jueves, 19 de diciembre de 2013

Die Fledermaus en la Houston Grand Opera

Foto: Felix Sanchez /  Houston Grand Opera

Carlos Rosas Torres

La Houston Grand Opera, considerada en la actualidad una de las cinco compañías de opera más importantes de Estados Unidos es el teatro que mas operas ha comisionado desde su fundación, contando a la fecha con 47 estrenos mundiales así como las primeras presentaciones estadounidenses de seis operas. Como inicio de su temporada 2013-2014, ofreció dos producciones, Aida y la opereta vienesa de Johann Strauss, Die Fledermaus, que había estado ausente de este escenario por más de treinta años.  La obra fue cantada en una versión en lengua inglesa, al igual que sus diálogos, y la producción encomendada a la directora australiana Lindy Hume, situó el desarrollo de la trama en un apartamento estilo Art Deco de los años 30 en un rascacielos de Manhattan. Los diseños de las escenografias fueron concebidos como Richard Roberts y los elegantes vestuarios de época por Angus Strathie. La idea de Hume, intentó acercar la obra a las antiguas películas de Hollywood, aunque parecía más una serie cómicas de la televisión estadounidense, y aunque desde el punto de vista visual la idea funciono, la comicidad natural que se desprende de la obra y la música, aquí estuvo cargada de innecesarios gags y sobreactuación de los artistas. La orquesta fue guiada por el maestro austriaco Thomas Rösner quien mostró seguridad y extrajo la efervescencia y burbujeante brillantez de la partitura en todo momento, con buena dinámica en los tiempos. Aceptable fue estuvo el desempeño del coro así como de las vivaces coreografías de Daniel Pelzing. El elenco compuesto en su totalidad por cantantes estadounidenses se mostró homogéneo en sus intervenciones. El barítono Liam Bommer fue un extrovertido Eisenstein de elegante y cálida voz, Wendy Bryn Harmer mostró buenas cualidades en su canto rotundo y amplio como Rosalinde, que se complementó bien en sus duetos con Alfred, que aquí fue personificado como un apasionado seductor por el tenor Anthony Dean Griffey, de amplia vocalidad, un poco áspera, pero solida. La soprano Laura Claycomb fue una caprichosa y manipuladora Adele que cantó con claridad y brillantes agudos. Un lujo fue contar con Susan Graham en el papel del Príncipe Orlofsky, la legendaria mezzosoprano dejo constancia de su amplia experiencia escénica y vocalmente se mostró en un nivel superior a los demás. El resto de cantantes y artistas cumplieron de manera adecuada. 

 

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