hecho, para bien o para mal, es casi lo habitual hoy en día), y sin ir más lejos la penúltima vez que se presentó en el Municipal, en la puesta en escena de Michael Rennison de 1987, ya se había alterado el marco histórico. Lo importante es que al margen del cambio escénico, no se traicione el espíritu del argumento, y acá a mi juicio esto se respetó. 

Con marcados desplazamientos escénicos de los solistas y el coro, Zambello consiguió alejar a la obra del rígido estatismo en el que caen algunas producciones, dándole dinamismo y sentido dramático a algunos de los momentos culminantes, como en el final del primer acto, la invocación de guerra en la última escena, o en el desenlace de la partitura. Esta Norma se sintió viva y vigente, en especial gracias a la poderosa y córporea visualidad de la escenografía de Davison, quien además de diseñar para ella creaciones como el Cyrano de Bergerac del MET también ha colaborado con otros ilustres artistas en ese y otros escenarios, como Jonathan Miller en The Rake's Progress y Las bodas de Fígaro. Por sus dimensiones y uso del espacio, con el gran apoyo de la sugerente iluminación de McCullough y los atractivos vestuarios de Jennifer Moeller, la escenografía destacó y se lució, especialmente en estos tiempos en los que cada vez es más habitual que veamos montajes con el escenario desnudo o que recurren mayormente a proyecciones de imágenes. Por lo mismo, aun considerando que las opiniones en temas artísticos son subjetivas, de todos modos me parece que calificativos como "insulsa" y "aparatosa", que usaron algunos críticos en sus comentarios para definir lo diseñado por Davison, fueron tan injustificados como los abucheos del estreno. 


Monday, May 21, 2018

West Side Story en Houston


Foto: Lynn Lane

Lorena J. Rosas

West Side Story, clásico de Broadway estrenado en 1957, con música de Leonard Bernstein y letra de Stephen Sondheim fue incluido como uno de los títulos de la actual temporada de ópera en Houston. Además de servir de homenaje al legendario compositor y director de orquesta estadounidense, es una manifestación de que los teatros estadounidenses, pequeños o grandes, tienen siempre presentes a sus compositores, sean del pasado o contemporáneos. La ventaja de esta puesta en escena realizada por una compañía importante de ópera fue el cuidado tratamiento musical, vocal y orquestal que se le dio a la obra. Aquí, la voz del tenor Norman Reinhardt, como Tony, sonó con claridad e intención, redondeando las brillantes letras de Sondheim imprimiéndoles sentimiento.   Su radiante timbre se adaptó bien al texto, y regaló gratas interpretaciones de “Something’s Coming” de la perenne “María” así como de su dueto “One hand, one hear” Sin embargo, su actuación se dirigió al sentido contrario de su canto. Su Tony fue demasiado bonachón y debilucho, que no convenció de ser el líder de una pandilla.  La soprano Andrea Caroll dio vida al personaje de María. Formada en este teatro, es uno de los talentos en quien se apuesta a futuro para llevar a cabo una fructífera carrera, y para la próxima temporada se le confió el papel de Leila en Pescadores de Perlas.  En esta función, cantó con voz oscura, dúctil, y colorida, sin necesidad de fingir acentos, como el puertorriqueño y su actuación fue correcta.  Desde el punto de vista orquestal, la música es incomparable, la ejecución de la orquesta se puede describir como incandescente, ya que mantuvo latente el pulso rítmico, el sutil abandono y el realismo que Bernstein le supo plasmar. En el podio estuvo Timothy Myers, quien empuñó su batuta con entusiasmo y conocimiento de esta música.  La extensa lista de cantantes y bailarines tuvo un desempeño adecuado, destacando a Gabrielle McClinton como Anita. El coreógrafo puertorriqueño Julio Monge se apegó a los movimientos originales de Jerome Robbins.  La dirección escénica de Francesca Zambello, transcurrió sin ocurrencias fuera de la historia, pero tampoco pareció mantenerse en línea con el canto, y fue algo floja.  La obra se situó en la época actual, en lo que parecía ser una zona industrial por sus torres, escaleras, rejas de metal, en un concepto ideado por Peter J. Davison.  Si con algo me quedo de esta esta función, es la parte musical y vocal del homenajeado: Leonard Bernstein.



