sábado, 14 de diciembre de 2013

Rigoletto en el Metropolitan


Ken Howard/Metropolitan Opera

Luis Gutierrez

Pese a una muy mala experiencia la primavera pasada, regresé a ver Rigoletto queriendo que me gustara pues es una de mis óperas favoritas de Verdi. Necesito mi “fix” anual de la misma. La producción de Michael Mayer no sólo no me gustó, la encontré sin sentido y creo que el señor “Tony awarded” – lo que sea que esto signifique– no tiene la menor idea de lo que es esta ópera y creo que ni la ópera en general. Es otro de los amiguitos que el gerente general del Met ha invitado para insuflar nueva energía a la ópera (¡joder con la frasecita!) Muchos han comparado lo que hace este ponedor de escena (situar la acción en Las Vegas del “rat–pack”) con lo hecho por Jonathan Miller al trasponerla a “Little Italy” en New York. Hay un aspecto en el que Mayer pierde toda la puntería pues tanto Francisco I (el rey que se divierte según Hugo) como el duque de Mantua son personajes con un poder absoluto sobre sus vasallos. El mafioso de Miller sí tiene ese poder, en tanto que el “crooner” de Mayer no es que un gato más del padrino que vive en New Jersey. Y tengo otras objeciones importantes, por supuesto en mi opinión. Se me hace muy difícil esconder a la hija de un payaso de casino de Las Vegas en un hotel en el que “todo se ve”, aunque “todo se quede en Vegas”, más difícil de creer es que la chava salga todas las fiestas a la iglesia donde ¡conoce a Frank Sinatra!  En la segunda parte del tercer acto, Verdi hace participar a la naturaleza como otro elemento musical cuando el coro ulula cual viento en una tormenta. Lo que el ponedor hace, es colocar una serie de grandes tubos de neón haciendo corto circuito como simulando la tormenta. O sea, ¿qué onda Michael? En mi opinión hubiera preferido una producción de Mike Myers –que seguramente sabe de ópera lo mismo que su casi homónimo. Por lo menos Myers hubiera cambiado el nombre de Maddalena por Alotta Fagina (sic) para estar a tono con el ambiente La función tuvo un gran bufón en Dmitri Hvorostovsky, así como una magnífica Gilda en la joven soprano búlgara Sonya Yoncheva, cuya voz lírica, grande y muy bien entonada, fue una sorpresa muy agradable. Matthew Polenzani fue un duque adecuado, como siempre lo es Polenzani, adecuado, nada más. Los dos asesinos estuvieron regulares y Monterone –otro personaje caricaturizado como sheik al que, por cierto, asesinan en el segundo acto– totalmente insatisfactorio. Robert Pomakov es incapaz de maldecir a nadie vocalmente. El director Pablo Heras–Casado movió el palito.   En resumen, Rigoletto y Gilda fueron una gran satisfacción vocal, pero de ninguna forma lograron balancear todas las bolas malas de la producción y el resto del elenco. Creo que no voy a regresar a este Rigoletto, a menos que tenga una necesidad extrema del “fix” y se presente un reparto de primera.

 

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