ÉRASE UNA VEZ (IL ÉTAIT UNE FOIS): un coreógrafo fuera de serie, proteico, único, Maurice Béjart, que creó en consonancia con otros taumaturgos y siempre en armonía con todas las vibraciones del universo. El maestro de maestros, que en realidad se llamaba Maurice Berger, tenía un padre especialista en filosofía oriental, lo que habría de influirle a lo largo de su vida personal y profesional. Bailarin de joven, concibió su primera coreografía en Estocolmo, en 1950, una versión del tan revisitado “Pájaro de Fuego” de Stravinsky. Experimenta con la música electroacústica de Henry y Schaeffer y en 1959 retoma Stravinsky en una versión de “La consagración de la primavera” que hizo historia. El Ballet del Siglo XX, una de sus primeras creaciones, verá la luz en Bruselas y ejercitará su magia hasta 1987, cuando el artista se traslada a Lausanne y funda el Ballet homónimo en Suiza. Partidario de democratizar la danza sin que amortiguara su peso específico ni su trascendencia, con él bailaron Maya Pliséskaya, Alicia Alonso, Paolo Bartoluzzi o Marcia Haydée e interactuaron genios tan dispares y heterodoxos como el cineasta Federico Fellini o el diseñador Versace. Experimentó con toda la energía de las diferentes civilizaciones en cuyas fuentes bebió y por cuyos territorios paseó a la vez, las zapatillas, los maillots y las alas. JORGE DONN: Pareja sin igual, el dúo Béjart-Jorge Donn hizo historia y traspasó las fronteras del mundo de la danza, hasta que la muerte se llevó al bailarín argentino en 1992. Relación potente, creadora, Donn se transfiguró en su más complementario alter ego, estrenó y bailó durante años las famosas coreografías que Béjart en ocasiones había imaginado sobre todo para él: el “Bolero” de Ravel, que el realizador Claude Lelouch trasladó a la pantalla en “Les uns et les autres”,” Bhakti” (1968), “Nijinski clown de Dios” (1971), “Lo que el amor me dice” (1974) y “Adagietto” (1981) entre otras. Sus danzas griegas encandilaron al público madrileño hace décadas en el Palacio de los Deportes, en un despliegue de talento e incandescencia que algunos no hemos olvidado todavía y que experimentamos en su día como un regalo único, una ocasión para la memoria y el recuerdo. Puro Eros. Nada de Tánatos.
Nada de Tánatos. Nunca más… MAINTENANT (AHORA): La propuesta actualizada del Ballet Béjart Lausanne que se presenta en Alcobendas es otra cosa. Otra concepción del cuerpo y del movimiento. Mucha técnica y esfuerzo, pero falta el antiguo esplendor. Sin embargo, una velada más que digna, llena de expectativas. Con un público entregado a teatro lleno. El programa incluye un Paso a tres de Elton(John)/Berg, un Paso a dos de “Tristán e Isolda” de Wagner, el “Song of herself” con música de Franz Schubert y Dafnis Prieto y “Le chant du compagnon errant” de Mahler. Después de la pausa, el “Étude pour une dame aux camélias”, con música de Chopin y finalmente “L´oiseau de feu” de Stravinsky, todas coreografías de Maurice Béjart. La dirección del ballet en estos momentos, como desde la muerte del maestro está en manos de Gil Román, que lleva a cabo un trabajo encomiable. Su primer encuentro con el coreógrafo francés tuvo lugar en 1979, en el Ballet du XXè Siècle y a “la inteligencia de la palabra aliada a la pertinencia de la mirada hacen de Gil Román más que un intérprete de talento. El Béjart Ballet Lausanne, entró en el Libro Guinness por los 160 mil espectadores que vieron “1789…et nous” en París y los 50 mil que ovacionaron a la compañía en el ““Ballet por la vida” en México”. Nos alegramos de verdad y…nos morimos de nostalgia.
Opera-Musica Foto: Die Feen - Wagner - Théâtre du Châtelet, Paris - 04/2009(c) Marie-Noëlle Robert.