Wednesday, January 4, 2017

Faust di Gounod - Houston Grand Opera

Foto: Lynn Lane

Ramón Jacques

E’ innegabile che per risorse economiche, infrastrutture, tradizione, e calibro degli artisti che sono passati su questa scena, l’Opera di Houston è stata sempre una delle compagnie statunitensi più importanti. Tuttavia, parrebbe che negli ultimi anni la direzione artística abbia smarrito la strada, la motivazione e anche l’immaginazione. I cast hanno perso la loro attrattiva come una volta,  come pure la scelta delle produzioni sceniche nè la scelta dei titoli parrebbero più stimolanti. Prova di questo è il Faust di Gounod che è  stato proposto ora con il montaggio di Francesca Zambello, rimontato per l’occasione da Garnett Bruce, che anche se è funzionale e colorito, con bei costumi, e che situa l’azione all’interno di quello che appare un vecchio cartone animato, il suo aspetto visivo appare rudimentale, antiquato, rivelando il peso degli anni. A quest’opera del repertorio francese si sarebbe fatto giustizia con una nuova produzione in accordo con livello di questo teatro, invece si è ricorso ad altro già visto ed esaurito da perlomeno vent’anni o più. Queste scenografie hanno viaggiato in diversi teatri statunitensi, e giàil successo l’hanno ottenuto, essendo le stesse utilizzate nel 2007 con la memorabile interpretazione nel ruolo di Mefistofele del leggendario basso Samuel Ramey. Il cast in quest’occasione brillava sulla carta, ma il suo disimpegno non ha soddisfatto le aspettative, a cominciare dal basso barítono Luca Pisaroni un interprete che ha esagerato l’interpretazione di Mefistofele, con una gestualità che è parsa più ridicola che diabólica. Il suo disimpegno vocale e la sua dizione sono stati corretti, però la sua voce è parsa carente di corpo e di spessore che uno si aspetta da un personaggio come questo, tanto da essere inudibili vari passaggi. Il tenore Michael Fabiano, come Faust, ha avuto un inizio irregolare scomodo con la parte e la tesitura, però negli atti seguenti una volta che è riuscito a calibrare la voce ha mostrato doti affascinanti di una vocalità molto solida, piena di omogeneità di colore. Poco da dire sulla sua interpretazione scenica, scura e timida. Il soprano portoricano Ana María Martínez ha impersonato il ruolo di Margherita con magnifici lampi vocali, belle pennellate come nella sua aria “Ah je ris de voir”.  Non ha offerto un livello di prestazione cui siamo abituati. E nulla si può intimare o rimproverare a una cantante del suo livello, così la domanda sarebbe: ”È proprio necessario che la si metta in contratto invariabilmente in tutta la stagione privando così il pubblico dell’opportunità di ascoltare altre voci diverse o attuali?“ Una domanda a cui dovrebbe rispondere l’amministrazione del teatro.Molto discreta la partecipazione di Joshua Hopkins come Valentin e di Margaret Lattimore come Marthe, come gioviale e raggiante è stata Megan Mikailovna Samarin come Siebel.  Il coro si è mostrato sicuro nei suoi interventi e accanto all’orchestra i suoi interventi sono stati i momenti migliori di una rappresentazione appannata, con Antonino Fogliani che ha diretto un gruppo solido, compatto e omogeneo, e di grata e risonante sonorità

Friday, December 9, 2016

Fausto de Gounod en la Ópera de Houston

Foto: Lynn Lane

Ramón Jacques

Es innegable que por recursos económicos, infraestructura, tradición, y calibre de artistas que han pasado por su escenario, la Ópera de Houston ha sido siempre una de las compañías estadounidenses más importantes. Sin embargo, parecería que en los últimos años la dirección artística ha perdido el rumbo, la motivación e incluso la imaginación. Los elencos dejaron de ser atractivos como lo eran en antaño, como tampoco la elección de producciones escénicas ni la elección de títulos parece ser de lo más estimulante. Prueba de ello es este Fausto de Gounod, se ofreció de nueva cuenta con el montaje de Francesca Zambello, repuesto en esta ocasión por Garnett Bruce, que aunque es funcional y colorido, con buenos vestuarios, y que sitúa la acción dentro de lo que parecería una historieta antigua, su aspecto luce ya rudimentario, anticuado, denotando el paso de los años. A esta obra del repertorio francés se le hubiera hecho justicia con un una nueva producción acorde al nivel de este teatro, pero se recurrió a algo ya visto y gastado, de por lo menos veinte años o más. Estas escenografías han recorrido diversos teatros estadounidenses, y ya dieron de sí,  además son las mismas que aquí se utilizaron este en el 2007, con la memorable interpretación del papel de Mefistófeles del legendario bajo Samuel Ramey.  El elenco en esta ocasión lucia atractivo en la papeleta, pero su desempeño no cumplió con las expectativas, comenzando con el bajo-barítono Luca Pisaroni un intérprete que sobreactuó el papel de Mefistofeles y exageró la gestualidad al punto de hacerla parecer más ridícula que diabólica. Su desempeño vocal y su dicción fueron correctos, pero su voz pareció carecer del cuerpo y espesor que uno esperaría de un personaje como este, al punto de ser inaudible en varios pasajes.  El tenor Michael Fabiano, como Fausto, tuvo un inicio irregular incomodo con la parte y la tesitura, pero para los siguientes actos una vez que logró calibrar la voz mostró dotes fascinantes de una voz muy solida, plena de homogeneidad y color.  Poco que decir de su actuación, sombría y  tímida. 
La soprano puertorriqueña Ana María Martínez cumplió con el papel de Marguerite, con magníficos destellos vocales y gratas pinceladas como en su aria “Ah je ris de voir”  No ofreció una actuación del nivel que nos tiene acostumbrados, y nada se le puede escatimar o reprochar a una cantante de su nivel, aunque la duda seria si ¿es necesario que se le contrate invariablemente en todas las temporadas privando al publico la oportunidad de escuchar otras voces diferentes o actuales? Un cuestionamiento que tendría que responder la administración del teatro. Muy discretas las participaciones de Joshua Hopkins como Valentin y de Margaret Lattimore como Marthe, como jovial y radiante estuvo Megan Mikailovna Samarin como Siébel. El coro se mostró seguro en sus intervenciones y al lado de la orquesta fueron lo sobresaliente de una deslucida función, con Antonino Fogliani dirigiendo una agrupación solida, compacta, homogénea y de grata y resonante sonoridad.