José Noé Mercado
Octubre 3, 2026. Uno de los programas musicales más atractivos presentados en el marco del Festival CulturaUNAM de este año fue el que ofreció la Orquesta Filarmónica de la UNAM (OFUNAM), bajo el sugerente título de Informe sobre ciegos. Como parte de su tercera temporada 2026, este par de conciertos, celebrados el sábado 3 y el domingo 4 de octubre en la Sala Nezahualcóyotl del Centro Cultural Universitario, se inscriben además en el margen celebratorio por los 90 años de historia de la orquesta, lo que refrenda su vitalidad institucional. Conducidas por su director artístico, el francés Sylvain Gasançon, las funciones ofrecieron un recorrido de contrastes formidables que dieron inicio, en una primera parte, con diez selecciones del ballet Romeo y Julieta op. 64 de Serguéi Prokófiev (1891-1953). La ejecución de la OFUNAM se articuló como un caudal narrativo continuo y coherente. Desde los célebres acordes de los Montescos y Capuletos, pasando por la acuarela alegre de La joven Julieta, el sigilo oculto en Máscaras, el lirismo tenso de Romeo y Julieta y el estallido dramático de La muerte de Teobaldo, la orquesta mostró un pulso firme y expresivo. El trayecto continuó con la mesura espiritual de Fray Lorenzo, el brío de la Danza, la delicadeza etérea de la Danza de las doncellas con lirios, hasta desembocar en la ineludible pesadumbre del Funeral de Julieta y la conmovedora Muerte de Julieta. Bajo la atenta concertación de Gasançon, el público asistente a la rehabilitada Sala Nezahualcóyotl disfrutó de una lectura ágil y delineada con esmero desde sus diversas secciones. El trabajo de las cuerdas destacó por su cálida limpieza, secundado por acentos vibrantes en las percusiones y elocuentes intervenciones de los metales. La batuta del director francés no solo supo hilar con transparencia los leitmotiven que entrelazan la compleja trama de este conocido ballet y la fina psicología sonora que Prokófiev inyectó a cada personaje, sino que logró caracterizar con hondura tanto la oscuridad ominosa del conflicto como la chispeante alegría juvenil del romance y la densa atmósfera fúnebre de la tragedia. Luego del intermedio, la expectación creció en el público que ansiaba la presentación de Informe sobre ciegos, una singular obra que conjuga el Concierto para piano y orquesta de cuerdas del compositor ruso-soviético Alfred Schnittke (1934-1998), con la adaptación realizada por el actor y productor John Malkovich (1953) del oscuro y fascinante pasaje homónimo de Ernesto Sabato (1911-2011), en un formato que funde el concierto sinfónico con la lectura dramatizada. Esta ambiciosa ejecución contó además con la participación de la pianista rusa Anastasya Terenkova y la presencia estelar del propio Malkovich sobre el escenario de la Sala Nezahualcóyotl. Aunque con frecuencia se le edita y considera como un texto independiente debido a su abrumadora potencia imaginativa y dramática, Informe sobre ciegos constituye en realidad el tercer capítulo de la novela Sobre héroes y tumbas del escritor argentino, también autor de obras que proyectan sus inquietudes literarias y humanas como El túnel o Abaddón el exterminador. La historia se despliega en primera persona con un narrador no confiable: Fernando Vidal Olmos, un personaje obsesivo, sacudido por profundos chispazos de locura, que se convence irremediablemente de la existencia de una conjura universal y milenaria orquestada por una secta de ciegos que habitan laberintos subterráneos bonaerenses, al acecho de la humanidad desde las cloacas y los suburbios. Más allá de conectar con teorías de conspiración que hoy harían eco en los creepypastas contemporáneos —o en inquietantes universos fílmicos recientes como Bugonia de Yorgos Lanthimos—, este pasaje funciona como una metáfora trágica y desoladora: el descenso a la oscuridad existencial, tanto como el sordo impacto de la soledad, el mal, la voluntad siniestra y esa mirada fronteriza y frágil que separa la cordura de la demencia. La interpretación de John Malkovich resultó electrizante. Su dominio de la escena fue absoluto y se tradujo en un embeleso magnético gracias a una declamación fluida, precisa y matizada, que osciló entre el lirismo neurótico, el fraseo cercano al canto rapeado y el delirio rítmico perfectamente calculado. Malkovich no realizó un simple ejercicio de lectura pronunciada de memoria. Su presencia construyó una verdad escénica arrolladora donde la palabra hablada y la música cobraron una profundidad simbiótica y expresiva, digna de cualquier ópera lograda. La labor de la OFUNAM fue fundamental para esculpir esa atmósfera de claustrofobia, apuntalada por la penumbra dispuesta en la sala a juego con la ceguera rectora del título. Desde el sutil repiqueteo inicial con una campanilla hasta las intervenciones expansivas al piano, Anastasya Terenkova no se quedó atrás, y ofreció un contundente y cristalino reflejo del atormentado interior de Fernando Vidal Olmos, entre loops espeluznantes y pasajes de una trágica y desgarradora belleza. Ataviado con traje verde, Malkovich recorrió el escenario serpenteando entre los atriles de los músicos, se postró ocasionalmente frente al piano y estableció una conexión directa, casi hipnótica, con el público, lo que sirvió como botón muestra del por qué es considerado uno de los histriones indiscutibles de nuestro tiempo. Atestiguar a Malkovich en vivo —luego de encarnar al legendario director Sergiu Celibidache en la pantalla grande con The Yellow Tie— permite trazar una conclusión muy clara: además de su maestría escénica, el actor estadounidense posee una sensibilidad melódica excepcional y una relación más que lúcida con la música. Como intérprete de un director de orquesta en su madurez, entregado a propuestas escénico-musicales como The Infernal Comedy: Confessions of a Serial Killer —arropado por música barroca y dos sopranos— o en este abismal Informe sobre ciegos, Malkovich confirma que su complicidad con el pentagrama no es efímera, ni mucho menos casual.