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Sunday, March 27, 2011
Ballet Béjart Lausanne en el Teatro Auditorio Ciudad de Alcobendas (Madrid). Cuaderno de bitácora pasado y presente
Alicia Perris
Tuesday, January 18, 2011
Se estrena la película "La Danza, el Ballet de la Opera de Paris" del director Frederick Wiseman
Foto: La Danse, el ballet de la Opera de Paris.Alicia Perris
Después de más de un año de su estreno en otros países, una única sala en Madrid exhibe la última película de un director que ha hecho de la investigación sociológica en las instituciones, su razón creativa. Antes había sido la première en el Institut Français de Madrid. El Ballet de la Ópera de París aparece así retratado en gran parte de su vida cotidiana, aunque todo hay que decirlo, predomina una veladura de tristeza y desaliento detrás de la aparente actividad del Teatro Garnier y sus criaturas. Trabajando todos los días durante las largas sesiones de repeticiones y ensayos, Wiseman alcanza a grabar según dicen unas 130 horas, de las que la sala de montaje dejará intactas para su exhibición unas dos horas y media, que tampoco es poco. La información que se reparte en el cine que pasa la película reitera que el director “está interesado en el descubrimiento de cómo la gente se comporta y se comunica en el trabajo, pero en realidad se trata de un diálogo a menudo mediado por las jerarquías del profesor y el alumno/a que recibe instrucciones sobre cómo trabajar su cuerpo, la expresividad de un pasaje o incluso los sentimientos que debe manejar para expresar sus emociones bailando. Frederick Wiseman ha dirigido cine y teatro, 36 documentales y dos largometrajes de ficción. Entre los documentales más famosos, Titicut Follies, High School, Law and Order Hospital, que retratan la complicada vida de organizaciones sociales como hospitales, juzgados o colegios. La película recibió un Premio César 2010 y varias otros reconocimientos en los festivales de Venecia, Sydney, Nueva Zelanda o Londres. Sin embargo, no todo lo que reluce es oro. Los tejados de París, enfocados reiteradamente por una cámara en apariencia neutra, alternan con los ensayos que dan prioridad casi absoluta a las exhibiciones de danza contemporánea, a pesar de que la Ópera de París es una institución famosa por su danza clásica y académica desde siempre. Suculentos platos de comida se muestran en un restaurante dentro de la Ópera, donde sin embargo no se ve cómo comen los bailarines ni otros participantes de la “maison parisiense”. Nada es lo que parece. Y la anorexia, tan contestada pero tan al uso en el territorio de la danza, aflora por aquí y por allá cuando la directora artística, que tiene un enorme papel en la cinta, le pregunta con inmenso placer a una de las bailarinas “si ha adelgazado”. Brigitte Lefèvre (París, 1944) parece el alma mater de esta película, desde donde filosofa sobre la edad de retiro de los bailarines (los 40 años), las circunstancias laborales y desde donde aprovecha para comentar, en passant, la ceremonia fúnebre dedicada a Maurice Béjart, mientras recuerda la necesidad de haberla abandonado con rapidez debido a una huelga en el teatro. Todo transcurre con una frialdad contenida. Todos parecen tristes. No existe o no se evidencia el disfrute del cuerpo expresándose, de la silueta humana en constante movimiento. La expresividad falla y resulta siempre algo impostado, salvo cuando el espectador, que organiza su creciente desasosiego como puede, es invadido por la locura ciega de una madre asesina de sus dos hijos, como en el ensayo de Medea. La Ópera Garnier que es uno de los edificios en su estilo más bellos del mundo, es enfocada en fragmentos, por partes, la sala, el techo con las pinturas de Chagall y vacíos., sin público Y los únicos personajes de la cinta de raza negra, no bailan, sino que se encargan de las tares de limpieza en la instalación. Una colmena con auténticas abejas tiene su nido en la terraza de la Ópera, como una metáfora clara de la organización del teatro, la abeja reina que dirige, ordena y manda, alrededor de la cual se afanan las abejas obreras. Se esperaba otra cosa de esta película que poco favor le hace al mundo de la danza. A la salida el espectador está hundido en la inquietud. No ha habido descubrimiento de arte o contagio de la sensación de crear por ninguna parte. El malestar y un cierto sentimiento fóbico se encaraman por la sensibilidad de quien durante tantos minutos, espera llegar a un clímax que no se deshaga una y otra vez en un anticlímax repetitivo y enfermizo de escaleras retorcidas, cloacas del edificio y una lejana y somera evocación de la leyenda del Fantasma de la Ópera, probablemente el más vital y radiante de los personajes que desfilan por la película.
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