martes, 17 de diciembre de 2013

La Flauta Mágica en la Ópera de Los Ángeles

 
Foto: Robert Millard / LA Opera
 
Ramón Jacques
 
Mozart LA FLAUTA MAGICA J. Brugger, L. Brownlee, E. Miklósa, R. Pogossov, E. Boyer. Dir.: J. Conlon. Dir de esc.: B. Kosky.  30 de noviembre. Dorothy Chandler Pavilion.

Por su cercanía geográfica con los estudios cinematográficos de Hollywood, la Ópera de Los Ángeles ha establecido siempre vínculos con directores de escena, escenográfos, diseñadores provenientes de este mundo, por lo que el anunció de una puesta en escena de “estilo cinematográfico”, que generó tanta expectación, no podría ser estrenada en otro teatro estadounidense que no fuera este. La mezcla de fantasía, surrealismo, magia y emociones humanas que contiene la historia de esta opera, fue lo que inspiró a Bryan Kosky, intendente de la Komische Oper Berlín, a crear junto al grupo londinense de teatro 1927 un montaje novedoso y muy original, que situó a los personajes dentro de un filme del cine mudo en el que interactuaban con divertidas y coloridas animaciones proyectadas sobre una enorme pantalla blanca a sus espaldas, que fue el único elemento sobre el escenario. La producción fue estrenada en Berlín el año pasado. La sincronía entre los artistas y las escenas proyectas fue admirable, y los diálogos hablados fueron sustituidos por breves subtítulos acompañados por las fantasías al piano de Mozart. Los vestuarios correspondieron a los años 20 del siglo pasado, pero aunque la idea cumplió con el cometido de innovador, el continuo cambio de imágenes, que distrajo la atención del público, y los pocos movimientos de los artistas incidieron en la continuidad de la función.  El elenco se mostró en un buen nivel, y fue encabezado por el tenor Lawrence Brownlee como Tamino, por la calidez de su canto y la brillantez de su timbre, por Erika Miklósa y la explosividad pirotécnica que exhibió en las dos arias de la Reina de la Noche, y por Radion Pogossov por la comicidad y la seguridad vocal con la que dio vida a Papageno. Janai Brugger, ofreció una delicada y sensible Pamina, y el resto de los personajes, y el coro, estuvieron correctos y puntuales en cada una de sus intervenciones. James Conlon dirigió a la orquesta con su habitual entusiasmo y maestría muy acorde con la vivacidad del espectáculo. RJ

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